AURORA MADARIAGA

Capítulo 10
A las afueras el mundo se sucedía con la urgencia de los mortales. Seguían
destruyendo los bosques, contaminando el aire y las aguas, torturando los animales y
matando las tierras fértiles mientras él seguía en manos de quienes tenían más en
común con los elfos y las criaturas mágicas de Bethmoora que con los humanos. Sin
embargo trabajaban para ellos. El Príncipe apretó los puños y la mandíbula y tragó
saliva amarga por su garganta seca. Su piel expuesta ardía, dentro de sus ojos por
detrás de los globos oculares una presión como estocada le impedía tenerlos abiertos
por más de unos pocos segundos. Casi cuatro semanas de tortura, llevaba la cuenta
como un ejercicio de sanidad mental. Sabía que Nuala estaba cerca a metros de
distancia. La llamaba telepáticamente una y otra vez pero se rehusaba a acudir. Lo
había dejado solo a su suerte en las manos de torturadores. También estaba sufriendo.
Cada choque de la luz sobre su carne, cada inmensurable dolor de su piel y retinas
incapaces de digerir el halo violeta desde todas direcciones repercutía en ella. La sentía
retorcerse al unísono con él. A pesar de su propio suplicio, Nuala permanecía inmóvil y
sorda al ruego por ayuda de su hermano. Si era de salir de allí sería por sus propios
medios, ¿pero cómo? Sus entrañas se contraían de hambre y sed, el cráneo punzaba
insistente la fatiga física y mental. ¿Sería acaso este su fin? Cinco mil años de
existencia luchando con sus propias manos por su libertad y la de su pueblo para
terminar reducido a un prisionero en manos del enemigo. ¿Le exhibirían como trofeo
de guerra cuando el último suspiro de oxígeno abandonara sus pulmones? Sabía que
serían capaces de hacerlo.
El Príncipe hizo un esfuerzo sobrenatural por descansar su mente y entrar en trance.
Era lo más cercano a dormir que podía hacer atado como estaba en forma vertical a la
estructura contra su espalda. El silencio reinaba alrededor mas en cualquier momento
el hombre de hojalata alemán volvería y administraría otra dosis de luz. Primero
moriría antes de revelar la ubicación de la corona incompleta de Bethmoora. Era suya
como heredero al trono o no sería de nadie. La corona, completa o no, era elfa y así
debía permanecer. Nunca, si de él dependía, era de caer en manos humanas. Nunca
más. No cometería el error de su padre que suficiente daño había hecho. Trató de
vaciar sus pensamientos. La dermis cosquilleaba como millones de agujas pinchándolo
una y otra y otra vez. Cuando su consciencia comenzaba a elevarse por encima de su
cuerpo escuchó un ruido. Despertó. Enseguida uno de los cinturones de metal soltó un
click y se abrió. Era el que sujetaba su cabeza por la frente. Luego le siguió el del cuello.
Uno a uno los cinturones de su torso y brazos se abrieron. Se sujetó fuerte a la
estructura con la poca energía que le quedaba. Los dedos y nudillos dolieron al
esfuerzo. Le siguieron los de la cadera, las piernas y finalmente, los pies. El Príncipe se
desplomó al suelo. El impacto de su piel desnuda contra el piso lo doblegó de dolor a la
par que todos sus músculos se agarrotaban y acalambraban de tirones y punzadas.
Apretó los dientes retorciéndose y gruñó de dolor desde la garganta. Escuchó la puerta
abrirse. A duras penas elevó la cabeza. Imposible. Quien entraba en ese instante era
Loreto Clair. Corrió hacia él cargando una gran manta blanca y lo cubrió completo. Le
acercó una botella de agua y con cuidado elevó su cabeza del suelo. Cada célula de su
cuerpo se quejó herida de las semanas aguantando los halos de luz. Le costó mantener
la cabeza por encima del suelo, ella pasó su mano por la nuca y acercó la botella a su
boca. Bebió de un solo sorbo todo el contenido, las gotas de agua se rebalsaban por las
comisuras de su boca y mojaban su cuello. El frescor le devolvió algo de vida. Jadeó por
aire al terminar.
—¡Dios mío!—Loreto Clair lloró al observar su rostro y acercó su mano en dirección a
su mejilla.
El roce lo remeció. Sentía como si lo hubieran descuerado vivo. Se retractó hacia atrás
con las pocas fuerzas que le quedaban. Ella hizo lo mismo con su mano y le rogó
perdón. La miró a los ojos. Lloraba. Loreto Clair recorrió desesperada la sala con la
mirada, luego le ofreció sus manos para ayudarlo a sentarse contra una de las paredes.
Cada movimiento por minúsculo que fuera generaba una cadena de espasmos y
pinchazos desde la cabeza hasta la punta de los pies. Por fin se logró arrimar contra la
pared. El Príncipe descansó la espalda y jadeó extenuado al esfuerzo. Loreto Clair lo
cubrió con la manta hasta engancharla detrás de sus hombros.
—Dígame qué necesita—dijo en cuclillas encarándolo con la voz quebrada—. Necesita
recuperar sus fuerzas. ¿Qué puedo traer de comida? ¡Necesita comer!
—¿Por qué me ayudas, humana?—El Príncipe balbuceó todavía aguantando a duras
penas el dolor con la cabeza apoyada contra la pared—. ¿No fuiste tú acaso artífice de
mi situación actual?
—¡No!—lloró y sorbió la nariz—. Me dijeron que era un terrorista peligroso que debía
ser capturado a cómo de lugar. No sabía que le torturarían de esta forma.
Su voz se quebró y dejó caer la cabeza. Su sollozo fue discreto pero claro. El Príncipe
giró lento las pupilas hacia su dirección. Loreto Clair elevó el rostro y se secó las
lágrimas con la manga de su vestimenta. Lucía pequeña, inofensiva. Sintió lástima por
ella. Había sido un mero peón en su captura. El error era suyo por haberse dejado ver
escalando o descendiendo del teatro en los días de sus conciertos. El resto no habría
sido tan difícil de deducir para los agentes de este lugar.
—Me puede hacer recriminaciones más tarde cuando salgamos de aquí pero primero
necesita recuperarse—dijo con la voz temblorosa pero firme—. Hay guardias de turno
en los pasillos pero el resto del personal parece estar dormido. ¿Qué necesita de
comer?
—Todo aquello que la naturaleza otorga libremente y nada que una vez vivió y caminó
por la Tierra—el Príncipe pronunció con esfuerzo y cerró los ojos en un intento de
alivianar el constante ardor.
Sin palabras Loreto Clair asintió, se irguió del suelo y salió del lugar. «Más tarde
cuando salgamos de aquí». ¿Cómo iba a ser ella capaz de escoltarlo si tenía la misma
masa muscular de una niña? No sabía dónde habían dejado su gabán y espada pero
sentía la presencia de su lanza de plata en las cercanías. Forjada de plata mágica elfa el
día de su nacimiento, su lanza fue el regalo de su padre como heredero del trono y
responsable de darle su apellido: Silverlance, Lanza de Plata. Fiel compañera de
innumerables batallas y entrenamientos, verdugo de enemigos, extensión de su brazo
como arma blanca nacida de su propia carne, su lanza estaba en algún lugar de esta
cabina. Ahora que por fin podía moverse, el Príncipe inspiró profundo y contra
desgarres y calambres trató de ponerse de pie. Fue un craso error. Todo dio vueltas y
aterrizó con todo su peso contra el piso de metal. Estaba más débil de lo que en un
principio quiso admitir. Se mordió los dientes y apenas emitió un quejido gutural a la
ola expansiva de dolor que el impacto provocó en todo su cuerpo. Necesitaba
alimentarse, la humana tenía razón, reticente reconoció para sí. Volvió a sentarse en el
piso con la espalda contra la pared. Se tapó con la manta que Loreto Clair llevó. Solo
ahora fue consciente de la suavidad del tejido contra su maltrecha piel desnuda.
Exhaló agotado. Desde esa posición estudió las paredes, piso y techo sin avistar
ninguna puerta o recoveco secreto donde su lanza pudiera estar. Todo a su alrededor
parecía un gran cubo liso vacío especialmente diseñado para contenerlo en su interior.
La puerta se abrió. Como rara vez en su vida sintió verdadero pánico. En el estado que
estaba le resultaría por lo bajo desafiante poder defenderse. Suspiró aliviado cuando
avistó a Loreto Clair entrar. Traía consigo una bandeja llena de pocillos de frutas,
verduras, frutos secos, cereales, arroz y más agua. La dejó a su lado en el piso. El
Príncipe tomó uno y engulló abandonado. El jugo y dulzor de las manzanas, fresas,
peras y naranjas le punzó la mandíbula y aguó su boca por más. De reojo vio a Loreto
Clair sentarse sobre el suelo a su costado izquierdo. Lo observaba en silencio. Sabía
bien la imagen que daba. Los elfos eran un secreto bien guardado por las élites
humanas de todos los tiempos. Solo los elegidos y aquellos que amasaban el poder del
mundo en sus manos sabían de la existencia de Bethmoora y los sobrevivientes elfos de
la Gran Guerra. Algunos incluso sabían de él, el Príncipe Nuada exiliado por su propia
cuenta y que deambulaba por los imperios de los humanos entre las sombras. Para el
resto de los mortales, los elfos no eran más que un cuento de fantasía. Una leyenda
mítica como otras muchas civilizaciones que se desvanecieron entre los granos de
arena del reloj universal.
—En algún lugar aquí dentro ha de estar mi lanza de plata—dijo con la boca llena y el
jugo de las frutas corriendo por la comisura de su boca y bajando por su cuello y pecho
—, mas todo lo que veo son paredes, piso y techo liso. Busca algún compartimento
secreto. Sé que está aquí.
Sin chistar la humana se puso de pie y obedeció. No supo si acaso se sentía culpable o
si es que de inmediato aceptaba su autoridad de forma inconsciente. La vio pasar las
manos por las paredes como si quisiera sentir con la yema de los dedos la más pequeña
protuberancia. El Príncipe tomó otro pocillo lleno de almendras, nueces, pepinos y
pimentones y se los llevó a la boca mientras cuchareaba la porción de humeante arroz
jazmín. De a poco su centro comenzó a entibiarse luego de semanas sin ingerir
alimento alguno. Concentró las pupilas en Loreto Clair, lentamente sus ojos dejaron de
arder, su piel se volvía más resistente al tacto. De pronto avistó a la humana ponerse en
puntillas y estirarse lo más alta que podía para alcanzar un punto alto en la pared que
insistía en tocar. Volteó y lo encaró. ¿Podía ser posible? Loreto Clair estudió la
estructura a la que estuvo encadenado hasta que por la parte posterior operó algún
engranaje o manilla que soltó un click y la movió hasta quedar en posición horizontal.
La humana sonrió y buscó su aprobación. Se encaramó y como pudo trató de alcanzar
aquel punto en la parte más alta de la muralla. Presionó ese área en la pared y como
por arte de magia una puertecilla se abrió. El Príncipe abrió los ojos en sorpresa.
Loreto Clair hurgó dentro estirada a su máxima capacidad y produjo su lanza de plata.
Volteó hacia él y lo interrogó con la mirada. Boquiabierto asintió y esbozó una sonrisa
asimétrica. Para su sorpresa no era lo único que estaba almacenado en el
compartimento secreto. Loreto Clair sacó su espada y gabán y las dejó caer sobre la
estructura.
El Príncipe devoró a toda velocidad el resto de los alimentos de la bandeja, bebió la
nueva botella de agua al seco e hizo un nuevo intento por ponerse de pie. La energía
volvía de a poco a fluir por sus venas mas todavía le costaba sostenerse erguido.
Ofreció una mano a Loreto Clair y la ayudó a bajar de la estructura. Una vez de pie
frente suyo se percató lo pequeña que era. ¿Cómo podía producir tales sonidos con su
voz de un cuerpo tan diminuto como el suyo? No era el momento ni lugar para
preguntar sobre su técnica de canto. Rápido vistió su gabán, se ajustó el cinturón rojo
sangre, los protectores de su pecho y antebrazos y calzó su lanza y espada a la espalda.
Se abrió camino frente a la humana y abrió la puerta. Le tomó del brazo. Volteó y la
encaró con el ceño apretado.
—¿Está seguro que se siente bien y recompuesto?—dijo con la mirada compungida.
—Lo suficiente para un par de ataques sorpresa. No pretendo combatir cuerpo a
cuerpo—dijo y avanzó hacia la cabina de control—. Te quedarás siempre a mis
espaldas. Nunca cruces el fuego, dispararán a matar. Debes venir conmigo, pues
cuando se enteren que me has liberado te darán caza también.
Loreto Clair asintió en silencio. Había pavor en su mirada. Se arrimó a su brazo tras
suyo. Abrió la puerta y revisó ambos extremos del pasillo. Salieron y en silencio la
humana apuntó hacia cuál dirección caminar. Luego de casi un mes dejaba esa cámara
de torturas. Humanos insolentes que habían osado a tomarlo prisionero sin medir las
consecuencias. La ira hizo ebullición en su núcleo allí donde el chaleco protector de su
pecho no alcanzaba a cubrir.Pagarían con sangre el atrevimiento de haber capturado y
torturado a Nuada, Silverlance, Príncipe y futuro rey de los elfos.

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