Mª DEL CARMEN MÚRTULA

– Háblame hoy de cómo debemos cuidar nuestras relaciones sociales después del coronavirus. ¿qué me dices al respecto?

– Esta es una asignatura pendiente que hay que volver a retomar. Como ya sabes, el ciudadano de la cultura de occidente se creía autosuficiente antes de los últimos acontecimientos acaecidos este año. Las personas de estas latitudes se creían dueñas y señoras de su vida autónoma e independiente, que dominaban la situación, que eran capaces de sobrevivir por sí, cuando en realidad el ser humano necesita siempre de los otros para subsistir. No sólo en los años de nuestro desarrollo físico, sino siempre.

– Cierto, no solo en la infancia, la vejez o la enfermedad, necesitamos de los otros, sino que hay un convenio existencial invisible que nos hace dependientes de nuestros coetáneos, que nos sitúa en un vivir cotidiano de complementariedad.

– Así es, la autonomía no quiere decir autosuficiencia, necesitamos del otro día tras día para cubrir con equilibrio nuestras necesidades. Exis- timos y nos desarrollamos gracias a la ayuda de nuestros semejantes.

– Estoy completamente de acuerdo contigo, no solo en determinadas circunstancias vitales tomamos conciencia de nuestra fragilidad y de la necesidad de ser cuidado por otros, sino que en lo cotidiano nuestra existencia se desarrolla con la ayuda de los servicios y prestaciones que recíprocamente nos otorgamos.

– Por supuesto, nuestra vulnerabilidad no es un accidente, algo que puede ocurrir causalmente a nuestro ser autosuficiente y absolutista, sino que siempre hemos de ser consciente de nuestra fragilidad constitutiva que nos une a toda la especie humana en una red oculta de relaciones interpersonales que constituye el foco de nuestro desarrollo vital.

 – ¿Por qué si esto es así, si reconocemos la necesidad de ser cuidados y atendidos, si no podemos ignorar nuestra vulnerabilidad e interdependencia no valoramos y agradecemos los cuidados, servicios y atenciones que recibimos?

– Porque no queremos ver nuestra pobreza y limitaciones, buscamos la sagacidad del poder, creyéndonos con derecho a ser servidos. Pero existencialmente no cabe duda de que todos somos vulnerables y no podemos ir por la vida avasallando y abusando de los demás.

– Tienes razón, nos cuesta admitir que somos frágiles y necesitados. Hay que reconocer que necesitamos de los otros, esto nos hace más humanos. Tampoco es sana esa actitud de soberbia, de perdonavidas.

– Si, hemos de reconocer que el pensamiento occidental se está desarrollando de espaldas a los cuidados y necesidades cotidianas como servicio y nos coloca en el escalón de exigencias e imposiciones de derecho de todo individuo que se cree autosuficiente.   

–  He de reconocer que la situación de estos meses me está reclamando una nueva mirada, un reconocimiento, aceptación y acogida diferente hacia todos mis conciudadanos.

– Cierto, la experiencia de estos meses nos ha abierto los ojos ante la realidad del otro. ¿Seremos capaces de confesar que todas las personas nacemos libres e iguales en dignidad y derechos? Y ante esta verdad, no queda otra respuesta que situarnos como parte de un todo donde se respete la libertad, igualdad y originalidad de cada uno.

– Ya entiendo, he de situarme ante el otro, acogiéndole tal cual es, reconociendo que gozan de la misma dignidad que yo, cuidando y respetando sus derechos personales, agradeciendo y correspondiendo a cuanto recibo de cada uno.

– Así es. Una de las cosas buenas que podemos sacar de esta atípica situación es que todos somos igualmente frágiles y necesitados. Que la pandemia no mira ni a jóvenes ni a ancianos, ni a blancos ni a negros, ni a ricos ni a pobres, ni una u otra latitud geográfica a todos nos puede atacar por igual. A la hora de medir nuestras necesidades de ser cuidados y atendidos todos somos igual de vulnerables e interdependientes.

– Creo que es el momento de analizar nuestras relaciones sociales.

– Si, porque si reconocemos nuestra común vulnerabilidad y el hecho de que necesito al otro para subsistir, también ha de brotar en cada uno la urgencia de cuidar y servir al que hoy me necesita.     

-Por eso tenemos que hacer todo lo posible para no dejar a nadie atrás.

– Si, urge el pensar en soluciones ante los más tocados psicológica y económicamente. No podemos quedarnos indiferente ante el impacto devastador que va a sufrir la población más vulnerable.

– ¿Cuál es tu propuesta?

– En primer lugar, ofrecerles al menos un acompañamiento silencioso y escuchar su demanda. Hemos de ponernos a su lado, sabernos responsables de colaborar para aliviar sus necesidades. Por nuestra parte cuidar las actitudes de acompañar, acoger, escuchar y compartir ofreciendo lo que somos y tenemos…  en fin, que nos sientan cercanos.

-Ya veo. Hemos de analizar nuestra postura ante situaciones injustas que hay que acometer cuanto antes.

-Si. Esta crisis pasará, pero no podemos correr el riesgo de que, cuando lo haga, muchas familias se hayan quedado sin recursos por falta de trabajo, ni ignorar a los niños y niñas más vulnerables se hayan quedado fuera de los sistemas educativos o partan de una situación de desventaja.

– Ahora bien, sin negar nuestra actitud y bien hacer por ayudar a los cercanos, creo que debemos dar un paso más ayudándoles a buscar apoyos de derecho cívico.

– Así es. Por una parte, están los derechos de todo ciudadano de tener cubiertas sus necesidades más básicas y por otra, el deber del gobierno de un país democrático de proporcionarles las herramientas adecuadas para la consecución de estos derechos.

– ¿Estará nuestro gobierno a la altura? ¿Se dará cuenta de una vez por todas que su tarea es servir al ciudadano y no servirse de él para explotarle y lucrarse?

 Relato entresacado de “cuadernos CJ” nº 219

“ VULNERABLE. El cuidado como horizonte político” de José Laguna

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