AURORA MADARIAGA

Capítulo 5
—Esta residencia en el Gran Teatro recuerda a las maestras del Jazz de antaño como
Dinah Washington, Billie Holiday y la inmortal Ella Fitzgerald. Me refiero al lujo de
tener a una cantante de la escuela clásica del Jazz como tú en cartelera por seis meses
en el corazón de Nueva York. ¿Qué sientes cuando te comparan con las grandes del
Jazz? ¿Crees que has acercado el Jazz a las generaciones jóvenes?
Loreto asintió lento a la pregunta del periodista mientras jugaba con el corte de
cheesecake todavía incapaz de llevarse un pedazo a la boca. Tenía el estómago cerrado
desde hace días. Si había comido una tostada y una manzana en las últimas setenta y
dos horas era mucho decir. Simplemente no tenía apetito. Lo que sí tenía era un vacío
como una leve pero constante punzada por encima del ombligo. Si iba al doctor sabía
qué le diría y no estaba dispuesta a hacerlo. Vacaciones. Bebió un sorbo pequeño de su
café y se lanzó a hablar.
La artista de maquillaje de la revista que la entrevistaba interrumpió variadas veces la
conversación para retocar la base y rubor de Loreto. El flash de la cámara la encandiló
cuando sin aviso disparaba desde distintos ángulos mientras ella respondía a cada una
de las preguntas. Luego hacia el término, el fotógrafo quiso sacar unas instantáneas
con ella sentada en el opulento sillón de cuero marrón oscuro del vestíbulo del hotel
Hilton en las cercanías del Times Square. La maquilladora aplicó más corrector bajo
sus ojos e iluminó las mejillas con un polvos rosados. Loreto sonrió con su mejor pose
de chica de portada y se alegró cuando el compromiso finalizó.
Cerca de las tres de la tarde se acercó al teatro y encontró el escenario vacante. Los
ensayos de la ópera «Peleas y Melisande» ya habían acabado. El estreno era al día
siguiente y Loreto no se lo perdería. Su próximo concierto era dentro de dos días e
interpretaría el mismo programa de canciones de la noche anterior. Tenía ganas de ir a
nadar o caminar por el parque pero sospechó que la fatiga que llevaba encima no la
dejaría hacer mucho. Aprovechó de tomar posesión del majestuoso Steinway de cola y
se largó a tocar. Estaba tan ensimismada interpretando uno de sus Nocturnos de
Chopin favoritos, el Opus 9 Número 1, que no se percató que ya no estaba sola en la
sala. Dio un salto cuando de pronto abrió los ojos y notó las dos siluetas hacia su
derecha. Las cuerdas del piano vibraron en una disonancia tétrica a su golpe.
Confundida volteó hacia los visitantes. No les conocía. Un hombre calvo de unos
cincuenta y tantos años con un puchero inerte dibujado en la boca y una chica que
parecía su hija de cabellos cortos oscuros hasta la mandíbula. Fue ella quien dio un
paso al frente.
—Señorita Clair, discúlpenos por interrumpirla y llegar sin ser anunciados—La chica
sonrió y habló en un tono casual—. Mi nombre es Elizabeth Sherman y mi compañero
es Tom Manning. Somos agentes especiales de un departamento secreto de la
Seguridad Nacional y necesitamos su cooperación para atrapar a un peligroso
terrorista.
Le tomó a Loreto unos cinco segundos completos digerir lo que recién había
escuchado. ¿Un departamento secreto de Seguridad Nacional?¿Cómo podría ella
ayudar a atrapar a un terrorista?
—No- no creo que les entiendo—titubeó y apretó el ceño—. ¿Qué tengo que ver yo con
un terrorista, me quieren explicar?—se burló y se puso de pie.
Un súbito dolor punzó su abdomen y la doblegó sobre el piano. La chica y el hombre se
abalanzaron en su dirección como si quisieran atajarla. Loreto aguantó estoica la
punzada y rauda balbuceó que estaba bien pero cansada. Volvieron a disculparse por
molestarla y decidieron ir al grano. Esta vez fue el hombre quien tomó la palabra.
—Este terrorista es – es – es gran admirador suyo. Estuvo presente en su concierto de
anoche—dijo y se metió las manos a los bolsillos de sus pantalones.
Titubeaba demasiado para ser un agente de un departamento secreto. Más lucía como
un empleado fiscal.
—De seguro supo de los disturbios de anoche en la área del puente Brooklyn y el
impacto telúrico a eso de las ocho de la noche—el hombre insistió.
Loreto asintió y se apoyó en la tapa del Steinway. La cabeza comenzó a darle vueltas.
—Él fue el responsable. Estuvo en su concierto justo después de haber asesinado a más
de cincuenta personas—el hombre dijo con la mirada vacía.
Un escalofríos la recorrió por toda la espina dorsal. Loreto encaró al hombre y tragó
saliva. Anoche allí mismo entre su público se sentó un asesino y presenció su concierto
como si nada hubiera pasado.
—Usted es la única pista que tenemos de él. Es un criminal inteligente que no deja
rastro y se mueve rápido—la chica dijo y dio un paso más hacia Loreto—. Sabemos que
es admirador de su música porque le hemos estado siguiendo por años y tenemos
pruebas que ha asistido a varios conciertos suyos. Si usted hiciera un cambio de último
minuto en su itinerario llamaría su atención lo suficiente como para acercarse al teatro
y así podríamos arrestarlo.
Loreto se dejó caer sobre el taburete del piano. ¿Pero qué locura era todo esto? ¿Acaso
no se le ocurría a esta gente que lo que proponían la pondría a ella en serio peligro?
—Vamos a ver si lo entiendo bien—Loreto sacó la voz perdiendo la paciencia—,
quieren que suspenda mi siguiente concierto y me quieren usar a mí como carnada
para atrapar a este criminal.
Tanto el hombre como la chica asintieron en silencio. Loreto perdió los colores de la
cara y los encaró con los ojos desorbitados de incredulidad.
—Su seguridad será nuestra prioridad, señorita Clair—el hombre apuró en aclarar—.
Nuestros agentes estarán tanto dentro como en – en -en los alrededores del teatro
listos para disparar si así es necesario.
—A la dirección del teatro no le gustará atraer este tipo de atención ni tampoco estará
muy contenta que cancele un concierto. Las entradas están agotadas—Loreto dijo
tratando de sonar consternada cuando lo quería era zafar pronto de este plan
descabellado.
Se dejó caer sentada sobre el taburete del piano y exhaló agotada. Sentía el cuerpo
como si recién hubiera corrido una triatlón.
—Ya hemos hablado con el director. Tanto el teatro como usted serán recompensados
generosamente por su cooperación. Somos una agencia gubernamental—dijo la chica
y le extendió una credencial.
Reticente, Loreto la tomó y estudió. Agencia de Investigación y Defensa Paranormal.
«¿Paranormal?»
—¿Y bien, señorita Clair? Me temo que no tenemos todo el tiempo del mundo a
nuestra disposición. Cada día que demoramos en cazar a este terrorista, tiene la
ventaja de preparar su próximo ataque a sus anchas.
Para la aparente juventud de la chica, sonaba más razonable y más segura de sí misma
que el hombre que la acompañaba. Loreto negó con la cabeza y rió para sí. No podía
creer que estuviera considerando aceptar pero tal parecía que no tenía opción. Si lo
que esta gente decía era cierto, el terrorista en cuestión había causado el pánico de la
noche anterior, muertes, heridos y destrozos en cosa de pocos minutos. Y luego había
asistido a su concierto. De pronto la imagen del hombre de cabellos largos rubios vino
a su mente. Tenía el rostro pálido como el de un cadáver. El escalofríos fue ahora
violento y la remeció de pies a cabeza como una descarga eléctrica. La noche anterior
dentro del Chrysler de cristales polarizados cruzó miradas con un hombre que al otro
lado de la puerta cerrada la clavó con la mirada oscurecida por la sombra de su
prominente ceño. Entonces creyó que lo había imaginado pero ahora que recordaba
bien, sí había ocurrido. La fama atrae a todo tipo de personas fascinadas con la figura
pública de una cantante. Sabidos son los casos de fanáticos que han acosado o
asesinado a quienes fueron los objetos de sus obsesiones. Loreto tragó saliva y el pavor
la envolvió como una ola de calor expansiva. Elevó la mirada y encaró a los agentes.
Inspiró profundo.
—Díganme qué debo hacer, cuándo y

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