AURORA MADARIAGA

Capítulo 15
Nuala despertó de un salto al impacto. ¿Una explosión? Salió de su habitación hacia el
pasillo atándose su bata por la cintura. La humareda impedía ver detalles y enseguida
se coló dentro de sus ojos hasta hacerlos arder. Olía a incendio. Se tapó la boca y nariz
con la bata y avanzó ciega del camino. Escuchó la voz de los agentes Hellboy y
Sherman gritando por encima de los súbitos pasos apresurados y los gritos de ordenes
de los agentes que se acercaban al área. No estaba acostumbrada a vivir con seres de
otras especies ni menos entre humanos, sin embargo esta agencia era lo único que la
podía proteger de Nuada. Luego de un mes en estas instalaciones, todavía se sentía
como una extraña en tierra desconocida. Una forastera. La única de su estirpe a la
redonda. Los agentes Hellboy, Sherman y Sapien compartían una amistad y
camaradería a la que ella no pertenecía. El único con quien lograba sentirse cómoda y
podía ser ella misma era con el Agente Sapien. Abraham Sapien. Quizás era su suave
tono de voz o su forma lógica de explicar las cosas que conseguía aminorar, aunque
fuera temporalmente, su angustia constante. Siguió avanzando sin distinguir sino
formas difusas de los agentes entre la densa nube de humo cuando de pronto chocó
con alguien. Era Abraham. El rubor incendió sus mejillas y agradeció el humo
alrededor por no dejarla en evidencia frente a él. La tomó en sus brazos y la escoltó
hacia la biblioteca. Avanzaban en el pasillo cuando Nuala avistó una bola de fuego que
se acercaba en su dirección. Espantada se apartó del camino hasta chocar la espalda
contra la pared. No creyó sus ojos cuando reconoció de quién se trataba. Era la agente
Sherman. Caminaba a trancos amplios envuelta en llamas de fuego de pies a cabeza en
dirección contraria.
—¡No puedo vivir así, Red!—gritó al pasar.
Abraham trató de justificarla cuando avistaron al agente Hellboy trotar tras ella. Le
rogaba que volviera a sus aposentos. Eran compañeros de vida. A ratos envidiaba la
complicidad e intimidad que se profesaban cuando sin palabras se arrimaban uno al
otro, se tomaban de las manos o bromeaban sobre cosas que solo ellos dos entendían.
Ahora la situación era completamente diferente.
—Liz, te prometo que limpiaré todo el lugar. ¡Nos podemos mudar a otro apartamento
dentro de aquí si quieres! Daré los gatos en adopción. Lo que tu quieras, pero no te
vayas, cariño.
El agente Hellboy pasó por el frente de Nuala y Abraham y, distraído, los saludó.
Llegaron a la biblioteca. Abraham cerró las puertas y enseguida el alboroto exterior
quedó fuera del lugar. Nuala exhaló cansada.
—Estarán bien—Abraham dijo y gesticuló al gran sofá de cuero marrón—. Ellos son
así, tienen altos y bajos. A veces más bajos que altos. A veces más explosiones que risas
pero estarán bien.
La Princesa sonrió a la explicación y agachó la cabeza. El agente la observó con la
cabeza ladeada y parpadeo repetidas veces con las membranas verticales de sus ojos.
Se puso de pie y dijo que mandaría a pedir té para ambos. Nuala se limitó a sonreír. La
agente Sherman irrumpió en la biblioteca todavía en llamas y el agente Hellboy llegó a
los segundos después todavía tras ella.
—Tu no entiendes. Nada será lo mismo desde ahora en adelante pero tu no cambias,
Red. No cambias—la agente dijo con la voz entrecortada.
Cerró los ojos y de a poco las llamas se auto extinguieron hasta desaparecer por
completo. Se dejó caer en el sofá junto a Nuala. Este era entonces su poder, la
Piroquinesis. Era primera vez que lo presenciaba. La agente Sherman podía controlar
el fuego a su gusto.
—¿A qué te refieres?—el agente Hellboy preguntó mientras abría una lata de cerveza y
se desplomaba sobre el sillón frente al sofá.
Abraham lanzó una mirada a Nuala rogando que perdonara a sus amigos por ponerla
nerviosa y armar tanto desorden. Podía conectar mentalmente con él si se
concentraba. No era algo que le sucediera con frecuencia, ni menos aún con alguien de
otra especie. Él llegó a su lado y arrimó una silla contra el sofá a su izquierda. La agente
Sherman se puso de pie y se sentó en el reposabrazos del sillón donde el agente
Hellboy estaba. Tomó su mano de piedra en ambas diminutas suyas.
—Red, estoy embarazada. Serás padre.
Las duras facciones del agente Hellboy se desencajaron hasta dejarlo hecho una
piedra. Sus ojos de pupilas amarillas claras quedaron anonadados. Ambos se miraron.
Dejó la lata de cerveza en el suelo y con la mano libre aventuró a rozar el vientre de la
agente Sherman. La encaró.
—¿Qué?—balbuceó con un hilo de voz—. ¿Seré padre?
La agente Sherman asintió y esbozó una sonrisa. Se fundieron en un apretado abrazo y
sollozaron entre risas. De reojo a su izquierda Nuala notó a Abraham observar a sus
amigos inamovible.
—¿Escuchaste eso, Blue? ¡Seré padre! ¡Un pequeño diablillo!—el agente Hellboy
estalló en júbilo y tomó a su compañera en los brazos. Ella pegó un grito al elevarse del
sofá y entre risas salieron de la biblioteca.
Un hombre del personal de servicio entró empujando un carro con la bandeja que traía
una tetera de té y dos tazas. Abraham sirvió ambas y las llevó al sofá. Nuala tomó la
suya en las manos y respiró el dulce aroma del té de Rooibos. Bebió un sorbo y
permitió que el calor bajando por su esófago la tranquilizara.
—Yo lo sabía—dijo Abraham de pronto—. Investigábamos la escena del crimen en la
casa de remates Blackwood’s cuando por accidente toqué el abdomen de Liz. Ha de
tener más de un mes de gestación. Seré tío—dijo con más sorpresa que emoción en la
voz.
«La escena del crimen en la casa de remates Blackwood’s». Nuada. ¿Cuántas vidas
había cobrado su sed de guerra? De pronto recordó lo que Abraham le había
compartido hace semanas atrás cuando su hermano todavía estaba prisionero a metros
de distancia de la biblioteca. El agente Krauss había dado su razón por la cual le
torturaba de tal forma. El gobierno de los humanos deseaba hacerse con la corona
completa de Bethmoora. La Princesa nunca creyó aquello que supuestamente los
motivaba a conseguirla. No se trataba de neutralizar la inminente amenaza elfa, sino
que querían poseer el Ejército Dorado para sí. Le dolía admitirlo pero debía coincidir
con su hermano. La avaricia de los humanos no conocía límites. La corona de
Bethmoora y las atribuciones que conlleva era y por siempre sería elfa. Su padre había
muerto a manos de Nuada por mantener el pacto de paz con los humanos. Nuala no
permitiría que los humanos les arrebataran el último bastión de la cultura elfa. Por
otro lado, su hermano tampoco debía hacerse con ella ni con el mapa con la ubicación
del Ejército Dorado. La solución parecía ser una sola.
—¿En qué piensas? ¿Deseas que te escolte a tu habitación?
Nuala dejó la taza sobre la mesa de centro y estiró su mano izquierda con la palma
hacia Abraham. Él conectó la suya derecha. Abraham parpadeó contadas veces. La
Princesa leyó desde su mente la respuesta. «Liz». Nuala se abrió la bata y se llevó las
manos al abdomen. Sin importar qué prenda vistiera, siempre usaba el corsé dorado en
forma de rombo que albergaba la última pieza de la corona. La sacó de sus seguros y la
observó.
«Nuala».
Se remeció completa como un choque telúrico. Encajó la pieza de la corona de vuelta
en el corsé y se cerró la bata con manos torpes temblorosas. Abraham la miró inquieto.
—Está aquí—balbuceó con horror en la voz—. Mi hermano está aquí.
Abraham corrió hacia la pared y apretó el botón de emergencia. Enseguida las fuertes
sirenas resonaron el insistente pitido desde las alturas hasta ensordecerla. A los
segundos una horda de agentes de traje y corbata llegaron armados a la biblioteca y a
sus espaldas, los agentes Hellboy, Sherman y Krauss. Desde el pasillo Nuala escuchó a
los agentes luchar y forcejear con Nuada. Conocía el ruido que su lanza hacía al girarla
a toda velocidad como hélice. Era rápido y letal. El mejor y último guerrero elfo.
Abraham la protegió con su propio cuerpo. A pocos metros frente suya, el agente
Hellboy resguardaba la entrada cuan obstáculo imposible de sortear. La agente
Sherman avanzó hacia su dirección, se posicionó a su izquierda y se prendió en llamas.
Nuada se acercaba derribando a cada agente a su paso como meros peones de ajedrez.
De reojo el agente Krauss se acercó a su lado.
—Me puede entregar la pieza de la corona a mí, Su Alteza—dijo en marcado acento
alemán.
Nuala lo ignoró. Se arrimó a Abraham hasta estrujar su brazo con ambas manos. Él
permaneció como escudo viviente frente suyo. Nuada apareció en el umbral de la
biblioteca. Giró la lanza hasta guardarla bajo su brazo y avanzó con determinación
hacia ella. Nuala tragó saliva. Trató con todas sus fuerzas de conectar con él.
«Hermano, recapacita. Detente. Nadie quiere la guerra. Tú tampoco. Llévame a casa».
No obtuvo respuesta. El agente Hellboy y Nuada se enfrentaron en batalla.
—¡No hieras al Príncipe, Red!—Abraham gritó—. ¡Herirás a la Princesa también!
—¡Lo sé, Blue! ¡Maldita sea!—el agente Hellboy gritó agitado mientras bloqueaba con
su mano de piedra cada intento de estocada de Nuada.
Su hermano logró derribar al agente Hellboy al piso. Lo inmovilizó con la punta de la
lanza pinchando su garganta.
—¿Me darás la pieza de la corona?—habló por primera vez y la miró directo a los ojos.
Nuala negó con la cabeza incapaz de controlar el temblor de su cuerpo. El agente
Hellboy golpeó la lanza por el mango hasta alejarla de su cuello y rápido se impulsó y
se puso de pie. Nuada volvió al ataque, esta vez saltó por encima del agente y con la
parte trasera de la lanza lo golpeó por la espalda hasta desplomarlo al suelo. Aterrizó
sobre él y atracó el filo de la lanza contra su cuello otra vez.
—La pieza, Nuala.
La Princesa miró discreta hacia su izquierda. «Elizabeth». La agente Sherman
respondió a su llamado y dio un paso más cerca de ella. Nuala se abrió la bata y sacó la
pieza de la corona de su corsé. La presentó frente suya.
—¡Su Alteza, no!—Abraham y el agente Krauss gritaron al unísono.
Nuada todavía tenía al agente Hellboy reducido en el suelo bajo el filo de su lanza. Sus
ojos ámbar destellaron al ver la pieza. En un solo movimiento raudo Nuala extendió la
pieza hacia la agente Sherman a su izquierda. La tomó en sus manos a fuego vivo. La
Princesa aguantó estoica las llamas quemarle la piel de su mano. Nuada lo sintió
también en la suya.
—¡NO!—Nuada gritó y se precipitó sobre la agente Sherman.
Era demasiado tarde. El oro puro de la pieza se derritió en sus manos. Las gotas de oro
aterrizaron sobre el piso alfombrado. Nuada se abalanzó sobre Nuala fuera de sí mas la
agente Sherman le cerró el paso como una barricada en llamas. Nuala dio un paso
atrás. El calor abrasivo del fuego comenzó a marearla. Perdió el equilibrio. Abraham la
atajó en sus brazos. El agente Hellboy se puso de pie.
—Se acabó, Su Orteza—el agente dijo a espaldas de Nuada—. Ahora si quieres
exterminar a los humanos tendrás que hacerlo con tus propias manos y mandar a la
guerra a los pocos guerreros elfos que te quedan. Los mandarás a una misión suicida y
terminarás por extinguir a tu raza.
El director de la agencia, el humano Tom Manning, apareció por la puerta de la
biblioteca y desorientado observó la situación con la cara dominada de confusión.
Cuando avistó a Nuada, gritó la orden a sus agentes para que lo capturaran.
—Déjalo ir, Manning—la agente Sherman dijo todavía frente a Nuala como escudo de
fuego—ya no tiene con qué amedrentarnos.
«Pagarás caro la traición, hermana. No solo has traicionado a tu hermano, sino
también a tu futuro rey y a todo tu pueblo».
Nuada se retiró sin palabras. Los agentes de traje y corbata le abrieron el paso mas lo
apuntaron con sus armas hasta que salió de las instalaciones.
La Princesa recuperó la compostura, se afirmó de Abraham para pararse bien en sus
dos pies. La felicitó por su accionar. Todos los ojos estaban en ella. Se abrió paso hasta
llegar frente al agente Krauss.
—Torturaste a mi hermano, y por extensión a mí, persiguiendo una corona que no
estaba por completo en su posesión—dijo con tono firme. El agente dejó escapar el
humo por las branquias mecánicas—. Un día fuiste un humano mas a pesar de tu
forma actual, la avaricia de tu raza no te ha abandonado. La corona de Bethmoora es y
será siempre elfa. Completa o no. Mi padre murió honrando el pacto de paz con los
humanos y ahora acabo de destruir la corona del trono de mi pueblo para proteger a la
Humanidad como él hizo. Me costará el destierro por parte de los míos y el desprecio
eterno de mi hermano, mi única familia.
El agente Krauss esbozó toda una verborrea del porqué el gobierno de los Estados
Unidos deseaba a toda costa poseer la llave para despertar al Ejército Dorado. Ya nada
importaba. El único y más efectivo brazo armado de los elfos permanecería para
siempre dormido pues la corona no podría nunca completarse para despertarlos. Una
pieza forjada por oro mágico duende hace miles de años, confiada por su padre en sus
manos para protegerla con su vida se había derretido en cosa de segundos. Sin corona
completa, el trono de Bethmoora se quedaría para siempre vacante pues Nuada no
juraría sobre una corona cuya pieza clave ya no era más. El reino se desmoronaría. El
frágil y milenario legado de los elfos comenzaba a evaporarse como el viento se lleva
los granos finos de arena hasta dejar nada. Con este acto, la Princesa supo que desde
ese día en adelante se convertiría en una sin tierra. Las puertas de Bethmoora no se
abrirían nunca más para ella.

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