ISA HDEZ

Marcos se preguntaba por la insistencia de su abuelo. Cada tarde cuando iba a visitarlo observaba callado en el banco del patio, donde se sentaban sus abuelos, y sentía desconsuelo de ver como él la tomaba de la mano, la sentaba y le atusaba el pelo cano mientras le hablaba y la acariciaba sin que su abuela se inmutara, lo mirara, o le diera las gracias por el trato cariñoso con el que su abuelo la trataba.

—¿Abuelo, por qué le hablas si no te entiende?

—No sabemos si me entiende, Marcos.

—No te contesta.

—Bueno, pero yo le hablo como si me entendiera.

—No te mira, ni te hace caso.

—No importa, ella haría lo mismo conmigo.

— ¿También te hablaría, si tú no la entendieras?

—Sí, Marcos. 

—Y, ¿por qué no te hace caso?

—Porque está enferma.

— ¿Qué le pasa?

—Una enfermedad cruel, desoladora y triste que hace que pierda la memoria.

—¿No recuerda nada?

—No lo sabemos, parece que no.

—¿No se acuerda de ti, abuelo?

—Puede que no.

—¿No sabe quién eres? ¿No recuerda tu nombre, ni el mío?

—No. Nos mira ausente.

—¿Entonces por qué le hablas y le cuentas historias?

—Porque yo sí la conozco, y sí sé quién es ella, sé su nombre y sé lo que la quiero.

—Abuelo, yo también le voy a contar cuentos.

—¿Por qué?

—Porque yo también sé quién es ella y cuando estaba bien me contaba cuentos y me cantaba canciones. Ahora entiendo por qué le hablas, abuelo.

—Muy bien, Marcos.

—Por qué lloras, abuelo.

—Porque me emocioné

—Te quiero, abuelo.

—Yo también a ti. ©

2 comentarios sobre “La memoria

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