MOISÉS ESTÉVEZ

Después de hacer el amor, apuraron los cafés, semi sentados en la
cama, en silencio, disfrutando del momento.
Encendieron un cigarrillo que compartieron, sin hablar, a la espera de
que alguno se decidiera, aunque dicho silencio fuera de lo más reconfortante y
placentero.
La decisión no llegó en forma de mutismo roto, fue volver a entregarse a
la pasión desenfrenada del sexo. Vincent tomó esta vez la iniciativa, una
iniciativa que a María le estaba leyendo el pensamiento.
Se entregó como si de su primera vez se tratara, lo que para él no paso
inadvertido durante los más de veinte minutos en los que ella alcanzó tres
espectaculares orgasmos.
Exhaustos, ya no quedaba café que apurar, pero si otro cigarrillo que
compartir. De nuevo, silencio, se gustaron, saboreando el momento, viviendo
un presente que desconoce un pasado que a lo mejor no existía, e ignora un
futuro que poco importaba.
María se incorporó y le dio un cariñoso beso en los labios a Vincent. – No
te muevas de aquí. He tenido una idea. –
Salió de la cama, se enfundo sus 501, se calzó sus zapatillas y se puso
la camiseta que Vinc había dejado a la mano la noche antes. – Salgo un
momento. No tardo. –

  • ¿A dónde vas? –
    No había terminado de preguntar cuando María ya había abandonado la
    habitación…

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