AURORA MADARIAGA

Capítulo 11
El golpe fue certero y fugaz como un rayo. El guardia no tuvo oportunidad siquiera de
voltear a encarar al Príncipe. Loreto no supo cómo logró noquearlo con su lanza sin
derramar una gota de sangre mas el Príncipe consiguió derribarlo inconsciente contra
el piso. El agente cayó como una torre desplomado. Avanzó apegada a su brazo y a la
pared. El corazón le golpeaba a toda máquina en su pecho. Por lo que había visto las
últimas semanas, este lugar estaba lleno y rodeado de personal de guardia día y noche.
Los pasos del Príncipe eran mudos por el piso, deslizaba los pies sin crear el más
mínimo ruido. Cada movimiento suyo parecía minuciosamente calculado. Loreto trató
de imitarlo. Controló la respiración hasta agudizar al máximo su audición. De pronto
el Príncipe apuntó hacia el frente, debían cruzar el pasillo y doblar a la izquierda.
Llevaba su lanza en la derecha apuntando hacia el suelo, la espada enganchada a su
espalda y la mano izquierda contra el abdomen de Loreto a sus espaldas protegiéndola.
No tenía la más mínima idea cómo se orientaba para saber hacia dónde estaba la salida
pero lo siguió sin protestar. A lo lejos, dos guardias tapaban el acceso a un portón. Se
detuvo en seco detrás de una esquina cerrada. Respiraba controlado, apenas audible.
Debía medir al menos dos metros de estatura. Frente suyo el Príncipe era una fortaleza
imposible de ignorar o sortear. Sin palabras y en un solo movimiento presionó a Loreto
por su tronco contra la pared, volteó y la clavó con la mirada a milímetros de su rostro.
Ella tragó saliva e inhaló profundo a su súbita proximidad. Anonadada e incapaz de
moverse, observó sus pupilas amarillas claras. «Quédate aquí pase lo que pase»
escuchó dentro de su cabeza. ¿Lo había imaginado? Acto seguido lo vio correr a
trancadas amplias en frente de ambos guardias. Los hombres empuñaron sus armas y
dispararon al Príncipe. Su corazón se detuvo. El Príncipe escabulló las balas corriendo
a toda velocidad y estiró la lanza hacia el frente hasta hacerla crecer el triple en
longitud. Lo que siguió fue una carnicería a la velocidad de la luz. Corrió contra la
pared izquierda y saltó de tal forma que aterrizó en medio de ambos hombres y con
dos movimientos giratorios de la lanza los agentes eran historia sangrando en el suelo.
El Príncipe la apuntó y gesticuló que se acercara. Estaba completamente paralizada.
Temblaba de pies a cabeza. Al ver que seguía detrás de la esquina, fue él quien se
acercó. Llegó frente suyo hasta invadirla con su presencia. Posicionó su mano abierta
contra su pecho y con el índice de la otra se cruzó los labios comandándola a guardar
silencio. Solo entonces Loreto fue consciente que los latidos de su corazón repercutían
fuera de control contra su mano. Hizo un esfuerzo sobrehumano por controlar la
respiración agitada. De a poco logró calmarse apenas lo suficiente para continuar.
Avanzaron a través del portón y se encontraron con otra madeja de pasillos. En algún
lugar en la lontananza se escucharon de pronto pasos apurados. Se acercaban. El
Príncipe tomó su mano y sin voltear comenzó a correr. Los pasos chocaban con más
claridad contra el piso de metal, les pisaban los talones. Giraron en una esquina a la
derecha. Al fondo se divisaba otro portón. Loreto rogó al cielo que fuera ese el acceso
hacia el intemperie. De repente fue consciente que no sabía qué hora era. ¿Y si a las
afueras el sol todavía brillaba potente en el cielo? Su corazón se apretó de terror a la
mera idea de herir al Príncipe una vez más. De pronto desde la izquierda la abordaron
hasta inmovilizarla. Se soltó de la mano del Príncipe, quien de inmediato volteó y
quedó congelado en sus movimientos cuando se percató de la situación. Un agente la
inmovilizó por el cuello con el brazo ahorcándola y puso el cañón de la pistola contra
su sien. La ola de escalofríos la avasalló y el pavor se anidó en la boca de su estómago.
Este sería el fin. Loreto no estaba hecha para este tipo de cosas. Era músico, no
soldado. Había sido mala idea tratar de escapar este lugar fuertemente vigilado por
agentes armados. Las lágrimas se rebalsaron por sus ojos.
—Se acabó, Nuada—el hombre dijo a sus espaldas con tono calmado pero firme.
Loreto escuchó los pasos de otros hombres acercándose. Vio los puntos rojos de los
lásers apuntando el pecho y la cabeza del Príncipe. Cruzó miradas con él. Si en
realidad los elfos eran criaturas mágicas y podían leer la mente, Loreto le imploró
perdón una vez más. En silencio. A sus ojos. Por un instante fugaz creyó escucharlo
decir que no guardaba rencor por ella. O quizás eran los niveles estratosféricos de
adrenalina y cortisol que la estaban haciendo alucinar. No entendió bien cómo ocurrió
lo que el Príncipe hizo a continuación. Pegó un salto que lo propulsó a más de un
metro de altura del suelo y en el proceso sacó su espada de la espalda. Los agentes
abrieron fuego. Acto seguido giró ambas armas blancas como hélices frente a sí
creando un escudo impenetrable para las balas que al chocar contra sus filos, salieron
propulsadas en todas direcciones. El impacto de uno de los proyectiles en su brazo
izquierdo quemó su piel. Fue fugaz. Al segundo el dolor llegó. Loreto gritó fuera de sí
mientras el pánico ganaba terreno en su mente. La carne abierta ardía, el calor de su
sangre humedeció su chaleco y brazo hasta gotear desde la punta de sus dedos. El
Príncipe se percató de inmediato y la clavó con la mirada inyectada de adrenalina.
Aterrizó detrás de ella a suficiente distancia para degollar al agente que la tenía
prisionera. Loreto quedó inmóvil a la imagen del cuerpo sangrante sin cabeza
desplomándose a su lado. El Príncipe batió sus armas y se impulsó contra las paredes
para saltar por encima de los otros guardias y en cosa de tres roces de los filos de su
lanza y espada rajó sus brazos y cuellos hasta derribarlos. El pasillo volvió al silencio, la
sangre cubría la superficie hasta llegar a sus zapatillas otrora blancas. El Príncipe llegó
a su lado y sin palabras revisó su herida. Loreto temblaba de pies a cabeza, la herida de
la bala en el brazo a la altura del bíceps quemaba y retorcía la carne. Loreto se
desplomó y el mundo se apagó en la oscuridad. El Príncipe la atajó en sus brazos y
salieron por el portón.
Los ruegos de Loreto habían sido escuchados. La noche ya reinaba a las afueras. El
edificio era masivo y cuan mansión o fortaleza se irguía en la cima de una colina. Todo
el perímetro a la redonda estaba cercado de altas rejas. Siguieron en movimiento y se
acercaron hacia el frente.
—¡Hermano!—se escuchó a las espaldas desde el edificio.
Ambos voltearon. El Príncipe exhaló entrecortado a la imagen de su hermana
corriendo hacia él. A metros tras de ella estaban los agentes Hellboy, Sherman y
Sapien. ¿Por qué no intentaban detenerles como los agentes de traje y corbata habían
hecho? La Princesa llegó frente suyo jadeando. Tenía la mirada ámbar desarmada. Se
miraron a los ojos. Parecían dos lados de la misma moneda. El Príncipe la agarró por la
nuca y con fuerza la obligó a encararlo. El agente Sapien hizo el ademán de correr a
socorrerla pero el agente Hellboy le cerró el paso con su gran mano de piedra. Esto
concernía solamente a los gemelos y nada ni nadie tenía el derecho de intervenir.
—Esto no ha terminado—pronunció gutural por entre los dientes—. Me dejaste a
merced de torturadores. ¡A tu propio hermano!—su voz se quebró.
La Princesa sollozó. Dijo algo en un idioma desconocido para Loreto mas sus palabras
se perdieron en el llanto entrecortado.
—Te encontraré y volveré por la última pieza de la corona. Lo sabes. Ahora, si queda
algo de amor en tu corazón por tu hermano, déjame ir—el Príncipe esbozó
entrecortado.
Chocaron las frentes y permanecieron así por segundos. Nadie más existía que los dos.
Todo alrededor cesó de girar. Ambos sollozaron en silencio. El Príncipe la soltó brusco
y se alejó de ella. Apuntó a los agentes especiales con la lanza de plata y abrazó a Loreto
por la cintura hasta arrimarla a él. La bala incrustada en el brazo se abría camino
dentro de sus músculos con un calor que la estaba afiebrando. La cabeza daba vueltas
como un carrusel fuera de control. El agente Hellboy accionó un botón y la gran reja
eléctrica comenzó a retraerse. Se sintió elevar, el Príncipe la tomó en sus brazos y
dando la media vuelta, caminó con ella a cuestas dentro de la noche.

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