AURORA MADARIAGA

Capítulo 16
La gran variedad de teorías que trataban de explicar la desaparición de Loreto Clair
iban desde lo lógico y sensato referente a su cuestionado estado de salud, hasta lo
sensacionalista especulando que había cometido suicidio o que estaba internada en
una clínica de rehabilitación para drogadictos y que su sello discográfico estaba
tapando la verdad. Por suerte ninguna de ellas hacía referencia a la A.I.D.P. ni a su
cáncer. Todo había ocurrido demasiado rápido. Si Loreto hubiera ido a tiempo al
médico y le hubieran detectado el tumor maligno en su estómago a través de
exámenes, habría vivido el inevitable choque sicológico que la enfermedad trae
consigo como todos los pacientes. Habría hablado con sus padres, habrían llorado
juntos y se habría internado en alguna clínica a envenenar su cuerpo con
quimioterapia por todo el tiempo que fuese necesario. Los síntomas siempre
estuvieron allí pero ella no quiso verlos como tampoco nadie a su alrededor se percató
o quiso mencionarlos. Loreto era una de las artistas que mejor vendía en la disquera.
Las entradas a sus conciertos se agotaban en cosa de minutos, su agenda estaba
programada por años a venir. Giras, vídeos para los sencillos de cada álbum,
entrevistas, sesiones de fotos, sesiones de grabación en el estudio, participaciones
misceláneas en programas de televisión, eventos de beneficencia, estrenos y fiestas de
otros colegas músicos. Así por los últimos diez años. Al principio cuando era otra
cantautora independiente más que tocaba en bares, pequeños teatros y vestíbulos de
hoteles, pasaba estrecheces económicas y debía gestionar todo sola, pero contaba con
más tiempo. Salía con Heather, veían películas en casa, tenía un novio, visitaba a sus
padres. ¡Incluso tenía unos kilos extra en el cuerpo! Todo estalló con «My Truth», su
tercer álbum de estudio. El viaje desde entonces era una resbalada sinfín en picada
desde el tobogán más alto. No había forma de detenerse. Un mes desaparecida había
sido suficiente para llenar revistas, diarios y blogs de teorías conspiratorias.
Luego de la conversación con el Príncipe Nuada, Loreto no tuvo otra opción que verlo
alejarse hasta salir de su morada. Se había quedado sola en un lugar extraño y a metros
bajo tierra con criaturas mágicas que hablaban otros idiomas y que podrían aniquilarla
sin esfuerzo. La amable sirvienta elfa que había cocinado la deliciosa y reconfortante
cena insistió que descansara aunque fuera unas pocas horas para recuperar sueño y
que, si al despertar Loreto deseaba subir a la superficie, sería ella misma quien la
guiaría. Así ocurrió. No supo por cuánto tiempo durmió, era imposible saberlo sin luz
de día ni ventanas. Aparecieron en la gran puerta en el interior de la bodega
abandonada cerca del puente Brooklyn. La elfa se quedó al otro lado, el día ya había
amanecido. Se retrajo cuando notó los débiles rayos de luz llegar a su piel pálida. La
puerta se cerró y la elfa desapareció tras ella como uno de los muchos habitantes
mágicos del mundo subterráneo. Si lo contara no se lo creería nadie. A los pocos pasos
los transeúntes la apuntaban y grababan con celulares como un ejército de Paparazzi
aficionados. Caminó hasta pillar un taxi libre y rápido se montó escapando de un par
de personas que insistían en preguntar dónde había estado y si acaso estaba bien. El
taxista también la había mirado como si fuera un zombie recién levantado de la
tumba. Loreto se limitó a decir su dirección y se aseguró de triplicar la paga por la
carrera con tal que mantuviera la boca cerrada sobre ella y su paradero.
Llegó a su departamento en el Upper East Side de Nueva York. Abrió las persianas
metálicas externas y admiró las aguas calmas del East River y sus embarcaciones
avanzando en cámara lenta. Las vistas al río era una de las razones por las que había
comprado aquel espacioso piso en el barrio alto de la ciudad. Era un oasis de
tranquilidad en el medio de la locura de la Gran Manzana. Todo olía a encierro. Abrió
las ventanas de par en par y salió al balcón. El día estaba soleado pero fresco, el otoño
se despedía y el invierno se aproximaba con temperaturas bajas a primera hora de la
mañana. A los pocos minutos de aparecer en su balcón, Loreto avistó un par de
Paparazzi desde los edificios aledaños apuntando objetivos de cámaras fotográficas de
exagerado tamaño directo hacia ella. Su teléfono de red fija sonó. La paz había
terminado. Era su representante. Debió alejar el aparato del oído mientras el hombre
gritaba su angustia y preocupación por ella. Luego comenzó a contar con lujo de
detalles todos los traspiés que había sufrido cancelando conciertos, dando entrevistas,
rechazando contratos y anulando el trato con el Gran Teatro para su residencia. En
ningún momento preguntó cómo se encontraba.
—Mitch, tengo cáncer—Loreto dijo sin más.
El hombre al otro lado de la línea quedó mudo. Loreto cortó la llamada. Se dejó caer
sobre su sofá boca abajo y exhaló agotada. ¡Qué lejos estaba de Bethmoora! Una media
hora en taxi, un universo entero de distancia. Se obligó a levantarse y arrastró los pies
al baño en suite. Se desnudó y metió bajo la ducha. Dejó que el agua caliente le
masajeara la piel. Se jabonó y palpó el ínfimo punto en su bíceps izquierdo donde la
bala había entrado. Apenas se notaba. Pasó la mano por las cinco cicatrices pequeñas
esparcidas por su abdomen. Ya estaban cerradas completamente. Salió de la ducha y
agarró su computador portátil. Buscó recomendaciones sobre los mejores oncólogos
de la ciudad. Las listas de espera para una primera consulta eran de meses o años.
Devolvió la llamada a su representante.
—Si me quieres ayudar, te mandaré los datos de contacto de oncólogos. Consígueme
una hora lo más rápido posible y te perdono por no haberme preguntado por un
instante cómo mierda estoy ni cómo me siento.
Se quedó todo el día encerrada en su departamento. Tenía cientos de llamadas
perdidas, mensajes en su contestadora y cientos de correos electrónicos en su bandeja
de entrada. Sus padres, amigos, colegas, la gente del Gran Teatro, otros del estudio, de
la disquera y decenas de periodistas de canales de televisión y revistas. ¿Qué diría?
¿Que había participado en la captura del Príncipe de los Elfos y que en el proceso, un
hombre pez había descubierto que tenía un tumor maligno en el estómago? Prendió el
televisor plasma y de inmediato se arrepintió. Un programa mostraba fotos de ella
capturadas aquella mañana a la salida de la bodega abandonada en el puente
Brooklyn. Se encerró en su habitación, bajó las persianas y durmió.
Tres días más pasaron sin salir. Llamó por comida a domicilio y decidió acampar en sus
cuatro paredes como único refugio contra los lentes de los Paparazzi. El mundo
afuera, el que siempre conoció, parecía ahora ajeno y frío. Las semanas en la agencia
entre las criaturas paranormales y seres con poderes especiales, las pocas horas en
compañía del Príncipe Nuada y la rápida visita al mundo subterráneo que era su
reinado la hicieron cuestionarse todo. Tal era la situación, el Príncipe tenía razón. Los
humanos destruían todo a su paso. ¡Se mataban entre sí! Había sido ingenua siquiera
sugerir que podría considerar una salida pacífica para asegurar a su gente un retorno
seguro y garantizado a la superficie. Su estirpe era lo más cercano a ver la cara de la
historia personificada en un grupo selecto de seres milenarios. Y a pesar de su
jerarquía en el planeta, sabiduría y conocimientos adquiridos a lo largo de miles de
años, habían sido empujados a vivir bajo tierra como quien bota un mueble viejo.
Comprendía su ira, mas no podía compartir la forma en la que el Príncipe quería
resolver el conflicto. La matanza sería total. El holocausto definitivo de la raza
humana. Ella también era una humana. Había dicho que no le haría daño y quiso
creerle pero, en el contexto de la guerra, ¿se permitiría un guerrero experimentado e
inteligente como él el lujo de mostrar un patrón de comportamiento que lo dejara en
evidencia frente al enemigo? Ya había cometido ese error y había terminado preso en
una cámara de torturas por casi cuatro semanas completas. Podrían haber sido muchas
más si Loreto no hubiera interferido.
Sus pensamientos estaban con el Príncipe, su hermana y su gente. La expresión de
fascinación e inmediato terror de la elfa en la puerta de la bodega al avistar la
temprana mañana le partió el corazón. Por otro lado, Loreto debía visitar un médico
pronto, uno humano, mas en tres días no obtuvo señales de vida de su representante.
Odiaba tener que hacer uso de sus privilegios y usar su fama para conseguir una cita
con un oncólogo pero si no lo hacía, quizás sería demasiado tarde.
El pitido insistente la despertó. Oscuridad total. Loreto saltó despavorida sobre su
cama y se impulsó hasta ponerse de pie. Prendió la lámpara y buscó frenética por el
teléfono de casa y su móvil. Rogó que fuera Mitch con noticias sobre una hora para ver
a un oncólogo. Tomó ambos aparatos en las manos pero estaban mudos. El pitido
insistió. Frunció el ceño y fue a la puerta principal. ¿Quién tocaba el timbre? La noche
ya había caído, el reloj de pared en el salón marcaba pasadas las dos de la mañana.
Revisó por la mirilla pero no reconoció al hombre parado al otro lado.
«Loreto, soy Nuada».
La boca de su estómago se apretó de expectación. ¿El Príncipe? Lucía como un tipo
cualquiera. Loreto abrió la puerta dubitativa. El hombre la clavó con la mirada. Recitó
algo en ese idioma ancestral que sus oídos reconocieron inmediatamente. Y el Príncipe
volvió a aparecer frente sus ojos. Loreto sonrió a todo lo ancho de la cara y lo hizo
pasar. Quiso abrazarlo fuerte por la cintura y arrimarse a su pecho.
«Antes que la guerra comience te buscaré. Ahora que conozco tu energía podré
encontrarte. Podrás refugiarte aquí y traer a tus padres. Esto do lo que puedo
prometer».
Loreto tragó saliva. El momento había llegado. El exterminio de toda la raza humana.
El Príncipe caminó por el salón de su departamento a trancadas lentas pero fuertes
como si estuviera descubriendo un territorio inhóspito. Avanzó hacia el sofá en U y
volteó hacia ella.
—¿Comenzará pronto la guerra?—Loreto susurró y aguantó el escalofríos que sus
palabras desataron por su espina dorsal—. ¿Debo ir ya por mis padres?
El Príncipe se sacó el cinturón de donde colgaba su espada y descalzó la lanza de la
espalda. Dejó caer ambas armas sobre la gruesa alfombra de pelo blanco y se sentó en
el sofá con la cabeza entre las manos.
—No habrá guerra alguna—pronunció gutural.
Loreto caminó tentativa hacia él y lentamente tomó asiento a su lado derecho.
—¿Por qué no?
El Príncipe elevó la cabeza y apoyó ambos codos sobre sus gruesos muslos. La encaró
por entre los cabellos oxigenados cubriendo su mirada a medias.
—Porque he sido traicionado—dijo y dejó caer la cabeza. La punta de sus cabellos casi
rozaba sus largas botas de cuero negro talladas.
Loreto aguantó la respiración. Su voz sonó cargada de dolor.
—¿Por qué estás aquí entonces?—preguntó con un hilo de voz.
El Príncipe volvió a encararla.
—Por que no sabía dónde más ir.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s