ALLTEUS

Finalmente, no es una comida.

Durante unos días hemos dudado de que pudieran estar con nosotros Carma y Pol. Las noticias no eran tranquilizadoras. Se hablaba de un segundo confinamiento en Cataluña. Incluso algunas zonas parece que han sido cerradas, incluso con todas las dudas sobre si es posible una limitación de la libertad de desplazamiento y circulación sin estar en estado de alarma.

Parece grave la nueva expansión allí del contagio del covid 19, e incluso hemos dudado de la oportunidad de tener este encuentro aun si no hubiera prohibición.

Pol y Carma, como si hubieran intuido nuestras dudas, nos han tranquilizado diciéndonos, muy delicadamente y entre bromas, pero dejándolo claro, que antes de salir de vacaciones se realizaron las pruebas del virus y el resultado es que ambos han estado en contacto con el virus (cosa normal, dado su oficio y dedicación), por lo que tienen anticuerpos, pero no tenían, al momento de hacerse la prueba, presencia de virus.

Pero aquí están. El 25 de julio llegó.

Llegaron a media tarde de ese sábado de fiesta nacional gallega. Habían pasado por varias localidades más o menos cercanas a nuestra ciudad, en una ruta turística y gastronómica que pasaba, entre otras, por una ciudad de murallas y carnes prestigiosas, pero que les había cansado entre temperaturas extremas de una meseta castellana imposible de transitar en las horas cálidas del verano.

Por más aire acondicionado o maravilloso climatizador que tuviera su buen coche, traían un aspecto ajado, cansado, casi el propio de unos turistas extranjeros y poco prevenidos que se hubieran aventurado sin conocer el país y sus especiales condiciones.

Se alojaban, nos dijeron, en un hotel de otra ciudad diferente a la nuestra, y no habían querido acercarse antes porque entonces hubieran demorado demasiado su llegada. Eso sí, traían una bolsa de mano con lo imprescindible para acondicionarse lo bastante para la cena prevista, lo justo -dijeron- para no estar como en un camping.

Ambos vestían pantalones cortos. Curiosas modas éstas. Ya no hay edad ni límite. Hace unas décadas, apenas las más jóvenes se vestían con esas prendas. Las señoras a partir de los 35 o 40 años no se atrevían a esa modernidad, incluso las más avanzadas y dispuestas a excesos, apenas hacían servir los shorts, como entonces se les llamaba, ni siquiera en los ambientes más informales.

Pero ¿qué decir de nosotros?

Hace apenas unos cuatro o cinco años, las bermudas eran una prenda propia de los más jóvenes. Este año -obsérvelo bien quien quiera contrastar la afirmación- hombres de todas las edades y en todas las circunstancias se visten con esa prenda, siendo incluso mayoritaria en las ciudades otrora elegantes, de modo que he podido ver vetustos y añosos señores, algunos de piernas canijas apenas encarnadas, con las pantorrillas deslucidas al aire y las nudosas rodillas descubiertas, acompañados de sus nietos de corta edad con la misma longitud de perneras, en una mezcla de apariencias que restan bastante, cuando no la suprimen del todo, la dignidad que se presume atributo propio de determinadas edades. ¡O tempora! ¡o mores!, que diría Cicerón.

Pantalones cortos que a ella le permitían lucir aquellas piernas fuertes, redondas y firmes, bien torneadas y de piel limpia, bastante blanca y de apariencia -yo sé que no es sólo apariencia- suave, pero que a él le descubrían unas piernas enjutas, sarmentosas, desproporcionadas -diría- con el resto del cuerpo al que daban soporte.

Ella completaba su atuendo con una blusa blanca, radiante de blanco, con la forma necesaria para acoger sus pechos impresionantes, sin presionarlos contra la tela, y hacerlo proporcionando una cierta gracia y atractivo al conjunto.

Hacía tiempo que no los habíamos visto. No estaban muy diferentes a como estaban hace un año y medio, salvo la apariencia más deslucida con la que las circunstancias les hacía presentarse y una cierta pérdida de peso, que de inmediato asocié con la actividad profesional que sin duda la pandemia les había obligado a realizar.

Tras los abrazos y apretones de rigor, poco intensos en esta ocasión, sudorosos y acalorados como estaban, pasaron al interior, les condujimos a la habitación de invitados y les pedimos que se sintieran en su casa… que les esperábamos en el jardín, sin ninguna prisa… que dispusieran de todo lo que necesitaran… que nos dijeran si algo más era preciso…

Y en definitiva todo aquello que suele decirse en estas circunstancias por personas correctas, acogedoras y hospitalarias como somos nosotros y como merece la ocasión, pues no cabe sino ser generoso anfitrión de quien hace cientos de kilómetros y dedica algún día de sus vacaciones a visitarte a domicilio con la loable intención de follar en grupo durante toda una noche hasta no poder más con el cuerpo.

Una hora después, duchados, cambiados y radiantes, aparecían en el jardín, luciendo de nuevo la apariencia social de pareja madura elegante y agradable que son.

Él, pantalón largo, mocasines de ante sin calcetines y polo, todo azul marino; ella, falda algo ajustada, de tela ligera, justo por debajo de la rodilla pero con pequeñas aberturas laterales, no más de unos centímetros hasta alcanzar un poco por encima de las mismas, y blusa amplia, suelta, cayendo desde la punta de sus pechos libremente por delante, con un generoso escote que por la espalda alcanzaba hasta más o menos el lugar en que debía cruzarla la tira trasera del sujetador, y por delante mostraba con bastante descaro el canal, profundo y cerrado, entre sus pechos.

Estaba preciosa.

Se lo dijimos. Rocío también. Y la mirada de Carma cuando Rocío le decía lo bella que estaba, era una mirada intensa, cargada de agradecimiento y también de deseos…

Se sentaron con nosotros, a la sombra de una pérgola protectora que instalamos en verano para protegernos del sol en las horas de descanso, mientras comenzábamos –cómo no, con ellos, que son de aquella tierra- la degustación de un cava fresquísimo y reparador que teníamos preparado en su honor.

Estuvimos hablando de todo un poco, pero especialmente de la situación económica, política y social de nuestro momento, las consecuencias de esta crisis, de esta pandemia que nadie sabe si acabará y cómo acabará, que nadie sabe si volverá o no a los extremos dramáticos de hace unos meses, que a todos nos deja en la incertidumbre sobre tantas cosas.

Es curioso. Como en todas las épocas de crisis profunda, las clases medias y acomodadas se inclinan a las experiencias más libertarias, como si la conciencia del valor de su libertad les llevara –nos llevara- a las prácticas inusuales o más extremas, en una especie de agotamiento de los placeres, tal vez por si en el futuro le fueran negados.

Dicho en más castizo, como si el axioma vital imperante fuera el famoso “para lo que me queda en el convento…”

Cuanto más explicaban sus experiencias, terribles experiencias, más se acentuaba la firma de convicción del a vivir que son dos días. Eran experiencias duras, relacionadas con la muerte, con la imprevisibilidad de la enfermedad y su desenlace.

El personal médico y de enfermería es en general promiscuo -nos decían- una tendencia derivada de su perfecta conciencia sobre la fugacidad de la vida, pero en este periodo –afirmaban- habían visto una exacerbación de esas tendencias, una acentuación de la promiscuidad pese a lo sacrificado y agotador de sus jornadas, una especie de liarse la manta a la cabeza y tirar por la calle del medio, algo que –comentaba Pol- le había llevado a imaginar cómo sería la cuestión en periodos de guerra, o en colectivos como los militares en los que la vida es algo realmente precario.

De hecho, esa reflexión la acompañaba de un dato histórico –que no creo que esté muy confirmado- según el cual entre los aviadores norteamericanos durante la guerra de Corea eran frecuentes las prácticas swingers, que realizaban depositando las llaves de sus coches –ellos- en un recipiente, para extraerlas después ellas a ciegas, emparejándose según ese azaroso método.

Cierto o no, aseguraban haber vivido esa realidad y ellos mismos haber tenido por primera vez en su entorno profesional relación con otras personas, tanto juntos como por separado. Por separado Carma doblaba las experiencias de Pol. Si él se había encamado (o encamillado) con una colega médico y una enfermera, ella lo había hecho con dos mujeres, una médico reconocidamente lesbiana y una enfermera -que no lo era pero que probó el placer sáfico- , un enfermero jovencito al que consoló maternalmente dejándole jugar con la verga en sus atributos mamarios antes de empalarse con ella, para recuperarlo de la desazón depresiva en la que cayó en el momento más duro del colapso, y un médico muy mayor -de la tercera edad, decía ella- al que premió la osadía de tirarle los tejos con gracia.

En esas conversaciones fue cayendo la tarde, acercándose la hora en que habíamos quedado con Loli y Carlos.

Esta vez Rocío no se encargaba de la intendencia, de la cocina, de los platos y de la preparación.

La mesa ya estaba preparada desde la mañana, como los vinos, y la comida era el producto de un encargo completo a un restaurante de nuestra ciudad, uno de los punteros y más afamados, pero que como otros muchos ha sabido reinventarse en el take away, en el servicio a domicilio de comidas al que de alguna forma les empujó el estado de alarma y algunas previsiones sobre el cierre de restaurantes pero con posibilidad de efectuar servicios a domicilio.

Si la misma comodidad que proporciona encargar una pizza puede obtenerse encargando platos más complejos, la tarea de ser anfitrión de una cena entre amigos se simplifica, al mismo tiempo que se tiñe de un encanto superior.

Les volvimos a rogar que se sintieran como en su casa, mientras nos preparábamos nosotros también para la cena.

No habíamos preparado nada especial, Yo, un pantalón y una camisa de manga corta, las dos prendas de lino, y unos zapatos frescos.

Rocío siempre es especial.

Un vestido negro, de viscosa, con escote en uve por delante y por detrás, un escote largo, profundo, que si por detrás llegaba casi hasta la zona lumbar para acreditar la ausencia de sujetador, por delante también ofrecía una amplitud generosa, pero sobre todo por los lados, bajo las axilas, con una abertura alargada hasta la misma cintura que permitía mostrar de perfil la belleza perfecta de su pecho, e incluso exhibir sus pezones en según que movimientos. “Side boob” creo que llaman a ese tipo de escotes laterales. La falda amplia, apenas por encima de la rodilla, con un vuelo gracioso para mostrar las piernas –e incluso algo más que las piernas- en cualquier giro rápido.

Y tanga.

Pero no os diré el color. Los lectores de este relato ya lo sabéis.

Apenas media hora después volvíamos a nuestros huéspedes, recibiendo ahora nosotros los halagos de rigor por nuestra apariencia.

Rocío los halagos y algo más. Una caricia indisimulada de Carma, con la excusa de percibir el tacto de aquella suave tela, que le recorrió la cintura, el vientre y un pecho, lentamente, con la palma de la mano abierta, tomando posesión con aquel gesto sencillo del cuerpo de mi mujer.

Seguimos en la charla insustancial, haciendo tiempo hasta que el timbre anuncia la llegada de la parejita joven.

-¿Tu hermana?

La pregunta de Carma me dice mucho. Está al corriente de la participación de Loli y Carlos, algo que no debe ser una información aislada e inconexa. Por el contrario, debe presuponer el conocimiento de lo que vivimos juntos justo antes y después del confinamiento, una explicación que Rocío debe haberle facilitado para explicar su presencia y obtener el consentimiento de Carma a su participación.

La niña viene de toma pan y moja.

Una falda cortísima, negra, ceñida, una franja de tela que apenas le tapa lo justo, combinada con una camiseta de satén y fínísimos tirantes, apenas unos delgados cordoncillos que ofrecen a la prenda la apariencia de ser otra tira de tela del mismo tamaño que la falda, pero que ciñéndose a su cuerpo muestra la cinturita tan estrecha, descubre su espalda con generosidad y marca los pezones desnudos bajo la camiseta, sus larguísimos pezones, en esa especie de tela sutil, que se abulta en la punta de cada uno de sus pechos, para proclamar su presencia aunque permanezcan ocultos.

Su atuendo está justo en el límite, sin sobrepsarlo, de aquellas mujeres en los cuarenta que visten como adolescentes sin serlo. En ella no resulta ni ofensivo ni ridículo. Está preciosa.

Al acercarse a mí, pero esta vez sin sorpresa, me inunda el olfato ese olor de perfume tan excitante, ese que ya sabe que me vuelve un animal en celo, algo que me tomo como una dedicatoria particular, un mensaje que me lanza sobre sus intenciones y deseos.

Realizamos las presentaciones.

No se me escapa que Carma la abraza con un gesto posesivo, tomándola por la cintura y pegándola en su pecho, mientras le estampa dos besos en las mejillas, pero en una gran cercanía de la boca.

Pol, mucho más comedido, también la abraza y besa, pero con una mayor corrección social.

El yogurín besa primero a Rocío, después a Carma, finalmente estrecha la mano con Pol y me saluda con la familiaridad acostumbrada.

Su vestimenta no tiene nada de particular. Los hombres somos bastante monótonos en estas cosas. Casi uniformados en el trabajo, en las fiestas, en las cenas sociales, en las citas para orgías…

Monótonos, sí.

Dos grupos de conversación se forman de un modo natural. Ellas, joviales, habladoras, mucho más activas. Nosotros, bastante menos de todo eso.

Tras unos minutos de normalización, Rocío nos va conduciendo hacia el comedor, hoy con la mesa grande preparada para que nos sentemos cómodamente los seis.

Sin hablarlo, sin aparentemente tratarlo -pero estoy convencido que acordado por ellas sin necesidad de pronunciar palabra- nos sentamos de forma alterna, sin que ninguna pareja quede junta. A mi derecha Carma y a mi izquierda Loli, tras Carma Carlos, y tras Loli Pol. Enfrente Rocío, entre ellos dos.

Mi mujer está maravillosa. Radiante y bella, controla todo el escenario, dispone el tiempo de las cosas y no pierde detalle de todo lo que sucede. Le sobra tiempo incluso para mostrarse seductora, mirar a Pol con esa mirada de hembra disponible que le conozco o posar inocentemente la mano en el hombro de Carlos, sabiendo que con ese gesto ya debe estar poniéndole caliente…

Vamos cenando.

Los platitos de restaurante caro y tradicional van poco a poco sucediéndose, para deleite de todos nosotros, mientras las conversaciones siguen versando sobre cuestiones banales e intrascendentes. Una cena más en un entorno social de parejas maduras.

Sirvo vino a mis vecinas de mesa, nos miramos y cruzamos breves comentarios… mientras el olor del perfume de Loli, el mismo que Rocío también lleva, me exalta y excita, llegando en oleadas a mi nariz, a mi cerebro, a mi sexo…

Decido hacer un avance. Mientras bebo un sorbo de vino, extiendo la mano bajo la mesa y acaricio un muslo de Carma.

Me mira, sonriente, y bebe a su vez un sorbo de su copa. Baja su mano y sujeta la mía, haciéndola ascender por el muslo, arrastrando la falda, hasta llegar bien arriba, a su entrepierna.

Justo enfrente nuestro, mientras conversa con Pol, Rocío nos mira y también sonríe. ¡Es bruja! -me digo- ¡Seguro que se ha dado cuenta! No nos ha visto, pero nos ha supuesto…

Siento un cierto pudor y retiro la mano, como si me hubieran pillado en falta, y me giro a Loli, a quien pregunto si quiere algo más de vino. Pero es ahora Carma quien alarga la mano bajo la mesa y cosquillea mi pierna, acariciándola mientras sube hasta las ingles. Acuso el gesto y Loli no puede contener un amago de risa, porque se ha dado cuenta de lo que está pasando. Le sonrío, manteniendo el tipo y la compostura, mientras siento la mano de la doctora aposentada en mi verga.

Y en esos juegos van pasando los minutos. No acabo de ver, al otro lado de la mesa, si hay un juego de manos similar oculto. Rocío se dirige alternativamente a uno y otro de los comensales que le flanquean, con aparente normalidad. Con aparente normalidad -me digo- también estaba yo mientras la mano de Carma me frotaba el paquete, así que nada garantiza que no esté pasando otro tanto sin que yo pueda verlo.

Rocío se incorpora para acercarse a la cocina, explicando que debe traer otros platos. Antes de que pueda yo levantarme lo hace Carma, con un breve “te ayudo” que no admite discusión. Pero uno ya conoce algo de lo que puede pasar en esas circunstancias y, apenas salen del comedor, me incorporo también mientras hago un gesto de hombros y comunico que voy a ayudarlas también.

Para lo que hacen no necesitan demasiada ayuda. Carma, de espaldas a mí, rodea con sus brazos a mi mujer mientras le busca la boca y Rocío se la entrega con los ojos cerrados. Espero a que descansen un momento y me arrimo a ambas, por la espalda de nuestra invitada, cierro sobre ambas un abrazo y froto con toda intención la verga en su culo, para hacerle notar la dureza que me ha provocado con sus caricias de hace un rato.

Llevamos entre los tres los platos que justificaban la salida a la cocina. Bien mirado, si se quieren dar cuenta el resto, una persona hubiera bastado para tan poco volumen, pero no parecen caer en ello Pol, Carlos o Loli, que nos reciben celebrando la apariencia de los patés que hemos traído.

Más vino.

Y más juego de seducción y atenciones. Decido hacer avances con Loli. Parece algo desatendida, porque Pol manifiesta una cierta preferencia -perfectamente comprensible- por hablar con Rocío. Dejo a Carma que se centre en el yogurín, al que espero que no asuste con sus juegos de manos ocultas, y atiendo a Loli.

No lo hago con sutileza.

Le pregunto a bocajarro.

-¿Seguís con el ritmo de sexo desaforado o habéis aflojado un poco desde que nos vimos?

Me mira sonriente. Tarda en responder y lo hace con toda intención, bajando la voz y sosteniendo la mirada.

-Seguimos… pero siempre cabe un poco más…

-¿Cuánto más crees que te cabe?

No se achica la niña. Se descara en su nueva respuesta y me provoca una fuerte excitación.

-Me cabe todo lo que seas capaz de meterme…

Siguen notándose sus pezones puntiagudos bajo la tela y sigue llegándome su olor intenso y provocativo… así que decido también tentar su piel, deslizando la mano por las piernas, entre los muslos, que ella abre un poco para facilitar la maniobra.

-En este tiempo me he vuelto mucho más exigente- le digo acercando la cabeza a su oído.

Con la misma entonación grave y espaciando las palabras me responde.

-En este tiempo me he vuelto mucho más complaciente…

Como si hubiera emitido una señal de salida, Rocío se dirige a todos nosotros levantando ligeramente la voz. Propone un brindis colectivo, cuya formulación ofrece a nuestros huéspedes.

No es extraño. Muchas veces hemos recordado el brindis que pronunció Carma en nuestro primer encuentro, lleno de una delicadeza y belleza singulares, algo que se hace necesario en un momento en el que cualquier error de enfoque puede dar al traste con la reunión.

Creo que a estas alturas Carlos ya debe haber recibido la visita de las caricias muy activas de nuestra común vecina de mesa, que Rocío, a su otro lado, debe haber observado esos movimientos y, seguramente, ha considerado adecuado el momento para avanzar en la dirección esperada.

Preparo las copas de cava, las lleno y esperamos con interés y curiosidad las palabras de nuestra amiga.

-Por la amistad- inicia su discurso.

-Por la belleza…-prosigue.

Hace una breve pausa mirándonos a todos, uno por uno.

-Por el placer… Brindo por la amistad, por la belleza, por el placer… tres conceptos que hoy pueden unirse en nuestra reunión. Tres conceptos que pueden satisfacer el anhelo de felicidad que todo ser humano posee. Que nada de lo que hoy hagamos deje de cumplir ese propósito… que todo lo que suceda pueda ser recordado, para siempre, como un episodio feliz.

El brindis es secundado inmediatamente por todos, puestos en pie… bebemos y, casi sin tiempo para dejar las copas sobre la mesa, Rocío toma de las manos a sus dos vecinos de mesa y con un gesto gracioso pero decidido nos informa a todos, en voz alta, de sus intenciones.

-Me disculpáis pero yo me llevo a estos dos caballeros a dar un paseo por el jardín, a disfrutar de la fresquita.

No sé si lo ha hecho a propósito, pero la fresquita puede ser la temperatura, que justo a estas horas baja en nuestra tierra unos cuantos grados, o en sentido figurado puede estar refiriéndose a sí misma, “la fresquita” que se ha llevado a los dos hombres que en unas elecciones hubieran formado la mesa de edad, uno por ser el mayor, otro por ser el más joven.

Allí me deja, con Carma a mi derecha y Loli a mi izquierda. Volvemos a sentarnos y nuestra amiga no pierde el tiempo, me toma por el cuello y, girándome la cabeza hacia ella, pone en marcha ese maravilloso instrumento de placer que es su boca, mientras me dejo hacer e incluso intento ponerle mayor intención, pero también alargando el brazo para rodear la cintura de Loli, atraerla hacia mi costado izquierdo y llegar incluso a rozar el pecho con la mano que la rodea.

Una mano de cada una no tarda en acariciarme, desde sus respectivos lados, el pecho, el vientre… las piernas… el sexo… Se encuentran en mi entrepierna, rozándome por encima de la ropa la verga tiesa, muy tiesa, que se levanta en honor de ambas.

Es la primera vez que estoy entre dos mujeres sin que una de ellas sea mi esposa. Es cierto que ambas son ya conocidas, que con ambas he follado antes, pero eso no resta significación especial al momento que estoy viviendo.

Cuando Carma parece tomarse un descanso y deja de besarme por un instante, vuelvo mi cara a Loli y busco ahora su boca, que no me esconde, que me busca también, que se ofrece abierta y húmeda, fresca y caliente al mismo tiempo, mientras es ahora la cintura de Carma la que con el brazo derecho aferro y sostengo pegada a mí.

Mientras saboreo y huelo a Loli en un beso cargado de esa belleza por la que hemos brindado, se me viene a la cabeza la curiosidad sobre lo que debe estar pasando en el jardín entre Rocío y los otros dos hombres. La imagino devorada y devoradora, multiplicándose, toda caricias, toda besos, cimbreándose entre ambos, respondiendo con toda la lujuria que yo sé que almacena.

Cuando vuelvo a la plena conciencia de lo que estamos haciendo, me encuentro en un beso a tres prodigioso. La boca de Carma se ha unido a la de Lola y a la mía, y con esa habilidad suya nos ofrece a los dos unas morbosas y excitantes lamidas, unos roces de lengua inigualables que también a la niña la hacen erizarse en una tensión creciente.

Carma ya hace tiempo que ha resuelto sus dudas sobre aquel prefijo “bi” acerca del que se declaraba curiosa. Creo que sabe ya que la bisexualidad es parte inseparable de su forma de dar y recibir placer, y que se aplica en cuanto puede a experimentarlo en profundidad.

Cuando me quiero dar cuenta, la boca de Loli es ya sólo suya, muy suya, y la hermana de mi mujer no parece ponerle freno. Al contrario, se deja hacer complacida, al tiempo que comienza su sinfonía de gemidos, todavía muy quedos y cortitos, pero en una señal clara de que el camino le está gustando.

Decido tomarme con calma la situación, disfrutar del momento contemplando aquellas dos preciosas mujeres enlazadas por sus bocas conmigo de testigo cercano y casi intermediario.

La posición es incómoda, sentados en las sillas juntas, con ellas inclinadas hacia delante y torcidas cada una a un lado para encontrarse, por lo que les sugiero ir a donde podamos estar más cómodos. Nos levantamos los tres, enlazados por la cintura, y nos vamos a uno de los sofás del salón, aquel sofá que Loli ya ha tenido ocasión de hacer servir para nuestro mutuo goce.

Nos dejamos caer en él… curiosa situación, dos mujeres y un hombre… pero en lugar de estar yo en medio, lo que sería de lo más natural en estas circunstancias, es la hermana de mi mujer la que queda entre nosotros dos, recostada hacia atrás mientras la boca de Carma vuelve a buscar su lengua con todo empeño, mientras Loli le ofrece la suya abierta para que la explore con esa auténtica máquina de besar que es nuestra catalana.

Mi mano hace un buen rato que está bajo la camiseta de Loli.

Desde hace unos minutos, como si fuera un botón de las antiguas radios, con el pulgar y el índice presiono uno de sus pezones largos y duros, dando enérgicos tirones y girándolos a un lado y otro con fuerza, algo que ella parece agradecer.

Mi otra mano busca entre las piernas de Loli volver a tocar su coño carnoso y prominente, sus labios menores, grandes e hinchados, sobresaliendo de forma notable en su raja.

Está doblemente desnuda. Sigue primorosamente rasurada, muy probablemente de hoy mismo preparándose para este momento, pero además no lleva ninguna ropa interior. Bajo la cortísima falda ha venido con el coño al aire, a la espera de esa mano que busque el contacto entre sus piernas, a la espera de entregar el premio de sus humedades a los dedos que la quieran encontrar.

Y la quieren otros dedos además de los míos. Los de nuestra amiga se aprestan a acariciarla con su habilidad ya conocida. La dejo hacer, seguro de que su portentosa facultad de arrancar placer con los dedos no puede más que beneficiarnos a ambos. Cambio de lado y me sitúo junto a Carma, dispuesto a disfrutar también proporcionándole caricias, contribuyendo a su excitación, buscando que además de ciencia ponga en las caricias la pasión de un coño ardiendo.

Cuidadosamente le desabrocho la blusa, dejo a la vista un sujetador tan blanco como aquella, y manipulo el cierre para liberar sus grandes tetazas coronadas por esas aréolas también grandes, redondas y rosadas. En un rápido gesto se desprende de ambas prendas, las deja caer sobre el sofá y sigue en lo que estaba haciendo sin perder apenas unos segundos.

Las abarco desde su espalda, sujetándolas hacia arriba, suspendiéndolas ligeramente como para comprobar el peso, apretándolas con suavidad…

Y en eso estamos cuando entran desde el jardín los tres que habían salido.

Rocío viene entre ambos, dando una mano a cada uno en un gesto de confianza y proximidad. No sé qué habrán hecho los tres, pero cabe cualquier cosa. En ese abismo de la tela que desnuda el lateral de su busto deben haberse perdido manos y bocas de los dos acompañantes. Hay dos zonas del cuerpo de una mujer en que la piel alcanza la máxima suavidad. La que al final de la espalda comienza a abrirse para formar la zanja de la entrepierna, entre esos llamados hoyuelos de Venus, y la que cubre desde la axila a la cintura, justo debajo de los brazos. Seguro que en las dos se han encelado ambos, seguro que las han gozado como Rocío se merece.

Pol está sonrojado, como si hubiera hecho esfuerzos considerables. El yogurín, sin poder disimular el bulto en su bragueta, observa algo que por primera vez se ofrece a su vista: su hembra morreándose con otra hembra, comiéndose entre ambas la boca, mientras Carma le hunde la mano por debajo de la falda, entre las piernas, en un vaivén rítmico inconfundible.

Mi mujer, mucho más que yo, es consciente hoy de su papel, de su condición de anfitriona, y se dedica a cumplirlo también en la vertiente de ordenadora litúrgica del encuentro.

Desatiende por un momento a Pol sin soltar la mano de Carlos, se adelanta e inclina para susurrar algo al oído de Carma, que se incorpora con una sonrisa tomando la mano que le extiende Rocío.

Cuando ya está incorporada, queda frente al yogurín, con su torso desnudo, la falda algo subida, sonrojada por la calor y el esfuerzo, que su piel muy blanca acusa claramente, y una sonrisa de vicio iluminándole el rostro.

Es una escena interesante. Ella mide algo más que Carlos, unos cinco centímetros, y sus pechos, de por sí notables, lo son más porque alcanzan en esa posición a una altura que por sí misma, e incluso si estuviera vestida, resultaría de una cierta obscenidad.

El sentido del movimiento de mi mujer no puede ser más claro. Los acaba de emparejar, acaba de emitirles una sutil orden para que se dediquen ambos a conocerse mejor.

Una vez segura de que el mensaje ha sido recibido, porque la boca de Carma ya ha tomado la de Carlos, se gira hacia Pol y le toma nuevamente de la mano, para acompañarle hasta la mesa en que hemos dejado la cubitera y las copas. Allí espera a que él llene dos y, tomándole de nuevo de la mano, le lleva a sentarse en el sofá que queda frente a mí, junto a la otra pareja que sigue en su empeño caníbal de comerse la boca sin descanso, se sienta ella después muy cerca, cruza las piernas, bebe un sorbo de cava mientras disimuladamente me mira un instante, se vuelve a él y le sonríe. Es una invitación que Pol ha entendido muy bien, porque de inmediato la rodea con los brazos, girándose hacia ella, y apretándola contra su cuerpo.

Aquí estamos, Lola y yo, en medio de la reunión pero a solas, en un salón que hace rato ha quedado en la penumbra, sentados juntos, en el mismo sofá en que hace unas semanas follamos por primera vez.

No quiero disimulos.

No quiero siquiera prolegómenos.

No quiero demorar el instante de hacerle notar que la poseeré desde la exigencia, desde la fuerza, desde la dominación.

La tomo por la cintura bruscamente y la giro, para que se coloque en la posición más animal posible, la posición en la que la mayoría de los mamíferos copulan, apoyada en brazos y piernas, con el culo al aire, abierta de piernas, coño y culo ofrecidos al macho. Le subo la mínima falda y le bajo esa camiseta también mínima, para que queden ambas prendas rodeándole el talle como un cinturón negro, por debajo las caderas descubiertas, por encima los hombros y las tetitas cimbreando… no espero a desnudarme… bajo la cremallera de la bragueta, me saco la polla, apunto ayudándome con la mano para acertar el destino, me aferro a su cintura con ambas manos y de un golpe seco se la clavo hasta que no alcanzo más…

Lo reconozco… en mi gesto hay algo primario, primitivo… la exhibición de quien se proclama como un macho alfa de la manada, exhibición frente al grupo de la posesión de la hembra joven, que se le entrega, sometida a él de forma evidente, a la vista de todos, en una posición de gran desigualdad entre ambos.

Me enardece sentir su sexo suave y húmedo, caliente, flexible, placentero… pero me enardece más sentir su entrega, percibir sus gemidos de hembra que se deja hacer y en ese dejarse hacer encuentra más placer que en otras acciones…

Capturo sus brazo, dejo que la cabeza le caiga hasta el asiento del sofá, apoyada ahora sólo por sus rodillas y su coño penetrado por mi sexo, y tiro hacia mí de esos brazos para incrementar la penetración, para sentirla todavía más indefensa a mi ataque, para notar mis huevos golpeándole el clítoris, para chafar sus labios en cada apretón de mi cuerpo…

Unos minutos… después aflojo…

Pero no en la exhibición. Cuando se la saco le hago ponerse en pie para que me acompañe hasta la mesa de las bebidas. La paseo brevemente, desaliñada, con las ropas liadas en la cintura, delante de mí, bien expuesta…

Obediente, se presta a todo… Es ella quien llena dos copas y me ofrece una. Juraría que su mirada al hacerlo contiene una súplica… no sé bien qué puede suplicar, pero lo intuyo…

Bebo la copa entera que me ha servido, ella apenas se moja los labios, y sin pensarlo aprisiono con mis dedos sus pezones, tirando con fuerza hacia afuera de ellos, hacia los costados…

Gime pero no se resiste… Después comienzo a tirar de ellos hacia abajo, cada vez más, de forma que sólo arrodillándose puede disminuir la fuerza de esa tracción.

Lo entiende bien… Y hace lo que debe hacer…

Mientras lo hace intento analizar la situación de nuestra reunión. Pol y Rocío, Carlos y Carma, siguen los cuatro en el mismo sofá, casi revueltos, pero dedicados de dos en dos a sus placeres.

Carlos desnudo ya, recostado en el sofá, sentado, mientras Carma, todavía tal como la dejé, desnuda de cintura para arriba y con la falda puesta -ignoro si conserva las bragas, incluso ignoro si las ha llevado puestas- de rodillas entre sus piernas jugando con la boca en ese pollón que hoy parece todavía más grande que en la ocasión anterior.

A su lado, mi mujer cabalga sobre Pol. Él sigue con el pantalón y la camisa puestos, ella, aunque conserva el vestido, con los tirantes caídos y las tetas denudas, sentada sobre sus piernas frente a él se balancea acercándoselas a la boca y retirándoselas seguidamente, en un movimiento acompasado que lleva también su pubis a chocar contra el vientre de nuestro amigo. Debe estar masajeándolo contra su coño, con la tela del pantalón separándoles los sexos.

Sin querer, aunque soy consciente de lo que está pasando, me sumo al ritmo de mi mujer, dando bruscas sacudidas adelante como si estuviera debajo de ella. Al hacerlo mi polla invade con fuerza la garganta de su hermana, que sigue con la boca muy abierta acogiendo con dificultad mis embestidas.

Finalmente se levanta y, erguida delante de mí, manipula la correa y los botones de mi pantalón, lo deja caer al suelo, libera mi verga hasta ese momento nada más asomada por la abertura de la bragueta, la empuña con fuerza y me mira con descaro… Es una mirada de rebeldía… parece decirme que ella está allí, que me ha excitado, que esa polla que empuña ha crecido penetrando su coño y su boca, que la humedad que la envuelve es su saliva…

La sujeto fuerte por la cintura y la encaramo en la mesa, apoyando sus nalgas en el filo. Está a la altura exacta. Sigo tratándola con una brusquedad que, lejos de provocarle reacción, la amansa y facilita su entrega. Abro sin miramientos sus piernas y vuelvo a ayudarme de la mano para apuntar en el lugar exacto, antes de sacudir adelante las caderas y entrar con fuerza dentro de ella.

De espaldas a los demás, ignoro que ha podido suceder pero, en un momento, noto dos manos sujetarme la cintura por detrás.

Pol i Carma están a nuestro lado. Como si un ignorado y mágico maestro de ceremonias estuviera marcando nuestros tiempos, se produce una rotación de parejas. Veo a Rocío en el sofá, ahora subida en Carlos pero con idéntico movimiento al que hace un instante dedicaba a Pol. Entiendo… Toca ahora abandonar a Loli en las manos (y en la boca, y en los brazos, y en la verga) de Pol y dedicarme a Carma.

Antes de retirarme de su interior dejo un mensaje en su cuerpo. Con una mano pellizco un pezón con fuerza… con la otra abarco todo lo que puedo de sus labios sobresaliente y hago lo mismo. Se retuerce sin rechistar y permanece en la misma posición para recibir a Pol, que antes de hacer cualquier otra cosa y sin importarle que hace unos segundos allí estuviera mi sexo, se amorra a lamerle esa maravilla de coño abierto, una auténtica gruta de los mil placeres.

Más reposados, como más expertos, más mayores también, Carma y yo nos dimos un respiro y un refresco antes de seguir. La botella de cava había tocado a su fin, así que me dirigí a buscar otra al refrigerador.

A la vuelta no podía más que sonreír. Ella no había desperdiciado el tiempo. Si su marido se había amorrado al potorro de la niña, ella me había esperado jugando a darle a chupar a Loli sus tetas, sus grandes tetas, sus pezones sonrosados de aréolas inabarcables, algo que la otra hacía con dedicación y entusiasmo, sin ningún reparo, todo lo contrario…

Descorchada la botella y apagada la sed, decidí proseguir con mi turno de mujerona en celo.

No cambié la actitud. Había empezado con Loli en ese rol de dominación que ambos, sin decir palabra, habíamos consensuado para nuestra forma de relacionarnos, y una vez puesto en el personaje no me resultaba fácil el cambio.

Así que tomé a Carma por detrás, la despojé de la falda para comprobar que no llevaba más prendas y la rodeé con mis brazos, la verga apalancada entre sus nalgas, para llevarla al sofá de mis preferencias, ponerla allí en la misma posición que a la hermana de mi mujer y buscar hacerle lo mismo que le había hecho a ella.

Carma no paraba de sonreír, incluso de reír abiertamente, en todo ese trayecto. Al caer sobre el sofá incluso hizo un comentario halagador

-Uau… Vienes fuerte… ¿Te gusta mandar, eh?

Pero uno de esos comentarios me hizo perder mucho más la compostura…

-Te pone tu cuñada… es jovencita y tiene muchas ganas de follar ¿verdad?

Seguía provocándome, con toda su inteligencia de mujer que conoce las reacciones de los seres humanos, que domina a la perfección, desde las intuiciones y la experiencia, la psicología de los roles sexuales.

Sin dejar de contonearse, sin dejar de recibir en cada embestida mi sexo en su interior, me incita a ser más brusco.

-¡Es todo lo que puedes meterme? ¡Dame más! Esta madurita acaba de recibir el pollón de Carlos y ahora necesita más, mucho más…

Fuera de mí, contrataco…

-Hoy seré yo quién te meta algo en el culo- le digo entre jadeos.

-¿Sí? -me dice- ¡quieres? ¡venga!… ¡ahora, hazlo ahora!… ponme saliva y méteme un dedo, pero no dejes de follarme también…

Le hago caso, dejo ir un chorro de saliva sobre la raja de su culo, una baba abundante fruto del trago de cava reciente, de sabor ácido y dulzón, como aquella bebida… Sin miramientos, ciego de deseo agresivo, unto el índice en el líquido y lo hundo con fuerza en el agujero del culo, un agujero ceñido, pero que lo recibe sin problemas. Puedo tocar mi sexo a través de las membranas que separan la vagina del recto, noto al empujar con las caderas hasta el relieve de mi capullo abriéndose camino en su interior…

Me provoca y consigue ponerme furioso.

-¡Más fuerte! ¡Dame más!

Contrae el sexo y el ano, aprieta el esfínter atrapándome el dedo, que poco a poco va perdiendo humedad, un dedo que ya no puede deslizarse igual que al principio… Se desprende de él, avanzando las caderas y se vuelve hacia mi para encararse mientras me sigue provocando.

-¿Quieres comerme el higo? ¿Sabrás follarme bien con la lengua?

No lo pienso, vuelvo a girarla con fiereza y meto la nariz primero, después la lengua hasta donde me llega.

Para compensarme me regala un sesenta y nueve. Su boca me lleva camino del cielo, en una sinfonía de sensaciones sin comparación posible. Me busca el culo, lo encuentra y lo penetra… pero esta vez decido que yo no me quedaré atrás y le clavo también el dedo tan dentro como puedo…

-¡Vaya con la niña! ¡Se está corriendo como una puerca!

Se refiere a Loli. A mi también me llega el gemido sostenido. Me duele la comparación y decido jugar a enseñarle los dientes… Los dos nos los enseñamos… he capturado uno de sus labios y lo aprieto ligeramente, pero de forma perceptible. Ella hace lo propio marcando con los suyos mi capullo en un amago de mordisco muy cuidadoso, mero aviso sin daño de la importancia de la suavidad en esas circunstancias.

Pero, en su boca, ese gesto puede ser también parte de un placer inmenso.

Después del paseo de sus dientes absorbe mi verga entera que parece que se me vaya a ir el alma en ese canuto, que me quiera vaciar hasta los sesos a través de un tubo…

Voy a correrme y lo nota.

Detiene sus caricias, se incorpora y me extiende la mano para que también me levante. Me lleva hasta la mesa en que Loli acaba de ser follada por Pol, que todavía con la polla morcillona y pringosa le refriega por detrás, mientras ella está semi tendida en la mesa, con las piernas bien abiertas, los pies en el suelo, pero el busto acostado sobre aquella. Aparta a su marido y hace que la niña se arrodille. No hay palabras. Cuando la boca de mi cuñada rodea mi verga, Carma busca acariciarle la nuca con una mano mientras con la otra busca tocarme el culo…

Mis manos han bajado hasta los pezones de Loli, esos tubitos cilíndricos y prominentes, que atrapo y estiro sin piedad.

Me corro a chorros en aquella boca deseada, una boca a la que no se le escapa ni una gota de mi corrida, ignoro si retenida por la mano de Carma o por un deseo voluntario suyo…

Intento abrir los ojos en medio del orgasmo, y me encuentro con los suyos, que desde allí abajo se elevan para clavarse en los míos.

Capto el significado. Es una entrega total…

No sé cuánto tiempo ha pasado hasta que consigo recuperar los demás sentidos. Cuando por fin vuelvo en mí, percibo los jadeos sonoros y exaltados de Carlos y Rocío. Sentada sobre él, el cuerpo de mi mujer parece animado por un resorte, un muelle que al bajar las nalgas contra el cipote del yogurín la impulsara de nuevo hacia arriba con toda la fuerza, para dejarse caer de nuevo y clavarse hasta lo más profundo el tronco enhiesto de Carlos.

Es un espectáculo bello, digno de ser admirado.

Tengo más sed. Estoy bebiendo mucho, soy consciente, pero tengo más sed…

Más cava. Dos copas seguidas más.

Me acompaña Pol, porque Carma ha incorporado a Loli y la arrastra con ella para dirigirse al sofá que ocupan mi mujer y su marido.

Pol y yo, botella en ristre, nos tiramos sobre el otro sofá, justo enfrente, como dos espectadores que no quieren perder detalle de la maravillosa exhibición que se nos ofrece.

Su llegada coincide con un orgasmo de Rocío, que sigue saltando enloquecida sobre la polla de Carlos. No sé qué habrá hecho él para aguantar tanto, tal vez las sesiones diarias de todo este tiempo, más su juventud, le han preparado para esa resistencia tan notable.

Su capacidad va a otorgarle un premio singular: las tres hembras para él solo.

Cuando mi mujer descabalga aquella montura, es Carma quien ocupa su lugar.

Mientras bota a saltos mucho más reposados que los que hacía Rocío, atrae a las otras dos mujeres hacia ella y les conduce hacía sus pechos. Saltan con ella, dificultando su intención, así que para por un instante los saltos y sustituye su movimiento por un meneo circular de las caderas, algo que le permite por fin alcanzar su objetivo, y a nosotros dos, mirones exhaustos, contemplar esa belleza de composición en grupo… una mujer clavada bien adentro por la polla del macho que cabalga, mientras otras dos hembras chupetean sus inmensas tetas… las cabezas muy juntas, las dos hermanas, cada una dedicada a uno de los pechos, de rodillas sobre el sofá… mientras los brazos en cruz del macho afortunado se extienden bien para alcanzar con sus dedos la raja del culo de ambas…

Finalmente se corre…

No podía ser tanto aguante.

Jadea, se agita, hinca los dedos en los culos de ambas hermanas…

Se corre…

Cuando Carma se descabalga de su tronco, ahora ya de flacidez morcillona, el coño gotea lentamente un semen viscoso y blanquecino…

-Otra vez el sofá pringado- pienso para mi sin poder evitarlo.

Se sienta y agarra a Rocío, besándola con ansia en la boca.

Tengo sed. Pol y yo hemos dado fin a la anterior botella de cava. Me siento abotargado, seguramente del cava ingerido… pero me incorporo para ir a por otra botella. Andando hacia la cocina coincido con Loli que, delante de mí, se dirige al cuarto de baño de la planta baja.

Sin pensarlo, la sigo.

Cuando llega a su destino, tras abrir la puerta y encender la luz, percibe mi presencia.

-Voy a hacer un pis- me dice.

Sin responderle, pongo la mano en la hoja de la puerta y ando hacia adentro para cerrarla detrás de mí.

Estoy desnudo, con la polla hecha un pingajo colgando flácida bajo mi vientre, ella todavía con falda y camiseta enrolladas en la cintura, el coño a la vista con sus labios abultados sobresaliendo en su raja.

Se queda quieta, sin saber qué hacer, así que debo decirle lo que quiero.

-Mea.

Me mira con actitud tranquila y serena. Le devuelvo la mirada con la misma serenidad.

-Quiero verte mear- insisto-, me gusta.

Sin dejar de mirarme, obedece. Se sienta en la taza y aunque tarda un poco en comenzar, poco después se oye el sonido cristalino de su orina chocando en la porcelana.

No sé por qué… en un impulso, meto mi mano entre sus piernas. La orina caliente empapa la palma y el dorso de mi mano, resbalando entre los dedos para caer al fondo del retrete. Es una larga y abundante meada, caliente, algo viscosa…

Cuando acaba toma un pedazo de papel y se limpia brevemente entre los labios. También, con otro pedazo de papel, limpia mi mano. Después se incorpora y despatarra sobre el bidé. Deja caer el agua y, cuando la considera a la temperatura adecuada, comienza a frotarse la raja, con un poco de jabón.

Vuelvo a poner la mano, ahora en contacto con su coño, desplazándola suavemente, enjabonada, arriba y abajo, desde el agujero del culo hasta el pubis.

Loli se deja hacer, callada y complaciente. Se da cuenta del placer que me producen esos gestos. Mi verga comienza a endurecerse de nuevo.

Son apenas dos minutos, pero se me hace un mundo de placer. Se incorpora, empuñando mi sexo como se empuña una raqueta, una sartén o un puñal, con la mano cerrada y el miembro dentro, pareciendo que quisiera clavármelo -que ya lo está- en mi bajo vientre. Deja que siga hurgándole en el coño mientras se empina todo lo que puede, de puntillas, para alcanzarme la boca en un beso morboso, apasionado pero suave, buscando con su lengua la mía.

Ese instante quedará ahí para siempre.

Los dos hemos puesto los cuernos a nuestras respectivas parejas -es la sensación que tengo- porque una cosa es follar en un intercambio, y otra lo que acabamos de hacer en un aparte de actos íntimos reservados.

Ha sido un impulso -me justifico a mí mismo, consciente de la importancia del momento-, pero no debería ir a más.

Pongo fin al beso y le digo a la niña que hemos de ir con los demás. Debe haber experimentado la misma sensación que yo, la de estar cometiendo una incorrección, porque separa su cuerpo del mío, comprime una última vez mi verga con su puño y sale del cuarto de baño dirigiéndome una mirada que no puedo descifrar, pero que me parece amable y hasta agradecida.

Tengo ganas de mear también, pero debo esperar un poco para hacerlo. El miembro erecto de un hombre no permite que orinar sea cómodo, porque o bien debes forzar al extremo el empuje hacia abajo, para que la manguera apunte a la taza del retrete, algo que comprime la uretra y resulta molesto, o bien debes alejarte considerablemente y calcular la parábola necesaria para que no se inunde de orina todo. Cualquier hombre sabe que eso es un problema, desde que le coincide por primera vez la necesidad de vaciar la vejiga con una erección mañanera.

Cuando por fin consigo aliviarme, paso de nuevo por la cocina a la búsqueda de la botella de cava fresco, y regreso al salón.

Loli se ha añadido a la tortilla que estaban cocinando Carma y Rocío.

En la esquina del sofá Carlos, derrengado, en el de enfrente Pol, tan derrengado como Carlos, y allí las tres en un encuentro que despierta toda la expectación.

Carma, sentada en medio de las dos hermanas, besa alternativamente a una y otra, les acaricia las nalgas, con una mano rodeándoles la cintura por detrás, mientras ellas le acarician también por el pecho, el vientre y las piernas.

Bebo más y me acerco a Carlos y Pol a rellenar sus copas.

Pol tiene un hábito voyeur. Lo hace con frecuencia, al menos en las ocasiones en que hemos compartido recreo sexual. Tras correrse, se dedica a observar al resto de participantes mientras se pajea con la polla floja.

Abandona por un momento su tarea para que le llene la copa, la bebe de un trago y la alarga de nuevo para que la vuelva a llenar. Después me da las gracias y sigue en su paja de picha blanda.

Como si el cava le hubiera reanimado, Carlos se activa y cuando me siento de nuevo le veo con el brazo estirado y la mano escarbando entre las piernas de la mujer que le pilla cerca, Rocío, sentada a su lado mientras se come la boca con Carma.

Hace bastante que mi mujer y yo no hemos cruzado ninguna mirada de complicidad. Nos hemos entregado a nuestro propio placer, en un encuentro que por primera vez para nosotros ha tenido tanto partícipe, como si la abundancia de posibilidades y alternativas nos hubiera desconectado.

Ella sigue centrada en las caricias con la catalana, que morrea a las hermanas de forma alternativa mientras ellas le besan, chupan y magrean las tetas, o le meten la mano entre las piernas, a veces las dos al mismo tiempo, en una caricia doble que le hace exhalar algunos gemidos.

Rocío, en un raro escorzo, sentada casi de costado, con el pecho pegado al cuerpo de la otra mujer, tiene las piernas muy abiertas, para favorecer la excursión de los dedos de Carlos en su coño, y a ratos, cuando deja de acariciar a Carma, alarga el brazo hacia atrás y agarra el tronco del joven, lo pajea brevemente, como si quisiera decirle que sabe que está ahí y lo tiene en cuenta, para devolver la mano de inmediato a la piel de su amiga.

Sigo bebiendo. Me siento instalado en una nube que parece tener mucho de irrealidad.

Estoy en el salón de nuestra casa, de mi casa, un lugar protagonista de nuestra vida familiar y social. Seis personas desnudas que sin ningún recato se masturban, follan, acarician, besan, lamen… restos de semen, sudor y flujo en la piel del sofá, círculos de líquido sobre la mesa, marcas de las botellas que vamos consumiendo y que a veces hemos dejado sobre el mueble, fuera de la cubitera…

Y gemidos. Ahora sólo los de Carma, que de tanto en tanto y entre besos los lanza al aire.

Sobre todo, mi mujer agarrando la polla del marido de su hermana mientras se dedica, con ella, a pajear y chupar a otra hembra.

Cruzo, en uno de sus cambios de boca que besar, la mirada con nuestra amiga catalana.

Sonríe con un aire de cierta malicia.

Descubro, enseguida, por qué.

Separa a ambas hermanas de su cuerpo y se incorpora. También las hace incorporarse a ellas.

Es una escala de alturas diferentes. Ella, la más alta. Loli, la menos.

Como un cuadro de las tres gracias, menos grasientas y de diferentes alturas, frente a mí, con Carma justo delante, de nuevo mirándome con actitud pícara.

Sigue enlazándolas por la cintura, y vuelve a besarlas, aunque ahora más cerca las tres cabezas. Ella flexiona las rodillas, para acercarse a la altura de Loli, Rocío se inclina hacia adelante, sacando el culo atrás, en parte para bajar la cabeza a la altura que impone Carma, pero también para favorecer la acción de Carlos, que se ha incorporado y detrás de ella arrima la cebolleta y se la frota entre las nalgas, buscando convertir la línea suave y sutil de la raja de mi mujer en grueso círculo rodeando su verga.

Me distraigo un momento pensando que nuestro joven parece tener un cierto enganche con mi mujer.

Debe ser el alcohol ingerido, o un golpe de lucidez, que me hace relativizar esa observación, diciéndome a mi mismo que eso es normal, teniendo en cuenta el atractivo sexual magnético de Rocío y la confianza desarrollada durante tanto tiempo de vida familiar.

Pienso, de paso, que hace unos minutos yo también estaba manifestando un enganche particular con su mujer, compartiendo una experiencia y unas caricias muy particulares, reservadas en un lugar lejos de la vista de todos los demás.

Cuando vuelvo a la realidad abandonando mis reflexiones, Carlos ya ha penetrado a Rocío y la mece suavemente mientras ella se morrea con Carma, a ratos, o espera su turno en otros, mientras la amiga se morrea con su hermana.

La está subiendo al cielo. La conozco bien y sé que su punto no está lejano. Esa polla la está llevando poco a poco al clímax…

Cruzo de nuevo la mirada con Carma en uno de los viajes que realiza de boca a boca de las hermanas. Sonríe y me hace un gesto con la cabeza, señalando a Loli.

Entiendo su llamada.

La escena ha vuelto a empalar mi sexo, y acudo a situarme detrás de la niña, flexionando mis rodillas (estoy en forma aunque hoy me falta algo de equilibrio) para poder apuntar directo al coño exuberante que se abre con suavidad ante el avance de la punta que lo taladra.

Ahora sí puedo ver el rostro de mi mujer de frente. Mientras besa a Carma cierra los ojos, cuando es Loli quien se come la boca con la catalana los entorna, apenas abiertos, sintiendo el efecto de la acción del yogurín, mostrándome una escena propia de un cuadro para la historia… el rostro bellísimo de mi mujer a punto de correrse mientras la polla de otro hombre la perfora combinando fuerza y delicadeza.

Me exalta esa visión… procuro clavar más a fondo a su hermana, entrar más adentro todavía, compartir esa sensación de plenitud profundizando todo lo posible en el sexo de su hermana, que comienza a tener el gemido continuo.

Gime mi Rocío, entrando en esa fase irreversible que tan bien conozco.

A Carma no se le escapa. Sin duda lo tenía previsto, justo en ese momento se separa ligeramente y provoca la unión de bocas fraternas, haciendo que cada una ahogue en parte los gemidos de su hermana, en un beso frenético en el que las dos contribuyen sin reparo ni freno, enloquecida Rocío por su propio orgasmo, obediente Loli a los deseos de Carma, que mantiene sus manos sobre las nucas de ambas mujeres, como sellando el encuentro que ha provocado.

Puedo ver en parte el rostro de mi mujer en la parte que no tapa la cabeza de su hermana, en realidad los ojos más que nada. Los mantiene cerrados, apretados con una fuerza que va aflojando a medida que disminuyen los espasmos y contracciones del orgasmo.

Pero el beso continúa siendo un punto de unión que no deshacen. Juegan con lengua y saliva, recorriéndose la boca con diferentes tensiones, a golpes de impulso devorador un rato, lamidas animales suaves otro…

No dejan de besarse cuando Loli se corre. Rocío lleva ahora la iniciativa, recogiendo el aliento de la niña en su boca mientras gime con ese pitido peculiar y llamativo, mientras empuja hacia atrás con fuerza para sentir que mis cojones hacen tope en la entrada de su mullido coño…

Carma ya ha abandonado la caricia en esas dos nucas fraternas, dedicada ahora a sobar suavemente las tetas de las dos hermanas.

Pasan un par de minutos en los que imagino que el paraíso de los ateos debe ser precisamente esto.

Siguen besándose Loli y Rocío, ahora ya sin pasión, con ese disfrute morboso que puede sentirse con las caricias sexuales justo después de un orgasmo, cuando la pasión ha caído de golpe pero queda el goce hedonista de cada caricia.

Pero Rocío tiene ahora los ojos abiertos. Nos vemos. Nos miramos. Nos decimos cuánto nos amamos con la vista.

Me corro.

Me dejo ir mirando a mi mujer morreándose con su hermana y penetrada por la polla de su marido. Me corro penetrando a su hermana por detrás mientras se morrea con ella.

No puedo aguantar más la flexión de las piernas y caigo hacia atrás, sentado en el suelo, con el sexo desfallecido y pringoso, soltando las caderas de Lola, que sigue en el beso con su hermana. Poco después oigo el jadeo gutural y ronco de Carlos, un gruñido de oso que anuncia su nueva descarga en el coño de mi mujer.

Vuelvo al sofá, a la copa de cava que me llena Pol. Curiosos hábitos los suyos -pienso- en una mano la botella y en la otra su polla morcillona, que no deja de tocarse mientras contempla todo lo que sucede.

Carma sigue ejerciendo de maestra de ceremonias. Toma de las manos a las dos hermanas y las encamina hacia las escaleras.

-Esto es reservado para mujeres- anuncia con voz bien audible mientras ascienden hacia las habitaciones superiores, dejando claro que no quiere que ninguno de los tres hombres se una al grupo.

Tampoco estamos muy por la labor, en realidad. Carlos ha vuelto al sofá de enfrente, y parece agotado tras las varias ocasiones en que le han vaciado todo lo que tuviera para descargar.

Pol sigue a lo suyo en la otra punta del sofá en el que yago desmontado, vaciados los cojones y notando ese desequilibrio que provocan, a medias, la fatiga y el alcohol.

Entorno los ojos y los vuelvo a abrir, pasado un rato, al notar una mano que me acaricia el sexo.

No sé cuánto tiempo ha pasado, me parece que bien poco, pero lo ignoro. -No está amaneciendo aún -me digo, subido todavía en una nube de inconsciencia.

Es la mano de Carma. Sentada entre Pol y yo se apropia de nuestros miembros y los acaricia suavemente. Siento que nada más puedo sentir, abotargado y medio borracho, exprimido varias veces en esta fiesta singular que nos hemos montado.

Aunque alguien está peor que yo. O mejor, quién sabe. Unos sonoros ronquidos acreditan el profundo sueño del yogurín, que duerme en el sofá, desnudo, tal vez soñando que de nuevo se la clava a una Rocío que esta noche le ha ofrecido sus mejores habilidades para el placer.

Es diabólica esta catalana. Sabe cómo encenderme. Mientras me acaricia suavemente acerca su cabeza y me desliza al oído algo que me enardece…

-He dejado solas a las dos hermanas… Ufff… ¡Son ardientes!

Otra vez estoy trempado. Es una sensación curiosa… me duele la verga, cada uno de sus ascensos y descensos por mi sexo me provoca un cierto dolor, pero al mismo tiempo placer…

Se arrodilla delante de su marido, sin soltármela, y se dedica a chupetear, como si fuera un helado, el capullo de Pol, que ha descubierto estirándole el prepucio hacia atrás con fuerza.

Cuando le parece bien, se coloca frente a mí, entre mis piernas, sin soltar tampoco el ciruelo de su marido, y con su maravillosa boca me provoca esas sensaciones únicas que su boca sabe ofrecer a un hombre…

Levanta los ojos y nos cruzamos la mirada… Entre los ronquidos de Carlos y los sonidos líquidos de los chupeteos de Carma me parece oír, lejano, apenas audible, el gemido prolongado y agudo de Loli…

Mirándonos, me vuelvo a correr. No es una sensación placentera. Es algo dolorosa, como si hubiera ido más allá de los límites de mi capacidad humana. Apenas debo haber vertido fluido, agotadas las reservas desde hace rato.

Carma sigue jugando, con saliva, con mucha saliva, en mi sexo… prolonga las caricias hasta que se convierte en un pequeño pingajo, un trocito de carne y piel sin vida, un apéndice triste y arrugado, prolonga las caricias hasta que se convierten en un gesto cariñoso, casi -perdón por la blasfemia- maternal.

Entonces se sienta entre su marido y yo, abre las piernas y se masturba lentamente primero, frenéticamente después, hasta alcanzar un orgasmo.

Creo haber oído mezclado con sus gemidos de placer, de nuevo, muy lejana, esa alarma peculiar que proclama los orgasmos de la niña, pero no estoy seguro de haberla oído o haberla imaginado…

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