SILVIA ZALER

Como habéis podido comprobar, no tengo ataduras. Ni la más mínima. Casi de ningún tipo. Me gusta mucho el sexo desde que tengo conciencia de conocerlo. Mejor dicho, me encanta, y si un hombre me atrae, es muy difícil que me detenga. Aunque suene petulante y exagerado, pocos hombres se me han resistido. Sé que por ello caeré mal a muchas mujeres que me lean, pero no me importa demasiado, la verdad. Sobre todo, porque tengo la sensación de que en el fondo, la mayoría —o muchas— queréis ser como yo, y no os atrevéis. Pues ya sabéis, es cuestión de ponerse. El primer cuerno cuesta. Negarlo, es mentirse. Pero a la larga, es estimulante y estás deseando volver a hacerlo. No quiero parecer una cínica, pero la diversión es tan magnífica que ya me es complicado parar.

Llegué a estar segura de que volvería a engañar a mi marido tras caer por segunda vez tras aquel chico en la discoteca. Me inoculé el veneno de ser infiel.

 Mi marido ya os he dicho que es una buena persona y por supuesto, no sabe que me acuesto y follo con otros. No tengo nada contra él, ni me ha hecho nada para que me comporte así. Lo vuelvo a repetir, me encanta el sexo. No podría decir que no me haya engañado nunca, es más, quiero pensar que sí ha estado con otras. Eso, alivia un poco mi conciencia, qué queréis que os diga. Aunque, en verdad, me da exactamente igual que se haya acostado o no con alguna. Yo, a estas alturas, no voy a dejar de hacerlo si él no lo ha hecho.

Soy castaña oscura, algo teñida de reflejos caoba, pelo hasta la mitad de la espalda, ojos grandes y ocres de tonos claros, delgada y casi el uno setenta, sin tacones. Vientre plano, piernas largas y tetas redondas de cirujano caro, me hacen tener un cuerpo de una chica de treinta y muy pocos. Mis sesiones de gimnasio y de bisturí me cuesta, queridas. Me cuido mucho, me mantengo en forma y el sexo hace el resto. Ayuda, no lo voy a negar, la peluquería todas las semanas, manicura, pedicura y masajes.

Mi vida es, como os podéis imaginar, muy buena. Tengo un alto estatus social, conozco a muchas personas, salimos, nos relacionamos, tenemos dinero y carecemos de otro tipo de responsabilidades. Al menos, yo.

Tengo un hermano, pero discutimos en su día por la herencia de mis padres y no quiero ni verlo. El cabrón se quedó con más de la mitad con artimañas de abogado —que es— y papeles falsificados. No es que mis padres tuvieran una gran fortuna, pero lo suficiente como para no gastarla mientras vivo de mi marido y de mi buen sueldo. Por cierto, la tengo a buen recaudo a través de un banquero amigo de Menchu en una cuenta en Suiza. Si un día mi marido me sorprende en una de mis folladas, no quiero que mi pensión se rebaje. Sabe que algo heredé, pero la estafa de mi hermano la exageré lo suficiente como para que piense que apenas me da para un fondo de inversión normalito, que es lo que realmente figura. Sé que no hago bien, pero me expongo a que un día me sorprendan con otro y los problemas empiecen a cercarme. De todas formas, la verdad es que ahorro la mitad casi de mi sueldo todos los meses. Eso me da también un plus de tranquilidad, la verdad. 

A mi hermano, que le den. No le veo desde que mis padres fallecieron. Es una amargado con el que congenié muy poco. Me saca, además, siete años, por lo que apenas tuvimos diversión, charlas o confidencias de hermanos. Sin ninguna duda, estoy mejor sin él.

Mis padres murieron ambos en un accidente de coche hace seis años y medio. En vida, también tuve diferencias con ellos. Con mi padre, porque era un mujeriego total, sin remedio ni vergüenza. Y con mi madre, porque con esa carita de mosquita muerta que tenía, estuvo liada con un compañero de trabajo hasta el mismo día que el coche en el que iban mis padres, se salió de la carretera. Yo, en ese momento, ya tenía un contacto esporádico con ellos. Me parecía un cinismo desmedido tanto lo de uno como lo de la otra. A mí, que se engañaran, pues no me gustaba, pero qué se le iba a hacer. Yo lo hago y, muy posiblemente, lo seguiré haciendo mientras pueda. Pero a mí, en concreto, me intentaban educar en una especie de burbuja en donde se valoraba la fidelidad, los valores, la ética, la familia… Luego, los dos, se iban a follar a sus respectivos, tan tranquilos. No lo soportaba. Ni que me dijeran que tuviera cuidado con este o aquel chico o me dieran consejos de cómo se debe comportar una señorita. Yo ya estaba en la universidad y me había follado a cuatro o cinco, con lo que sabía un poco lo que hacía. Pero me molestaba el cinismo conmigo, con la hija, con quien consideraban más débil, mientras que mi hermano hacía y deshacía a su antojo. Sobre todo, mi padre, que se empeñaba en enfadarse conmigo cuando sospechaba mi promiscuidad. Le parecía mal que se follaran a su hija, pero él no dejaba de hacerlo con toda la que se cruzaba en su camino. Y yo, sabiendo además, que en cuanto terminaba de darme la murga, se iba a encamar con cualquiera de sus amantes. Patético.

Mi madre se callaba conmigo. O a veces se callaba. Yo creo que era porque sabía que yo conocía su secreto. La vi un par de veces, y ya desde entonces disimulaba conmigo lo justo. Quizá ese aspecto de infiel que me sobresale en la personalidad viene de ella.

 De todas formas, yo sí creo en la familia. O al menos, en vivir con alguien que en determinados momentos te ayude o comprenda. Yo, en ese sentido, apoyo a mi marido en sus temas de trabajo cuando viene cansado, por ejemplo, o preocupado. En ocasiones lo hago echándole un polvo descomunal y otras hablando con él de lo que le preocupa. Estoy a su disposición, para que se desfogue y suelte sus preocupaciones. Es mi deber y lo entiendo así. En esos momentos, soy la esposa perfecta, queridas.

Soy consciente de que es complicado creerme, pero aseguro que cuando mi marido me necesita, estoy ahí. Y procuro ayudar, consolarlo y mostrarme cercana. Eso no quita que le engañe. Son cosas diferentes. O yo lo veo así.

Hay veces que me he preguntado si lo quiero de verdad. Os lo he dicho: estoy convencida de que sí, pero está claro que es de una manera especial. No tenemos grandes problemas de convivencia, ni de discusiones. Quiero decir con esto que si él me dice de hacer esto o lo otro en el jardín, si no veo que sea una estupidez, no se lo discuto. ¿Para qué? He visto a muchas amigas mías regañar por estupideces con sus maridos. De la misma forma, si le digo que hay que pintar el salón o arreglar una humedad, tengo la completa libertad para decidir cómo, quién y cuándo hacerlo. O si decidimos irnos unas vacaciones. Si me propone un sitio y es bonito o adecuado, lo acepto. Otras veces, soy yo quien lo hace.

Con mis hijos sí me implico mucho, pero él es más niñero que yo. Le encanta leerles cuentos, hacer el bobo con ellos, llevarlos a montar en bici, a sus partidos de fútbol… En resumen, dividimos bastante bien las labores familiares. De esta forma, pues no entramos tampoco en roces ni encontronazos. Yo soy más de preocuparme del tema logístico de nuestros hijos: colegios, vacunas, comidas, ropa… Él, del aspecto lúdico y sentimental.

Me casé porque mi marido es un buen tipo, como he dicho antes. Atractivo, trabajador, buena persona, honesto, a su manera, atento, tiene una empresa que le va bastante bien, no es celoso ni cotilla y me respeta. Está claro que si supiera mi vida en realidad, todo esto que describo, seguramente, no sería de la misma forma que lo estoy contando. Pero bueno, contestando a esa pregunta de si quiero a mi marido, sí, lo quiero. Pero no soy fiel. Como ya he dicho, desde hace unos años follo con otros dentro y fuera de mi casa.

Es también inteligente, sencillo y buen tipo. No tengo ninguna queja y reconozco que es razonablemente bueno en la cama. Quizá no como alguno de los que me he encontrado en mi vida extramarital, pero no me puedo quejar. Resumiendo, yo, a mi manera, le quiero. De verdad, lo prometo. Y el matrimonio, salvando mi infidelidad, que sé no es poco, funciona razonablemente.

En verano, cuando vamos a Jávea, solemos follar más de lo normal. Esta casa la compramos casi de rebote. No pensábamos tener una inversión fija donde pasar los veranos, pero surgió. Vienen varios amigos nuestros y eso hace la vida más fácil para él y para mis hijos. A mí también, pero aunque ya os he contado algo, aquí me contengo y procuro olvidarme de mis folladas extramaritales.

Como digo, aquí, mi marido y yo, follamos más. El calor, las noches de brisa, un vino fresco, los niños cansados durmiendo, no tener que madrugar… Este año, por ejemplo, nada más llegar, después de que yo cogiera el coche de alquiler en Valencia, me desnudó casi a la carrera. Fue gracioso. Yo, en el AVE estuve todo el rato hablando con Jaime de la última vez que estuvimos follando en mi casa. Y con Menchu, una de mis Guarris, sobre la fiesta que suele hacer a final de agosto y de la que os hablaré.

El hecho es que, según me vio, y aprovechando que los niños ya estaban en la playa, me echó un buen polvo en nuestro dormitorio. A él le gusta hacérmelo en el misionero. Yo prefiero a gatas, pero ahí hay veces que me doy rienda suelta y podría sospechar por como me lo follo, que tengo experiencia de sobra. Tiene buen ritmo y su polla es normal. Le mide quince centímetros —medirlas es una manía mía que comprobaréis— y la usa razonadamente bien. No es mojigato y sin llegar a lo de otros, me aguanta bien un par de buenos asaltos. De hecho, esa noche, follamos otra vez de nuevo. Esta vez en la terraza, yo sentada sobre él en una tumbona. Sintiendo la brisa en mi cuerpo desnudo. Nuestros vecinos podrían oírnos, por lo que tenemos que contenernos con jadeos y suspiros, pero eso añade al polvo en cuestión, algo de picante. Y yo soy muy morbosa. En ocasiones demasiado.

Por ejemplo, lo que mejor me hace son los dedos. En eso, Jaime y él, son los mejores. Jaime es una puta máquina, pero mi marido es bueno. Sabe dosificar, estimular, acelerar cuando es preciso y dejarme al borde de mi orgasmo para que le pida que siga. Parece sencillo hacer un dedo a una mujer, pero como todo en esta vida, tiene sus trucos. Jaime es espectacular. Mi marido, muy bueno.

Julián, por ejemplo, me lo come como nadie en mi vida lo ha hecho. Es un ciclón follando, pero su boca y su lengua son magníficas. Arturo es muy atento, muy cordial y simpático. Los polvos con él son como los de una princesa. Pero no os engañéis, se mueve muy bien en la cama. Muy, muy bien. Pero como os digo, mi marido no es nada malo. Los he probado peores, torpes, simples… No, él es un amante muy decente. No lo voy a negar. Me gusta follar con él. Mucho, de verdad. No es lo mismo que Jaime, Julián o Arturo de quienes os iré comentando cosas y detalles, pero conoce mi cuerpo y consigue sacarme buenos orgasmos. Como ese primer día en Jávea… 

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