JUAN LUIS HENARES

Durante años imaginé el gran momento: Conrado, mi querido hijo mayor, con precisas palabras argumenta en la Corte la defensa de un acusado, los jurados escuchan atentos su razonamiento, el resignado fiscal presiente su derrota, el público aplaude de pie su brillante discurso, el juez golpea con su martillo el estrado y pide orden en la sala.

Fue el sueño que motivó mis días, también los suyos.

Para cumplirlo, cursó la carrera de Derecho en la universidad pública de una provincia vecina; con esfuerzo, aunque orgulloso, largo tiempo me encargué de costear sus estudios, sus viajes y alojamiento, sus vicios y necesidades.

Hoy, transcurridos ocho años, está en la Corte. Sentado me mira fijo; en silencio acomoda el nudo de su corbata y desciende la mirada hacia el piso. En la sala todos prestan atención al alegato. Pero no es el de Conrado, sino el de su abogado que intenta defender lo indefendible.

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