MARCELA VARGAS

Cecilia era una posadeña de 18 años con una voz de cantora, ligera como la de los pájaros de la tierra roja, que es como se conoce al lugar donde ella se crio. Desde pequeña, su sueño mejor era llegar a cantar en el Festival Nacional del Litoral y del Mercosur, ese escenario en la ciudad de Posadas al que sus padres la llevaban para ver y escuchar a los mayores exponentes del folclore de su provincia y del país. Cada vez que estaba en el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, de cara al río, sentía que, si participaba en el festival que allí se desarrollaba, su vida estaría completa y no importaría nada más después de eso. Ella tenía una voz aguda, una mente hábil para las letras y un oído variado que se deleitaba con el canto de los pájaros autóctonos. Quería hacer un disco entero de canciones y melodías inspiradas en los sonidos característicos que emitían. La moza era afecta al avistamiento de aves y trataba de visitar todas las reservas naturales de Misiones (Argentina), donde pasaba varias de las mejores horas de su vida. Ella quería, con su arte, imitar la naturaleza; tal como los guaraníes, que con su lenguaje intentaban copiarla.

Su padre, integrante de la banda de música de la Policía de Corrientes, falleció hacía mucho tiempo. Su madre, Sonia, era una concertista de piano. Ambos le transmitieron a Cecilia la habilidad, la emoción y el “llamado interno” hacia la música. La muchacha siempre escuchaba y prestaba atención a las melodías y sus letras, encontrándoles o no un sentido. Creaba canciones en los sueños que, a veces, recordaba al despertar e intentaba cantarlas para captarlas en su grabador. Pero muchas otras quedaban en la nada porque eran difíciles de recordar. Ella se conmovía al cantar u oír las obras de referentes locales como Alcibíades Alarcón, Ramón Ayala, Lucas Braulio Areco, María Ofelia, Ricardo Ojeda, Vicente Cidade, Fermín Fierro, Los 4 Ases, entre otros. Pero, además de apreciar la música tradicional, también se alegraba con los trabajos artísticos de la llamada nueva generación integrada por exponentes como Joselo Schuap, Pamela Ayala, el Chango Spasiuk… No tenía preferencias ni definiciones a ese respecto, cuestión que su madre no aprobaba, pues buscaba que la joven se decantara por un solo ritmo de los varios que había en Misiones y se dedicara a él. Es decir, que escogiera entre la galopa, el chotis, el chamamé, el gualambao, la polca rural, la canción misionera, etcétera.

Cecilia estaba al tanto de que el próximo año se cumpliría el 50° aniversario del tan afamado festival, que contaba con un pre-festival en el que seleccionarían a los nuevos talentos de la región para que luego performaran en el escenario mayor junto con los renombrados del folclore de estos lares. El evento se efectuaría en distintos puntos de la región y culminaría en Posadas. La joven cantora sentía que ya casi estaba preparada para audicionar en esta ciudad, en la categoría Canción Inédita, compitiendo con otros noveles. (En este rubro, habría una preselección y un posterior filtro entre los preseleccionados de los diferentes circuitos al culminar el pre-festival). Y quien sabía, quizá también podría ganar el Premio Revelación de Oro. Ya no lo siguió pensando. Se lo contó a su madre, quien se emocionó y le dijo que la guiaría en la composición del tema. La muchacha le comunicó su idea de intentar representar el trino de los pájaros autóctonos, para lo cual se valdría de los distintos ritmos misioneros porque entendía que uno solo no le bastaba para contener todos esos sonidos. Sonia se alarmó y le incitó a que se decidiera por un único ritmo. De lo contrario, en su afán por querer representar a las aves, ella se asemejaría “a una común e indefinida calandria”, tal como se lo expresó despectivamente.

Cecilia, respetuosa con los conocimientos de su madre, le hizo caso y, en los meses subsiguientes, trabajaron enfocándose en un solo ritmo. Buscaron componer varios temas para luego elegir el que considerarían mejor y presentarlo en la audición. La moza no tenía tiempo para nada más: cuando no trabajaba en ello, iba a la universidad pública, donde estudiaba Biología; y los fines de semana vendía artesanías con forma de pájaros en distintas ferias. Hasta que, un día, mientras dormía, entre el sueño y la vigilia comenzó a escuchar los anhelados sonidos de la naturaleza misionera. Debido a que carecía de tiempo pero no quería perder las melodías, las registraba en su grabadora. Y, así, compuso variadas canciones, cada una tomando prestado el canto de un ave en particular. Con el del urutaú le salió una sentida melodía; con el del pitogüé, unas notas plagadas de diferentes interpretaciones. Con el trino del korochiré, quiso transmitir la frescura de la primavera. Con el del crespín, realizó una misteriosa combinación de notas que le remitían a la leyenda del Yasy-Yateré. Con el canto de la lechuza campanario, habló del misterio nocturno. El del tero le evocó el agua del arroyo Mártires, en cuya orilla ella había visto este tipo de pájaros depositando sus huevos. También se inspiró en las charlas de los pericos monje argentino y en la insistencia del urú corcovado. Con el trino de la elegante yacutinga, creó una canción que iniciaba con modestia para dar lugar a progresiones sorpresivas. Con el lamento del carau, una melodía lúgubre. Hasta que la última canción que pudo componer integró todo, en una suerte de ecosistema musical.

Finalmente, llegó el día tan esperado. El jurado veía la performance de los competidores en el salón ubicado en el Auditorio de la Escuela Provincial de Danzas (ESDA), en la avenida Roque Pérez y la calle Colón, de la capital misionera. Apenas Cecilia subió al escenario con su acordeón, su madre casi lagrimeó por el solo hecho de verla allí. No obstante, ante el asombro de la profesora de piano, la joven empezó a interpretar la canción en la que usaba los ritmos de la música de Misiones, la más valiosa de su flamante e inédito repertorio soñado. Aquella que rescataba la armonía en la gran variedad del folclore local, esa diversidad que, según ella, lo identificaba. Aquella en la que sus queridos pajarillos eran homenajeados. Sonia, estupefacta, se desconcertó todavía más cuando el jurado festejó el tema musical. Al culminar las pruebas, Cecilia fue seleccionada y hasta la apodaron con honor “La calandria de la tierra colorada”.

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