AURORA MADARIAGA

Capítulo 12
—Ningún humano ha entrado aquí antes. Esta es una excepción—el Príncipe dijo con
la mirada fija al frente.
El lugar era una bodega abandonada cerca del puente Brooklyn en Nueva York. A solo
metros de distancia a sus espaldas la ciudad continuaba con su vida como si nada. No
sabía qué hora era con exactitud pero la noche tenía olor a madrugada pues la brisa
otoñal gélida calaba los huesos. El frescor alivió en parte el punzante dolor desgarrador
de su brazo izquierdo. El calor de la bala incrustada en su carne se había expandido a
toda su extremidad y parte de su hombro y pecho. La cabeza seguía flotando liviana
como una pluma, Loreto se arrimó contra la pared y de a poco perdió las fuerzas
deslizándose lentamente hasta aterrizar sentada contra el frío piso de concreto. El
Príncipe apuró en activar los intrínsecos engranajes, válvulas y cerrojos de la masiva
puerta redonda que cuan bóveda bancaria cedió hasta abrirse contra calambres y
rugidos metálicos. Se puso en cuclillas y la tomó en sus brazos nuevamente.
Tan pronto cruzar el umbral notó el fuerte olor a cloacas entramado con una
mezcolanza a tallarines fritos, pescados e incienso. Una melodía disonante y
extrañamente festiva sonaba débil desde un organillero por encima del parloteo
colectivo. A duras penas elevó la cabeza y boquiabierta observó el panorama. Un mar
de criaturas y monstruos de todos colores y formas transitaban por angostas callejuelas
en lo que parecía ser un gran bazar paranormal. Desde las alturas destellaban luces
como lámparas de gas o ampolletas en proceso de apagarse. Las construcciones se
apilaban sobre otras con anarquía y subían por las paredes creando pequeños
recovecos como diminutos refugios. El Príncipe se abrió camino entre los extraños
habitantes con ella en brazos. Avanzaron por entre seres dignos de pesadillas y cuentos
balbuceando sonidos extraños. Un mar de cables colgaba desde el techo, televisores en
estado estático, radiadores, sistemas de aire acondicionado. Todos encaramados como
el vertedero tecnológico de la ciudad. Algunos de los monstruosos transeúntes
parecían negociar sobre los precios de productos mientras que las muchas criaturas
que eran los locatarios apilaban cajas, cortaban cabezas de pescado, ordenaban y
cortaban telas, cueros y pieles humanas o rasuraban al cliente de turno. Con horror
avistó a su derecha dos rodillos gigantes con púas que como una inminente trampa
mortal giraban contra sí. Un ser insertaba casual inmensos pedazos de carne y partes
de animal en su centro. De pronto sintió algo caminando por su rodilla. Cuando se
percató qué era, se sacudió en pánico y la criatura voló lejos. Habían cientos de ellas
volando por las alturas. Parecían una cruza entre mantis religiosa y una avispa gigante.
Este era un mercado, una puerta a otro mundo, uno desconocido, vetado para los
humanos. ¿Estos seres vivían a la par con los humanos bajo Nueva York? A ella la
miraban extraño mas no así al Príncipe. Cuando los locales se percataron de su
presencia, se apartaron de su camino y uno a uno hicieron reverencias a su pasar.
Luego de lo que parecieron unos treinta minutos caminando y descendiendo cada vez
más en las entrañas de Nueva York, el Príncipe se detuvo y solo entonces la encaró en
sus brazos.
—Aquí comienzan mis aposentos privados—dijo y se adentró por debajo de grandes
cimientos como un umbral.
El lugar parecía una gran cueva de interminables dimensiones. La roca viva de las
paredes y el techo negro carbón se entremezclaba con los cimientos subterráneos de
Nueva York. El suelo estaba cubierto de adoquines agrupados en diseño circular. En el
centro el agua se acumulaba escondiendo bajo su reflejo pedazos de piso. En las
alturas una especie de claraboya miraba hacia el cielo estrellado. A través de ella desde
la superficie llegaba débil el rugido citadino de autos y personas ignorantes del mundo
secreto bajo sus pies. Lo que primero llamó su atención fue el gran fogón abierto como
una chimenea que iluminaba con su halo cálido la parte baja del lugar. Directamente a
ambos costados se encontraban dos superficies llenas de vasijas, botellas, todo tipo de
cubiertos, cuchillería y recipientes de vidrio de gran tamaño. Un pedazo de pared lucía
un diseño tallado de soberbios detalles que desentonaba con los alrededores como si
hubiera sido arrancado de un palacio y traído a las cloacas. De pronto hacia la
izquierda el fugaz impacto sonoro de un metro pasando a toda velocidad hizo a Loreto
dar un respingo del susto. El Príncipe la apretó fuerte contra sí todavía en sus brazos.
Avanzó por debajo de una escalera de piedra sin barandas hasta un área por encima de
la contigua. Esta sección estaba generosamente iluminada por un grupo de lámparas
como vasijas de cristal cabeza abajo. Largos tallos de heno seco y pasto cubrían el piso
de adoquines. Este apartado parecía estar fuera de la vista de la línea del metro. Una
gruesa cortina dorada y otras de aparente tul negro separaban del nivel inferior y
servían de marco para una cama de acolchados cojines y mantas de destellante tela
anaranjada y dorada. Un sillón solitario se encontraba vacante frente a una pequeña
chimenea y a su izquierda una gran mesa rectangular de madera oscura y seis sillas
conformaban un comedor hacia una de las esquinas.
El Príncipe la cargó por recovecos y bajo cimientos por unos minutos más hasta llegar
a su destino. Loreto quedó otra vez boquiabierta. El aire se respiraba fresco y
aromático y provenía de un concentrado manchón de árboles y arbustos que luchaban
por terreno orgánico justo debajo de una angosta claraboya. ¿Un bosque subterráneo?
El Príncipe saludó a unos seres esbeltos que se acercaron. Tenían similitud en sus
rasgos con él y su hermana la Princesa, mas estos lucían una tanto mayores y eran
excepcionalmente altos. Sus rostros tenían cicatrices o heridas rosáceas y los escasos
cabellos blancos y largos parecían pelusas de ínfimo grosor.
—Esta humana acaba de rescatar a tu Príncipe de la tortura y de una muerte
deshonrosa—el Príncipe dijo con voz firme todavía cargándola en sus brazos—. Como
pueden ver, ha sido herida en el proceso. Ambos necesitamos cura inmediata.
Uno de los seres tomó a Loreto en sus brazos sin esfuerzo alguno y la llevó dentro de
una cabina apartada. Apenas el Príncipe la entregó, se desplomó al suelo. Su corazón
dio un vuelco. Loreto hizo el intento de correr a socorrerlo pero el dolor que su brazo
izquierdo emanaba era tal que la tenía casi completamente paralizada. Temía la
cantidad de sangre que ya había perdido. Observó a otro de los seres de este apartado
ayudar al Príncipe a ponerse de pie y lo sujetó por la cintura para asistirlo a caminar
detrás de ella.
Eran elfos, unos mucho más mayores que el Príncipe, Loreto concluyó para sí mientras
que acostada sobre la plataforma cuan camilla de hospital los observaba preparar
brebajes y mejunjes desconocidos. El Príncipe yacía sobre otra a su izquierda. Miraba
al techo de roca y cimientos vivos a las alturas como ido en sus pensamientos. ¿Cómo
había terminado allí a metros y metros bajo tierra con una herida de bala en el brazo y
entre seres y monstruos de otro mundo? Uno de los elfos llegó a su lado y con cuidado
cortó la tela de su chaleco y polera con unas tijeras doradas. La sangre se había secado
y pegado la ropa a su piel. Otro se acercó y comenzó a verter agua tibia en todo el brazo
hasta lavar su piel. Liberaron el área de la herida. Se sentía afiebrada al tacto, lo supo
tan pronto las frágiles y largas manos de los elfos hicieron contacto con su piel. De
reojo notó al Príncipe sentarse sobre la plataforma y recibir un jarro largo y angosto
lleno de un líquido verdoso. Lo bebió al seco y enseguida otro de los elfos le entregó un
vaso con forma de gota de agua con un espeso líquido rojizo y amarillento. El Príncipe
tomó el contenido hasta terminarlo.
Uno de los elfos comenzó a recitar palabras en un idioma extraño y elevó la huesuda
mano de largos dedos por sobre su cabeza.
—¡Detente!—ordenó el Príncipe desde su izquierda.
El elfo obedeció en el acto.
—Es humana, debes informarle primero qué harás con ella. No conoce nuestra
medicina—dijo con tono autoritario—. Loreto—llamó su atención, ella giró la cabeza
hacia la izquierda todavía media ida y desorientada—, mi druida te hipnotizará en un
conjuro para que pierdas la consciencia y así no sientas dolor cuando extirpen la bala
de tu brazo.
Loreto perdió los colores de la cara. Hizo el intento de elevarse de la plataforma pero
de inmediato se arrepintió. Las fuerzas la abandonaban. El Príncipe se irguió con
esfuerzo y fue a su lado. Tomó su mano derecha y puso la suya con la palma abierta
contra ella. La miró a los ojos.
«Estás a salvo aquí. Tu herida es mi culpa. No te haremos daño. Cuando despiertes todo
dolor habrá desaparecido».
Buscó dentro de su mirada. Hurgó dentro de sus iris de abismal negro enmarcados de
dorado. ¿Había sido esa su voz dentro de su mente? El Príncipe asintió y débil sonrió.
El dolor de su propia tortura todavía estaba escrito en sus facciones. Había cargado con
ella en brazos por todo el trayecto desde la agencia hasta las cloacas. El camino fue
arduo. Llamaron un taxi, el chófer los llevó por un par de calles hasta entrar en pánico
con toda la sangre que Loreto seguía perdiendo. Había estudiado al Príncipe por el
espejo retrovisor con horror en las facciones y los había echado del vehículo. Tres taxis
más tarde con la misma suerte llegaron al final puente de Brooklyn en Nueva York.
Unas tres horas de accidentado y aparatoso viaje que drenaron la energía de ambos.
Ambos malheridos, agotados y hambrientos.
«Confía en mis druidas. Un momento de sueño profundo y tu herida sanará».
Loreto asintió apenas con la cabeza. Cerró los ojos. El druida recitó el conjuro en un
idioma ancestral. Y el último ápice de consciencia drenó lejos de ella hasta elevarla por
encima de la carne, del mundo y de la luz.

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