GABRIEL B

Pitu
A joaco lo tuve entre ceja y ceja desde que empezó la escuela. Es nuevo, vino de otro barrio con sus aires de nene de clase media tirando a alta. No me banco a esos chetitos maricones que hablan con palabritas raras, y con un tono, que más que de otro barrio, parece de otro país. Su pinta también es irritante. Rubiecito, peinado con un jopito ridículo, con un arito en la oreja izquierda, con remeritas de marca bien ajustadas y pantalones que ni en pedo se compran en el mercado central. Se cree muy canchero el imbécil. Pero yo le saqué la ficha de entrada. Ese pibe no se la banca. Lo empecé a medir, tirándole bollos de papeles desde el fondo; diciéndole “chetito” cada vez que me dirigía a él; y una vez lo mandé al Brian a que lo apure en el baño. Después me contó que casi lo hace llorar.
Esos pibes nacieron para que los bardeen.
Cuando comprobé que no se la bancaba, no pude evitar ensañarme con él. En las clases de educación física, cuando jugábamos partidos de fútbol, cada vez que él agarraba la pelota, le barría las piernas. Encima el pendejo es re malo en los deportes, ni eso sabe hacer bien. A veces, en el aula, me sentaba detrás de él a propósito, y cada tanto le daba un tingazo en la oreja. El chetito se ponía todo rojo, me miraba y después agachaba la cabeza. No tiene huevos el pibe.
El quilombo empezó hace un par de días. Yo lo tenía del punto al boludito, pero hasta ahora no le había pegado de verdad, tampoco soy tan zarpado. Pero a la salida de la escuela, en una esquina donde paramos con los pibes a escabiar después de clase, lo paré para boludearlo un toque.
—¡Eh qué mirás! —le dije.
Él agachó la cabeza, haciendo de cuenta que no me escuchó, y siguió de largo.
— ¡Uuuuuh! —los escuché meter púa al Brian, al Leo, y a los otros que estaban conmigo.
No me podía comer los mocos delante de ellos. Pegué un trote y lo alcancé. Me puse delante de él.
—¡Eh, te estoy hablando! —le dije.
—Dejame de joder, me tengo que ir a casa. — me dijo el desubicado.
—Eh ¿vas a dejar que te hable así ese atrevido? —comentó el gordo Leo, quien gusta mucho de las peleas, salvo cuando el que se tiene que parar de manos es él.
De la escuela todavía salían un montón de pibes, y un grupo bastante numeroso se amontonó a nuestro alrededor. No tuve más opción. Le di un cabezazo. Pero despacito. Mi cara quedó pegada a la suya.
— ¿Qué? ¿Te la bancás? —Lo apuré.
Él no me podía sostener la mirada. Yo le veía los ojos brillosos y casi me cago de la risa. Pero entonces el pendejo me dio una piña.
Me dejó desconcertado. Se suponía que tenía que cerrar el orto y salir corriendo para su casita. Con los pibes nos cagaríamos de risa, y lo gastaríamos por el resto del año.
Pero el chetito me pegó.
—¡Uh Pitu, mirá cómo te la puso! — gritó el Leo, a quien le gusta decir lo obvio, solo para meter púa.
La verdad que la piña calzó bien, tengo que reconocerlo. Pero me había agarrado desprevenido, y además, se nota que no está acostumbrado a pelear. No tiene fuerza en los brazos.
—¡Matalo Pitu, matalo! —gritó desquiciado el Brian.
No tuve más opción. No iba quedar como un logi frente a la mitad de la escuela. Cuando Joaquín me pegó, al instante, como dándose cuenta de que se había zarpado, abrió grande los ojos, y se puso pálido del miedo. Pero ya no había marcha atrás. Le devolví la piña en la geta, y después otra en la nariz, y después otra, y otra.
El chetito se cayó al piso, con toda la geta ensangrentada. Me agaché, lo agarré del guardapolvo, rompiéndole un botón. Cerré mi puño y lo apunté a la geta. Si no se quedaba quieto le iba a tener que seguir pegando. Ya me estaba dando lástima, pero si se hacía el vivo iba a seguir cobrando.
Por suerte se quedó en el molde. Además, Agustina, una de las pibas más lindas del aula, me agarró del brazo y me pidió que deje de pegarle. No le podía decir que no a esa minita.
Alguno de los bobos del curso lo ayudaron a levantarse y lo acompañaron un par de cuadras.
Y pensar que esa pelea fue el detonante de todo lo que iba a suceder después…

Andrea
A pesar de tantos cambios bruscos en los últimos años, mi vida empezaba a ordenarse. O al menos eso me parecía hasta hace unos días.
La crisis del dos mil uno fue devastadora para mi familia. Veníamos re bien de la época del uno a uno. Con mi marido Rubén habíamos puesto un negocio de productos importados. Al poco tiempo empezó a entrar plata a lo loco. Durante esos años dorados veraneamos en el exterior, nos compramos las mejores ropas, y pagamos un chalet en Villa Devoto.
Pero todo se fue a la mierda en el cambio de milenio. De repente, todo lo que habíamos conseguido, se había esfumado, sin dejar rastro de haber existido. La devaluación hizo que los precios de nuestros proveedores aumentaran ridículamente. La gente andaba sin plata, y lo último en que gastarían sus últimos pesos era en los adornos carísimos que vendíamos en el negocio.
Todo fue demasiado rápido. En un último intento por sostener nuestro nivel de vida, hipotecamos la casa, con la tonta esperanza de que la situación mejoraría con el tiempo. La consecuencia fue fulminante: el negocio quebró y el chalet fue a parar a manos de los acreedores.
Durante un tiempo vivimos en la casa de los padres de Rubén. Pero la cosa no daba para más. No me llevo mal con mis suegros, pero la convivencia es muy difícil.
Rubén, después de tirar currículums por todas partes, consiguió trabajo en una empresa de seguridad. Al poco tiempo me contrató un abogado para que sea su asistente. Ambos sueldos eran bajos, pero nos alcanzaba para alquilar una casita.
Tuvimos que mudarnos a un barrio más barato. El que más me preocupaba era Joaco, mi hijo. El pobre se vio obligado a alejarse de sus amigos. Ya no podíamos pagar la escuela privada, y encima nos teníamos que ir del barrio donde conocía a todo el mundo.
Quizá por eso, por preocuparme por Joaco, no presté atención en mi marido.
Él entró en lo que sospecho es un estado depresivo. Ya no tiene el humor alegre de siempre, y todo parece importarle un carajo.
Además, desde hace tres meses que no tenemos relaciones.
Lo intenté todo: ponerme las ropas íntimas que a él le gustan; decirle frases picantes al oído; esperarlo en bolas cuando venía del trabajo; insinuarle que si gustaba, podía penetrarme por atrás… en fin, intenté todo, pero no sucede nada.
Al principio pensé que era porque vivíamos en casa de sus viejos. Pero cuando nos mudamos a la casa nueva, en González catán, siguió sin querer tener sexo. Ni siquiera cuando entré a trabajar al estudio jurídico demostró tener celos. Nada.
Quitando el detalle, no menor, de que desde hace tres meses me autosatisfago con mis dedos, lo demás, se iba ordenando de a poco.
Conseguí un colegio para Joaco, y mi trabajo y el de Rubén parecían estables. El barrio es totalmente diferente al que vivíamos. Pero la gente, al menos en su mayoría, se mostraba amable. Incluso parecemos una especie de excentricidad en esos lugares.
A mí me gusta verme bien, y a mis treinta y cuatro años me mantengo en buena forma. Mi ropa, la que todavía me queda de los buenos tiempos, es muy llamativa, pero no pienso cambiar de look.
Como decía, todo parecía que se iba dando relativamente bien, hasta que el otro día Joaco llegó a la casa todo golpeado.
Yo estaba haciendo el almuerzo. Rubén estaba durmiendo, ya que trabaja en horario nocturno. Se me cayó el alma al suelo cuando lo vi llegar con la cara hinchada, y todavía sangrando.
—¡Joaquín qué te pasó! — grité, histérica.
—Nada, ma, no quiero hablar.
Dejé la olla en el fuego y fui tras él. Lo agarré del brazo y le exigí que me diga lo que le pasó.
—Hay un pibe…—me dijo con los ojos vidriosos—. Hay un pibe que no me deja en paz. —Terminó de decir, tartamudeando.
En ese momento deseé con todas mis fuerza tener a Rubén a mi lado. En sus buenos tiempos él sabría qué hacer. Pero ahora era una sombra de lo que fue. Tendría que hacerme cargo de la situación personalmente.
Todavía no lo sabía, pero esa decisión me llevaría por caminos que nunca imaginé transitar.

Pitu
A la noche, todavía tenía la pija dura. No me gusta hacerme la paja en mi cuarto, porque lo comparto con mi hermano. Pero no pude aguantar. Nunca había visto a un minón como ese. Esa mujer es una nave.
Esperé a que mi hermano Esteban empezara a roncar, y ahí arranqué a tirarme el ganso. La tenía dura como roca. No quería acabar rápido. Hace tiempo el tío Omar me enseñó que la eyaculación es más fuerte cuando se retiene por más tiempo. Rememoré la escena de ese mismo día.
Estábamos con los pibes en el quiosco. Hacía rato que había terminado la hora de clase, y el barrio estaba casi vacío, como me gusta a mí.
De lejos vimos cómo una minita de pelo negro entraba a la escuela. Tenía puesto unos anteojos de sol que la hacían ver muy sofisticada. Además, aunque estábamos alejados, y un poco en pedo, se notaba que estaba buena. Llevaba ropa bien ajustada y sus caderas y tetas quedaban bien marcadas. Una delicia.
Los pibes también la vieron. Le gritaron algunas guarangadas y le chiflaron. La mina seguro que está acostumbrada a que le digan cosas por la calle. Hizo de cuenta que no los escuchó.
—¿Será una nueva profe de turno tarde? —Preguntó el Brian.
— Está más buena que la profe Miriam. — dijo Leo, metiendo el dedo en la llaga.
Sabía que la profe Miriam era la mina que más me calentaba en la tierra. Traté de levantármela miles de veces, pero la zorra me dejó en claro que no le gustaban los pibes tan jóvenes. Me juré que apenas tenga un par de años más la iba a buscar y me la iba a coger a toda costa.
—Qué sabés si está más buena que Miriam, gil. — le dije.
— Miriam es un camión. — dijo El Polaco, con su geta escondida detrás de la visera de su gorra.
Cambiamos de tema, y seguimos hablando de otras pavadas. Casi nos habíamos olvidado de la mina, cuando la vimos salir de la escuela.
—¡Miren, viene para acá! —dijo Leo.
—Ahora la vamos a poder ver de cerca. Después votamos si está más buena que Miriam.
Ahora que la mina venía para donde estábamos nosotros, los cagones no se animaron a chiflarle, ni a decirle nada. Yo tampoco lo hice, pero no por miedo. No soy de hacer esas giladas.
A medida que se acercaba, parecía estar más buena. Estaba toda vestida de negro. Con un pantalón de jean que le calzaba como guante; una remerita mangas cortas; y zapatos negros. Se notaba que era ropa de marca, y le quedaba como a una puta cara. Su pelo lacio estaba recogido. Era muy negro. Nunca había visto un pelo así. Lacio, brilloso, y completamente negro. Su piel era blanca, y contrastaba con el color de su ropa y pelo. Era una piel que a lo lejos se notaba que era suave. Seguro que se pone montones de cremas en la cara para mantenerse así, toda limpita, sin manchas ni imperfecciones. Parecía una muñequita. Su carita era ovalada y sus labios hacían una sutil trompita.
De repente se nos fue al humo. Pensé que nos iba a cagar a pedos por las cosas que le dijeron los pibes cuando entró a la escuela, pero nada que ver.
—¿Alguno de ustedes es Sebastián medina? —preguntó.
Me resultó raro escuchar mi nombre. Salvo los profesores, todo el mundo me dice Pitu. Y hasta hay profesores que me llaman así.
—Soy yo — le contesté, sin vueltas.
La mina se sacó los anteojos, y por si faltaba algo que la haga más fuerte de lo que ya parecía, mostró tremendos faros azules con los que me miraba llena de bronca.
—Mirá, yo no sé cuál será tu problema. Pero te voy a pedir que no vuelvas a tocarle un pelo a Joaquín. —dijo.
Algunos de los pibes empezaron a reírse. Yo les hice cerrar el orto.
— ¿Vos sos la hermana de Joaquín? —le pregunté. —Mirá, tu hermano no es ningún santo. Él se la buscó. —dije.
Los pibes me daban la razón con unos débiles “sí, el chetito es un busca roñía”
—Mirá pendejo. Joaquín es mi hijo y yo lo conozco. Él no le busca pela a nadie. No quiero que vuelvas a meterle una mano encima, sino vas a ver.
Se puso muy cerca de mí. Sentía su respiración agitada y el rico perfume que dependía. Me dieron ganas de comerle esa boca carnosa que tiene.
—Si él no me jode, va a estar todo bien —le contesté.
—Más te vale. —me dijo, señalándome con una uña larga pintada de rojo.
Se puso los anteojos y se fue, meneando ese orto que simplemente puedo describir como perfecto.
Nos quedamos callados un rato. Es raro que los pibes no tengan nada que decir.
—Está terrible la mamá de Joaco. —dijo alguno de ellos, después de un buen rato.
—Me parece que está mejor que la profe Miriam. — dijo Brian.
,—De culo empatan, pero de tetas y cara, esta le gana a goleada. —acotó Leo.
— he, que putito este Joaquín,. Ir a quejarse con su mami… —dijo el Brian —la que le espera el lunes ¿No Pitu?
No dije nada. Apenas lo había escuchado. Tenía en mi mente el hermoso culo, la piel suave, las tetas, cuyos pezones se marcaban en la remera, el perfume de hembra que llevaba impregnado en todo su cuerpo, y esos tremendos ojos azules.
A la noche le dediqué una paja. Estuve media hora acariciándome la pija. Era cierto, estaba más buena que la profe Miriam. Y eso era mucho decir, ya que la profe eras la mujer de mis sueños. Cuando acabé, no pude evitar largar un gemido. Mi hermano., por suerte, no se despertó. Un montón se semen cayó sobre mi ombligo y sobre los pendejos de mi pelvis. Lo raro es que todavía estaba al palo. Bajé de un salto de la cama. Fui al baño. Me senté en el inodoro, y con la mente todavía en la mamá de Joaquín, le dediqué otra paja.
Me tenía que coger a esa mina. No sabía cómo iba a lograrlo, pero de alguna manera lo haría.

Joaquín
Nunca odié tanto a mamá como ese día. ¡Cómo se le ocurrió ir a encarar a Pitu en la escuela! ¿No entiende que con eso las cosas van a ser peores?
—Es que me quedé recaliente porque el director de la escuela me dijo que como la pelea fue fuera del establecimiento, ellos no podían hacer nada, ¡una locura! —, me explicó mamá esa tarde.
El fin de semana fue una tortura.
Papá había descubierto las heridas, pero como habían cicatrizado bastante, y mi cara se había descinchado, le mentí diciéndole que me había caído de geta en la clase de educación física. ¡Me da una pena el viejo! Anda como un fantasma todo el día. Lo veo poco, porque por las noches trabaja, y de día duerme. Pero cuando lo veo, no me banco su cara de tristeza. Me quiero matar. El pobre tenía todo y ahora no tiene nada. Yo lo entiendo, porque a mí me pasa básicamente lo mismo. Pero al menos tengo toda la vida por delante.
Papá ya araña los cincuenta. Y no creo que consiga trabajo en otro lugar más que en esa empresa de seguridad.
Mamá en cambio, es todavía muy joven. Tiene catorce años menos que él.
Esa es otra cosa que me perturba. ¿Se separarán? La diferencia de edad es cada vez más obvia. No me imagino una vida sin los dos juntos, pero últimamente es casi lo mismo. Ya no parecen un matrimonio. No se hacen mimos en la cocina, ni en el living, ni escucho esos sonidos que vienen desde su cuarto en la noche. Ya no hay nada de eso.
Como dije, estuve todo el fin de semana preocupado, tanto por la relación de mis padres, como por mi vida en la escuela. Ya no soportaba más que me molesten. Y ahora que mamá fue a quejarse a la escuela, y encima a cagarlo a pedos a Pitu, la cosa se iba a poner peor.
La última vez quedé en ridículo. Pero qué podía hacer. El tipo es un toro. Parece de veinte años por lo menos. Es petiso, pero todo músculo. Ya con la primera trompada que me dio el otro día me desarmó. Y ahora tenía que volver a la escuela. Y para colmo había quedado como un boludo con Agustina.
¿Había quedado como un boludo? Después de todo, la piba me defendió. ¿Lo habrá hecho por lástima, o será que tiene onda conmigo?
Mamá dice que no debería ser tan tímido. Que soy pintón, y si me muestro más seguro, a las chicas les voy a gustar. Pero qué sé yo. Para las mamás todo hijo es lindo.
Fui a la escuela el lunes, como quien va a su sepelio. Para colmo, mamá es muy linda. Ya me imaginaba que las gastadas de Pitu y sus lameculos iban a ir también por ese lado.
Encima mamá se hace la boluda y finge que no se da cuenta de lo bien que está en comparación a otras madres del barrio. Para empezar es muchísimo más joven que la mayoría. Pero además, es realmente muy hermosa. Recuerdo que, durante mucho tiempo, siendo más chico, no entendía por qué, cuando salía a pasear con ella, siempre había tipos que le decían cosas y se daban vuelta a mirarla. Una vez lo mencioné frente a papá y él estalló en carcajadas. ¡Qué tiempos aquellos!
A medida que fui creciendo, y que empecé a sentir atracción por las mujeres, y a observar los cuerpos femeninos, me di cuenta que mamá no solo era hermosa, sino que era extremadamente sexy.
Es difícil vivir con eso. Cada vez que salgo con ella, le tocan bocina, le chiflan, le dicen piropos, etc, etc. No sé cómo papá se banca esas cosas. Además, los pibes de mi edad se vuelven locos por mujeres como ella. Muchos de mis amigos de la escuela anterior no podían evitar quedarse embobados incluso, cuando yo estaba presente. Y los pibes de la escuela nueva no son tan civilizados como la anterior. Más bien son unos salvajes hijos de puta.
Llegué al aula tarde, a propósito, ya que no quería cruzarme con nadie en la entrada. Escuché algunos murmullos burlones mientras la profesora de historia hablaba de la década infame. La sangre se me subió a la cara. Agaché la cabeza, como siempre que me pongo así. Vi de reojo a Agustina, y por suerte no me miró con lástima, sino que me sonrió. Usaba un guardapolvo impecable, y su pelo dorado estaba atado a dos trenzas. Las pecas de su cara estaban más visibles que nunca. Aunque ya había cumplido los dieciocho, tenía un aire aniñado que me encantaba.
Algunos de los mulos de Pitu me miraban con ironía, pero no les di bola.
Esperé las cargadas más duras durante la hora de clase, pero nadie me dijo nada. Cuando tocó el timbre, fui al baño. Sentí cómo un grupo de pibes me seguía. No quería darme vuelta a mirar quiénes eran. Me desvié y fui a un sector del patio que estaba muy cerca de la dirección.
Pasé las siguientes horas de clase totalmente tenso. Pitu estaba sumergido en un silencio que me daba mucho miedo. Hubiese preferido que me gaste como lo hacía siempre. Algo estaba tramando.
Cuando tocó el segundo recreo, no aguanté más las ganas de hacer pis. El baño era como una especie de tierra de nadie. Ahí no van los profesores, ni los otros empleados de la escuela. Vi de reojo que Pitu y los demás estaban boludeando en la galería frente a nuestra aula. Pitu le estaba hablando a Agustina, quien sonreía con lo que escuchaba. Me dieron muchos celos, pero tenía que mear.
Me metí en el baño. Había un mingitorio libre. Descargué el potente chorro de pis.
—Eh ¿Este es Joaquín? — Preguntó el pibe que estaba meando al lado mío, mientras yo me sacudía las últimas gotas. El hecho de que la pregunta no fuera dirigida a mí, ya de por sí me dio mala espina.
—Sí, es este. — dijo el pibe que estaba en mi otro costado. —he ¿y tu mamá cómo está? —Preguntó con una sonrisa irónica. —Me dijeron que está muy buena. —Agregó.
Me metí la verga en el pantalón y cerré la bragueta. No pensaba contestarles.
—Me dijeron que tiene un re orto. —dijo el de mi derecha.
Fui a lavarme las manos, todo colorado. Ellos me siguieron. Los vi reflejados en el espejo.
—He ¿Me presentás a tu mamita? —dijo uno de ellos. Era un gordo con ropa deportiva sucia y vieja.
Ambos eran del otro turno. Los tenía de vista. Seguro estaban en la clase de educación física.
—Si querés hacemos una vaquita para pagarle…
No me pude controlar. Ese comentario fue la gota que rebalsó el vaso. No pensaba soportar más insultos.
El que había dicho eso era un flaco alto, morocho, de pelo pajoso. Lo agarré del cuello, poseído por la bronca.
—Mi mamá no es ninguna puta. — le dije. Estuve a punto de darle una piña, pero él reaccionó antes, dándome un fuerte puñetazo en la panza.
En el baño había dos o tres pibes más, que se fueron corriendo cuando vieron que se venía el quilombo.
El gordo me agarró del hombro y me dio una piña en el mismo lugar donde su amigo me había golpeado. Quedé en el piso arrodillado, sin aire.
—Che ¿Sabés qué? —le dijo el gordo a su amigo. —Me dieron ganas de mear de nuevo.
—jajaja sos un hijo de puta. — se rió el flaco alto, cuando vio que el primero ya liberaba su morcilloza pija y apuntaba a mí.
No me podía mover del dolor. Estaba perdido. Esa sería la humillación final. Después de eso, no podría volver a ver a Agustina a los ojos. A Pitu, al menos había podido darle un golpe. Pero estos pibes iban a convertirme en el azmereír de la escuela entera. Cuando todos se dieran cuanta que estaba todo meado, ni siquiera me daría la cara para volver a la escuela. Deseé que la tierra me tragara.
—Qué onda wachos. — escuché decir a una voz desde el umbral de la puerta.
El gordo se metió la verga de nuevo en el pantalón. Yo me erguí, todavía con dolor, y pude ver a quien había interrumpido a esos dos hijos de puta.
No podía creer lo que veía.
—Eh Pitu ¿Todo bien? —dijo el gordo.
—Todo mal. —dijo Pitu, serio. — el pibe es de mi curso.
—Si es un logi. — argumentó sabiamente el alto.
— Ustedes son unos logis. — retrucó Pitu.
Yo comencé a recomponerme, sin terminar de creer lo que estaba pasando.
—Que onda Pitu, ¿querés que se pudra todo? — dijo el gordo.
Pitu se acercó hasta nosotros. Apoyó su cabeza en la del gordo. Sus ojos quedaron muy cerca unos de otros. Se desafiaban con la mirada. Nunca sentí un clima tan tenso como el que se levantó en ese baño oloroso.
—Qué, ¿Te la bancás? — dijo Pitu.
Afuera del baño se fueron asomando algunos de los mulos de Pitu. Brian, Leo, El Polaco, y un par más.
Ya de por sí, Pitu les podía dar pelea a los dos juntos. Pero si los otros se sumaban, los del otro turno no tenían oportunidad.
—Eh, está todo bien con vos Pitu. —dijo el flaco alto, dándose cuenta de la desventaja numérica. —Vamos, vamos. — le dijo a su secuas, agarrándolo del hombro.
El gordo, a regañadientes, se fue del baño, sin dejar de cruzar miradas con Pitu.
Abrí la canilla y me lavé la cara.
—Eh Pitu, ¿Nos vamos a terminar agarrando con lo del turno tarde por este chetito? —le recriminó Leo, cuando sólo los de tercero tercera del turno mañana quedamos en el baño.
—Está bien ¡Que se pudra todo! —dijo Brian.
—El cheto se la banca, me hizo frente el otro día. — sentenció Pitu. —entremos al aula.
Estaba tan sorprendido que ni siquiera pude darle las gracias. Todo era muy raro. No comprendía porqué Pitu actuaba así. La respuesta era muy obvia, pero no supe verla.
Continuará

Un comentario sobre “La mamá de Joaquín (1)

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