AURORA MADARIAGA

Capítulo 8
Loreto despertó de repente. Enseguida su centro se puso en alerta. Las retinas de sus
ojos se aclimataron a la luz indirecta de sus alrededores. Estaba acostada. Elevó la
cabeza y se vio en una cama. ¿Estaba en un hospital? Los catéter intravenoso
conectados al dorso de su mano derecha y al brazo izquierdo le avisaron que así
parecía. El dedo índice de su mano izquierda tenía una especie de pinza ploma de
plástico. Medía sus latidos. Cada pulso de su dedo coincidía con el pitido que en ese
momento se hizo evidente en sus oídos. Estudió sus alrededores. Frente a los pies de la
cama había un armario de diseño minimalista. A su izquierda, un sillón de cuero
oscuro y una lámpara de pie de diseño. El piso estaba cubierto de una gruesa alfombra
blanca que invitaba a pisarla descalza. Tanto las paredes como el techo eran blancas
planas mientras que el piso estaba cubierto de baldosas grisáceas oscuras de acabado
opaco. Un gran espejo horizontal cubría gran parte de la pared a su derecha junto a
una puerta cerrada. Si bien la habitación no lucia como la de un hospital, la cama sí lo
era, pues tenía barandas a los costados y un control remoto para ajustarla a distintas
posiciones. De pronto fue consciente del hielo de sus extremidades. Tiritó de frío y
todos los poros de su piel se erizaron. Luchó contra el castañetear de sus dientes y
trató de erguirse de la cama. Su espalda, hombros y cuello se quejaron soltando fuertes
tirones y punzadas que la vencieron a dejarse caer de vuelta sobre el colchón. Tomó el
mando de la cama que descansaba al alcance de su mano derecha contra su muslo por
encima de la manta. Trató de operarlo y debió ignorar la incómoda sensación de la
aguja del catéter intravenoso chocando contra su vena por debajo de la piel. Con
esfuerzo apretó el botón para elevar la cabecera. A su derecha vio de reojo alguien
entrando en la habitación. Era un hombre y vestía bata blanca. Le preguntó cómo se
sentía, si podía hacer algo por ella. Solo entonces notó cuan sedienta y hambrienta
estaba.
—¿Dónde estoy? ¿Quién me ha traído aquí?—preguntó todavía aturdida.
—Se encuentra en las dependencias de la A.I.D.P., señorita Clair—el hombre dijo
mientras escribía en una carpeta los valores de los monitores a sus costados—. Los
agentes Hellboy, Sherman y Sapien la trajeron desde el teatro. Usted perdió el
conocimiento.
Le costó ubicar en su memoria el último recuerdo antes de desmayarse. Había perdido
el equilibrio y caído al suelo. Luego alguien la trató de tomar en brazos y todo se
desvaneció detrás del manto negro. El terrorista. ¿Nuada? La boca de su estómago se
encogió de pavor.
—¿Atraparon al terrorista?
El hombre asintió sin dar más detalles.
—Entonces ya me puedo ir a casa—dijo y volvió a esforzarse por elevarse del colchón.
No había movimiento que hiciera sin que desatara una seguidilla de calambres.
¿Cuánto tiempo había permanecido en cama?
—Me temo que todavía no podemos darle el alta—el hombre dijo y terminó de anotar
en su carpeta. La cerró y la encaró—. Señorita Clair, encontramos un adenocarcinoma
en la pared del estómago.
Por dos o tres segundos todo cuanto Loreto escuchó fue un pitido ensordecedor en los
oídos. La cabeza latía como a punto de ebullición. Buscó dentro de los ojos del hombre
el significado de lo que acababa de decir, o más bien, la confirmación que no estuviera
refiriéndose a lo que ella temía. El hombre tosió en su puño y guardó la carpeta en
algún lugar a los pies de la cama. Volvió a su costado.
—Es un tumor maligno.
Su vista se aguó agolpada de lágrimas. Parpadeó repetidas veces incapaz de creer.
¿Cáncer? ¿Ella? ¿Cómo?
—Para su tranquilidad le informo que hemos extirpado el tumor de forma exitosa. Lo
que queda ahora es controlar la posibilidad de una metástasis a los órganos vecinos.
Loreto se llevó las manos al abdomen y palpó su piel por debajo de la camisola que
tenía puesta. Allí estaban, cinco pequeños parches distribuidos a lo largo de su tronco.
Se irguió y volvió a dejarse caer a la cama. Apenas sintió pequeños tirones en cada uno.
Estas cicatrices no eran recientes.
—¿Cuándo me operaron? ¿Qué día es?—pronunció apenas con un hilo de voz.
—Exactamente hace dos semanas. Inducimos un coma para facilitar y acelerar el
proceso de regeneración.
No supo qué la dejó más anonadada. Si el hecho de tener cáncer, que la hubieran
intervenido sin su consentimiento o que hubiera estado en coma ausente del mundo
por dos semanas. Nunca había estado en un hospital más de dos días y por nada más
que una gripe común y corriente cuando era niña. Este no era un hospital. Era aquella
agencia secreta sobre investigación paranormal. ¿Cómo siquiera habían descubierto
sobre el tumor en su estómago? ¿No se necesita acaso una seguidilla de exámenes para
determinar la naturaleza y grado de un cáncer? Una segunda puerta hacia su izquierda
se abrió y una figura azul entró. No creyó lo que sus ojos vieron. Si sus sentidos no la
engañaban, aquello que ahora se aproximaba hacia ella lucía como un mutante entre
humano y pez. ¡¿Qué tipo de lugar era este?! El hombre de capa blanca, un doctor en
medicina supuso, lo saludó, comentó sobre los valores estables de sus signos vitales y
que acababa de informar a Loreto sobre la cirugía y sus implicaciones.
—Me alegro de verla despierta y en aras de recuperación, señorita Clair—el hombre
pez dijo en impecable inglés.
Loreto abrió los ojos a más no poder. Lo observó fascinada y horrorizada en igual
medida. Era singularmente esbelto y alto. Tenía grandes branquias a ambos costados
del alto cuello, ojos grandes almendrados de profundo azul, una nariz que se perdía
dentro de la línea curva de su rostro y la piel jaspeada de distintos tonos de azul y
celeste. Solo vestía unos bermudas negros hasta las rodillas y zapatillas del mismo
color. Poseía el torso de un hombre humano con marcados pectorales y abdominales.
Pidió su permiso para correr la manta y acercó ambas manos palmípedas a su
abdomen. Por segundos las levitó a milímetros de su camisola con la mirada perdida
en la nada. Las membranas verticales que eran sus párpados se abrieron y cerraron
contadas veces. Luego volvió a sí mismo y la cubrió con la manta.
—No percibo la presencia de células cancerígenas—dijo con satisfacción y encaró al
doctor.
—El agente Sapien fue quien percibió el tumor dentro de su abdomen—el doctor
aclaró y se dirigió a ella.
—¿Qué es usted?—Loreto balbuceó y acercó una mano hacia el hombre pez.
El doctor esbozó una sonrisa y se retiró.
—Soy un humanoide anfibio—dijo con total normalidad—. Entiendo que para las
personas que no saben de mi existencia como tampoco la de mi hermano Red,
podamos asustar con nuestras apariencias. Mis disculpas—dijo y agachó la cabeza.
—Se refiere al agente Hellboy, ¿no es así?
El humanoide asintió.
—¿Es su hermano?—Loreto pronunció apenas.
—No de sangre, claramente—bromeó—. Ambos fuimos descubiertos por esta agencia
y criados por el mismo científico, el Profesor Broom.
—¿Qué pasó con el terrorista?
—Le capturamos. Está bajo vigilancia en estas instalaciones. Estaba apunto de hacerse
con un arma capaz de exterminar la raza humana, debíamos detenerlo. Pero de eso no
se preocupe. Su tarea es descansar para que termine de recuperarse.
El terrorista estaba bajo el mismo techo que ella a metros de distancia. Ella había
ayudado a capturarlo. Si diera con ella dentro de este lugar… El agente Sapien pareció
percibir su miedo.
—No tema, señorita Clair. No dejaremos que se le acerque. El Príncipe Nuada está
totalmente restringido de movimiento y demasiado débil como para intentar escapar
—el agente dijo y con una corta despedida salió de la habitación.
¿Un príncipe? ¿Un príncipe terrorista? Había un pedazo de información que le faltaba
para comenzar siquiera a hacer sentido de todo esto. ¿Restringido de movimiento y
demasiado débil? Eso solo podía significar una cosa: le estaban torturando.

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