AURORA MADARIAGA

Capítulo 13
Loreto se remeció de frío, el aire húmedo y gélido a metros bajo tierra se comenzó a
colar en sus huesos. Tenía los pies y las manos congeladas. Despertó y enseguida se
sorprendió cuan blanda era la superficie donde estaba acostada. Se irguió lo suficiente
para estudiar sus alrededores. Este no era aquel apartado de los druidas elfos con el
denso bosque subterráneo. Estaba sobre una cama de acolchadas mantas y almohadas.
El halo de una chimenea su derecha llegó hasta ella con una suave brisa de las llamas
crepitando. Atinó a mover el brazo izquierdo. Vestía una especie de toga o camisón
claro. Aventuró a palpar el área donde la bala había impactado. Abrió los ojos a más no
poder y se impulsó hasta sentarse en la cama. A la luz del fuego y las lámparas de gas
dispuestas desde las paredes de cimientos y rocas, estudió su bíceps izquierdo con
atención. Donde la bala había impactado su carne, había ahora apenas una pequeña
cicatriz como un punto. Como la marca que deja una vacuna. ¿Cómo era siquiera
posible? Atinó a mover el brazo, a tientas y lento primero, luego lo aleteó fuerte. Nada,
el dolor había desaparecido por completo. ¿Magia elfa? ¡¿Qué habían hecho con ella?!
Se levantó de la cama y envolvió en una gruesa manta de lana que descansaba a los
pies. Comenzó a caminar sin saber bien dónde se dirigía pero pronto el aroma de
especias y verduras asadas la atrajo como un hechizo. Llegó al área por encima del
lugar donde pasaba la línea del metro.
—La humana se quedará unos días, te encargarás de ella y atenderás todas sus
necesidades.
Era la voz firme y grave del Príncipe Nuada. Se acercó y por entre los visillos y cortinas
dorados y negros avistó en el nivel inferior a su anfitrión hablando con una elfa que en
ese instante hacía una dramática reverencia frente a él. Acto seguido se concentró en el
fogón, abrió la tapa de una de las ollas y revolvió el contenido con una larga cuchara de
metal. Otros dos elfos aparecieron desde la oscuridad y se unieron a la elfa en la
preparación. Loreto estudió los alrededores. Parecía una estancia para comer y dormir.
Una cama angosta de similares mantas acolchadas como la suya se arrimaba contra los
visillos con la cabecera hacia el nivel inferior. ¿Cuánto tiempo había estado en este
lugar y bajo el conjuro de los druidas elfos? Se arrimó a la chimenea e inspiró
profundo. Lo que fuera que la elfa estaba cocinando olía exquisito.
—Has despertado.
Loreto dio un respingo. Giró abrupta y se encontró con el Príncipe encarándola a sus
espaldas. Sonrió leve por la esquina de su boca negra.
—¿Cómo te sientes?—preguntó y se acercó a su brazo izquierdo.
Loreto dio un paso atrás. A tan corta distancia y frente a frente, su presencia exudaba
un autoritarismo y vehemencia imposible de ignorar.
—Estoy bien—susurró y bajó la cabeza cohibida de repente. Se armó de valor para
encararlo. Estiró el cuello hacia el techo—. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Qué
me hicieron?—preguntó anonadada y se destapó el brazo izquierdo, el frío de las
cloacas enseguida le produjo piel de gallina—. La herida de bala ya no está, ¿cómo es
posible?
El Príncipe sonrió con empatía. Gesticuló hacia la mesa. Dubitativa, Loreto lo siguió.
Él tomó asiento a la cabecera, de la nada apareció un elfo y removió la silla hacia su
derecha para ella. Loreto le agradeció en un susurro.
—La medicina elfa es el poder de la naturaleza. Mis druidas dedican sus vidas al
estudio y desarrollo de sus propiedades curativas.
Su voz sonó calmada como si se esperara las interrogantes de Loreto.
—Un día entero. Veinticuatro horas. Ayer llegamos cerca de la medianoche desde la
agencia.
Loreto abrió los ojos. Luego de dos semanas en coma y ahora todo un día bajo conjuro
mágico elfo, la vida se le iba en las manos de otros jugando con su consciencia como
rata de laboratorio. Sin embargo, ambos procedimientos habían sido por su bien. Un
par de elfos comenzaron a poner platos, cubiertos y copas en la mesa. La elfa con la
que el Príncipe había hablado apareció cargando un olla de acabado dorado y la
depositó en el centro. Los otros elfos llevaron un par de vasijas y fuentes y las dejaron
sobre la mesa. Los cuatro elfos sirvientes hicieron una reverencia y se retiraron hacia el
nivel inferior. Loreto aclaró la garganta.
—¿Y usted? ¿Ha sanado de sus heridas?
Se sintió tonta siquiera preguntar por algo que ella misma tenía directa
responsabilidad. Ella había colaborado para tomarlo prisionero. Le habían torturado
por casi un mes completo. Día y noche atado a esa cama de ejecuciones. Sin comida,
sin agua, sin descanso y en constante dolor. ¿Qué querían de él? ¿Qué había hecho
para merecer tal castigo?
El Príncipe la quedó mirando profundo a los ojos. Se recordó de haber escuchado su
voz dentro de su mente segundos antes de perder el conocimiento. Sin quitar la mirada
de ella elevó la mano izquierda y con un leve gesto comandó a uno de los elfos a verter
un brebaje rojizo en ambas copas. Lo despachó con igual facilidad. Estaba
acostumbrado a dar ordenes. Había nacido y sido criado para gobernar y liderar.
Loreto supuso que no conocía otro mundo ni forma de vida. Solo entonces sentada a
su derecha se percató que el Príncipe vestía una tenida distinta a la del día anterior.
Esta era blanca con aplicaciones en dorado y rojo. Este gabán no llevaba la protección
de su pecho ni antebrazos como el negro que vestía cuando salieron de la agencia.
Ahora estaba en casa y entre los suyos. Sobre su pecho lucía bordado en hilos dorados
el mismo símbolo que el del cinturón que llevaba la noche pasada. Un círculo que
encerraba un árbol con sus raíces, tronco y ramas. La notó observando el detalle.
Loreto se ruborizó a más no poder y se retractó contra el respaldo de su silla.
—Aiglin, el árbol padre—pronunció solemne—. Es el escudo del reino de Bethmoora
—explicó y pasó la mano por el detalle del árbol en el medio.
El aroma de los guisos, estofados y guarniciones humeantes abrió su apetito hasta
aguar su boca y hacer rugir su estómago. Estaba hambrienta como no lo había estado
en semanas. El Príncipe gesticuló hacia la mesa, de pronto se cohibió abusando de su
hospitalidad. Todo lucía buenísimo. Ni un rastro de carne, pescados, huevos o lácteos.
Eran verduras, semillas, frutos secos, cereales, raíces y hortalizas. Loreto tomó su plato
y sirvió un poco de todo sin saber qué esperar. Solo entonces el Príncipe prosiguió a
servir su plato para él. Espero que fuera él quien comenzara a comer para hacerlo ella.
¡Era un príncipe! Su educación era de ser extensa y rica al igual que su conocimiento.
Para él, Loreto era de ser peor que una plebeya. Era una humana mortal muy por
debajo de su estirpe. Le costó sacarse esa idea de la cabeza y relajarse. Pinchó unos
vegetales ahumados en hierbas a juzgar por el aroma y se los llevó a la boca. La
explosión de sabor la tomó por sorpresa. Masticó abandonada y pinchó otras verduras
con gusto.
—Loreto—el Príncipe llamó y bebió rápido un sorbo de su copa. Se acomodó hasta
encararla a su derecha—, has de saber que los elfos podemos leer la mente—dijo y
corrió la mirada con una sonrisa sarcástica en la esquina de sus labios negros.
El bochorno subió a sus mejillas y pecho hasta afiebrarla. Lo sintió observándola
penetrante, no pudo corresponder su mirada. Estar en su presencia a tal corta
distancia era abrumador. Bebió de su copa y para su sorpresa le agradó lo que degustó.
Era una especie de jugo de uvas pero no alcanzaba a tener alcohol. El Príncipe se volvió
a concentrar en su plato.
—Puedes relajarte en mi hogar. Si no fueras bienvenida no estarías aquí. Lo que hiciste
por mí no lo olvidaré jamás. Estoy en deuda contigo. Me salvaste la vida. Desde hoy
eres amiga mía y de Bethmoora—dijo y chocó su copa con la suya.
Loreto correspondió el gesto de forma mecánica. Se vio desde afuera. Su familia,
amigos, productor, disquera, representante y fanáticos seguían preguntándose allá
arriba en la superficie dónde carajos se había metido. El recuerdo fugaz de una portada
de periódico se vino a su mente. La noche anterior desde unos de los taxis que
tomaron desde Connecticut, donde el GPS de su móvil había marcado la ubicación de
la agencia, vio un tuco de diarios arrimados en una esquina a la espera de la mañana
siguiente. Su titular leía en letras rojas imprentas «¿Dónde está Loreto Clair?» junto a
una foto suya. Esa de rostro demacrado y extrema delgadez era ella. Solo ahora se
percataba lo enferma que había estado. Quizás ya la daban por muerta. Estaba
desaparecida por un mes sin dejar rastro. La agencia era una entidad secreta por lo que
su diagnóstico y cirugía no saldrían a la luz como tampoco toda la operación de
captura del Príncipe en la que había sido pieza clave. «Metástasis». La palabra volvió a
su consciente como la insinuación de la muerte esperando por ella al final del camino.
Cargó el tenedor de deliciosos cubos de papas con romero y cebollitas en perla
caramelizadas. A su izquierda vio al Príncipe cenando concentrado en su plato. Loreto
bebió otro sorbo del jugo de uvas y aclaró la garganta.
—Si puede leer mi mente entonces ha de saber cuan arrepentida estoy por haber
participado en la operación para tomarlo prisionero—dijo en un solo flujo de aire—.
No sabía qué planeaban hacer con Su Alteza y por sobre todas las cosas, nunca me
imaginé que le torturarían con tanta crueldad. Cuando lo vi atado a esa cama de
ejecución…—Loreto tragó saliva y luchó contra el nudo en la garganta.
El Príncipe buscó su mirada.
—No es primera vez que los humanos me capturan—dijo con voz suave—. No
necesitas referirte a mí como Su Alteza. No eres elfa, no soy tu príncipe. Puedes
llamarme Nuada.
Loreto lo interrogó con la mirada. A la luz de las decenas de velas y lámparas de tenue
halo sus largos cabellos lisos oxigenados lucían más rubios y su piel de mármol, cálida
como rozada por el sol. Notó que las puntas de sus cabellos eran de un rubio más
intenso que el resto. Él y su gente ya no recordaban el beso del sol. La fuente de energía
y vida se había convertido en veneno para ellos. Aquella realización la hizo verlo
completamente distinto. Contempló los alrededores y sopesó qué era la vida bajo tierra
para los elfos y para él. Era un príncipe sin reino ni palacio. Un príncipe sin corona
completa.
—¿Porqué te querían cazar? ¿Qué has hecho y qué planeas hacer para que te quieran
torturar y detener de tal forma? ¿Qué pretendían?¿Tenerte allí por el resto de la vida?
Nuada rezongó una risa que dejó el aire pesado de ironía.
—Fácilmente podrían haberlo hecho. El hombre de hojalata alemán no tiene cuerpo
que le envejezca y yo soy inmortal. Podríamos haber estado en esa relación por siglos a
venir—dijo con tal frialdad en la voz que heló sus huesos.
—¿Eres inmortal?
—A menos que me hieran de muerte, si—dijo casual y bebió de su copa. Tomó su plato
y sirvió otra ronda de cada uno de los guisos—. Los elfos envejecemos muy lento,
nuestra biología es distinta a la vuestra. Llegará el día que conozca a mi igual en el
campo de batalla y él será mi verdugo y liberador. Es mi destino. Por esta razón ayer no
solo me liberaste, sino también restauraste mi honor—se acomodó en su silla y la miró
penetrante a los ojos—. Moriré algún día en el campo de batalla a la estocada mortal
de un oponente digno, mas no sin poder defenderme y a merced de artimañas bajeras
como la tortura.
Loreto tragó saliva y se permitió bucear en las profundidades de sus ojos ámbar. ¿Qué
edad tenía exactamente este ser? ¿Cuánta historia había presenciado? ¿Cuánta
sabiduría poseía? ¿Cuántas vidas había ya vivido?
—Más de las que pueda recordarme—contestó—. Tus pensamientos gritan más alto de
lo que te das cuenta—dijo divertido y cuchareó concentrado en su plato.
Loreto negó con la cabeza sonriendo e ignoró el bochorno que invadió sus mejillas.
—Podrías dejar de luchar entonces—ofreció con duda en su voz.
—Cuando la vida es supervivencia no puedes bajar los brazos. Cuando quieres vivir en
vez de sobrevivir, hay que luchar.

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