DAVID SARABIA

Soñar despierta usando la imaginación al límite; los poderes de la mente son insondables como el mismo cosmos, donde la negrura y la luz de las estrellas son el techo de una casa sin paredes…. No hay distancias, todo es relativo, incluso la muerte…

     Pensaba Selene, de pie, sobre un cobertizo de tablas roídas por las polillas de una casa abandonada. Descalza, enfundada en vestido negro y sucio de una sola pieza. Con su cabellera roja,  ahora gris por el polvo de los días; sonreía como una niña que estaba a punto de entrar a un parque de diversiones. Miraba a los niños; algunos iban en grupos, otros solos. Unos cuantos acompañados por algún adulto. Todos disfrazados: batmans, supermans, vampiros, brujas, entre otros monstruos. Llevaban en sus manos calabazas de plástico repletas de dulces en mancuerna con el treat or trick   que canturreaban con festividad.

     Aquellas voces de niños eran música para sus oídos, porque despertaban en ella a su espíritu travieso. Y esa noche, era una ocasión especial para realizar alguna broma.

   Bajó con prisa los destruidos peldaños y caminó por el césped con grama. Su gato negro de Angora salió detrás de ella con la cola en alto como un periscopio.  Selene se unió a los niños. Cantó el treat  or trick con voz angelical. Dio un par de pasos de baile alzando sus brazos. Después se detuvo, se paró en puntas y dio un par giros. Algunos niños le aplaudieron mientras el gato caminaba nervioso esquivando  a los chiquillos y a sus padres.

    Una niña de cabello rubio con dos colas, le jaló su negra falda para llamar su atención. Selene se detuvo, y miró como la niña le ofrecía una calabaza de plástico vacía: para que pidas dulces tú también, niña grandota le dijo con un auténtico tono de inocencia. Selene sintió como su corazón latía de emoción. Con intensa alegría, se inclinó un poco, aunque era bajita, la niña era aún más a sus cinco años. Tomó con ambas manos a una calabaza que la miraba con sus ojos triangulares y su boca desdentada.

    — ¡Gracias! — dijo agradecida, a la vez que esbozaba  una sonrisa que venia del alma.

     La niña estiró su manita y acaricio el rostro de aquella joven desaliñada.

     — ¿Eres una brujita?

     Selene titubeo un poco, después respondió. No le podía negar la respuesta a aquella angelita que le había regalado un trozo inocencia y confianza.

    — Sí.

     Selene se puso en cuclillas para que su rostro quedara frente al de la niña. Se miraron directamente a los ojos, con curiosidad. Hubo conexión. La niña abrió su boca asombrada al ver como el par de  iris de la joven, se intensificaban en un verde insólito, como si se tratara de un foco que encendía lento pero brillante, enmarcando unas pupilas alargadas en vertical, elípticas.

    — Miau — dijo Selene guillándole un ojo y mostrándole un canino que mordía su labio inferior.

     ¡Hurra lo sabía! Gritó la niña emocionada como si hubiera descubierto a su you Tuber favorita en aquel mar de niños y adultos. Me llamo Romina se presentó con el pensamiento. Y yo Selene le contestó. Romina, feliz le dio un beso en la mejilla a su nueva amiga sin importar tiznarse de mugre y se alejó perdiéndose feliz entre unos zombies y hombres lobos de todas las edades y tamaños.

   Selene estaba inmóvil, mirando, hacia la dirección que la niña había tomado. Aunque no estaba en su rango de visión, la sentía y escuchaba su corazón latir eufórico; hasta pudo escuchar parte de sus pensamientos los cuales cabalgaban atropellados: es la mujer gata hechicera, es de a devis una bruja- no, hechicera, mi mami no me lo va a creer, es de a devis!

     El Angora rasguñó el tobillo de su ama, quien al instante salía de su propio trance. Cortó conexión mental y miró a su minino quien le decía con sus ojos que se dejara de cosas y que mejor se dedicara a pedir dulces. Selene le dijo telepáticamente: Camilo, tienes toda la razón, hoy es una noche especial, hoy me camuflo y soy la niña que soy. Vamos mi gato hermoso, que la noche de brujas es nuestra, divirtámonos y comamos al final cuando se oculte la luna.

     Se unió a un grupo de veinte niños que cantaban: queremos dulces de Halloween, si no nos dan, codos serán, y si nos dan, cooperaran para la fiesta de Halloween, HALLOWEEN! era como una procesión con un santo invisible. Marchaban por en medio de la calle, alzaban sus calabazas y los adultos salían de sus casas dejando caer dentro de ellas, puños de dulces. Selene abría sus ojos asombrada al oír como estos sonaban en el plástico provocando una acústica que acariciaba sus oídos.

    Las calles flaqueadas por árboles y casas con jardines cuidados, adornaban a un bonito barrio, excepto por la casa abandonada donde ella se metia para dormir la siesta durante el día. Eran las nueve de la noche, pero como era Halloween no había problema que los niños anduvieran por la calle tan tarde, personificando espectros y otros monstruos.  Por la aceras iban y venían adolescentes también disfrazados, y uno que otro adulto con alma juvenil.

     Interferencia…

     Señal mental enigmática… ruido extraño… vacío, cascaron, cosa viviente…

     Una cosa…

     Selene miró con rapidez de izquierda a derecha, se giró en redondo a velocidad felina. Nada en la retaguardia; sólo brujitas, zombies, adolescentes de civiles, algunos en bicicleta, otros bebiendo refresco. Dos autos pasaron lentos accionando los claxon para abrirse paso entre los niños.

    Un hombre gordo disfrazado de policía. Lo atravesó con su vista barriendo sus pensamientos. Nada, era solo un hombre de buen corazón que adoraba a los niños porque no podía tener hijos, su esposa estaba detrás de él.

   La mente de Selene brincaba de cabeza en cabeza, escrutando, mirando, escuchando tratando de ubicar a la cosa. Con urgencia,  avanzó abriéndose paso entre algunos jóvenes que alardeaban con las chicas. No, no era ninguno de los muchachos. Había algunos rebeldes, pero no malos,  muy propios en su la edad. Un rubio guapo con chaqueta de equipo universitario la detuvo por el hombro.

      — Hey bonita, lindo disfraz, pero pégate un baño he — Selene sintió que sus mejillas se calentaron. Me dijo bonita, pero no había tiempo. Siempre estuvo consiente que así como ella, la lógica le informaba que también había otros, raros, como ella, en algún lugar del mundo o del universo.

     Más niños, iban y venían cantando: queremos dulces de Halloween… En cuestión de segundos, las calles del barrio ya era un océano de gente. Desde las puertas principales de algunas casas, arrojaban dulces a la calle provocando que los niños corrieran en estampida a recogerlos como si hubieran destrozado una piñata en pleno vuelo.

      Aterrizó con violencia un gritó en su mente.

      ¡SELENEEE!

      Soltó a la calabaza de plástico, la cual cayó al suelo, rodó y fue pateada por un niño.

      Era la voz de Romina. La niña estaba en peligro. Ayúdame, el hombre calabaza me roba!

     ¿El hombre calabaza? Trató de imaginarse a tal hombre. Entonces la cosa era el hombre calabaza, pero, qué era. Desechó tal interrogante que en realidad no eran importante. Lo crucial, era llegar hasta donde estaba Romina y rescatarla de la cosa.

     Selene cerró sus ojos y aisló todos los sonidos a su alrededor. La canción de Halloween, los gritos de hurra, los silbidos, besos, sonidos de motores, el crujir de los dulces al ser partidos por diminutos dientes. Apartó todo, hasta llegar al corazón aterrado de Romina y escuchó con asco el sonido de cascaron vacío, ruido extraño, cosa viviente.

     Los ubicó, estaban cercas, caminando en diagonal. Abrió los ojos y el verde de sus iris se intensificaron. Sus pupilas elípticas se abrieron para enfocar al enemigo. Al cabo, nadie se iba a fijar en sus ojos, era Halloween.

    Camilo, llama a los demás ordenó  a su gato negro de Angora, su fiel mascota, compañero de mil travesuras y centenas de batallas.

    A pesar de su corta estatura, Selene no tenía ningún inconveniente en que le cortaran la visibilidad, no podía ver por encima de las cabezas de los adultos, pero sus otros sentidos la guiaban hacia el secuestrador y su víctima. El miedo de Romina le llegaba como ondas gélidas, cosa que a pesar de la situación, era buena señal. Estaba viva.

     Llegó al cruce de dos calles, con una señal de alto en cada esquina. Las luces de los automóviles se cruzaban como sables de luz. Se detenía uno y pasaba otro, en orden, mientras, los niños y jóvenes se atravesaban corriendo de un extremo a otro, algunos tirando sus dulces porque sus calabazas estaban repletas.

    Ella se abría paso, en ocasiones moviendo con delicadeza a algún niño que se interponía en su camino sin la mala intención de obstruirla. A la par, Camilo caminaba a un costado de su ama sin cruzarse por sus pies.

    Cuando llegó a un claro, a un jardín despejado, allí lo miró. Se sobresaltó, no pudo evitarlo.

    Era alto, casi un metro noventa; impresionaba, para mal. Era como esos raros juguetes arrumbados en un cuarto abandonado, llenos de polvo y una energía maligna.

    Flaco y vestido con ropa negra, parecía que llevaba puesta una especie de manta. Tenía alzada a la niña con su brazo derecho y con su mano izquierda, unos dedos largos y tiesos como la mano de un maniquí, le tapaban la boca para impedir que ella gritara. Y su cabeza, era una calabaza de Halloween, o una máscara. Era la personificación de un pedófilo totalmente retorcido y carente de humanidad, una carcasa viviente.

     — ¡Suéltala! — le ordenó firme, y señalándolo con el dedo, aunque en el fondo sentía nervios, debido a que la situación era algo nueva. No era lo mismo enfrentarse a pandilleros revoltosos, cajeros insolentes de tiendas de conveniencia, viejos borrachos y panzones. Esto, o esta aparición de pesadilla de psiconauta peyotero con resaca. No tenía igual.

     El hombre calabaza se estiró. Selene miró a sus pies, y no, estos estaban despegándose del piso; la cosa se elevaba lento, como disfrutando el momento, mirando con sus cuencas oscuras y triangulares como su acosadora estaba anonadada por la impresión. Paralizada por la sorpresa, pero no aterrada. Cuando los pies del hombre calabaza alcanzaron la altura de la barda de madera, Selene dio un brinco felino para atraparlo y éste se deslizó con rapidez hacia el techo de la casa vecina provocando que ella le pasara cercas, herrara y cayera de en cuclillas sobre el césped del otro patio.

    Selene giró su rostro hacia el techo, y desde arriba, la cosa le saludaba burlona, para después darle la espalda y huir. Selene resorteo impulsándose con sus piernas y manos, dando un largo salto donde aterrizó con elegancia sobre el duro techo de concreto. El hombre calabaza corría y al llegar a la orilla dio una larga zancada brincando al siguiente techo, después sobre otro. Selene emprendió en pos de él.

    Abajo, la algarabía y los dulces se mezclaban con la música de algunos autos estacionados. Sonaba el pop, el reguetton y alguna que otra pieza de rock flotaban en el ambiente, mientas las golosinas eran desenvueltas para ser devoradas por bocas de infantes ansiosos. Todos ajenos,  nadie levantaba la vista para ver a un tipo largo y flaco con cabeza de calabaza, vestido de negro con una niña en brazos brincado por los techos de las casas, y a una chica vagabunda detrás de él con frenética intención de rescatarla. Sólo algunos niños se percataron que comenzaron a surgir de la nada gatos, los cuales se movían esquivando neumáticos y pisadas atropelladas. Y no era una pandilla de felinos, tal parecía que era como un ejército que se movía con rapidez y sutileza para una emboscada.

    ¡ME ROBA, ME ROBA EL HOMBRE CALABAZA, MAMI-PAPI, SELENE! Gritaba Romina en su mente, porque por más que quería abrir su boca, la fría mano de plástico de su raptor hacia presión, tanto, que por algún momento una larga uña sucia se había asomado al interior por la comisura de sus tiernos labios.

    La cosa  saltó aterrizando a un patio tétricamente iluminado por un quinqué que emitía una opaca luz eléctrica. Una puerta estaba abierta. Entró con la niña.

    Adentro un hombre anciano quien trabajaba allí como velador, dio un brinco de su silla despegándose del noticiero del televisor. Asustado, vio al tipo largo y gigantesco disfrazado, de pie frente a  él, quien llevaba a una niña con los ojos desorbitados de miedo. Nervioso quiso extraer su pistola de dardos eléctricos, pero una enorme mano de rara textura abarcó su cuello con sorprendente rapidez. Fue levantado en vilo como si fuera de trapo. La calabaza le sonrió, o eso pareció aunque no moviera la boca. Ahora él tenía los ojos casi saliéndose de sus cuencas por el inmenso terror.

    Selene  llegó al patio. Miró hacia la puerta. Por la ventana, un cuerpo salía despedido destrozando vidrio y madera. El hombre cayó de cabeza doblándose el cuello en medio de un espeluznante sonido de crujir de vertebras. Por él ya no podía hacer nada. Los latidos y los pensamientos de Romina seguían lanzando señales desesperadas. 

      Selene entró al cuarto, semi iluminado por la luz de televisor. En la pantalla un comentarista informaba la notica sobre un asalto a un transporte público.  El hombre calabaza se replegó a la pared deslizándose sin mover los pies hasta quedar de espaldas a la ventana destruida.

     — ¡Déjala ir! — Dijo tratando de oírse serena — Sea lo que seas, déjala. Y no te persigo. Dáme a la niña y me voy.

     — Jo jo jo jo jo — la risa mecánica imitación santa Claus tétrico fue la respuesta que tuvo.

     Selene entró desdoblando su mente  dentro de la cabeza de la cosa para poder provocarle una visión, aturdirlo y sacarlo de la realidad. Nada. Era como mandar una señal a una caverna, y donde ésta rebotaba por las escarpadas paredes emitiendo sólo un eco sobrenatural, para después perderse en grutas interminables.

     —Jo jo jo j jo — se burló de nuevo, para después, decir, con una voz monótona, con un bisbiseo de serpiente — Quería a la niña, porque tenía grandes planes. Y ahora, te quiero a ti.

    La cosa abrió su mano y la niña cayó de bruces, llorando.

    —  Vaya, vagabunda tu mente es intensa, te quiero… es tu turno —  la cosa dio un par de pasos mientras la niña se había hecho a un lado quitándose de su camino, para después gatear y arrinconarse en una esquina con las rodillas al pecho y las manos entrelazadas por enfrente de los tobillos, mientras largas lagrimas surcaban sus mejillas.

    Selene cambió su estrategia. Sabía que no podía entrar en la mente del hombre calabaza, porque era como si éste en realidad se encontrara en alguna otra parte, muy lejos. Entonces, optó por algo que pocas veces utilizaba. La fuerza oscura.

    El hombre calabaza fue lanzado con violencia contra la pared de al lado por un golpe invisible. Fue como un ramalazo de aire pero sin tal. Pegado como mosca sobre la pared, y con los brazos extendidos como si estuviera crucificado. Sacudió su cabeza intentando imitar una actitud de aturdimiento. Despegó sus brazos los cuales se habían enterrado un poco sobre la superficie junto con su espalda.  Se sacudió un poco el polvo y observo con sus triángulos oscuros a Selene, quien tenía extendido sus brazos con sus palmas abiertas hacia él.

    Selene no pudo creer lo que vio. La cosa había metido su mano dentro de su túnica, y sacó como si se tratase de un burdo truco de magia, una filosa hacheta.

     — Jo jo jo, te voy a cortar en pedacitos — y la alzó, dio un par de pasos abalanzándose sobre su potencial víctima.

     Antes de descargar el tajo mortal, el hombre calabaza se detuvo súbitamente como si un botón mágico hubiera accionado el congelamiento del tiempo. Y fue lanzado por la misma fuerza bruta al extremo contrario, volando y atravesando la misma ventana por donde había salido despedido el infortunado velador.

    La cosa cayó de espaldas, e irónicamente a un lado del anciano, como si éste lo estuviera esperando para  dormir el sueño de los justos en la misma cama. 

    El hombre calabaza irguió su torso quedándose sentado. Giró mecánicamente su cabeza y miró a la joven vagabunda de poderes extraordinarios salir al patio y detenerse a una prudente distancia. Alzó su mano para darse cuenta que había perdido la hacheta con el impacto.

    Desde la barda, el enorme gato de Angora saltó para caer encima del pecho del anciano muerto. Mostró sus colmillos y erizó sus vellos lanzando un largo maullido de guerra.  Al instante, decenas de ojos vidriosos emergieron de la oscuridad, y comenzaron a saltar la barda en manada.

    El hombre calabaza intentó ponerse de pie, pero fue derribado por una turba felina de todos colores.

    La luz del quinqué eléctrico parpadeaba nervioso, su circuito interno se calentaba debido a una energía ajena en el ambiente. Selene, quien encendía con mayor intensidad el color de sus ojos, alzó sus manos hacia el cielo negro abriendo sus palmas  invocando a las fuerzas invisibles, oscuras. Después, las inclinó en dirección de la cosa, paralizándola la cual se debatía con la espalda totalmente pegada al suelo y sus miembros extendidos formando una X. Los gatos, quienes llegaban como hordas salvajes en medio de maullidos aterradores, brincaban hundiendo sus zarpas y dientes en sus manos, antebrazos, tobillos y muslos. Al tenerlo sometido, comenzaron a gruñir y a retroceder con sus patas traseras haciendo una intensa presión en el centro de masa de la cosa.

    El hombre calabaza se carcajeaba con su perturbador Jo jo jo, como queriendo demostrar en pleno acto de fanfarronería, que sólo estaba recibiendo caricias en vez de tormento. Inclinó un poco su cabeza para poder hacer contacto visual con sus triángulos negros. Cuando lo logró, una voz carente de edad y sexo emergía desde interior de un abismo, acariciando los pocos dientes de la boca de la calabaza.

     — Esto no ha terminado vagabunda, regresaré, y me robaré a otra niña…

    ¿Regresar? ¿Quién dijo que vas a regresar?  Selene envió su sentencia a la cabeza hueca de la cosa.  El fin de una vida no era su propósito, no era juez, y siempre había utilizado sus poderes para beneficio propio y sus amigos felinos, pero, ahora era diferente. Estaba ante una especie de  humano que había dejado de serlo para convertirse en un monstruo. ¿Qué era aquel que se atrevía a dañar a un inocente infante, aprovechándose de su fuerza y tamaño? Era un monstruo. Y quizá, eliminar a uno, no era un delito. No le remordería la conciencia en lo absoluto.

     La horda de gatos tiraron con la fuerza de una máquina con sus  pequeñas  fauces que jalonaban feroces por los costados del tórax: los brazos comenzaron a desprenderse de los hombros, las piernas de la pelvis y el estómago comenzaba a abrirse por la mitad. En vez de sangre y vísceras, brotaron girones de ropa – shorts deportivos sucios, calzones, tangas con olor a sexo, calcetines, trapos – retazos de lona, hojas de periódicos y de revistas para caballeros hechos bola. Quedando la cabeza de la calabaza separada del cuerpo.  

    Selene se acercó lo suficiente, le hizo una señal de despedida a una calabaza que no dejaba de sonreír. Alzó su pie y lo descargó sobre ésta despedazándola. De entre su pie y los pedazos anaranjados, una esfera de luz amarilla con machas pardas se elevó como hada de cuento hacia la barda. Al estar a la altura de ésta, la misma voz sentenció: nos volveremos a ver vagabunda, estas en mi lista negra, no podrás detener la matanza, ya que yo soy el poderoso Nahuel, el Imaginante.

    Y la esfera se alejó perdiéndose  en la oscuridad de la noche.

     — Nahuel — dijo ella, alzando una ceja — tienes nombre, y eres un Imaginante. Donde quiera que te escondas poderoso cobarde, te voy a encontrar.

     Selene entró a la casa, extendió su mano a Romina y ella la estrechó. Antes de cruzar el patio, con una mano tapo los ojos de la niña para que no viera al hombre muerto. Después, Salieron discretamente por el callejón y emprendieron el regreso a casa de ella.

     Mientras caminaban por oscuros callejones, escoltadas por Camilo y los otros gatos, evitando las conglomeraciones de niños y padres, Selene le contaba cuentos infantiles para que olvidara un poco lo sucedido. Romina había secado sus lágrimas y sonría feliz, porque su nueva amiga era una heroína salida de alguna película. Nadie le iba a creer su aterradora aventura.   

     Por lo menos, en esa noche, unos padres lloraron de felicidad al ver a su hija en casa sana y salva, pérdida durante una eterna hora, en aquel mar de disfraces. Alertados por la llamada telefónica de un vecino quienes les informó que Romina había sido traída a casa por una joven disfrazada de pordiosera, con una peluca roja bañada en polvo, y unos ojos de gato color esmeralda que brillaban con intensidad bajo la luz del porche.

     La niña les contó su aventura, inverosímil, inspirada quizá por el ambiente festivo de noche de brujas. Sus padres le dijeron que nunca se volviera a separar, y juraron en sus adentros que jamás la perderían de vista.

    Su historia nunca la creyeron, aunque al día siguiente de la noche de Halloween, en las noticias de la Tv Local: la muerte violenta de un hombre mayor que trabajaba como velador, fue la nota que sacudió el espíritu de una ciudad aparentemente tranquila.

     En algún lugar oscuro, Naguel tenía otros planes, y Selene iba en su búsqueda…

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