GAMBITO DANÉS

Maledictio

Nozomi tenía diez años cuando se trasladó, junto a sus padres, de Kioto a Barcelona. La multinacional donde trabajaba su padre estaba creciendo y, interesados en el Mediterráneo, consideraban la Ciudad Condal como la punta de lanza de su expansión. Se dio cuenta de las grandes diferencias culturales entre Japón y España, pero rápidamente se enamoró de la ciudad. Llevaba ya seis años en su nuevo hogar, y se sentía integrada tanto en el colegio internacional donde estudiaba como en la urbe.

Recuerdo que era un viernes y Alice y yo estábamos eufóricas por la llegada del fin de semana. Ese era el primer año que no teníamos que volver a las clases las tardes del viernes, aquello nos parecía fabuloso. No habíamos aún salido del recinto del colegio que mi amiga ya se había puesto la chaqueta de cuero encima del uniforme, obsesionada por endurecer el forzado aspecto de colegiala. Nos moríamos por ir a comer al centro y no queríamos pasar por casa a cambiarnos.

Cogimos el Ferrocarril en la parada de La Bonanova y fuimos directos hasta Plaza Cataluña, dispuestas a mezclarnos con el pintoresco ambiente que ofrecía siempre Las Ramblas. Comimos algo rápido, un kebab en el primer sitio que encontramos, y paseamos por la avenida cogidas de la mano. Recuerdo ese momento como uno de los últimos felices que tuve. Inocente, ajeno a todo lo malo, a todo lo que estaba por venir.

—¡Entremos aquí, vamos! —dijo Alice casi ordenándomelo y arrastrándome con fuerza.

El sitio era uno de aquellos donde una vidente te leía la mano y podías preguntarle sobre tu futuro o pasado previo pago. Como todos, era pequeño y misterioso, con símbolos extraños y decoración recargada. Una mujer castaña y con semblante amable nos esperaba sentada en una silla detrás de una pequeña mesa redonda.

—Hola muchachas, ¿os leo el futuro?

—¿Cuánto vale que nos leas la mano? —preguntó Alice, emocionada.

—¿Queréis algo exhaustivo o más general?

—Lo más barato.

—Quince euros, por ser vosotras —respondió alargando la sonrisa.

—Joder…pues…venga va, ¡yo te invito! —afirmó mi amiga sentándome casi por la fuerza en la pequeña silla libre de la mesa.

—¡Pero Alice! —me resistí yo. Pero para entonces ella ya buscaba en su cartera el dinero y no atendía a razones.

Sin apenas asimilarlo estaba allí dispuesta, sentada incómodamente y extendiendo mi mano para que pudiera manipularla a su antojo la supuesta vidente. Empezó divagando sobre mi pasado, con generalidades, sin nada concreto que pudiera “desenmascararla”. Parecía estar realmente escudriñando algo, me pidió cambiar la mano. Obedecí, y entonces pude ver, perfectamente, como daba un respingo.

—¿Qué pasa? —interrogué asustada.

—No, nada, eso es todo, gracias por venir.

Pensé que aquel era el truco de feria más antiguo del mundo, pero también era joven e inocente, y no quería irme con mal sabor de boca.

—¿Quiere más dinero? —le dije sin maldad.

Ella me miró ofendida, sintiéndose despreciada.

—No.

—Pero ha visto algo, ¿verdad? Por favor…

Vi de reojo a Alice, la observaba con el mismo interés que yo. Finalmente, la mujer resopló, me miró a los ojos y con un gesto me indicó que volviera a prestarle la mano. Observó entonces detenidamente una peca que tenía en la cara interna de la muñeca, palpándola incluso con sus dedos.

—¿Desde cuándo la tienes? —me preguntó.

—No sé… —dije.

—Piensa. Tienes poquísimas pecas, seguro que la habrías visto.

La vidente tenía razón, mi piel era muy blanca, como la leche, pero tenía muy pocas pecas. Al contrario que Alice que sus orígenes irlandeses le han dado piel blanca pero plagada de minúsculas manchitas de todo tipo.

—No lo sé, de verdad —insistí.

Ella me soltó la mano, disgustada. Miraba en todas direcciones y volvía a respirar en una mezcla de paciencia y condescendencia.

—Niña, te han maldecido.

Lo siguiente que recuerdo es confuso. Una mezcla de frío y confusión. Sé que fue Alice la que, nuevamente, me arrastró del brazo hasta la calle para intentar calmarme.

—Tía, tranquila eh, que es una de esas petardas saca pasta. No te lo tomes así.

—Pues ya podría haberme dicho algo agradable encima de que nos ha cobrado —protesté.

—Ni caso, Nozomi.

—¿Y si tiene razón? —seguí yo.

—¡¿Qué sabrá ella?! Vale, muy bien, yo te he metido en esto y yo te saco. Vamos a ir hasta el final de Las Ramblas, el primer sitio que encontremos por allí te invito otra vez. Verás cómo te dice algo completamente distinto. Son todos una banda de listillos.

—¿Seguro?

—Ya lo verás Noz…en un rato nos estaremos riendo de todo esto.

Le hice caso. Nos hicimos un hueco entre las riadas de gente que abarrotaban la calle y al llegar cerca del puerto nos metimos por algunas de sus callejuelas. Nos decantamos por un lugar, más tétrico que acogedor, llamado Meigas. Una vez dentro nos atendió una anciana que parecía sacada de un casting, pensé que solo le faltaba tener un ojo de cristal.

—¿Qué buscáis, rapazas? —Preguntó ella con un marcado acento gallego.

—Mi amiga quiere que le lean la mano —dijo Alice un tanto intimidada.

—Yo no hago eso —fue lo único que dijo la vieja.

—Bueno, la mano, cartas, lo que sea. Necesitamos saber su futuro.

—Seguidme —nos indicó haciéndose paso entre varias cortinas.

Llegamos hasta otra mesa redonda, por un momento pensé que alguna empresa se encargada de suministrarle el material a todas las videntes, hechiceras y curanderas del centro. Sentada de nuevo en una silla, si cabe, más pequeña e incómoda, recibí nuevas instrucciones.

—Escupe aquí —me ordenó entregándome un vaso pequeño.

La miré con preocupación, aunque llevaba tiempo fuera de casa mantenía el pudor típico japonés.

—Vamos angelito, hazlo —me dijo con el tono más amable que fue capaz de poner.

Obedecí y se lo entregué. Entonces escupió ella también y añadió las cenizas de un puro apagado con anterioridad. Lo mezcló todo con su largo dedo de uña aún más larga y metió dentro el ojo para ver de cerca, convirtiéndose casi en un microscopio. Alzó la cabeza enseguida, parecía tenerlo clarísimo.

Embruxada —susurró.

—¿Cómo dice? —pregunté con educación.

—Nada mi niña, marchad de aquí, hoy no tengo el día. No os cobraré.

—Ni siquiera sabemos su tarifa —reivindicó ofendida Alice.

—Sí, sí, puede ser…puede ser…Marchad.

Le agarré una de sus manos con las mías, con ternura. Ella me miró.

—Por favor señora, necesito saber lo que pasa.

—Alguien te ha echado un mal de ojo, meniña.

XVII

Fui yo la que tuve que sacar a Alice del sitio, ya que se enzarzó con ella y comenzó a insultarle en inglés e incluso en gaélico. Tener que calmar a mi amiga hizo que, por lo menos durante un rato, no pensara en lo que me había sucedido.

What the fuck! Puta vieja…

—Alice, ya está, cálmate.

—Deben tener un código la mafia esta, “si vemos a una chica asiática le decimos que está embrujada”, sons of a…

Andábamos de nuevo por la calle principal, rumbo al Metro que nos llevaría a casa. Ella se quejaba sin parar mientras yo reflexionaba.

—Lo siento Noz, ha sido mi culpa.

—No te preocupes, siéntete solo mal si me parte un rayo un día de estos —le dije para sacarle hierro al asunto.

El resto del camino a la estación lo pasamos bromeando, pero lo cierto es que la tarde había sido de todo menos graciosa. Me dije a mí misma que debía olvidarlo todo, que no se podía ir por la vida con absurdas supersticiones, tenía ya dieciséis años. Una vez en el metro este estaba completamente atestado de gente. Empezaba a oscurecer y era viernes, y aquello nunca había dejado de ser Barcelona. Me recordó mis pequeñas estancias en Tokio, cuando íbamos a ver a mis tíos. Allí incluso te empujaban para que cupiera más gente.

Con esfuerzo y empujones acabamos de pie agarradas a una de las barras verticales de seguridad del vagón, éramos tanto que el olor se semejaba más al de una cuadra que a un transporte. Alice y yo nos sonreíamos, incómodas, pero cerca una de la otra. En seis estaciones estaríamos en casa.

Se cerraron al fin las puertas y enseguida nos vimos rodeadas del mismo grupo de chicos, de unos veinte años y dispuestos a salir de marcha. Uno de ellos estaba realmente pegado a mí, pero viendo las circunstancias no le di demasiada importancia. Se agarraba a la misma barra que yo y su cuerpo, con el tren en movimiento, se pegaba más aún al mío. Sus compañeros le observaban divertidos, me di cuenta enseguida.

Noté su entrepierna adherida a mi trasero y tuve la certeza de que era premeditado. Se excusaba con gestos, aludiendo a la gente, pero no era cierto. Su vaquero presionaba deliberadamente contra la faldita de mi uniforme. Llegamos a la primera estación, pero lo poco que se vació el vagón fue rápidamente llenado por nuevos pasajeros, dejándonos en la misma situación.

Advertí entonces como se endurecía su entrepierna, presionándome el bulto contra las nalgas. Tragué saliva, miré a Alice y me di cuenta por su cara de circunstancias que también se había dado cuenta. Ella estaba a su vez rodeada de dos chicos, pero estos parecían dejarla en paz. Fue ganando confianza e incluso de decidió a mover las caderas, restregándome su repugnante erección contra mi cuerpo. Tuve ganas de llorar. Estaba atrapada.

Los amigos reían, apenas disimulaban. Él siguió frotándose, impune. Bajó una de las manos que se agarraban a la barra y la puso en mi cintura. Me faltaba incluso el aire al notarla. Con la mano en la cadera continuó presionándome con su excitado miembro, me pareció incluso oírle gemir. Quise soltarme, defenderme, pero no pude. No supe. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, acariciándome la pantorrilla por encima de la tela de la falda. Alice parecía estar a punto de explotar, pro no hizo nada.

Me golpeó entonces con el bulto, pequeños y rítmicos impactos contra mis glúteos mientras me subía de manera casi imperceptible la falda ante la fanfarrona y cómplice mirada de sus amigos. Las estaciones iban pasando, el vagón se vaciaba, pero ellos no abandonaban su sitio aun no estando ya justificado.

Justo llegamos a la estación anterior a la nuestra y percibí entonces que era la suya. Se pusieron en movimiento, pero antes de salir subió de nuevo la mano que recorría mi pierna y me manoseó un pecho entre risas. En cuanto cerraron las puertas me dejé caer lentamente, sentándome en el suelo del tren. Si no llega a ser por Alice habría sido incapaz de bajarme en la parada siguiente.

—Ya está Nozomi, ya está —me decía ya en la calle, agarrándome del brazo y acariciándome el pelo.

Yo andaba casi desmayada, aguantando por no llorar.

—Esos hijos de puta se han ido y nunca más los verás, ¿me oyes?

Me acompañó hasta casa, ella vivía cerca, pero la suya no venía de camino. Hablamos un poco en el portal antes de que subiera. Parecía que íbamos a despedirnos cuando le pregunté:

—¿Y si es por la maldición?

—¡¡¿¿Qué??!! —respondió ella, perpleja.

—Y si esto es por lo que me han dicho las brujas.

Noz, cariño, no digas tonterías. No ha sido tu tarde, eso es todo.

—Ya, pero, ¿y si hay algo más?

—¡Pero no digas tonterías, tía!

—No son tonterías Alice, nunca me había pasado algo así.

—Claro, pero es que…has cambiado preciosa. Hemos cambiado. Nos hemos hecho mayores, ¿sabes?

—Sí, pero a ti no te han hecho nada.

—Normal, ¿quién querría algo con una pelirroja, pecosa e irlandesa como yo? Pero tú…Jo, Nozomi, seamos realistas. Tú pareces sacada de una fantasía.

—¡¿Yo?!

—¡¡Pues claro!! Japonesa, vestida de colegiala, en un metro, ¿qué más quieres? Entra en cualquier página porno del mundo y pon las palabras groped subway, te van a salir infinidad de vídeos protagonizados por primas tuyas.

El argumento era una barbaridad, pero la manera de contarlo que tenía ella hizo incluso reírme.

—Eso no es verdad —dije entre divertida y angustiada.

—Vamos, solo hace falta ver cómo te miran Brendan y Fabrizio, se les debe caer a cachos de tocarse pensando en ti por las noches.

—¡Alice! —le recriminé yo entre carcajadas —. ¡No seas bruta!

—Vale, vale…mira Nozomi, hemos aprendido la lección. Al metro con vaqueros y burka.

Chi Iota Sigma

Nozomi pasó el fin de semana pensativa, pero los continuos mensajes de su amiga y las horas hicieron que se fuera relajando, que olvidara poco a poco la tensión pasada. Pensó que una mala tarde la podía tener cualquiera y decidió, obligándose incluso, a pasar página. Estaba dispuesta a afrontar el lunes con energías completamente renovadas.

Al salir de casa me sorprendió ver el cielo nublado, sentir el viento en mi rostro. Habían anunciado sol para toda la semana, pero por alguna razón el planeta decidió retar a los hombres y mujeres del tiempo. Sentí que no iba suficientemente abrigada, vistiendo solo con el uniforme.

Cuando llegué al colegio no localicé a Alice, algo extraño teniendo en cuenta que solía esperarme en la puerta principal. En sustitución a mi amiga aparecieron los anteriormente nombrados Brendan y Fabrizio. Me saludaron amistosamente, como siempre, pero supongo que en mi cabeza aún resonaban las bromas de Alice, produciéndome la sensación de que me miraban de forma extraña. Casi diría lasciva. Me repasaban de arriba abajo con la mirada, o al menos eso me parecía.

Llegó ella alfin, rescatándome de una situación incómoda provocada, seguramente, por mi imaginación.

—Casi no llego, me había olvidado de hacer los deberes de inglés, mi madre está que trina.

—¡Alice!

—¡¿Qué pasa doña perfecta?! —me dijo, bromeando—. No todas tenemos un cerebro asiático y organizado.

Las clases fueron como siempre, pero a mí me parecieron más tediosas de lo habitual. Cuatro horas por la mañana, comida, un poco de descanso, y vuelta a empezar para culminar con dos horas más. Estaba deseando que terminaran, irme a casa y relajarme.

—Nozomi —comenzó el profesor de literatura dejándome una redacción sobre la mesa—. Si quieres quédate un momento al final de clase y lo discutimos.

Me había puesto un cuatro, una nota indigna, o eso me diría mi padre al enterarse. Me estresé. Era mucha la presión que ejercían mis padres con mis estudios. Me dejaban libertad siempre y cuando sacara buenas notas y aquel cuatro era un verdadero problema. Pude ver a la gente recogiendo las cosas, a Alice haciéndome señas y yo diciéndole que la alcanzaría en un rato.

El profesor Roberto López también recogía sus cosas en una bandolera de piel, no fue hasta que el último alumno dejó el aula que me acerqué en su encuentro, con la redacción en una mano y el corazón en un puño.

—Profesor… —dije.

—Sí, sí Nozomi, acércate por favor.

Roberto agarró de nuevo el escrito y lo puso encima de su mesa, estudiándolo.

—La verdad es que me ha sorprendido Nozomi, no parece escrito por ti.

—Profesor, yo…

No sabía cómo excusarme. Él seguía con la vista en el trabajo, moviendo el anticuado bigote como si reflexionara.

—Está lleno de repeticiones, tiene algunas faltas que no se pueden permitir a estas alturas, a veces peca de conciso y otras se hace denso, pesado.

Se sentó en la silla y siguió criticándolo mientras recorría sus labios con el pulgar.

—Mira, ¿ves? —preguntó señalando un párrafo—. Hay maneras mucho mejores de describir a un personaje que con interminables frases y adjetivos, parece la descripción de un producto que vas a comprar por internet.

Yo observaba avergonzada sus indicaciones.

—Aquí, por ejemplo, está lleno de gentilicios que lo único que hacen es ralentizar el ritmo de la narración.

Siguió con sus explicaciones mientras yo le observaba atentamente.

—Acércate por favor, quiero que seas consciente de esto —me dijo poniendo su mano en la espalda y acercándome a la mesa.

Me incliné un poco para verlo mejor, pero para él no fue suficiente. Me agarró de la cadera y, ante mi sorpresa, me sentó en su regazo mientras continuaba con su crítica.

—En este punto de la redacción se nota que no sabes a dónde vas, que improvisas. Debes tenerlo todo claro, introducción, nudo y desenlace, o el texto será mediocre.

No sabía si lo que decía tenía sentido, que me medio obligara a sentarme sobre sus muslos me había dejado completamente descolocada. Y no solo a mí, también a mi falda con la que forcejeaba disimuladamente para bajarla un poco, estaba realmente incómoda. La incomodidad pasó a ser algo peor, perturbador incluso, cuando me pareció notar crecer algo debajo de mí.

Intenté no ponerme nerviosa, me dije a mí misma que era fruto de las recientes malas experiencias, pero él empezó a revolverse un poco sobre el asiento, y con cada movimiento parecía conseguir subir un poco más mi falda hasta que estuve sentada directamente sobre su entrepierna, notando inequívocamente el bulto de su pantalón directamente presionando sobre mis nalgas, separado solo por mis braguitas. Era la segunda vez que me pasaba en tres días.

—¿Lo entiendes, Nozomi? —me preguntó.

No, no entendía nada. No entendía como se atrevía a hacer algo así. Como podía traicionar de esa forma mi confianza. Como era capaz de violentarme hasta ese punto. No entendía qué había hecho yo para merecer eso. Por qué la gente se veía con libertad para acosarme en el tren. La razón por la cual Roberto López podía restregarse contra mí de manera tan impune. No, profesor, no lo entiendo.

—¿Me estás escuchando? —insistió exagerando aún más sus impúdicos movimientos.

—Sí —me obligué a decir.

—¿Sabes qué esto bajará tu nota global de la asignatura, verdad?

No quise contestar, por primera vez en mi vida no me importaban los estudios.

—¿Y bien? ¿Qué podemos hacer? —pronunciaron sus repulsivos labios mientras ponía sus manos en mis descubiertos muslos.

Reuní la fuerza necesaria. Decidí que no iba a permitir que me ultrajasen de esa manera. Me levanté casi de un salto, empujándole incluso, recogí mi mochila y salí a toda prisa del aula diciendo:

—Haga usted lo que quiera.

616

Una vez fuera avancé rápidamente por los pasillos del colegio en busca de salida. Me sorprendió no ver a nadie. Nada de corrillos de alumnos comentando. Ni rastro de Alice esperándome u otros profesores emprendiendo el camino de regreso a casa. Nadie. Cuando llegué a la puerta vi a Jaime, el bedel que habitualmente limpiaba.

—¿Dónde vas con esa cara? —me dijo al ver mi semblante preocupado.

—Nada Jaime, nada.

Intenté hacerme paso hacia el exterior, pero me lo impidió con su cuerpo y colocando la fregona como si fuera un escudo.

—Vamos, ¿qué te pasa, pequeña?

En ese momento pensé que solo quería ser agradable conmigo, consolarme, pero nuevamente me equivoqué.

—No es nada, una mala nota que no me esperaba, déjame pasar por favor.

—Oye, preciosa, no puedo dejarte ir así, ¿no crees?

Su aspecto era más andrajoso incluso de lo habitual, y me sonrió mostrándome una hilera de dientes amarillentos y descolocados. Me puso los pelos de punta.

—Jaime, por favor, no tengo el día.

—¡¿No?! Pues yo sí. Hoy sí tengo el día —dijo tirando la fregona al suelo y acercándose aún más—. Hoy es otro día maravilloso, en este trabajo maravilloso y con este espectacular sueldo.

No tuve tiempo de reaccionar, me agarró por el cuello y me tiró con fuerza al suelo para, seguidamente, abalanzarse sobre mí con todo su peso. Olía a tabaco y alcohol, e intentaba besarme con su nauseabunda boca. Consiguió abrirme las piernas, dejando claro que mis forcejeos eran inútiles, y se colocó entre ellas. De nuevo sentía una erección chocando contra mi sexo, pero esta vez todo era mucho más dramático. Jaime se había conseguido quitar el cinturón y ya se bajaba el pantalón dispuesto a todo.

—¡¡No!! ¡Para! ¡¡Para!! —le supliqué.

Tenía el miembro erecto ya fuera del pantalón y me presionaba como si pretendiese penetrarme por encima de la ropa interior, mientras sus manos me sujetaban y magreaban los pechos por encima de la blusa indistintamente.

—¡Cállate! Putita japonesa. Estoy harto de tu actitud recatada de mierda, ¡chupa pollas!

Siguió agrediéndome, pretendiendo ahora arrancarme las bragas mientras yo me defendía, le golpeaba como podía con las piernas y las manos y gritaba entre lloros.

—¡¡Por favor!! ¡¡Por favor!! ¡No! ¡¡No!!

En la lucha me dio la vuelta, sujetándome de nuevo y bajándome la ropa lo suficiente para poder restregar su miembro por mis glúteos, buscando acomodarse.

—¡¡Estate quieta, puta!! Verás como te gusta que te dé por el culo.

Percibí los primeros intentos de penetrarme analmente, pero pude moverme lo suficiente para impedírselo.

—¡¡¡Estate quieta te digo!!!

Con una mano me agarraba la entrepierna, desnuda, mientras que con la otra me sujetaba la nalga.

—¡¡¡Paraaaa!!!

Me sentí perdida, pero en aquel preciso instante la voz menos esperada se convirtió en mi salvación.

—¡¿Nozomi?! —preguntó un boquiabierto Roberto, observándonos a escasos metros.

El bedel se retiró al instante, vistiéndose apresuradamente mientras farfullaba frases ininteligibles. Aproveche para vestirme de nuevo, adecentarme algo la ropa y salir corriendo, olvidando incluso mi mochila. Salí tan horrorizada del colegio que tuve que andar durante horas para calmarme antes de volver a casa, no tuve ganas ni de llamar a Alice para contarle lo sucedido.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s