MOISÉS ESTÉVEZ

No pegó ojo en toda la noche, hasta que decidió levantarse de la cama,
temprano, no había amanecido aún, dejando a María durmiendo. Quizás el
insomnio le venía por la impaciencia que tenía por lo que ella le fuera a decir
con respecto a la conversación del día anterior.
Intentó no hacer ruido, quería que descansara, era consciente de que
ella cogió el sueño tarde, y si todo iba ‘bien’ le gustaría aprovechar el día
pateando la ciudad.
A oscuras, se vistió con lo primero que encontró, es decir, con la misma
ropa con la que había salido anoche, lo que le importaba un pepino. Agarró su
iPhone y la tarjeta de la habitación y bajó a por un par de cafés.
Cuando regresó María estaba dándose una ducha.

  • Buenos días guapísima, ¿cómo has dormido? – Le dijo, sin entrar en el
    baño, alzando el tono de su voz.
  • Bastante bien. ¿Y tú? –
  • Muy bien. – Mintió para no preocuparla. – He traído café. –
  • ¡Estupendo! Necesito cafeína tanto como necesitaba la ducha. Salgo
    enseguida. –
  • Ok. Te espero a que termines. –
    María salió con una toalla que le recogía el pelo a modo de turbante, y
    una camisa de Vinc, como únicas prendas sobre su cuerpo, despidiendo un
    suave y agradable aroma a gardenia. Eso, su descalzo andar sobre la moqueta
    y una dulce sonrisa, provocó en él un efecto sinérgico que le erizó el bello de la
    nuca y casi le provoca una erección.
  • ¿Y ese café? –
  • Toma, aquí tienes. –
  • Gracias. –
    Apenas si le dio un par de sorbos, dejó el vaso en la mesita de noche,
    haciendo lo mismo con el que sostenía Vincent, que hasta ese momento
    estaba sentado en la cama disfrutando de su cálida bebida.
    Lo empujó suavemente, de manera que quedó tendido. Sin prisas,
    gustándose, se quitó la toalla que le sostenía el todavía mojado cabello, con un
    gesto que a él le pareció de lo más sensual, y seguidamente, comenzó a
    desvestirlo. Vincent con los ojos que se le salían de las órbitas no perdía
    detalle, y sus manos acompañaron el erótico cuerpo de María cuando esta se
    puso a horcajadas sobre su pene, duro y erecto, el cual entró en ella de
    manera placentera, sin dejar atrás ni un centímetro, ayudado por la gravedad y
    lo húmedo de su sexo…

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