Corrían a finales de los años 70 cuando mi madre vino a visitarnos a Tierra Santa y se quedó un mes con nosotras.

Yo la esperaba inquieta en el aeropuerto de Ben-Gurión porque tardaba en salir. Por fin la vi arrastrando el carro de la maleta y después de abrazarla le pregunté el porqué de su demora.

-Yo no entendía nada hasta que vino alguien que hablaba español y me explicó que no llevaba en el pasaporte el visado que me permitía entrar en Israel.

– ¡Oh, no sabía que lo necesitaba! -le comenté- Y ¿a qué santo?

-Señora es que España no simpatiza con Israel y por eso necesita usted un visado especial.

– ¿Qué España no simpatiza? ¡Con lo simpático que somos los españoles! Tomen, tomen caramelos.

Así era mi madre de atrevida, sin saber más que español, viajó hasta allí teniendo que hacer escala es otro país europeo. Yo no lo entendía, ¡con lo estrictos que eran en ese aeropuerto! Pero, sin más dificultades la dejaron pasar.

Marchamos directamente a Jerusalén.

Los primeros días los dediqué a enseñarle todos los lugares santos que hay en la ciudad de Jerusalén y sus alrededores, visitamos Belén, Ain-Karem, Betania… ella estaba emocionadísima por tanta novedad.

Y el domingo de excursión a Eilat, ciudad situada en la misma punta al sur del país rodeada por las aguas cristalinas del Mar Rojo. El lugar nos regaló con vistas infinitas y experiencias únicas ¡Cómo disfrutamos en el acuario submarino del

arrecife de coral!  Coral World, uno de los arrecifes más coloridos del mundo donde hay un observatorio submarino acristalado, sumergido a 12 metros de profundidad, que ofrece a los visitantes una vista espectacular de este enclave natural donde viven un sinfín de especies de peces de colores y formaciones coralinas. Por otra parte, desde donde nos encontrábamos, podíamos contemplar las sorprendentes formaciones rocosas de caprichosas formas, cubierta de vetas de tantas tonalidades rosas y que abrían varias rutas de polvo rojizo, restos de una antigua mina de cobre, hacia el impresionante desierto del Neguev.

El lunes marchamos para Nazaret, a la vida cotidiana. Allí vivíamos Pilar y yo, trabajando en la biblioteca popular de la Misión Pontificia.

 Fue un mes inolvidable para ella, íbamos al mercado donde le sorprendió los pollos que metían vivos en una máquina y salían desplumados y sin sangre, siendo bendecidos por el rabino para que fuera comida kosher. En las carnicerías los animales colgados enteros pudiendo pedir directamente el trozo que te interesaba. Y ¿qué decir de las enormes sandías y de tan buena fruta y verdura? ¡Cómo disfrutaba! Lo único que echaba de menos era nuestro fresquito pescado mediterráneo. No paraba de comprar regalos para los suyos en los pequeños comercios del mercado de la ciudad.

Ella nos hacía cada día la comida y se entretenía leyendo o haciendo punto.

Los domingos marchábamos a visitar otras ciudades. Uno fuimos a Tiberíades con el mar de Galilea, Cafarnaum, el primado de Pedro, Tabgha, el monte de la Bienaventuranzas… ese día comimos el típico pescado de S. Pedro. Al siguiente domingo nos acercamos a Haifa con sus hermosos jardines colgantes que se distingue claramente tanto desde la cima de la Colonia Alemana (Stella Maris) como desde la avenida al pie del monte Carmelo y donde impresiona el Mausoleo del Bab, santuario de la fe bahaí. Y ¡cómo no! subimos a la cima del monte para ver a nuestra patrona Ntra. Sra. del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen. Otro domingo visitamos el monte Tabor, donde se recuerda la transfiguración del Señor…

Pero la excursión más imprevisible y sorprendente fue la que nos proporcionó un salesiano español que residía en su colegio de Nazaret, tenía proyectado pasar el día acompañando a un bienhechor francés a recorrer Galilea y nos invitó a mi madre y a mí. Pilar no dudó en animarnos, era una ocasión única y a ella no le importaba prescindir de mí por un día.

 Visitamos lugares increíbles, como los Altos del Golán, en la frontera de El Líbano, Jordania y Siria, estuvimos muy cerca del monte Hermón, y nos acercamos a uno de los ríos más antiguos del mundo, el rio Jordán. En ese lugar visitamos La antigua Cesarea de Filipo, el paisaje nos asombró por su fauna, flora y la abundancia de agua, que forma una serie de cuencas fluviales en el interior del Parque Nacional de Banias, conuna cascada de 10 metros, la más grande de Israel. Allí vimos el sitio de culto pagano al dios “Pan”, Pero, sobre todo, el lugar indica el momento en el que los apóstoles, por boca de Pedro, revelan la identidad de Cristo y este le encomienda a él su misión de gobernar la Iglesia.

 Con todo esto llegó la hora de despedirnos, había pasado sorprendentemente todo un mes de visitas a los lugares bíblicos y otros sitios turísticos del país.

Llegamos al aeropuerto cargadas con la maleta y un cajón lleno de regalos y no hubo dificultad para dejarle embarcar. ¡Increíble pero real!

Mi madre estaba emocionada y conmovida, aquella experiencia nunca la olvidaría. Fue la vivencia más importante de su larga vida.

http://minovela.home.blog

Un comentario sobre “Mi madre en Tierra Santa

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s