LOLA BARNON

—¿No será que no estás tan segura de no caer rendida ante un madurito?

—Estoy completamente segura, Nico —sonreía con determinación.

—Pues chica, no lo entiendo. A mí no me importa, a él menos. Y tú dices que manejas y controlas la situación… ¿Qué hay de malo fantasear un poco y echar un par de buenos polvos con eso? Sal un día con él…

—No hay nada malo, solo que yo no quiero… —Se encogió de hombros.

—Pues yo creo que no manejas la solución y que Javier te pone.

—No me vas a picar con eso… —me adivinó la intención. Pero yo soy un buen jugador de póker y aguantaba bastante bien los faroles. Y esta partida quería ganarla.

—No es un farol… Creo, de verdad, que tienes miedo.

—¿Miedo?

—Sí… llámalo miedo o inseguridad. Vamos que no tienes todas contigo con lo de Javier…

Me miró retadora. Bingo. Sí, había conseguido que su orgullo saliera. Empezó a teclear. Luego me lo mostró, con una sonrisa desafiante.

Mamen

«Cena no. Una copa, ¿ahora?»

—Sé que lo has hecho para picarme, pero te vas a enterar —me dijo.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, mi pene a ponerse tieso y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no liarme a aplaudir.

El sonido de un nuevo mensaje de Javier me sacó de mis lúbricos pensamientos.

Javier

Perfecto. En veinte minutos? Quedamos abajo? En el portal?

Mamen

Media hora abajo. Una copa… Nada más

Me mostró de nuevo la pantalla del móvil mientras me miraba satisfecha y segura de sí misma. En su mirada había una mezcla de orgullo, de desafío y reto. No veía excitación, pero confiaba que eso pudiera cambiar.

Javier

Una copa… Perfecto. El resto, tú lo eliges…

—¿Ves…? —Vamos a ver, Mamen. A una mujer como tú, cualquier hombre quiere llevársela a la cama. Si no fuera así, pensaría que le gusta que le susurre en el cogote un tipo con barba… ¿no te parece?

—Ya… pero este quiere lo que quiere.

—Ponte sexy…

—Eres incorregible —me dijo mientras se levantaba y se dirigía a nuestro dormitorio a cambiarse.

Yo me quedé en el salón intentando tranquilizarme. Ardía por dentro al pensar en que aquella cita podría acabar en un simple beso. O en algo más.

Me vencía la sensación de celos y de molestia, mezclada con el gusto y la excitación de saber a Mamen con otro. Era una especie de fiebre que se apoderaba de mí y que hacía que mi deseo sexual se acelerara a la vez que me inundaba una avidez y un apetito exacerbado porque Mamen tuviera relaciones sexuales con un tercero.

Escuché el taconeo de mi novia bajando por las escaleras. Iba espectacular. Un pantalón blanco, muy ceñido, tobillero y con los rotos y rasgados habituales tan de moda. Un top de color azul claro, también ajustado y que dejaba un dedo de su cintura a la vista, la mitad de la espalda y los hombros. Era obvio que no llevaba sujetador. En los pies, unas sandalias blancas de tacón alto, sin ser excesivo, pero sí lo suficiente como para que su culo quedara a una altura estratosférica.

—Vas impresionante… Me la has puesto dura —no mentía—. Ven aquí…

—Pues ahora te aguantas… —me dijo con una sonrisa maliciosa—. ¿No querías que quedara con Javier…?

—Sin duda…

—Pues nada… me voy a tomar una copa. ¡Una copa! —remarcó dándome un ligero piquito y se alejó riéndose en dirección a la puerta.

Mientras movía aquel trasero espléndido con esos andares estilizados y sensuales que sabía utilizarlos tan bien. Cuando cerró la puerta, no pude menos que acariciarme. Literalmente, estaba a punto de reventar.

Mamen llegó dos horas y media más tarde. Tenía una chispa en la mirada. Nunca tuvo mucho aguante al alcohol y aquella noche había tomado, deduje, un par de copas.

—¿Qué tal?

—Bien…

—¿Solo bien?

—Solo bien… ¿Qué querías?

—No sé… algo, unas manitas, un piquito…

Ella se rio abiertamente y me abrazó. Iba contenta, con el brillo en los ojos del que empieza a achisparse. Empezó a besarme.

—Vengo muy cachonda cari…

—¿Mucho?

—No te imaginas… —me susurraba mientras me moría el labio.

—¿Sin que hayas hecho nada…? —empecé a excitarme sintiendo una erección imponente.

—Ha habido manitas… y un piquito —me susurró al oído.

—¿De verdad? Asintió lentamente mientras me seguía besando.

—Vamos arriba y te lo cuento… Quiero que me folles ahora mismo —me dijo mientras me mordisqueaba mi lóbulo de la oreja y encendiendo aún más de lo que estaba mi entrepierna—. Métemela ya… —me dijo antes de besarme de nuevo comiéndome la boca.

Fue otro polvo majestuoso, brutal. Ella, literalmente, me folló cabalgando sobre mí. Yo le besé, apreté y mordí sus pechos. Volví a introducir mi dedo pulgar en su ano. Mamen lo recibió con gusto y un gemido largo y con los ojos entrecerrados. Ella subía y bajaba, abarcando con su cavidad vaginal todo mi pene que, duro como una piedra, me pedía correrme ya. Le empujé suavemente y me quedé yo en la postura del misionero. Saqué mi pene y empecé a pajearme encima de ella.

—Un piquito… —dije mirándole a los ojos. Asintió con un ligero gemido—. Él a ti… Otro gemido y yo ya notando que me venía, empecé a sentir mi voz más ronca.

—Y lo besaste…

—Un poco… —rezongó abriéndose ella también al orgasmo inminente

Mi semen salió disparado alcanzándole algunas gotas la cara. Dos largos regueros se dibujaron en su vientre y en su canalillo. Varios goterones quedaron suspendidos de mi glande y me limpié en su ombligo. Ella sonreía, pícara, lasciva, con las marcas de mi semen en su cuerpo. Era majestuosa aquella imagen tan sexual de mi novia.

—Eres maravillosa, fantástica… Preciosa. —Respiré para recuperar algo de aliento—. Dios, como me pones. Me toca.

Me lancé a por su clítoris, húmedo y receptivo como pocas veces yo recordaba. Empujaba con su mano mi nuca, gruñía de placer y susurraba continuamente un «más», «sigue», «así». La notaba excitada, sintiéndose brutalmente sexual, entregada al puro placer y al sexo sin límite.

Se introdujo algunas gotas del semen que aún salpicaba su cara en la boca. Se tocó los pechos sin reparar en que seguía marcada por los latigazos de mi esperma dibujados en sus tetas. Esta muy excitada, húmeda, lubricada como pocas veces la había visto. La lamí, mordisqueé y entre suspiros y gemidos de Mamen, y entonces, se corrió, con un suspiro ronco, largo, de placer total y profundo.

Tras el orgasmo, aun siguió ronroneando y se frotó ligeramente el clítoris con una sonrisa tremenda, bestialmente sensual. Alargaba las piernas despacio, rozando las sábanas y dejando que el orgasmo se diluyera despacio y en todo su cuerpo.

Cuando sintió que había finalizado y con gesto de satisfacción, me abrazó. Seguía con algo de mi semen en su cara, en su canalillo y en su vientre. No me importó mojarme con él. Ella, complacida y satisfecha, me miró sonriente.

—Esto es una locura…

—¿Pero qué ha pasado?

—Joder, Nico —sonreía nerviosa, traviesa y lasciva—, lo normal. Me ha visto, me ha dicho mil piropos, me ha llevado a tomar una copa, me ha dicho lo que le gusto, nos hemos tomado una segunda, y me ha besado.

—¿Beso largo?

—No, un piquito.

—¿Y tú? ¿También se lo has dado?

—No, yo no… Bueno, me he dejado, la verdad, pero nada más. Es un buen tío. Simpático y no se ha propasado. Me ha preguntado por ti varias veces…

—¿Se lo has dado o no?

—No, no seas pesado…

—¿Seguro? —Seguro, Nico…

—¿Y las manitas…? —Me ha acariciado la cintura…

—¿Solo…?

—Bueno… ha bajado un poco la mano al culo y me ha rozado las tetas… —me sonrió pícara.

—¿Te ha tocado las tetas? —Mi erección empezaba de nuevo.

—No… me las ha rozado. No me las ha magreado como un quinceañero, Nico.

—¿Y tú? ¿Tú le has tocado…? —No, solo le he pasado las manos por la cintura, su vientre, su pecho… Pero no le he tocado. Al menos en el sentido que quieres que lo haga.

—¿Sólo…?

—¡Nico! —¿Te parece poco? —me preguntó con un mohín gracioso de incredulidad.

—¿No le has tocado el paquete? ¿Ni un simple roce…? —insistía.

—Claro que no, Nico. ¿Cómo la voy a tocar el paquete?

—No sé… Como él si te ha toqueteado…

—Eres incorregible… Sabía que lo ibas a exagerar. No me ha tocado… casi ni me ha rozado.

—Pero no ha insistido en… ya sabes.

—¿En llevarme a la cama? No… directamente no, pero vamos que si le doy pie, imagínate…

Sí, me lo estaba imaginando. Perfectamente.

—Dios… como me pones de caliente, preciosa. ¿Hubieras seguido…? Quiero decir…

—Sé lo que quieres decir. —Me cortó—. No, Nico. No hubiera seguido. Esto termina aquí. Te he hecho caso, le he provocado, me ha besado y seguramente tiene ahora bastante dolor de huevos. Pero nada más. En una semana nos vamos a Ibiza y no quiero más líos…

—Vale… —le dije algo chafado.

—¿Me lo prometes? Asentí sabiendo que en cuanto pudiera, incumpliría esa promesa.

—Prométemelo —insistió. Y yo, mirando su cara, con un par de gotas de mi semen todavía en su pecho, y recordando cómo se había corrido hacia un par de minutos, con mi esperma en sus tetas y en su vientre, supe que iba a ser imposible resistirme a la fascinación de saber que follaba con otros.

—Te lo prometo…

En mi interior, y recordando cómo había venido de cachonda y lo mojada que estaba, me hice a la idea de que a ella, a pesar de sus reticencias, también le atraía el tema.

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