ANYS FELICI

Mi papá ya me patrocinó en otro lado, y tengo tres citas. Es lo que hacen en mi casa todos los días, y con todas las personas que conocen: en el trabajo, en la oficina, en el menudo, en misa, en todos lados. Le digo que ya deje ese jueguito. Ya no quiero salir con nadie. Si no me quiere en la casa, que me diga para largarme a la chingada. 

—¿Pero no está enojado, mijo? —me pregunta. 

—No, pero ¡ya no me esté chingando! 

Vivo en un barrio que se llama Constitución, pero le dicen la consti. Es muy mentado en otras colonias. Famoso por su mercado y por la plaza.  Aquí es como el centro de la ciudad porque venden de todo. Muchas rutas de autobuses pasan por la avenida principal. Ahí tiene la carpintería mi papá. Es un barrio concurrido y hay plebe de toda clase: gente rica y creída; gente muy humilde y pobre; los cholos y mal vivientes se dejan ver en lo más apartado. Yo pertenecí a esa banda cuando era un chaval. Tengo un tatuaje del barrio en mi brazo y también me perforé las orejas. Me drogaba y le entraba duro al toncho. Viví un tiempo en la calle porque mi papá me corrió. Hace diez años que dejé eso en el pasado. Pisé la cárcel varias veces. Ya estoy fichado. Por eso soy el único en la familia que todavía no se va. Tuve muchas novias: adictas como yo; y otras más tranquilas del barrio; y hasta una riquilla de las mejores zonas. Mis hermanos menores ya me brincaron. Dice un dicho  «chivo brincado, chivo quedado». Por eso mis papás están preocupados y me quieren casar con la que se deje. Yo le prometí a mi mamá que ya no le iba a entrar a las drogas para que me dejara regresar a la casa. Vivir en la calle es duro. Mi papá me la sentenció. Dijo que estaba bien, pero me iba a poner a prueba. Entonces me llevó a trabajar a la carpintería, y me dijo que, si me veía otra vez con esa bola de mal vivientes, me iba a poner una chinga y me iba a correr a la chingada ¡Y que me olvidara de la familia para siempre! Desde entonces, todos en la casa me buscan pareja. Quieren que me case y tenga hijos para que me haga un hombre responsable. Sin embargo, a este paso me voy a quedar para vestir santos. 

Es lunes, y, Lucía, la chava de la prepa, me habla por teléfono. Mi hermano le dio mi número. Quiere saber si ya compré los boletos para el baile. Le digo que el sábado que me paguen los compro. 

—Cuando los tengas, me marcas y nos podemos ver. 

—Simón.  —Le doy el avión y cuelgo. 

La verdad, esa chava sí me gusta, pero es una convenenciera. 

Martes. 

El compadre de mi papá cae de sorpresa en la carpintería. Quiere que vaya a ver a su hija, dice que a diario me espera.  Por la tarde, después del trabajo le doy una vuelta. Laura no muestra ninguna expresión en su cara cuando me ve. Sus papás nos dejan solos en la sala. No la conozco, no sé qué le gusta o de qué platicar. Ella no habla, parece muda. Me enfado y me levanto de la silla. Entonces, habla. Da las gracias por visitarla. Le sonrío porque me cae bien. Me pregunto cuál es su historia. ¿Por qué esta soltera a su edad? Si le buscan novio, algo tiene que tener. ¿Será muy apretada? ¿O su timidez es la que no le permite relacionarse con otras personas? La verdad, no sé, y no quiero descubrirlo. Laura no me interesa como mujer. 

Domingo 

Veo a Rosa en la misa de diez. Mi mamá me obliga a ir. Dice que tengo que acercarme a Dios y agradecerle que volviera al camino del bien. Pienso que son puras chorradas, pero le hago caso. Y aunque no ponga atención, voy a tomar la siesta del día. Rosa se ve muy apetitosa hoy con esa faldita y tremendos tacones, o será que yo ando caliente. Me saluda y me sonríe. El chamaco la trae vuelta loca, es por eso que no la veo a la salida. ¡Qué mejor! No la quería invitar a almorzar! 

Martes. 

Tengo dinero y compro los boletos para el baile. Lucía tiene más de veinte años y ya sabe lo que hace. Mi hermano dice que sí jala, pues él ya la caló. Le marco y nos quedamos de ver en una hora.  

Viene de minifalda luciendo pierna. No se me acerca mucho; parece que me tiene miedo. Nada más menciono que ya tengo los boletos, y se me pega al cuerpo.  

—¿Me los enseñas? —me pide y se los muestro; sin embargo, no dejo que los agarre. Los guardo luego. 

Lucia quiere que le dé su boleto y que nos veamos en el baile. ¡Ni que estuviera pendejo! Le digo que ahí nos vemos. 

—¿Y si te gusta bailar? —me pregunta. 

—No, pero voy a escuchar la música. 

—Bueno, entonces nos vemos allá.  

Me ofrezco a acompañarla, pero ella dice que mejor nos vemos hasta el día del baile, que le marque al celular para platicar.  

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