AURORA MADARIAGA

Capítulo 6
Aconsejados por la Princesa Nuala resguardada en los cuarteles generales de la
A.I.D.P., una docena de agentes humanos estaban instalados en puntos específicos de
todo el perímetro alrededor de las instalaciones vigilando cada posible acceso. Su
Alteza había advertido que era cuestión de tiempo que su hermano el Príncipe diera
con su paradero en busca de la última pieza de la corona elfa y el mapa con la
ubicación del Ejército Dorado. Otro puñado de agentes estaba en los alrededores y
dentro de las dependencias del Gran Teatro en el corazón de Nueva York. Hoy le darían
caza. Eran pasadas las siete de la tarde. Solo una hora antes la dirección del teatro
había llamado a una rueda de prensa avisando la cancelación de último minuto del
concierto de Loreto Clair para esa noche argumentando problemas de salud de la
cantante. La agencia se encargó que el vídeo se pasara por todas las pantallas gigantes
de Manhattan. El aviso no disuadió a sus fanáticos quienes ya se reunían frente a la
entrada principal del teatro coreando una de sus canciones. Sostenían pancartas
declarando su amor por la cantante y llenas de deseos de buena salud y recuperación.
Mientras en el teatro, Loreto corrió una de las persianas de su camerino apenas lo
suficiente para echar un vistazo hacia la calle desde su camerino en el sexto piso.
Estaba rodeada. Su público cantaba a las afueras «Your never and my forever» a la par
que los agentes de la A.I.D.P. tomaban posesión del edificio. Todo el personal, elenco y
dirección habían sido evacuados. La trampa ideal. El teatro se había convertido en una
fortaleza, una isla en el medio de la metrópolis ignorante de la operación secreta que
estaba a punto de llevase a cabo. El coloso demonio rojo al que llamaban agente
Hellboy llegó a su camerino acompañado de la chica de cabellos cortos y mirada
amistosa. Le aseguraron que no temiera, que todo estaría bajo control. La punzada en
su estómago se hizo presente con tal potencia hasta doblegarla. La chica apuró en
atajarla. Loreto sintió la arcada aguar su boca de ácido y nubló su vista de lágrimas. Se
zafó de la chica, apuró al baño y convulsionó sobre el retrete hasta echar afuera el
vómito. Se convenció a sí misma que eran los nervios por tal singular y riesgosa
maniobra pues nunca antes había participado en algo remotamente parecido. Hace
días que era incapaz de ingerir una comida completa por lo que no se debía a algo
meramente digestivo. Se irguió con esfuerzo y enseguida una fuerte punzada en la
frente partió su cráneo en dos. Se apoyó en el lavamanos y se vio al espejo. Tembló de
pánico al reconocerse en el reflejo. La piel pálida y seca, las ojeras azulinas marcadas,
las mejillas chupadas, la mirada sin vida y los restos de sangre en sus labios y
comisuras de la boca. Incrédula, revisó con asco el contenido de su vómito en el
retrete. Sangre y la bilis amarilla de un estómago vacío. Comenzó a hiperventilarse. Se
enjuagó la boca y bebió varios sorbos de agua de la llave hasta lavar el amargo que su
propia bilis dejó en el paladar.
—Nuada está en el perímetro, en posiciones—Loreto escuchó a la chica decir desde el
otro lado de la puerta del baño.
«¿Nuada? No es un nombre común para un terrorista» pensó para sí. Salió y sin
palabras ambos agentes la dejaron sola. En silencio apuntaron a la puerta abierta y al
pasillo. Sus dotes histriónicos dejaban mucho que desear, sin perjuicio de ello, su rol
sería pretender desplomarse en el pasillo como el cebo perfecto para el terrorista.
Como una coreografía bien ensayada todos los agentes en el piso se retrajeron de su
campo de visión desapareciendo detrás de puertas y pasillos hasta quedar
completamente sola. Silencio sepulcral por todo el piso. Desde las afueras llegaban
débiles los cánticos de sus fanáticos y el ajetreado tráfico del centro de Nueva York. La
boca del estómago se encogió de aprehensión. Un tipo de adrenalina distinta a la que
sentía segundos antes de entrar en el escenario o actuar frente a las cámaras la envolvió
como un mal presagio. Era un terror visceral que la congeló. De pronto su cabeza
comenzó a flotar por encima del teatro como si volara a cientos de kilómetros en las
alturas. Como pudo avanzó hasta el pasillo apoyándose en la pared. Un frío súbito hizo
sus dientes castañetear. Los pies y manos congeladas. Miró a ambos costados del
pasillo solo para encontrarlo desierto bajo la luz plana y fría de los halógenos. De
pronto quedó a oscuras. Sus retinas todavía estaban encandiladas de la luz artificial
mas el mundo quedó bajo las sombras. Las piernas se rindieron y con todo su peso se
desplomó al piso. Frío. Oscuridad. El impacto contra el piso llegó como efecto
retardado contra la espalda y cabeza. Parpadeó una última vez y creyó ver un hombre
pálido de largos cabellos blancos lisos y mirada ensombrecida. A lo lejos balbuceaba su
nombre. Se sintió elevar en sus brazos. Luego los disparos se sucedieron en la distancia
de caer al abismo sin escapatoria ni rescate. Y Loreto quedó atrapada en la oscuridad.

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