AURORA MADARIAGA

Capítulo 4
—Cincuenta y dos víctimas fatales, cuarenta y seis heridos y contando. Sin mencionar
el costo en infraestructura vial e inmobiliaria…—Tom Manning exhaló cabreado y se
apretó los ojos por los lagrimales—. El elfo no puede seguir soltando sus mutantes
gigantes por la ciudad. Debemos detenerlo a cualquier costo.
El director de la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal dijo con la vista
concentrada en el informe de los daños causados la noche anterior por la colosa
criatura verde. El agente Krauss había ordenado recolectar muestras del musgo que
floreció por arte de magia por cada lugar que el gigante había tocado. Luego de
rastrear todo el perímetro y cada recoveco que pudiera llevar a las cloacas, los agentes
fueron incapaces de dar con los pasos del Príncipe Nuada. Se había esfumado del
lugar.
—Y más de setenta invitados al remate de Blackwood’s que fueron la cena para las
hadas de los dientes que Su Orteza el Príncipe dejó en el lugar—Red dijo por entre los
dientes mientras encendía un Robusto de Cohiba.
—Su Alteza—Abe habló y se dirigió a la Princesa Nuala—, usted conoce mejor que
nadie a a su hermano. ¿Cuál es su próximo paso? Díganos qué hacer y lo haremos.
Red y Liz intercambiaron miradas extrañados al tono solemne y servicial de Abe
mientras que Krauss y Manning decidieron ignorarlo. La A.I.D.P. no se haría cargo de
esta crisis por sí sola. El mero hecho que la Princesa Nuala estuviera resguardándose
en sus cuarteles generales era una violación a los protocolos de la agencia. La Princesa
se llevó las manos al centro de su largo atuendo azul a la altura de su abdomen y de su
exquisito detalle dorado produjo una pieza con forma de rombo de brillante oro con
detalles en relieve simétricos. La presentó frente a la mirada confundida de todos.
—Esta es la última pieza de la corona de Bethmoora. Mi hermano la necesita para
despertar el Ejército Dorado y llevar a cabo su guerra contra los humanos.
Habló con calma y con un dolor en su voz como si ya se hubiera resignado a la
situación. Abe la observó atento a cada uno de sus movimientos. La hermosa Princesa
elfa había recién perdido a su padre a manos de su propio hermano. Cualquier otra
persona estaría destrozada, mas ella estaba allí junto a extraños ad portas de planificar
una emboscada contra quien era sangre de su sangre. Acto seguido, sacó de su abrigo
un cilindro oscuro de tamaño mediano con similares decoraciones.
—Este es el mapa con la ubicación del Ejército Dorado—. La Princesa bajó la cabeza y
atrajo el artefacto hacia su cuerpo. Elevó la mirada ámbar cargada de pesar—. Mi
hermano no debe hacerse con ninguno de ellos. Mi padre murió por honrar el pacto de
paz con los humanos. Yo haré lo mismo si es necesario.
—¡El Ejército Dorado! ¡Los heraldos de la muerte! ¡La marea imparable!—Krauss
reparó fascinado mientras estudiaba el cilindro—. El Ejército Dorado no puede ni
debe despertar. Mientras tengamos Su pieza de la corona y el mapa…
—Mi hermano vendrá a por ambos. Me encontrará, siempre lo hace—laPrincesa
interrumpió, su voz sonó suave y aguda pero firme—. Somos gemelos, desde
nacimiento tenemos un vínculo más allá de las distancias geográficas y temporales.
—Entonces Su Alteza sabe dónde está el Príncipe en estos momentos, ¿no es así?—
Krauss interrogó—. Con Su ayuda podremos dar con él y reducirlo.
La Princesa agachó la cabeza y dio la media vuelta hasta encarar la masiva repisa de
interminables tomos que rodeaba la sala.
—Nuada ha permitido que su odio envenene su corazón hasta cerrarlo a mí. Él me
puede sentir donde sea que yo esté porque nunca he dejado de quererlo pero yo a él…
—volteó con la mirada cristalizada de lágrimas—. Por mucho tiempo tuve un hermano
con el que crecí, eramos una sola alma dividida en dos cuerpos pero luego de la Gran
Guerra cuando decidió partir lejos de nosotros… Su lejanía no fue solo física. Nuada
nos borró a mí y a nuestro padre de su corazón.
El silencio se hizo en el salón. Abe aventuró a acercarse a la Princesa mientras que Red
y Liz intercambiaban miradas sin tener una buena idea que aportar. Krauss soltó el
humo por sus branquias mecánicas y negó con la cabeza. Manning se rascó la cabellera
y volvió a revisar el informe de los daños. De pronto entró a toda prisa en la sala un
agente de traje oscuro y corbata portando un sobre que en el frente leía cruzado
«CONFIDENCIAL» en letras rojas. Manning lo aceptó y apuró en abrirlo. Quedó
boquiabierto al contenido. Krauss se acercó y estudió las fotografías. Red y Liz se les
unieron. Luego de segundos revisándolas avanzaron hacia Abe junto a la Princesa y se
las enseñaron.
—Encontramos el punto débil de Nuada—dijo el agente con tono victorioso—. Un
testigo lo vio encaramándose por una de las esquinas posteriores del Gran Teatro cerca
de las nueve de la noche de ayer, a una hora del incidente con el coloso verde. Llegó
hasta la cima y entró por unas de las ventanillas del ático. Luego se le vio entre la
multitud de admiradores de la cantante Loreto Clair que recién acababa de dar un
concierto en el recinto.
Red soltó la risa escéptica y arrebató el tuco de fotos de las manos de Manning. Las
volvió a revisar una a una. Liz y Abe estaban apegados a él a cada costado. No podía
haber un error. ¿Cuánto sotros elfos sicópatas de casi dos metros de estatura, largos
cabellos oxigenados y cara de mármol pululaban por la ciudad? Su vestimenta no
dejaba lugar a dudas. Ese broche dorado en el centro de su atuendo a la altura de su
estómago llevaba el escudo real de Bethmoora. Las fotografías no eran solamente de la
noche anterior. Otras mostraban al Príncipe en similares situaciones, ya sea escalando
o descendiendo de teatros o catedrales, pero acusaban una calidad menor que las de la
noche anterior. Sus atuendos eran variados en cada una, mas el paso del tiempo no
deja rastro por la fisionomía de un elfo de miles de años de edad.
—O sea que a Su Orteza le gusta Loreto Clair y fue a su concierto justo después de
presentarnos a su amigo enredadera en esteroides—Red concluyó con sorna y le dio
una calada profunda a su Cohiba.
Liz quitó las fotos de las manos de Red y las escaneó con detención.
—No parecen falsas aunque podríamos hacer una prueba de autenticidad. ¿Quién
tomó estas que parecen antiguas?
—Nosotros—dijo el agente.
Todos quedaron estupefactos. Manning se quejó que nunca nadie le hubiera
informado de este protocolo y buscó el apoyo de los agentes especiales sin obtener
mayor reacción que los semblantes descolocados de sorpresa. El agente tosió en su
puño y se arregló la corbata negra.
—Hemos estado siguiendo la pista del Príncipe Nuada por décadas. Lo hacemos desde
que supimos de la existencia del mercado Troll y el reinado del clan Bethmoora justo
bajo nuestros pies en Nueva York. El pasado conflictivo del Príncipe encendió nuestras
alarmas—nervioso encaró a la Princesa—disculpe, Su Alteza—susurró e hizo una
reverencia con la cabeza. Ella no se inmutó—. Lo que no esperábamos era que en
medio de su misión por despertar el Ejército Dorado, Nuada se tomara el tiempo para
asistir a un concierto como suele hacer desde que lo vigilamos.
—Su Alteza—Abe encaró a la Princesa—, ¿sabía Usted de esto?—preguntó con
delicadeza.
Ella negó leve con la cabeza y bajó la mirada.
—Han sido miles de años de separación. Quien era mi hermano cuando todavía
vivíamos juntos no es quien él es hoy. Desconozco sus aficiones, rutinas, itinerarios. Es
un extraño para mí.
Su voz se quebró. Respiró profundo y elevó el fino mentón con dignidad perdiendo su
triste mirada ámbar en un punto cualquiera de la nada.
—Si el Príncipe Nuada es asiduo a la música de la señorita Clair, entonces es ella
nuestra apuesta más segura para llegar a él y dar con su paradero—Krauss concluyó y
caminó hacia la salida.
Todos lo miraron todavía confundidos. El alemán volteó.
—¿No vienen?
Liz intercambió miradas con Manning y se entendieron sin palabras. Ella dio un paso
adelante y tomó a Krauss por el hombro.
—Si queremos que Loreto Clair colabore, tratemos de no asustarla llevando a un
médium alemán sin carne ni huesos, a un demonio rojo y a un pescado andante,
¿bueno?—volteó hacia los demás—. Sorry, chicos.
Abe y Red se encogieron de hombros y estuvieron de acuerdo.
Liz caminó hacia la salida y al pasar por el costado de Manning dijo:
—Señor, déjeme hablar a mí que usted se pondrá nervioso frente a una mujer hermosa
y famosa como Loreto Clair.

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