ISA HDEZ

Buscaba desesperada la voz que la llamaba cada noche al oscurecer. Vivía sola desde que falleció su madre y aún no había superado su duelo. Vagaba entre las sombras de su interior y había caído al pozo, pero ya trepaba por las paredes hacia el exterior; había decidido seguir en la senda que tanto le insistió su madre antes de irse. Pero las voces no la dejaban avanzar y deseaba contarlo y compartirlo con su amiga, pero ella, Lorela, también pasaba por una situación complicada y no disponía de tiempo. ¡Ay el tiempo! ¡Qué importante es y qué poco lo valoramos! ¡Cómo lo perdemos! ¡Lo dejamos escapar entre los nubarrones negros del tiovivo de las ideas! Lorela, su única amiga, le decía que la voz podía ser su madre que aún la llevaba en el alma, que todo estaba muy reciente, pero Sole no identificaba a su madre, no creía que fuera ella. Eran muchas voces que se mezclaban entre sí, no la reconocía, no era una sola voz. Pudiera ser que en su pecho albergara todas las palabras que le indicara su madre en el lecho de despedida, para que siguiera con su vida cuando ella no estuviera, y ni ella misma entendiera que debía salir de su silencio y abrirse al mundo real. Sole decidió colaborar, acompañar y ayudar a su amiga en sus vicisitudes, y salir al encuentro de lo que acontecía. Poco a poco sin darse cuenta se apagaron las voces en su mente como si no hubieran existido, como si todo hubiera sido un cuento. ©

Un comentario sobre “El cuento

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