ALLTEUS

Epílogo

Lo llaman ”nueva normalidad”.

Dicen que tras la pandemia nada volverá a ser igual, que muchos hábitos habrán cambiado para siempre. Hablan de ello los expertos, los inexpertos, los tertulianos… cualquiera se atreve a hablar de ello, porque tiene más de adivinación que de pronóstico.

Dicen, los más fiables, que cambiarán los hábitos de relación social, familiar, laboral… que nada será igual que antes, que todo adoptará nuevas formas de expresión.

No tengo la menor duda. Al menos en mi caso, en nuestro caso, en nuestra familia, eso es cierto.

La mañana de Santa Ana nos despertó en un mundo diferente al que existía hasta la noche de Santiago.

Cuando abrí los ojos era de día y estaba solo en un sofá, mientras en el otro dormía mi cuñado. No estaban Pol y Carma, que -supuse- habrían ido a dormir a la habitación de invitados.

Dejé a Carlos que siguiera allí, sin molestarle, y ascendí hacia las habitaciones superiores, hacia mi habitación.

La puerta cerrada. Un breve -y sigiloso- giro de manecilla de la puerta y allí estaban.

Las dos hermanas.

Tapadas con una sábana.

Dormidas.

Respiraban plácidamente, acompasadas. Loli enroscada sobre sí misma, Rocío, abrazada a ella por detrás, pasando el brazo por encima del costado de su hermana…

Salí de la habitación, temiendo interrumpirles el sueño y aquella bella escena.

Me acosté, y dormí de nuevo, en la habitación de mi hijo.

No desperté hasta pasadas las doce del mediodía, cuando Rocío, muy cariñosamente, me acariciaba la cara, sentada en el borde de la cama, ya vestida y arreglada de tal modo que cualquiera hubiera jurado que le mentía si le hubiera comentado lo sucedido apenas unas horas antes.

-Venga dormilón, que se hace tarde.

-Buenos días… ¿Y los demás?

-Ya se han ido.

Una sonrisa serena, dulce, diría incluso relajada, me acreditaba el estado de ánimo de Rocío.

Bellísima, radiante… satisfecha.

Una maravilla, en relación conmigo mismo, que me despertaba con la garganta y la boca secas, el cuerpo con sensación de no haber descansado bastante y la cabeza algo aturdida todavía… ¡qué malo es el alcohol!

No estaba en condiciones de dialogar sobre la experiencia vivida. Preferí esperar a que mi cuerpo y me cabeza estuvieran algo más recuperados.

Un diálogo que no se produjo ni ese mismo día ni en unos cuantos posteriores.

En el mismo porque aquella tarde volvieron nuestros hijos del campamento de verano en el que habían estado durante una semana. En el resto de días, porque no tuvimos la ocasión de tratarlo con la serenidad y calma que requiere el comentario de una vivencia fortísima, algo que la inmensa mayoría de personas no vive y ni siquiera acepta que pueda ocurrir entre personas civilizadas, cultas y sensatas.

Eso sí, durante unas cuantas noches, nada más pisar en nuestra habitación y cerrar la puerta, Rocío y yo nos transformábamos en dos amantes impetuosos, capaces de hacernos todo lo que un hombre y una mujer dominados por el deseo y la pasión pueden hacerse.

Una pasión desatada sin palabras, un hacer en el que no he sabido si era mi cuerpo el que le proporcionaba el placer o era el recuerdo de lo vivido por ella en la noche entre Santiago y Santa Ana.

Hemos estado en agosto de vacaciones, muy cortas, apenas diez días, en la playa, en Andalucía. Con los niños. Eso significa pocas ocasiones de estar a solas con tiempo suficiente, máxime en la situación que atravesamos, que impide el funcionamiento normal de los centros de ocio vacacionales: no hay excursiones, ni actividades infantiles o juveniles, ni posibilidad de que los niños hagan grupo para jugar y llevar a cabo las actividades habituales en esos centros.

Es la “nueva normalidad”.

Hubo, no obstante, una ocasión. Pudimos, a la vuelta de esos días, escaparnos un día, comer fuera y pasear por un pueblo precioso de nuestra provincia, célebre por su proximidad a una pista de esquí.

Hablamos.

Me explicó que no había sido ella. Que no era ella quien había vivido todo lo que sucedió.

Era otra.

Una mujer distinta, desconocida y desconectada de todos los vínculos personales y familiares de Rocío. Una mujer que ni era mi esposa, ni la hermana de Loli. Carma era una amiga y maestra que se esforzaba en enseñarle, Pol un viejo que conocía desde hace tiempo, pero sin demasiada relación. Carlos un desconocido total, simplemente un macho disponible para su placer, un joven semental con el que disfrutar dejándose montar… yo era un amigo con derecho a roce nada más…

Y en esa fantasía todo cabía, todo era posible…

Todo fue posible.

Aquella noche su cuerpo era el de otra persona, un irreal y fantástico ser en cuya mente había penetrado, pero sin identificarse, del que conocía todo lo que sentía y pensaba, como en una proyección onírica, armado al mismo tiempo de atributos masculinos y femeninos, capaz de sentirse poseída y de poseer, capaz de sentir el placer de una forma que jamás antes había sentido.

Era ella y era yo -me dijo- follándome a su hermana con la fuerza con la que había observado que la poseía, pero era también su hermana follándome a mí, y Carma chupando el cuerpo de cualquier hombre o mujer que le resultase atractivo, era la humanidad entera, millones de mujeres entregadas al placer de un hombre, millones de hombres en celo enardecidos por el deseo dando placer a una mujer… Era una idea, un concepto, una pasión: era simplemente -me dijo- un ser cargado de lujuria.

No me explicó con detalle lo sucedido en nuestra habitación, cuando Carma las condujo a ella aislándose de los hombres. Tampoco qué sucedió cuando las dejó a solas. Pero sí me describió qué sentía, cómo se sentía, qué magia se operó para que ella fuera ese ser desconocido e irreal, ni hombre ni mujer siquiera, que envuelto en una nube de placer hacía y se dejaba hacer todo lo que incrementara el deseo y satisfaciese su placer, sin importarle con quien.

La mente humana es muy compleja. Esa disociación, ese desdoblamiento de la personalidad, debe ser un mecanismo de protección frente a unas acciones que nuestra cultura, y nuestra moral, han condenado siempre.

La promiscuidad sexual, y especialmente el incesto, son pecados, tabúes, líneas negras que no deben sobrepasarse porque te instalan en el lado oscuro y pecaminoso.

La vendedora de cirios, estampitas y figuras de santos que yo conocí, instalada en el delirio morboso del placer sin límites, encontraba así la paz de su espíritu, la defensa frente al llamado de la moral transgredida.

Es pronto para saber qué incluye o qué excluye nuestra “nueva normalidad”.

Para nosotros la realidad posterior a la pandemia será, sin duda, muy diferente a lo anterior. Todo lo sucedido en estos meses nos ha cambiado bastante. Desde luego, las relaciones familiares más próximas por vínculo y por distancia, para nosotros serán para siempre muy diferentes.

Tendremos una “nueva normalidad”.

La semana del regreso a la plena actividad es casi tan dura, normalmente, como la última antes de las vacaciones.

El miedo que nos asaltaba a los profesionales del Derecho no estaba justificado. Declarar hábil a efectos de actividad judicial buena parte del mes de agosto no ha tenido las terribles consecuencias que se esperaban, tal vez porque junto a esa declaración de habilidad no se declaró la suspensión de las vacaciones de jueces y resto de personal de los juzgados, lo que ha hecho la medida bastante inútil.

Ya es viernes. Exactamente viernes, 4 de septiembre de 2020.

Se han suspendido las fiestas de la ciudad, que son en honor a su Virgen Patrona y deberían celebrase la semana próxima.

Nuestra ciudad -dicen- ha vuelto a la fase 1 del desconfinamiento. No sé bien qué quiere decir, pero a groso modo significa que otra vez estamos jodidos. El Hospital es uno de los que más presión asistencial está soportando en nuestra Comunidad Autónoma y este miércoles pasado, hace dos días, ingresaron al paciente de Covid más joven de Castilla.

Triste récord. 22 añitos.

-Cariño… ¿Qué me pongo?

Es una pregunta recurrente. Sé que puedo ponerme lo que quiera, pero también que si a ella no le gusta acabaré por cambiarme de ropa para adaptarme a su criterio.

-Ponte el pantalón de algodón negro y la camisa celeste.

Me lo dice desde el cuarto de baño, en el que ha entrado a prepararse para ir a la cena de los viernes con su hermana y Carlos.

Saco del armario la ropa que me ha indicado y preparo también los zapatos que vestiré.

Entro en el aseo. Me sorprende la imagen.

Desnuda, salvo por una toalla liada en la cabeza a modo de turbante, sentada sobre el bidé, con la entrepierna llena de jabón de afeitar y una de mis cuchillas en la mano.

-¿Qué haces?- le digo, pese a ser evidente lo que está haciendo.

-Quiero ver cómo me queda.

La observo, con curiosidad, mientras acaba su labor.

Un chochito totalmente depilado, con su piel limpia y suave desnuda, y su raja en medio, como una fina línea trazada entre las piernas.

Es la primera vez que se lo veo así. Nunca lo ha hecho antes.

Me acerco y deslizo la mano lentamente por ese pubis tan desnudo y suave. Ella me deja hacerlo mientras escruta mi rostro. Le sonrío y me demoro en la caricia.

Aprovecha para clavarme un golpe bajo, aunque lo hace con gracia y tono jocoso, risueña, sin acritud y, por el contrario, divertida.

-Si quieres, me meo…

Las hermanas -es evidente- se han comentado algunos pormenores de nuestro encuentro orgiástico.

Respondo a la provocación con lacónico descaro, sin retirar la mano y buscando con los dedos abrirle la raja.

-Hazlo.

-No tengo ganas ahora -me contesta sonriente mientras retira mi mano y se incorpora para seguir arreglándose.

-La “nueva normalidad”- me digo mientras salgo del cuarto de baño.

Dos horas más tarde, ya vestidos, nos encaminamos a casa de nuestros cuñados.

Rocío se ha puesto un vestido negro ceñido -creo que es nuevo- que me recuerda al que lucía Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”, una imagen que se ha hecho mítica para los cinéfilos. El que viste mi mujer es muy parecido en la parte superior, en el escote delantero, incluso algo parecido en el trasero, pero más corto, porque finaliza en las rodillas y el de la actriz era largo hasta los pies. Tampoco lleva los guantes ni el collar, complementos maravillosos de aquel vestido de noche, porque el modelo que lleva Rocío sirve más bien como un vestido de cóctel.

¿Llevaría también Audrey Hepburn el coño totalmente afeitado en aquella película?

Ya sé, ya sé… es una pregunta tontísima, pero es la que me asalta en el breve trayecto desde nuestra casa a la suya.

Nos reciben ambos, cordiales, joviales, alegres, acogedores…

Ella lleva un vestido muy ceñido, de esos que llaman “lápiz”, muy adecuado para mujeres delgadas y estilizadas, también negro, también hasta las rodillas… sin mangas y con el escote en pico.

No lleva sujetador. Se aprecia la libertad de sus tetitas dentro del tejido, pero sobre todo se aprecian sus pezones, siempre duros y sobresalientes, marcados en la tela.

Loli, al darme dos besos, me inunda con el olor del perfume que tanto me pone… siento crecer al instante mi sexo, enardecido por el aroma y por el breve contacto de esos dos besos de bienvenida.

-La “nueva normalidad”- me digo.

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