GAMBITO DANÉS

Cailleach

La joven japonesa esta vez no superó tan rápido lo sucedido. Dos encontronazos la misma tarde era demasiado para cualquiera, pero peor incluso para un alma sensible como la de Nozomi. Simuló encontrarse mal y se ausentó del colegio una semana. Sus padres, conociendo lo responsable que era su hija, no sospecharon nada los primeros días. Dieron por hecho que la actitud desganada de la muchacha se debía a algún virus intestinal.

Estuve todo el día en la cama, leyendo y escuchando música. Deprimida como los días anteriores. Mi móvil no paraba de sonar con mensajes de Alice, pero no me apetecía hablar con nadie. Contestaba con escuetos mensajes, insistiendo en que simplemente estaba enferma y no podía recibir visitas. Se acercaba la hora de cenar cuando salí al salón. Mi padre miraba la televisión.

—¿Sigues sin encontrarte mejor? —me preguntó al verme.

—La verdad es que no —contesté sentándome a su lado en el sofá.

No había tenido fuerzas ni para vestirme. Por la mañana, después de la ducha, me había vuelto a poner el pijama, que consistía en un pantalón corto y una camiseta de tirantes.

—Tendremos que llevarte al médico, esto ya no parece una gripe, hija.

Me encogí de hombros por toda respuesta.

—¿Dónde está mamá?

—Viene enseguida. Ha bajado un momento a por unas cosas que necesitaba para la cena.

Notaba preocupación en su voz. Mi padre no era muy expresivo, pero de alguna forma se le entendía todo.

—Hija, ¿seguro que no quieres contarme algo?

Me sorprendió la pregunta, su tono era comprensivo, como si sospechara que había algo más detrás de mi supuesto virus. Me miró fijamente, como interrogándome.

—Ven conmigo, siéntate sobre mí como cuando eras una chiquilla —me indicó.

Yo coloqué mis piernas sobre su regazo, acercándome un poco más. La vergüenza me hizo ser incapaz de mirarle a los ojos.

—¿Ha pasado algo con esa amiga tuya irlandesa? ¿O con algún chico?

—No, para nada —dije yo mirando hacia abajo.

—¿Tienes algún problema?

—No —insistí poco convencida.

Él me agarró por las lumbares y me acomodó aún más, sentándome completamente sobre sus muslos.

—Me lo puedes contar todo, será nuestro secreto.

Me sentí protegida por primera vez en días. Estuve a punto de contárselo todo, de estallar en lloros y confesiones. Intenté no hablar para que no se me entrecortase la voz, meditando aún sobre qué hacer.

—Ya sé que solo soy un anciano, anticuado y padre japonés en un mundo moderno, pero puedes confiar en mí —me dijo haciéndome sonreír.

Parecía un rayo de luz en mi oscura vida, una ayuda para salir del pozo. Pero nuevamente me equivoqué. Estaba a punto de abrazarle y contárselo todo cuando sentí, de manera incuestionable, como se endurecía su entrepierna presionando mi trasero, de idéntica forma que una semana antes había pasado con Roberto López, el profesor de literatura. Mi padre, mi propio padre. Me pareció tan perverso que mis ojos se abrieron como platos y me quedé sin palabras. Pensé que algo tan terrible solo podía ser fruto de una auténtica maldición.

Siguió hablándome, mostrándose lo más comprensivo posible, pero yo ya no lo oía. Lo único en lo que podía pensar era en la descarada erección que le había provocado con tan solo sentarme en mi regazo. Puso una mano encima de mi descubierto muslo y me lo acarició cariñosamente. Maldije que los pantalones del pijama fueran tan cortos y todas las estúpidas modas occidentales.

—Cuéntame hija, qué te pasa —siguió él mientras su contaminada mano recorría mi piel y podía sentir su miembro palpitar debajo de mis glúteos.

Intenté engañarme, decirme que eran paranoias mías, pero era demasiado evidente. Ante mi pasividad, su mano siguió magreándome cada vez más animada, deslizándose ante la cara anterior de mi muslo y subiendo hasta acercarse a mi sexo.

—Nozomi, dime algo…

Pero yo no hablé. Ni hablé ni me moví. Ahora al que se le entrecortaba la voz, por la excitación, era a él. Ya no decía nada coherente, solo se repetía una y otra vez mientras me toqueteaba.

—¿Es por el sexo que estás así?

Fue entonces cuando me rozó la entrepierna por encima del pijama y, tal y como había pasado anteriormente, me levanté de un sobresalto. Él me observó, intentando simular sorpresa, pero yo me fui corriendo a encerrarme en mi habitación.

—¡¡Hija!! —fue lo último que oí detrás de mí.

13

Aguanté los lloros, tenía demasiada rabia dentro. Anduve alrededor de la cama un rato hasta que decidí vestirme y salir de casa.

—Hija, ¿a dónde vas a estas horas? —me preguntó mi madre al verme, que había vuelto de la compra y me esperaba, junto a mi padre, en la mesa con la cena hecha.

—A casa de Alice —contesté.

—¿Ahora? Pero si es la hora de cenar.

—Papá me ha dado permiso —informé viendo como ella miraba, desconcertada, a mi avergonzado padre.

Me presenté en casa de mi amiga sin avisar, la cara de su padre al abrirme la puerta expresaba sorpresa parecida a la de mi madre cuando salí de casa.

—Claro, Nozomi, pasa. Está en su habitación.

Entré en el piso y recorriendo el pasillo donde se encontraban todas las habitaciones pude oír a su madre diciendo:

—Estamos a punto de cenar, ¿te quedas con nosotros?

No respondí. Me presenté en su habitación y cerré la puerta detrás de mí. Allí estaba ella, vestida casi de idéntica manera que yo hacía un rato. Con un pantaloncito corto de pijama y una camiseta de tirantes que rellenaba más con su generoso busto. Me miró sorprendida tumbada en su cama, escuchaba esa música gótica que tanto le gustaba,

—¿Noz? ¿Estás bien?

No necesitó más para desarmarme. Me tumbé junto a ella y lloré todo lo acumulado, contándole todo lo que me había ocurrido en la última semana, incluido lo de mi padre de hacía un rato. Ella me escuchó atenta y sin intervenir hasta el final, acariciándome el pelo para tranquilizarme y surtiéndome de pañuelos cuando lo necesitaba.

—Ya ha pasado, ya ha pasado cariño…aquí estás bien.

Yo intentaba recuperar el aliento, la compostura, el control.

—Ha sido una mala semana, pero la magia negra no existe Nozomi, y lo sabes.

—Ya…pero…Alice… —dije entre sollozos—. Es que hoy ha sido mi propio padre.

—Cariño…¿estás segura? Yo te creo eh, pero es que se me hace tan rato. Y has pasado por tanto que…

—Estoy segura —afirmé rotunda.

—Bueno, vale, vale.

Ella siguió acariciándome mi pelo negro y lacio, en contraste con el suyo ondulado y pelirrojo. Bromeó como era habitual pero no consiguió arrancarme una sonrisa hasta que el tiempo pasó. En varias ocasiones llamó a la puerta su madre para que fuéramos a cenar, pero le dijo que estábamos terminando un trabajo importante y que ya iríamos. Más relajada, cotilleé los libros que tenía mi amiga sobre la mesilla de noche. Se amontonaban por toda la habitación, la mayoría juveniles, de vampiros, terror y cosas así. Hasta que uno me llamó la atención, era siniestro, un ensayo, y hablaba de magia negra.

—Cada día lees cosas más raras, tía —le dije curioseándolo.

—¿Ese? Ni lo he abierto, me lo encontré por la calle.

Abrí el libro y pude ver, en la primera página, la etiqueta que ponían en la biblioteca del barrio para saber quién se llevaba los libros. Era un sistema anticuado, como la biblioteca en sí. Alice Kyteler, rezaba.

—Pues aquí pone que es tuyo.

—¿Qué? Ah, sí, sí, ese sí. Lo he confundido con otro. Pero ni me lo he mirado.

Seguí hojeándolo y vi que estaba lleno de frases subrayadas y anotaciones en los bordes, en una letra que solo podía ser la suya. Cada vez me parecía todo más extraño. No todo el libro estaba así, tan solo una parte donde hablaba del mal de ojo. Noté como se me erizaba la piel, mi mente iba a mil por hora. Miré hacia atrás y la vi, lo vi en sus ojos. Su expresión era otra, de odio. Yo lo sabía, y ella sabía que lo sabía.

Ella me había maldecido.

—¿Por qué, Alice?

—¿Por qué? —repreguntó sin disimular—. ¿Por qué no? ¿Tan especial te crees?

—Éramos amigas.

—Sí, claro —continuó—. Mucho. Hasta que te crecieron las tetas y te convertiste en un puto manga erótico, eclipsándolo todo.

—Yo no he eclipsado nada —dije firme.

—Vamos, conmigo no te hagas la mojigata, eh. Todos te miran. Todos en todas partes. No podemos ir a ninguna parte. Todos te quieren follar y tú les dejas fantasear con ello, eres una guarra.

—¡Mentira!

—¡Cállate japo! —dijo mientras subía el volumen de la música—. Le gustas a todo el mundo y todo el mundo te gusta, excepto yo, claro. Te debe parecer horrible una persona como yo, ¿no?

—¿Como tú?

Ella me miró con profundo desprecio antes de seguir:

—No te hagas la estúpida conmigo, sabes perfectamente de qué te hablo.

—¡¡¿¿Pero de qué hablas??!!

Alice se abalanzó sobre mí tirándome sobre la cama e intentó besarme repetidas veces.

—¡¿Qué?! ¡¡¿¿Tanto asco te doy, puta??!!

Siguió restregándome sus labios por los míos mientras me sobaba los pechos por encima de la ropa, casi histérica.

—¡¡Alice!!

—¡Cállate, joder! ¿Quieres que nos oigan mis padres?

Puso entonces la mano en mi entrepierna y me frotó con furia por encima de la ropa, con una fuerza que no le conocía.

—Estás buena incluso sin el uniforme, otaku friki de mierda.

Me metía mano desesperada, como si se hubiera contenido durante demasiado tiempo. Yo forcejeé, pero era más débil, siempre era más débil. Consiguió desabrocharme el pantalón y abrirlo lo suficiente como para bajármelo un poco, mostrando mis bragas.

—Vamos, para de resistirte Noz, ¡que soy yo!

Intenté huir, pero volvió a tirarme sobre la cama, agarró el pantalón por los tobillos y consiguió quitármelo y tirarse de nuevo sobre mí.

—Vamos Nozomi, por favor…

—¡¡No!! ¡¡Alice!!

Conseguí darme la vuelta, pero ella me alcanzó por detrás y coló su mano por dentro de mi ropa interior, acariciándome el sexo con los dedos.

—Nozomi joder, confía en mí.

Mientras me toqueteaba restregaba sus partes contra mis nalgas, separadas solo por mis mal puestas bragas y su fino pantalón del pijama. En un nuevo intento por escaparme me agarró con la mano libre del pelo y hundió mi cara contra la almohada con violencia.

—¡Quieta!

Eso me contuvo un rato, tiempo que aprovechó para seguir magreándome los pechos, el culo y el sexo.

—¡Mm! ¡Mmm!

De nuevo me dio la vuelta, abrió mis piernas y se colocó entre ellas, frotando sus partes impúdicas contra las mías.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!!

Consiguió meterme la lengua en la boca, entrelazándola con la mía momentáneamente y huyendo justo a tiempo de un intento de mordisco por mi parte.

—Sabes a cerezo, querida —me dijo mientras agarraba mis bragas y conseguía romperlas hasta quitarlas—. Sabía que también te depilabas, dijo al ver mi vello púbico parcialmente rasurado.

Se quitó también su pantalón y continuó restregándose contra mí, esta vez desnudas las dos de cintura para abajo.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! ¡¡Mmmm!!

Consiguió subirme el jersey hasta que se convirtió en una especie de cadenas para mis brazos, cubriéndome la cara e inmovilizándome. Me bajó el sujetador hasta convertirlo en un cinturón y empezó a manosearme los pechos desnudos sin dejar de frotar su sexo contra el mío.

—Qué buena que estás Doraemon, ¡mmm!

Logré deshacerme del jersey, pero ella me agarró las muñecas con una sola mano inmovilizándome de nuevo, me mostró dos dedos de la otra y me los introdujo dentro de la vagina.

—¿Te gusta? ¿Te gusta Nozomi?

Siguió metiéndolos y sacándolos con furor, se notaba que disfrutaba viéndome el rostro de espanto.

—No es una polla, pero no está mal, ¿verdad?

Minutos después me los introdujo hasta lo más hondo, los torció por dentro en forma de gancho y siguió masturbándome.

—Esto te va a encantar…

Yo gemía, pero no por placer, por dolor, por impotencia.

—Al final es mejor que te viole tu mejor amiga que un basurero, ¿no crees?

Su voz ya no era nerviosa, ni alta, era fría y calculadora como la de un torturador. Me soltó las manos, pero estaba demasiado agotada para seguir luchando, había perdido contra aquella tigresa irlandesa con ínfulas de bruja. Mientras siguió toqueteándome se llevó la mano libre a su clítoris y comenzó a estimularlo con movimientos circulares.

—¡¡Mm!! ¡¡Mm!! ¡¡Oh!! ¡¡Ohh!! Como me pones Noz, como me pones joder, ¡¡¡Mmmm!!!

Disfrutaba tanto que le temblaba el labio inferior y parpadeaba compulsivamente, solo detenía los tocamientos para sobarme de nuevo los indefensos pechos.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡¡Ah!!! ¡Mmm! ¡¡Mmm!!

Finalmente, me agarró de nuevo las muñecas, colocó su sexo sobre el mío y después de frotarse por menos de dos minutos se corrió, gimiendo desvergonzadamente aun sabiendo que sus padres cenaban a escasos metros de la puerta de su habitación, confiando en que la siniestra música ahogara los gritos de placer.

Se dejó caer entonces sobre la cama, tumbándose a mi lado intentando recuperar el aliento. Me acariciaba con la uña el muslo mientras reunía las fuerzas necesarias. Me dijo:

—Me ha gustado más que cualquier polvo anterior, eres más dulce tú resistiéndose que el resto de putillas sumisas con las que he estado.

Abramelin

Nozomi cambió después de aquella noche. Ya no era la inocente y prudente chica de hacía un par de semanas, su vida entera había dado un vuelco. Estuvo a punto de hundirse, pero sacó fuerzas de lo más profundo de su ser y decidió luchar. Intentó pasar desapercibida unos días, hasta que un jueves se saltó las clases y decidió recorrer Las Ramblas en busca de las videntes. Las encontró, pero estas se negaron a ayudarla. Le contaron que es muy difícil sacar un mal de ojo, que lo debe hacer un experto, y que si se hace mal es realmente peligroso. Recorrió cada sitio hasta que, por fin, en una infecta calle del Raval, alguien pareció comprenderla.

—Lo que me pides es muy complicado, muy peligroso y muy caro —me advirtió el brujo, un tipo de unos cuarenta y muchos años con una impresionante y larga perilla gris.

—No tengo dinero —respondí.

—Jajajaja, no me hagas perder el tiempo, niña.

—Estoy dispuesta a todo.

—Jajajaja. No lo creo, niña. Tu mal de ojo es especial, han atacado tu sexualidad. Revertir algo tan sucio solo se puede hacer de manera sucia.

—¿Cómo se llama usted? —pregunté.

—Llámame Janus.

—De acuerdo, Janus. Es usted vidente entre otras cosas, ¿verdad? Pues solo tiene que mirarme a los ojos para descubrir que estoy dispuesta a todo.

Se acercó a mí, observándome de arriba abajo. Pude notar en mi mejilla incluso el aire que expulsaban sus fosas nasales al respirar. Sonrió y me dijo:

—Sígueme.

Me llevó a otra sala, no muy grande. Me miró de nuevo y me preguntó:

—¿Estás completamente segura? Si interrumpimos lo empezado las consecuencias pueden ser devastadoras.

—Lo estoy —afirmé.

No dijo nada más, rebuscó entre un montón de trastos y trazó un círculo a mi alrededor con un polvo blanco procedente de un bote de cristal.

—¿Qué es eso?

Él alzó la vista ligeramente, como reacio a contestar, pero finalmente dijo:

—Tan solo un poco de sal.

Después agarró otro tarro y manchó el círculo trazado con otra sustancia rojiza.

—¿Y esto?

—Niña, no más preguntas.

Siguió con el ritual, añadiendo por lo menos tres sustancias más al cada vez más grueso círculo, susurrando palabras para mí del todo ininteligibles. Se incorporó de nuevo y muy serio me ordenó:

—Desnúdate lentamente, sin que ninguna parte de tu cuerpo salga del círculo.

Desde el principio supe que antes o después se me pediría algo así, pero no por estar más preparada dejé de sentir miedo. Mi corazón se aceleró momentáneamente, pero fui capaz de mantener la compostura. Con cuidado, me desabroché lentamente la blusa y. siguiendo sus indicaciones, la lancé fuera del contorno sin que mi cuerpo sobresaliera en ningún momento. Él me estudiaba con detenimiento. Hice lo mismo con la falda del uniforme, quedándome solo con mi conjunto de ropa interior blanca y buscando la aprobación en su rostro.

—Sigue —fue lo único que dijo él.

Supuse y temí esa respuesta a partes iguales. Dudé, pero me convencí de que si mi estriptis, si excitar con mi desnudez a aquel desaliñado brujo iba a terminar con mi maldición, debía intentarlo. Me desabroché el sujetador y lo tiré cerca de él, en señal de protesta, y luego me deshice de mis braguitas de manera algo patosa por los nervios. El hechicero de bajos fondos casi se relamió con las vistas.

—¿Y ahora? —pregunté con miedo de que nuevamente me hiciera callar.

Janus sacó una pluma de ave del bolsillo y se acercó para restregármela por todo el cuerpo. Por la cara, por el pelo, por los pechos, el vientre, las piernas, el sexo…

Dijo algo de nuevo en un idioma extraño y la quemó delante de mí. Después de eso sacó un nuevo tarro con un pequeño pincel y comenzó a pintar extraños símbolos sobre mi cuerpo con una habilidad pasmosa. Parecía sangre de algún tipo, pero nunca supe de qué se trataba. Con mi cuerpo completamente decorado, mis pezones se endurecieron por el frio y la adrenalina, y pude ver como aquello le satisfizo. Muy cerca de mí y sin previo aviso, acercó sus grandes y poderosas manos y las dejó encima de mis pechos, primero solo eso, pero luego comenzó a acariciarlos sin pudor.

—Janus…

—Niña, basta.

Magreó con cierta delicadeza mi busto unos segundos, repasando mis erectos pezones con la uña crecida de su pulgar, para después deslizar sus manos hacia abajo y hacer lo mismo con mis nalgas. Se recreó aún más en mis glúteos, se notaba que estaba disfrutando. Avanzó más en sus tocamientos e incluso me acarició el sexo desnudo e indefenso, yo seguí impasible. Reconozco que nunca pensé que llegase tan lejos.

—Para romper algo sucio hay que hacer algo sucio —repitió.

Siguió manoseándome a su antojo, sin ningún orden en particular, los senos, el culo, la entrepierna, y decidió liberar una vigorosa erección que había permanecida escondida dentro del pantalón.

—Janus, por favor…

No contestó. Con sumo cuidado, me dio la vuelta, me puso ligeramente en pompa y abrió mis piernas ligeramente.

—Recuerda que no puedes salirte del círculo —dijo mientras restregaba su pringoso falo por mis nalgas.

Se acomodó detrás, colocó el glande en la entrada de mi vagina desde esta posición y, sin previo aviso, me penetró lentamente. Mi cuerpo cedió con facilidad, ante mi sorpresa, a pesar de no estar en absoluto excitada.

—¡Mmm!

—¡Au! ¡Ah! —me quejé yo.

—No te preocupes, niña, será muy rápido.

Me agarró de las caderas para ayudarse y asegurándose de que mantenía el equilibrio empezó a moverse dentro de mí, entrando en mi anatomía hasta el punto de sentir sus testículos contra mi trasero.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mm!! ¡¡¡Mm!!!

Me tembló todo el cuerpo, mordí mi labio inferior para no gritar. Resistí.

Sus embestidas fueron aumentando el ritmo y la fuerza, una de sus manos había soltado mi cadera para magrearme los pechos mientras seguía follándome.

—¡¡Mm!! ¡¡Mmm!! ¡¡Oh!! ¡¡Ohhh!! Buena chica. ¡Buena chica!

Si su miembro ya me pareció grande la primera vez que lo vi, sentirlo dentro de mí era casi insoportable, estaba completamente ensartada por aquel pedazo de carne.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!! ¡¡¡¡Ohhhhh!!!!

De nuevo, sin ningún aviso, eyaculó. Abnegándome con su fluido caliente. Descansó unos segundos antes de salir de mi cuerpo, y sufrió un pequeño desmayo al hacerlo. Me di la vuelta y lo observé en el suelo, su cara estaba completamente desencajada.

—Vete, niña, ¡vete!

—Janus, ¿qué te pasa? —le pregunté mientras me vestía a toda prisa, entendiendo que ya no necesitaba permanecer dentro del círculo.

—Ya lo he hecho, ¡lárgate! ¡Rápido!

—¿Me has quitado el mal de ojo? —insistí subiéndome ya la falda.

—Eso no se puede hacer desaparecer —dijo realmente enfermo—. Lo he revertido.

Vestida al fin, me dispuse a irme, pero antes de abandonar el establecimiento, antes de dejar aquel cuartucho donde había sido ultrajada, le miré fijamente y le dije:

—Si me has engañado, te mataré.

26

Sabía que encontraría a Alice en el baño del colegio, solía esconderse allí para fumar entre clases. Observar su rostro de sorpresa al verme aparecer con Fabrizio y Brendan fue, realmente, gratificante.

—¿Qué coño hacéis aquí? Vosotros dos no podéis estar en el vestuario de chicas, atontaos. ¿Y tú? ¿Volvemos a ser amigas, Nozomi? —dijo entre calada y calada.

—Claro que somos amigas —respondí—. Por eso he pensado que necesitabas mi ayuda.

—¿Tú ayuda? ¿Para qué?

—Alice, Alice, Alice…No te preocupes, ya les he dicho que en realidad eres mucho más tímida de lo que aparentas. Tranquila, saben perfectamente lo que quieres y están completamente dispuestos a satisfacerte.

Ella sintió miedo por primera vez, estoy segura de eso. Tiró el cigarro al suelo y lo apagó pisándolo con el zapato. Brendan y Fabrizio se acercaron lentamente a ella, con los ojos saltones de excitación.

—¿De qué coño va esto, Noz?

—Lo sabes perfectamente —respondí—. No te preocupes, saben lo que te pone de verdad.

El italiano fue el primero en abalanzarse sobre ella, metro setenta y siete de estatura y más de setenta kilos arremetiendo contra la irlandesa. La aprisionó entre su musculado cuerpo y la puerta de una de las duchas, besándola por el cuello y la cara mientras intentaba meterle mano.

—¡¿Qué haces?! ¡Gilipollas!

El americano se acariciaba por encima del pantalón la entrepierna, excitado con la escena y deseando intervenir. Fabrizió siguió con los tocamientos, colando su mano por dentro de la falda para poder agarrarle el sexo por encima de la ropa interior.

—Oh Alice, qué ganas te tenía —dijo mientras la sobaba.

Ella se resistía, pero luchar contra el napolitano no era lo mismo que luchar contra mí.

Fuck you, asshole! —dijo Alice propinándole un fuerte bofetón.

Fabrizio se detuvo un segundo, pero enseguida contraatacó agarrándole la blusa y abriéndola con un fuerte tirón, descubriendo su generoso busto cubierto solo por el sujetador. Terminó de abrir la prenda y se cebó ahora con sus pechos, manoseándolos por encima del sostén.

—¡Qué buena que estás, Alice!

Yo miraba sin remordimientos la escena. Coloqué mi mano sobre el hombro de Brendan, invitándole a unirse a la fiesta. No se lo pensó, mientras que su compañero jugaba con aquellas tetas irlandesas él se abalanzó sobre los muslos, manoseándolos junto a las nalgas y la entrepierna. Se convirtieron rápidamente en un sándwich sexual donde Alice ejercía de fiambre.

Let go of me, motherfuckers!

Con tanto forcejeo cayeron los tres al suelo, siguiendo allí los tocamientos. Yo seguí disfrutando mientras vigilaba que nadie más pudiera entrar en los vestuarios, algo improbable teniendo en cuenta que la siguiente clase ya había comenzado. Fabrizio consiguió quitarle la blusa del todo y también el sujetador, mostrando sus generosos y pecosos pechos. Ambos, al verlos, se lanzaron sobre ellos a mordisquearlos y manosearlos, excitadísimos.

—¡Nozomi, por favor, páralos! ¡¡Haz que paren!!

—Vamos querida amiga, ya me lo agradecerás después.

Ella les golpeaba sin parar, pero no daba ningún resultado. Fue el americano el que no pudo aguantar más, se tumbó encima librándose de su compañero y se colocó entre sus piernas, restregando su erección contra la entrepierna de la irlandesa. Consiguió romperle las bragas, pude ver el indefenso pubis de Alice rasurado en forma de sensual triangulito. Se desabrochó el pantalón e intentó penetrarla sin éxito. Ella conseguiómoverse lo suficiente para que no pudiera consumar.

—Sal, cabrón, ¡¡sal!!

El italiano le agarró los brazos inmovilizándola, ayudando solidariamente a un excitadísimo amigo. Brendan lo logró al fin, colocó el glande en la entrada de su cueva y la penetró de un fortísimo empujón.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahhhh!! ¡¡¡Joder!!! —se quejó ella.

Cuanto más se resistía más excitado parecía estar el estadounidense, que la embestía desesperado contra el suelo.

Andiamo amico, in fretta! —le suplicó Fabrizio, que seguía sosteniendo a Alice por las muñecas.

Brendan siguió las acometidas, gimiendo como un animal salvaje y mordisqueando los pechos de Alice en una postura casi digna de un contorsionista.

—Mmm!! Mmmm!! Ohhhh!!!! You’re hot Alice, mmm!!

Alice ya no se resistía, agotada y dolorida se había dejado vencer. El estadounidense se corrió al fin ante la atenta mirada de su compañero, llenando a mi ex amiga con su simiente antes de retirarse y hacerse a un lado obedientemente. La irlandesa me miró con odio, esperando lo que tenía claro que iba a ser el segundo round. Fabrizio no se hizo esperar, le dio la vuelta poniéndola boca abajo y se bajó los pantalones y el bóxer hasta las rodillas, acomodándose detrás de ella. La falda de la aprendiz de bruja hacía ahora de cinturón, completamente descolocada y siendo la única prenda que conservaba.

—Qué buena que estás, bellísima —le dijo—. Para mí espero que me hayas guardado algo especial.

No lo dijo por decir, le agarró de las caderas y restregó su erecto miembro por la raja de la agotada irlandesa, acomodando después la punta del falo para intentar penetrarla analmente.

—Ni lo sueñes, wanker! —dijo Alice resistiéndose por última vez.

Pero Fabrizio era más fuerte, estaba menos cansado y demasiado excitado para perder la batalla, siguió insistiendo hasta que consiguió metérsela por aquel deseado agujero hasta la mitad del conducto, gimiendo y aullando como un lobo.

—¡¡Mmm!! ¡Alice! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!!

La irlandesa también gimió, de dolor y de rabia mientras, con una fortísima acometida, el italiano la penetraba hasta lo más profundo.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhh!!

Brendan se colocó a mi lado. A pesar de haber descargado ya parecía estar excitándose de nuevo. Puso su mano sobre mi muslo y me lo acarició con delicadeza sin dejar de disfrutar de la escena. Se la retiré con autoridad y le dije:

—Ni lo sueñes, vaquero.

Obedeció. Frustrado, siguió mirando lo que su amigo hacía, quizás maldiciendo no haber disfrutado también del imponente culo de nuestra amiga.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mm!! ¡¡¡Mmmm!!!

La expresión de Alice era de sufrimiento mientras que nuestro compañero aceleraba la frecuencia y fuerza de las embestidas, pude ver incluso como sus nalgas se enrojecían por los golpes de los muslos del napolitano al rebotar contra ellas.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhh!! ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡Ahh!!!

Fabrizio no aguantó más, al igual que su amigo estaba demasiado caliente para durar demasiado. Le agarró ambos pechos a Alice desde detrás y se corrió entre visibles espasmos mientras los estrujaba. Segundos después salió de sus entrañas para vestirse de nuevo. Ambos estudiantes se fueron sin despedirse, como si de repente fueran conscientes de lo que habían hecho. La irlandesa permanecía en el suelo, completamente desnuda si no fuera por la maltrecha falda que no tapaba nada. Me acerqué a ella, agarré un cigarro y un mechero del suelo y le dije mientras lo encendía:

—Eso es lo que pasa cuando se juega a las brujas, puta.

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