ANA B. MENDOZA


El tipo vestía con gabardina oscura y sombrero de ala ancha.
Avanzaba rápido. Le seguí hasta una ancha avenida donde
hábilmente se camufló entre la multitud, haciendo que por unos
instantes le perdiese de vista en la aglomeración que portaba el
mismo atavío. El rojizo sol del atardecer deslumbraba al frente
rebotando su brillo contra las ventanas de los enormes edificios y
en el suelo, haciendo imposible distinguirle entre un gentío que,
curiosamente, se movía en una única dirección como una masa
sin sentido crítico.
De pronto advertí una modificación en su trayectoria tratando de
escabullirse cautelosamente hacia una estrecha bocacalle. Corrí
tratando de darle alcance, pero cuando llegué no había nadie. Tan
solo unas pocas farolas que apenas iluminaban la callejuela y un
contenedor abarrotado de restos. Ni siquiera los gatos habitaban
allí. Podía haberse escondido en cualquier rincón al cobijo de la
penumbra sin temor a ser descubierto.
Al final de la calle se advertía la entrada de unas escaleras. Decidí
adentrarme en ellas, pretendiendo descubrir a dónde llevaban con
la esperanza de que hubiese seguido ese camino.
Convencida, comencé a bajar. Habían sido construidas con piedra
gris oscuro tanto en el suelo como en las paredes, tenían forma
de caracol y sin ventana alguna. Alumbradas con la escasa luz
que llegaba del exterior, difícilmente se atisbaba nada.
Tras descender varios tramos concluí que no le encontraría allí,
así que me dirigí de nuevo hacia afuera.
Durante la ascensión los descansillos se sucedían unos tras otros
sin conseguir dar alcance a la salida. De pronto, comenzaron a
abrirse unas troneras en los laterales, altas y estrechas. Traté de
correr para huir cuanto antes de allí, pero el final resultaba
inalcanzable. Cuanto más subía, más peldaños se creaban. Poco
a poco la angustia iba apareciendo.
De las ventanas comenzaron a emerger varios brazos, pálidos y fríos, estirándose para intentar atraparme con sus dedos largos y huesudos. Sorteándolos con dificultad conseguí llegar a la parte superior de la escalinata, sorprendiéndome al descubrir que la salida ya no existía. Tan sólo una pequeña ventana hacia el exterior en lo alto de la pared, con una rampa en ascensión a modo de trampa, consiguiendo que quien se accediese a ese lugar no pudiese volver a salir.
Podía oírse el murmullo de los viandantes al otro lado, de quienes se podían divisar los pies deambulando de una lado a otro ajenos a lo que estaba sucediendo allí dentro.
Mis gritos de auxilio quedaban ahogados y, a pesar de intentarlo una y otra vez, no lograba que nadie me oyese.
De repente tuve la desagradable sensación de que no me encontraba sola. De un salto conseguí sujetarme a ambos lados pero resultaba imposible ascender, no había donde poder apoyar los pies para empujarme. Tras de mí sentía que algo se aproximaba, a la vez que la poca luz que entraba por la ventana se disipaba poco a poco. No hallé ningún útil que pudiese servirme para iluminar el lugar.
De nuevo salté e intenté salir, los dedos doloridos comenzaron a sangrar por el roce con la piedra. No podía más.
Me solté, coloqué mi espalda contra la pared, y la oscuridad
cubrió por completo el lugar.

https://anabmendoza.jimdofree.com/

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