ALFONSO DÍAZ DE LA CRUZ

En la sala de su casa había colgado un cuadro impresionista, donde aparecía pintado un café parisino con unos cuantos comensales en las mesas que daban a la calle y, en esta, unos pocos transeúntes. Llovía, quizás por eso había tan poca gente.

¿Que cómo sé que era parisino el café? Bueno, pues porque al fondo se perfilaba la Torre Eiffel.

Pues bien, todos los días se dedicaba unos cuantos minutos para perderse en la contemplación de dicho cuadro. Decía que perderse en él, entre sus calles y sus cafés, le permitían despejarse, relajarse y encontrarse consigo mismo. Además imaginaba cómo era sentarse en ese café, con la llovizna cubriéndolo, y degustar un espresso y un pain au chocolat mientras contemplaba a la distancia la Torre Eiffel.

Era una rara costumbre que tenía pero, vamos, ¿quién no tiene un hábito que raye en lo extravagante?

El problema no era éste; el problema se vino cuando pasaron nueve días seguidos en que no se apareció por el trabajo, ni visitó a su familia, ni contestó el teléfono. Pensando lo peor y ante el testimonio de la siempre vigilante vecina de que en ningún momento lo había visto salir, sus allegados acudieron a su casa. Como pudieron abrieron la puerta y entraron. Recorrieron la casa, se asomaron debajo de la cama, en el patio, en el baño, en el closet, pero no había rastros de él.

Al cabo de un tiempo, y ante tanta conjetura, se reunieron en la sala para discutir las posibles opciones de lo que estaba pasando. Fue en ese momento que vieron cómo, dentro del cuadro, se acercaba una silueta que no les era del todo desconocida. Era él.

Ante el asombro de los presentes salió de la pintura y les explicó que se había cansado de contemplar el cuadro y que se había adentrado a este para degustar un café, conjuntamente con un pain au chocolat bajo la llovizna francesa y que, entrados ya en gastos, pues decidió perderse por entre las calles parisinas hasta llegar a la base misma de la Torre Eiffel. Una vez hecho esto, buscó una pensión barata donde pudiera pasar unas cuantas noches. Pasado el tiempo acordado, regresó hacia su casa entonando una melodía francesa que había escuchado y aprendido por ahí.

Su sombrero y su abrigo tenían frescas gotas de lluvia que avalaban su versión.

Ante la estupefacción de todos los presentes que se negaban a dar crédito de lo que oían, pese haberlo visto salir del cuadro, sacó del bolsillo de su abrigo una larga bolsa de papel estraza de la que comenzó a sacar pequeños pains au chocolat franceses que repartió a cada uno de los presentes; hecho esto, agradeció la visita de los mismos y, educadamente “dejándolos en su casa”, se marchó a dormir.

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