AURORA MADARIAGA

Capítulo 14
«¿Por qué te querían cazar? ¿Qué has hecho y qué planeas hacer para que te quieran
torturar y detener de tal forma?»
—Debo recuperar nuestro derecho por nacimiento para los elfos y todas las criaturas
mágicas de Bethmoora. Debo reclamar la superficie de la Tierra y volver a ella como
fue siempre nuestro destino. No es solo una cuestión de honor y justicia, se trata de
nuestra salud. Nuestros druidas se sacrifican todos los días exponiéndose a pequeñas
dosis de rayos solares para cuidar el diminuto bosque que hemos sido capaces de
plantar aquí bajo tierra donde la luz se cuela lo suficiente por la pequeña claraboya
para llegar a los árboles, plantas y flores. Es toda la flora que nos queda a nuestro
haber de la que nuestras pócimas, ungüentos y curas dependen. Los humanos han
destruido los bosques, océanos y aires en el esfuerzo infinito de producir más fábricas
e industrias y contaminar al mundo con objetos materiales inútiles. El planeta muerte
lentamente y nosotros con él también.
El Príncipe se llevó la cuchara dorada a la boca cargada de arvejas y zanahorias
caramelizadas en romero y orégano. Masticó calmado y trató de controlar su
respiración agitada. La ira volvió a quemar su pecho, a hervir en sus venas, a hinchar su
aorta con la sed inagotable por venganza. De reojo notó a Loreto con el rostro
desencajado. No había tocado su plato en minutos. Le observaba con detención cuan
criatura mutante de los avernos. Se limpió la boca con la servilleta de tela descansando
sobre su regazo, bebió un sorbo de su copa y la encaró.
—Estamos agonizando muy de a poco. No fuimos concebidos para la vida subterránea.
Miles de años bajo tierra han forzado nuestros organismos a adaptarse a este entorno
—gesticuló alrededor a la mirada atónita de Loreto—. Exterminar a los humanos por
completo es la única solución. Necesitamos el espacio y tiempo para volver a
exponernos gradualmente al sol y sanarnos. Esta—se apuntó su rostro—no es nuestra
forma original. Este es el resultado de milenios bajo tierra.
Loreto exhaló un suspiro que dejó entrever su impresión. Estaba inmóvil con los
antebrazos apoyados a los costados de su plato que se enfriaba. La mandíbula
desencajada, la mirada ida en un punto cualquiera. Pálida. El Príncipe nunca dejaría
de sorprenderse de cuan ignorantes eran los humanos comunes y corrientes, aquellos
que no ocupan una posición de poder ni decisión en sus sociedades, a la consecuencia
irreversible de su actuar. Si bien no eran los responsables directos de las políticas que
tenían al planeta aullando por ayuda, sí eran cómplices al participar en las economías
de consumo masivo de las que eran esclavos y engranajes.
—¿Es cierto que asesinaste a tu padre?—dijo de pronto con un hilo de voz
entrecortado. Lentamente giró las pupilas hasta hacer contacto visual con él.
Temblaba. El Príncipe podía escuchar sus pensamientos fuerte y claro. No había
maldad en su corazón, era un libro abierto y por lo mismo también lo era su mente. Y
en ese momento existía un solo sentir en Loreto Clair. Pavor. Debió reprimir la culpa
por asustarla de tal forma y la urgencia de asegurarle que ella resultaría ilesa de todo.
No tendría corazón para exterminarla, sobre todo después de lo que había hecho por
él. Era diminuta y frágil, mas su espíritu era gigante. Había mostrado valentía y
grandeza al reconocer su error y ayudarlo a escapar la prisión de tortura en la agencia.
—Debí hacerlo—el Príncipe dijo sin más con la mirada enfocada al frente—. Su
debilidad fue la culpable de condenarnos a nuestra situación actual. Me defendí de sus
guardias cuando dio la orden de matarme, y por extensión, a mi hermana. Era él o
nosotros.
Loreto tragó saliva. Los pocos colores en su rostro la abandonaron. Tosió en su puño y
aclaró la garganta.
—¿Y si hubiera otra salida? Hace un mes atrás no sabía de la existencia de criaturas
mágicas ni mucho menos de los elfos viviendo a la par con nosotros en este mundo. ¿Y
si te presentaras al mundo como el Príncipe de los Elfos y negociaras una salida
pacífica para tu pueblo? El mundo entero quedaría igual de fascinado con ustedes que
yo, tendrías el apoyo de las personas si explicas la situación.
El Príncipe resongó la risa y negó con la cabeza. Cuchareó de su plato en silencio. Solo
alguien tan joven e ingenua como Loreto Clair podría creer que existía una solución
pacífica para recuperar las tierras que por derecho siempre habían sido elfas. Su padre
hizo el pacto de paz con los humanos con la promesa que les dejaran conservar los
bosques pues ellos se quedarían con las ciudades. Los humanos eran incapaces de
cumplir su palabra de honor. Pronto las ciudades necesitaron más y más terreno para
crecer y los humanos olvidaron rápido el tratado con el rey Balor expulsando a los elfos
hasta obligarlos a excavar bajo tierra para sobrevivir. El Príncipe había sido testigo de
innumerables guerras entre los humanos. Siempre en nombre de la avaricia o el ego.
Peleaban porque no creían en el mismo dios, se mataban porque un imperio quería
dominar a todos los demás, rompían pactos apenas surgía la posibilidad de un
beneficio personal. Eran una raza incapaz de vivir en armonía. Carecían de sentido de
comunidad más allá de los idiomas, credos y límites geopolíticos. Cualquier cosa
alteraba su frágil paz. Su empatía se extendía solamente hasta el límite de su
entendimiento. Y los humanos eran los seres más ignorantes del planeta.
—Las personas comunes y corrientes no son monstruos, ¿sabes?—Loreto continuó y
se acomodó en la silla para encararlo—. Solo queremos ser felices y lograr nuestras
metas y para conseguirlo tenemos menos de cien años de vida. No somos inmortales
como ustedes, nuestros cuerpos son frágiles y susceptibles a enfermedades que nos
pueden acortar la vida.
Su voz se quebró hasta dejarla muda. El Príncipe la observó intrigado. Sus ojos pardos
quedaron sumergidos en un mar de lágrimas agolpadas. Se llevó las manos al
abdomen y bajó la cabeza en un sollozo apenas audible. Rauda se disculpó y secó las
comisuras de sus ojos con la servilleta sobre su regazo. Bebió un sorbo largo de su copa
y aclaró la garganta. Y entonces recordó. El día de su captura el Príncipe había acudido
al teatro después de escuchar la noticia de la cancelación de su concierto por razones
de salud. Cuando logró entrar en el pasillo del sexto piso y la vio inconsciente sobre el
piso temió lo peor. La había tomado en sus brazos y llamado su nombre una y otra vez.
Era cierto, los humanos eran seres demasiado frágiles. Loreto Clair moría lentamente.
El Príncipe estiró la mano derecha en su dirección.
—¿Puedo?—preguntó con la mano a pocos centímetros de su cabeza.
Ella solo asintió desconcertada.
El Príncipe levitó la mano derecha por encima de su frente y bajó por su rostro, cuello,
pecho y estómago. Se detuvo allí. Comprobó su consentimiento y tocó su abdomen por
encima del camisón. Cerró los ojos. Percibió un cambio celular, una energía que débil
palpitaba desde su centro, mas no había rastro de aquella radiación que había sentido
de Loreto cuando la tomó en sus brazos en el teatro.
—¿Tienes el mismo poder que el agente Sapien?—Loreto preguntó todavía inmóvil
con la voz poseída de miedo.
El Príncipe abrió los ojos y la observó fruncido.
—Fue él quien descubrió el tumor maligno en mi estómago. Un equipo de médicos me
operó en la agencia y me tuvieron en coma por dos semanas. Solo cuando desperté y
volví a caminar te encontré, pero para entonces ya te estaban haciendo demasiado
daño.
El Príncipe arrimó su silla más cerca de la suya. Loreto tembló a su súbita cercanía.
Todavía tenía su mano derecha apoyada sobre su estómago. La miró a los ojos. «No me
temas. No te haré daño». Ella ladeó la cabeza y trató de comprobar en sus pupilas lo
que Nuada acababa de transmitirle telepáticamente. Los humanos estaban
completamente desconectados del plano superior de consciencia. En sus cerebros
llenos de información inservible no había espacio para la contemplación. Vivían
rindiendo culto a aparatos electrónicos diseñados específicamente para mantenerlos
distraídos y, a excepción de unos pocos, se rehusaban a conectar con la Madre Tierra
para poder ascender. No le sorprendió que su rostro se desencajara al escuchar su voz
en su mente sin necesidad de hablar. El Príncipe apartó la mano de su abdomen. Su
perfume natural lo estaba embriagando. Un calor dulce como un abrazo mezclado con
una esencia cruda que emanaba su piel. Raudo se apartó de su lado con la silla y se
puso de pie.
—Estás sana, no percibo nada—sentenció y se alisó el gabán.
Loreto se puso de pie. Volteó hacia ella frente a frente. Debió encorvar el cuello hacia
abajo para encararla. Su estatura llegaba a la altura de su pecho.
—Si deseas puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. Ahora debo dejarte.
—Gracias por la invitación—Loreto dijo tímida—. Sin embargo, me temo que debo
volver a mi casa. He estado desaparecida por un mes y además…—se abrazó el
abdomen—, debo hacerme exámenes médicos. No es que no confíe en tus poderes ni
en los del agente Sapien, pero él mismo me advirtió que el cáncer podía volver y en ese
caso, no seré tan afortunada de contar una vez más con la ayuda oportuna de seres
mágicos como ustedes o agencias secretas con tecnología y medicina de punta.
Cáncer. Habían pocas enfermedades en el mundo de los humanos más temida y
despreciada que el cáncer. Los elfos no contaminaban sus cuerpos con productos
humanos procesados con químicos ni respiraban la nube de tóxicos que colgaba por
encima de cada urbe. La biología de sus organismos era mucho más compleja que la de
los humanos, por lo que podían sintetizar pequeñas cantidades de toxicidad del
mundo moderno mientras no se mezclaran con ellos ni su estilo de vida. Esta era una
de las razones por la que mantenían sus interacciones con los humanos al mínimo.
«No somos inmortales como ustedes, nuestros cuerpos son frágiles y susceptibles a
enfermedades que nos pueden acortar la vida». El desarrollo desmedido en su afán por
avanzar en la tecnología y hacer sus vidas aún más cómodas y rápidas era el culpable
de tal enfermedad. Y Loreto Clair era una víctima más. Si ahora se iba quizás no la
volvería a ver jamás. Debía volver a la agencia a por la última pieza de la corona en
manos de Nuala. Estaba seguro que su hermana también estaba en posesión del mapa
con la ubicación del Ejército Dorado. Su padre el rey nunca confió en él para tal tarea.
Siempre supo que Nuada lo desafiaría en algún momento. Con el Ejército Dorado a su
comando, la masacre a los humanos no dejaría ningún sobreviviente. Observó a
Loreto. Sintió un deseo apremiante de abrazarla fuerte contra sí. Apretó los puños y
tensó todo su cuerpo.
—Ya veo—el Príncipe dijo y perdió la mirada en el suelo por un segundo. Volvió a
enfocarse en ella—. En ese caso, dame tu mano—dijo y estiró la suya derecha abierta
con la palma hacia Loreto.
Ella pestañeó contadas veces y dubitativa puso su mano izquierda abierta contra la
suya.
Nuada cerró los ojos.
Clair no era su apellido verdadero, sino artístico. Loreto Helena María Cranwell. Su
madre era mejicana y su padre, estadounidense. Ambos vivían en Los Ángeles. Hija
única. Treinta y cinco años de edad. Soltera. Fluida en español y francés. Durante su
infancia y adolescencia tuvo un perro Viejo Pastor Inglés llamado Wolfie en honor a
Wolfgang Amadeus Mozart que falleció a la edad de catorce años. Ocurrió mientras
ella estaba en la escuela. Cuando Loreto se enteró, no salió de su habitación por cuatro
días enteros llorando su partida. Quería ser madre algún día, mas la única vez que lo
había intentado hace poco más de cinco años atrás tuvo un aborto natural que le
produjo una depresión de un año. No confiaba en los hombres pues cargaba con
demasiadas decepciones en el corazón. Sentía curiosidad por él y los elfos pero se
avergonzaba de preguntar. Tocaba el piano desde los siete años y cantaba desde los
quince. Amaba la música por sobre todas las cosas. Su mejor amiga llamada Heather
había fallecido recientemente tras complicaciones en el parto de su primogénito.
Todavía tenía el dolor de su partida a flor de piel. Y la mera idea de pasar por una
quimioterapia la paralizaba de miedo.
El Príncipe separó su mano de la suya. Ardía. Rara vez en la vida había leído a un
humano. Nunca se había interesado en ellos. Hasta ahora. Su centro volvió a alinearse
con el de ella como aquella vez desde lo alto del ático en el teatro escuchando su
concierto. Dio un paso atrás.
—Antes que la guerra comience te buscaré. Ahora que conozco tu energía podré
encontrarte. Podrás refugiarte aquí y traer a tus padres. Es todo lo que puedo prometer
—dijo y caminó hacia la salida.
—¡Príncipe!—Loreto llamó a sus espaldas.
Volteó.
—¿Qué es lo primero que te gustaría hacer sobre la superficie de la Tierra en un día
soleado?
El súbito nudo en la garganta lo ahorcó por un segundo. Su mirada se aguó. Apretó la
mandíbula. Recordó el salado gélido de la brisa marina sobre su rostro y cabellos, la
frescura del mar en las costas de Bethmoora erizar su piel, la fuerza de las olas
nadando contracorriente, las millones de chispas de sol reflejadas en las crestas de las
olas y en la cara cristalina de los granos de arena.
—Volver a nadar en el mar.

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