AURORA MADARIAGA

Capítulo 9
Desde el día que Loreto despertó del coma, dos enfermeras comenzaron a atenderla y a
incentivarla, más bien obligarla, a ponerse de pie y caminar. Al principio debió batallar
la fuerte sensación de mareo y pérdida de equilibrio que habían producido dos
semanas completas inconsciente y acostada. De a poco y con su ayuda a ambos
costados, Loreto comenzó a dar paseos cada vez más largos por los pasillos de la
agencia. A los días de recuperar la consciencia le extirparon los puntos de las cinco
pequeñas incisiones por donde habían intervenido su abdomen a través de
laparoscopia. Volvió a vestir su tenida que llevaba el día de la captura del terrorista,
unos jeans pitillo, una polera blanca de mangas largas junto a un chaleco de lana
rosada clara y zapatillas. No sabía cuánto tiempo más debía permanecer en este lugar
por lo que pidió que le consiguieran al menos tres mudas más de ropa, cosa que
ocurrió sin chistar.
Las inmediaciones de la agencia eran interminables al igual que sus muchos pasillos.
Todas las áreas comunes tenían un aspecto clínico desde el piso, subiendo hacia las
paredes y el techo. Todo vestido de gris claro plano y frío. Algunas de las puertas a lo
largo de los pasillos estaban abiertas dándole la oportunidad de echar un vistazo hacia
adentro. En una oportunidad avistó un ser del tamaño de un oso o un gorila, de
grandes extremidades y cubierto de gruesos pelos que parecían espinas como las de un
puercoespín. Rugía gutural mientras que un grupo de seis u ocho agentes y científicos
le rodeaban y trataban de reducirlo. No era un panorama poco común en este lugar. En
otra ocasión avistó un ser de color rojizo que le recordó a una serpiente cascabel. Era
tan grande que se encorvaba al alcanzar el techo y se deslizaba por las paredes como
un gusano. En sus alrededores, un grupo de científicos escribían en carpetas mientras
le mantenían a raya con choques eléctricos. La criatura estaba atada a una gruesa
cadena alrededor de su sección media. Abría el hocico exponiendo los colmillos
filudos y la lengua con el filo de una lanza. ¿De dónde mierda sacaban estos seres? ¿Es
que acaso vivían entre los humanos sin saberlo? ¿Qué hacían con ellos? La respuesta
llegó por si sola con los rugidos de dolor que se escucharon por todo el pasillo. Gritos
desgarrados de las entrañas de criaturas monstruosas a merced agentes con pistolas,
choques eléctricos y científicos con jeringas cargadas de sustancias desconocidas.
Las noches en la habitación asignada para Loreto eran largas y en vela. Convivía a
metros de distancia y bajo el mismo techo con seres vivientes sacados de pesadillas y
películas de terror. Y en algún lugar afuera de su puerta cerrada estaba el terrorista que
ella misma había asistido a capturar. La falta de sueño comenzó a dejar estragos en
ella. No sabía dónde en el país o el mundo estaba ubicada la agencia. No habían
ventanas, no tenía noción del amanecer ni atardecer. Su ritmo de sueño se acomodó a
cuando fuera se sintiera somnolienta durante el día o la noche. Todos en este lugar
parecían funcionar de igual forma. Con el avanzar de los días los médicos siguieron
realizando exámenes en ella para controlar la evolución de su cáncer. Le habían dejado
en claro que no debía cantar victoria todavía, pues era común que las células
cancerígenas volvieran e hicieran metástasis luego de la extirpación de un tumor
maligno. De ser ese el caso, el único camino sería la quimioterapia. Aquella palabra
tenía el peso de una sentencia de muerte. Todavía no lograba acostumbrarse a la idea
de ser una paciente de cáncer. Allá afuera, sus padres, amigos, representante,
productor y disquera no tenían idea dónde Loreto estaba ni por todo lo que estaba
pasando. De seguro la habían declarado perdida. Su agenda de giras y compromisos se
extendía por años hacia el futuro. No sabía si en un año más todavía estaría con vida.
Sin perjuicio de ello, físicamente se sentía mejor y las cicatrices de la cirugía ya no eran
impedimento para cada día caminar con más brío y desenvolverse como normalmente
hacía. Su apetito había vuelto y el color a sus mejillas, también.
Se percató que los residentes de este lugar, los agentes que habían dado captura al
terrorista y quienes la habían ayudado, solían reunirse en un salón redondo de
opulento diseño y decoración cuyas paredes eran un sinfín de repisas llenas de libros.
En uno de los extremos había un acuario gigante que pronto descubrió era el hogar del
agente Sapien. El agente Hellboy, Red como le llamaban por el color de su piel y cachos
limados, y la agente Sherman, la chica quea simple vista parecía una humana más,
pasaban horas en ese lugar ya sea conversando, escuchando música o bebiendo
cervezas. A quien no había visto antes era a la alta figura femenina de frágil contextura
y rubios cabellos lisos que se les unió un día. El agente Sapien hizo las presentaciones.
—Señorita Clair, permítame presentarle a Su Alteza la Princesa Nuala—dijo con
solemnidad.
¿Una princesa? Loreto ofreció su mano para saludarla pero no obtuvo reacción. Lucía
superada por los acontecimientos. La observó con detención. Era de similar estatura
que el agente Sapien, tenía el rostro pálido y una gran cicatriz dividía sus pómulos y
nariz. Su cutis parecía hecho de mármol. Los ojos ámbar con un dejo de tristeza
innombrable. Tanto sus párpados como su boca lucían rojizos como si hubiera llorado
sin parar por siglos. Su atuendo acusaba su título noble. El vestido era de un azul real y
largo con diseño de túnica. En el medio lo sujetaba un corsé dorado en forma de
rombo de soberbios detalles en cadenas y tallados simétricos. La Princesa la observó
por no más de unos segundos y sin mediar palabras avanzó al lado del agente Sapien.
Dijo algo en voz baja y se retiraron hacia el extremo opuesto del salón.
—No se lo tengas en consideración—dijo la agente Sherman a la par que se echaba
sobre el amplio sofá de cuero marrón—. No me gustaría estar en sus zapatos, la
verdad. Si mi hermano fuera un sicópata y tuviera que ser yo quien lo entregue a las
autoridades…
Loreto volteó y buscó a la Princesa con la mirada. ¿Era ella acaso la hermana del
terrorista? Los agentes Hellboy y Sherman leyeron sus pensamientos.
—Así es, son dos gotas de agua—Red dijo abriendo una barra de «Snickers».
Loreto había ayudado a capturar a su hermano, mas la Princesa estaba resguardándose
en la agencia y trabajando con ellos contra su propia sangre. Como la agente Sherman
había dicho, entre hacer lo correcto y hacer lo que dicta el corazón, la decisión es la
más difícil de la vida. La Princesa había optado por lo correcto y la estaba matando.
Al día siguiente Loreto salió de su habitación con la misión de hallar al terrorista. A
juzgar por el sufrimiento escrito en el rostro de su hermana, nada bueno podían estar
haciendo con él. Caminó por los pasillos interminables y pegó la oreja a cada puerta
cerrada. Más allá de ver otras abominaciones, no encontró rastro del Príncipe. Luego
de caminar por horas por cada recoveco de libre acceso dentro de las instalaciones, se
iba a dar por vencida cuando avistó una figura masculina que vestía un overol verde
oscuro tipo militar que en ese momento abría una de las puertas. Loreto apuró el paso
y lo abordó. La figura volteó hacia ella. Loreto soltó el grito antes que pudiera
dominarse. No tenía cabeza. En su lugar, había una especie de casco transparente lleno
de… ¿humo? Tanto en frente como a los costados de la estructura sobre los hombros,
tenía escapes de humo que se articulaban cuando hablaba. Este ser sin carne ni huesos
hablaba. La saludó como si nada. Se presentó. Agente Johann Krauss. El nombre
coincidía con el fuerte acento alemán. ¿Qué era? Decidió no preguntar.
La puerta del apartado tenía por fuera una ahoyadura importante en el área de la
manija. El agente la hizo pasar argumentando que gracias a su cooperación habían
atrapado al criminal y por esa razón tenía derecho a estar allí y presenciar. El apartado
justo al otro lado de la puerta era de reducido tamaño. Un panel de control con
decenas de interruptores y botones se extendía de pared a pared y sobre él, un cristal
como ventana. Loreto tragó saliva por la garganta seca y aguantó estoica la ola de terror
que nació desde su centro a la imagen al otro lado. La sala era un tanto más amplia y
estaba levemente iluminada por un halógeno desde el techo. Todo cuando ocupaba el
lugar era él. Estaba inmovilizado a una estructura como una cama de ejecuciones
vertical con decenas de cinturones metálicos desde los pies, subiendo por las largas
piernas, el torso desnudo, los brazos, el cuello y la cabeza. Era igual de pálido que la
Princesa. Tenía sus mismos largos cabellos rubios claros y lisos y también aquella
cicatriz que cruzaba su rostro de pómulo a pómulo. La dureza de sus facciones difería
de su hermana. La mirada escondida debajo de un prominente ceño concentrada en la
ventana como si se supiera observado. Loreto sintió un escalofríos tan pronto lo miró a
los ojos que desde la distancia se adivinaron amarillos. La piel de tanto su boca como
alrededor de sus ojos era de un grisáceo oscuro casi negro.
—¿Qué ha hecho este hombre para que lo atrapen y lo tengan en estas condiciones?—
Loreto preguntó con voz quebrada sin ser capaz de quitar la mirada de él.
—¿Hombre? Se equivoca, señorita Clair. El Príncipe Nuada no es un hombre, sino un
elfo. Es el heredero al trono del reino elfo de Bethmoora actualmente ubicado en las
entrañas de Nueva York. Quiere declarar la guerra contra los humanos para recuperar
la superficie de la Tierra y para eso ha asesinado a su propio padre, el rey Balor, a
sangre fría. Si Su Alteza la Princesa Nuala no hubiera acudido a nosotros y si usted no
nos hubiera asistido a capturarlo quizás ya estaríamos lamentando la masacre.
Loreto quedó boquiabierta. ¿Un elfo? Luego de casi un mes en este lugar, dos semanas
en coma y casi dos consciente, no debería haberse sorprendido. Sin embargo la idea
que los elfos en realidad existieran le fascinó e inquietó al unísono. Vivían bajo Nueva
York. Vivían bajo tierra. Y había asesinado a su padre. Volvió a estudiarlo con
detención. Parecía en un estado de trance. No podía moverse pero tampoco parecía
alarmado. Una serenidad escalofriante dominaba su rostro.
—Pero, ¿cómo un solo hombre, digo elfo, va a exterminar a toda la raza humana?
—Con la ayuda del Ejército Dorado—el agente Krauss aclaro.
Enseguida, apretó un botón y se acercó al micrófono.
—Y bien Su Alteza, ¿cooperará hoy con nosotros? ¿Dónde está la corona incompleta
de Bethmoora?
Silencio.
El agente Krauss apretó otro botón del panel y de inmediato la sala al otro lado de la
ventana se iluminó de fuerte halo ultravioleta. El Príncipe gritó gutural y apretó los
dientes y ojos. Lagrimeaban. A lo lejos, Loreto escuchó un grito femenino desgarrado
de dolor. Pegó la mano al ventanal. El nudo en la garganta la ahorcó. El agente elevó el
dedo del botón y la luz ultravioleta cesó de brillar. El Príncipe jadeó acelerado, su
pecho y abdomen subían y bajaban contra los cinturones de metal. A los minutos llegó
el agente Sapien e irrumpió en la sala.
—Debe haber otra forma de sonsacar la información, doctor Krauss. ¡La Princesa!—
rogó con firmeza en la voz.
El agente alemán soltó el humo por las branquias mecánicas, chocó los tacos de sus
botas en clásico saludo alemán y dio la media vuelta. Loreto interrogó al agente Sapien
con la mirada.
—Son gemelos. Lo que sufre uno, lo sufre el otro. El vínculo que comparten es muy
profundo—dijo con pesar y agachó la cabeza.
Loreto observó al Príncipe una vez más. Si no estuviera sujetado a tal estructura ya se
hubiera desplomado al suelo. Hace semanas le habían dado caza y desde entonces lo
tenían así. ¿Es que los elfos eran acaso intolerantes a la luz solar? Todavía jadeaba, sus
ojos todavía lloraban mas su semblante seguía firme hacia el frente. Una sensación de
ira e impotencia ajena se anidó en la boca de su estómago y subió como lava por su
pecho hasta incendiar sus mejillas.
—¿Qué es la corona incompleta de Bethmoora?—Loreto pronunció concentrada aún
en el Príncipe. Tragó saliva por el nudo apretado de la garganta y apretó los puños
inmóviles a los costados de las caderas.
—La corona del trono del reino elfo. El Príncipe tiene en su posesión dos de las tres
partes que la componen. La que estaba en manos de los humanos la recuperó de una
casa de remate matando a setenta personas en el proceso. La otra la arrebató del
cadáver de su padre luego de asesinarlo. La Princesa Nuala tiene la última pieza. Por
eso la protegemos. Sabemos que no le hará daño pues también se lo haría a sí mismo
pero de todas formas, está mejor resguardada aquí con nosotros que sola a merced de
él—el agente Sapien dijo con clara frustración en la voz—. Una vez la corona esté
completa, el Príncipe podrá despertar el Ejército Dorado, la mano armada de los elfos
que duerme a la espera de su amo, el rey. Ya hubo una guerra entre elfos y humanos
hace miles de años y los elfos con su ayuda masacraron a todos los humanos en su
camino. El Ejército Dorado no puede despertar.
Observó al elfo prisionero como un sicópata a través del cristal. Todo en él irradiaba
orgullo, honor y dignidad incluso frente a tan desolador panorama. Sus brazos y pecho
estaban marcados por grandes cicatrices. Los músculos marcados, la mirada
concentrada en la nada, los puños hechos piedras, la fuerza de sus facciones
inamovibles. Y sin embargo todo el tiempo que Loreto estuvo en ese apartado sintió la
férrea certeza que había algo, una pieza clave de información, que desconocía. ¿Qué
era este lugar sino una versión paranormal de la prisión de Guantanamo? Hasta el más
aborrecido criminal merece un juicio justo. Haber estado de acuerdo en asistir en la
operación de su captura como carnada para atraerlo al teatro había sido un craso error.
Debía escucharlo, saber por qué hacía lo que hacía, qué perseguía, qué estaba en juego.
Algo en el aura que emanaba la remeció de susto pero, por otro lado, no tenía mucho
por perder. Sin siquiera haber estado consciente de ello, Loreto había vivido con un
cáncer de estómago por quién sabe cuánto tiempo. La muerte la rondaba, ya sea la
enfermedad terminal, los monstruos prisioneros de este lugar o la ira de un príncipe
elfo enemigo de la humanidad. Si hay una cosa que la historia ha dejado en claro una y
otra vez es que en una misma figura se puede encapsular el terrorista para unos y el
liberador para otros. El único que lucha, el pionero, el que lidera el batallón, el último
que cae con su pueblo. El último guerrero.
El agente Sapien la instó a hacer abandono del lugar. Sin palabras le trató de
comunicar que no debía estar allí. Loreto obedeció sin chistar pero antes observó el
gran panel de control y trató de grabárselo en la memoria. No sería la última vez que
visitaría esa sala.

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