AURORA MADARIAGA

Capítulo 7
El Príncipe abrió los ojos. Controló su respiración, agudizó todos sus sentidos y se
concentró en los alrededores. Oscuridad. El lado izquierdo de su cabeza punzaba de
dolor. Rechinó los dientes y exhaló controlado. Solo cuando quiso palpar el área con la
mano se percató de su situación actual. No podía moverse. Trató con toda su fuerza de
zafarse pero no pudo. Al tirar de sus extremidades sintió el apretón de cinturones de
metal contra su piel. Todo su cuerpo estaba restringido de movimiento. Su respiración
se aceleró. Silencio total. Un hedor estéril reinaba en el aire. No sabía dónde estaba ni
quién lo había atrapado. Su último recuerdo era haber sostenido a Loreto Clair en los
brazos. El aviso que había escuchado era cierto. Estaba enferma. Gravemente enferma.
Lo sintió tan pronto se acercó y percibió su energía. Moría muy de a poco. Ahora se
recordaba del impacto sobre su cabeza. Lo habían golpeado con la intención de dejarlo
inconsciente. Trató de analizar la situación con calma. La oscuridad era su aliada.
Miles de años viviendo bajo tierra había evolucionado la visión de los elfos hasta
convertir sus pupilas en reflectoras de la poca luz disponible. Volvió a estudiar sus
alrededores con las pupilas, pues su cabeza también estaba inmovilizada. No pudo
avistar ninguna forma de mobiliario alrededor.
El halo de luz fue súbito. Un rayo que no duró más de un segundo. Impactó su piel y
retinas como las llamas vivas del fuego. Gritó de dolor. Se retorció sin ser capaz de
protegerse. Otra vez el halo volvió, esta vez por tres segundos. Fueron tres siglos de
agonía. La piel expuesta de su torso, brazos y rostro ardió como si lo despellejaran vivo.
Apretó los ojos con fuerza más la luz se coló hasta calcinar sus pupilas. El grito gutural
ardió en su garganta, las lágrimas de dolor humedecieron sus ojos y corrieron por las
mejillas. Estaba de pie mas atrapado a una especie de estructura contra su espalda. La
oscuridad volvió. El Príncipe jadeó agotado.Todo su cuerpo palpitaba y ardía de dolor.
Sus ojos también.
—Su Alteza, soy el agente Johann Krauss. Necesitamos saber la ubicación de la corona
incompleta de Bethmoora. ¿Cooperará con nosotros?
La voz sonó metálica desde las alturas y con un fuerte acento germano. Nuada respiró
extenuado al tiempo que la ira se anidaba en su pecho y tensaba cada uno de sus
músculos.
—Nunca—susurró por entre los dientes.
La luz volvió. Su propio grito desgarrado lo ensordeció. Las punzadas eran como
millones de agujas clavándolo hasta llegar a sus órganos. Su cerebro se dilató dentro de
la cabeza y presionaba su cráneo. Cada órgano de su cuerpo hervía a punto de explotar.
—¡Detente! ¡Estás hiriendo a la Princesa!
Gritó otra voz masculina desde las alturas. La luz cesó. Nuada exhaló fatigado. Luchó
contra la agonía y trató de concentrarse. «LaPrincesa». Nuala. Estaba entonces en
manos de los agentes con los que ella se había ido. Ella era la culpable que le hubieran
dado caza. Los había asistido. La ira terminó por consumir su corazón calcinado de
luz. Una sola cosa en tal inconveniente panorama lo hizo esbozar una mueca de
satisfacción. Sin intentarlo estaba dentro de las instalaciones donde Nuala junto con la
última pieza de la corona y el mapa del Ejército Dorado también se encontraban.
Primero tendría que escapar de esta cámara de tortura y recuperar las fuerzas. Supo
que si no hubiera estado sujetado a la estructura a sus espaldas, ya se hubiera
desplomado al suelo. El silencio volvió junto con la oscuridad total. Su piel todavía
ardía. Lo habían despojado de su gabán. ¿Dónde estaban su espada y lanza? Pagarían
caro por esto. Algo no hacía sentido. ¿Qué hacían esos agentes en el teatro donde
Loreto Clair actuaba? ¿Y qué pasó con ella luego que él cayera inconsciente? La
realización secó su boca y lo hizo exhalar entrecortado en un esfuerzo sobrenatural por
no dejarse gobernar por la cólera. No fue Nuala quien los ayudó a capturarlo, sino
Loreto Clair.


Red se abrió paso por entre los agentes cargando con la cantante inconsciente en sus
brazos. El camión estaba esperando por ellos frente a la puerta lateral del teatro.
Nuada ya había sido reducido y trasladado a la agencia. Con lo que no contaban era
que la cantante se tomara la orden de desmayarse al pie de la letra. Tan pronto todos se
subieron, el motor rugió a toda velocidad y sorteó el tráfico hasta llegar al helipuerto
privado. Montaron el helicóptero con destino a los cuarteles generales de la agencia.
Loreto Clair seguía inconsciente. Red, Liz y Abe intercambiaron miradas cargadas de
preocupación. ¿Y si su intervención fue demasiado tardía y Nuada le había hecho
daño? Abe se sacó el guante de cuero negro de la mano derecha y abrió sus dedos hasta
exponer sus membranas palmípedas. La acercó hacia la cantante y como un radar la
levitó por encima de su cuerpo empezando por la cabeza. Al llegar al abdomen se
detuvo. Encaró a sus compañeros.
—¡¿Qué tiene, Abe?!—Liz urgió.
Abe levantó la polera de la cantante y pegó su mano a su estómago. Luego se sacó el
guante de la izquierda y con ambas palmas examinó todo su abdomen. Tragó saliva.
—Me temo que la señorita Clair tiene un tumor maligno en el estómago.
Apenas el helicóptero tocó la loza, Liz, Abe y Red cargando con la cantante en sus
brazos corrieron dentro de las instalaciones de la agencia. Manning los vio pasar sin
entender. Liz gritó al vuelo que prepararan el departamento de medicina porque
tenían una emergencia. Luego de acortar camino por pasillos cuan laberintos llegaron
por fin al área del quirófano y medicina. La agencia contaba con algunos de los
mejores médicos y científicos del país y el mundo bajo un estricto contrato de
confidencialidad para intervenir a los agentes en caso de heridas en sus distintas
misiones en el intemperie tanto como para tratarlos en caso de enfermedad. Red dejó a
Loreto Clair sobre la camilla y fruncido dio dos pasos hacia atrás. Liz tomó su mano de
piedra y sin palabras lo instó a esperar afuera. Abe puso al día a los doctores a toda
prisa. En cosa de segundos todo el equipo médico preparó a la paciente, inyectaron
suero a través de un catéter intravenoso en el dorso de su mano derecha y aplicaron
anestesia local y general.
Luego de seis horas de intervención a través de laparoscopia el equipo de cirujanos y
Abe lograron extirpar el tumor. Era maligno tal y como Abe había leído. Los médicos
de la agencia tenían completa confianza en las lecturas del agente Sapien. En las más
de cuatro décadas trabajando codo a codo con él, su don extrasensorial y psíquico era
cien por ciento preciso en todo tipo de cambios en los cuerpos de tanto humanos
como de otras especies. El agente se sacó los guantes, la mascarilla y salió del
quirófano. Enseguida Liz y Red lo interrogaron.
—Logramos extirparlo—dijo en voz baja extenuado—, lo que no significa que la
metástasis no ocurra. Esperemos que no. Hemos inducido a la señorita Clair a un
coma para que se recupere.
Red le dio una palmada en el hombro y lo felicitó.
—Ya me parecía que su aspecto no era del todo sano—Liz comentó como un
pensamiento en voz alta—. Cuando Manning y yo fuimos al teatro a conversar con ella
me alarmé por su delgadez y su semblante demacrado pero pensé que se trataba del
cansancio típico del estilo de vida de las estrellas del rock.
—Jazz, Liz, Loreto Clair canta el dulce Jazz—Red dijo y la abrazó por los hombros
hacia sí.
Los tres caminaron hacia la biblioteca. En uno de los pasillos Manning los interceptó y
preguntó cabreado qué era todo el alboroto de horas atrás y qué había ocurrido con la
señorita Clair. Abe le explicó lo ocurrido. El director de la agencia quedó estupefacto
cuando se enteró que accidentalmente habían contribuido a que la cantante se liberara
de un cáncer de estómago. Reparó con pesar en la corta edad de Loreto Clair y maldijo
la enfermedad que día a día cobra millones de víctimas en todo el mundo.
—¿Qué edad crees que tiene, Manning?—Red dijo divertido—. La cosmética hace
milagros—bromeó.
Todos pararon en seco. La Princesa Nuala estaba desplomada junto a una de las
muchas puertas cerradas del pasillo. Abe corrió a socorrerla. La tomó en sus brazos.
Temblaba. Gritó de dolor al mero contacto y se retractó contra la pared contraria como
un animalito de presa. Red golpeó la puerta con su mano de piedra hasta derribarla.
Dentro, encontraron a Krauss frente a un espejo doble y al otro lado, Nuada atado de
pies a cabeza gritando de dolor. Liz, Manning y Abe se unieron a Red y abordaron al
agente alemán. Estaba aplicando luz ultravioleta al Príncipe. Abe, quien distinto a Red
nunca se dejaba enajenar por la ira, corrió de un aletazo la mano de Krauss del botón.
La cabina donde el Príncipe estaba quedó en la oscuridad.
—¡Detente! ¡Estás hiriendo a la Princesa!—gritó enfurecido.
Krauss exhaló por las branquias mecánicas.
—Nuevas órdenes desde Washington—dijo como si nada—. Debemos hacernos con la
corona de Bethmoora y neutralizar así para siempre la amenaza elfa.

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