ALICIA SANMIGUEL

Encendí un cigarro bajo la atenta mirada del camarero, que con un gesto, me señaló el cartel que impedía fumar dentro de aquel antro. Volví a posicionar el cigarro entre mis labios a modo de reto y tras un suspiro de resignación, siguió con lo que estaba haciendo. A mi lado, un grupo de hombres murmuraban como si nunca hubiesen visto a alguien rellenarse el vaso tantas veces con ese whisky barato. Esa pócima dorada era la que me estaba ayudando a olvidar lo que había hecho, la que me proporcionaba las intermitentes pérdidas de memoria y me ayudaba a sentirme mejor, o al menos, así sentía su engaño mientras quemaba mi garganta.

Esa mañana, todo se había complicado entre gritos y reproches, entre golpes y patadas a todo lo que se ponía frente a mí. Había perdido el control. Sé que se asustó al verme en ese estado… ¡No lo esperaba!, pero después de lo que me había hecho: se marchaba, me abandonaba y me echaba la culpa, haciéndome sentir como una mierda. Me había enfadado. La ira se había apoderado de mí y me había cegado, sin darme oportunidad a pensar lo que estaba a punto de hacer en ese momento.

Rellené de nuevo mi vaso, el camarero me miró con lástima, pero sabía que no iba a ser lo suficientemente atrevido como para dirigirse a mí e intentar sonsacarme algo sobre mi mierda de vida.

Desde esa mañana…

Algo llamó la atención de los que estaban allí. Bajo la tenue luz de ese bar de carretera y tras el silencio que se creó, ella entró. Me giré, como todos, para mirarla. El seco sonido de sus tacones, se juntaba con las respiraciones agitadas de los que la observaban, igual que lo hacen los lobos con sus presas antes de abalanzarse para comérselas vivas. Su perfume dulzón se entremezclaba con el agrio hedor de un local que carecía de higiene, pero no parecía importarle y seguía avanzando hacia la sucia y agrietada barra de ese maldito agujero, recolocándose una falda demasiado ajustada para mantenerse en el sitio. 

—Uno de esos, chico —le dijo al camarero señalando mi botella y apartando la negra melena de su rostro exageradamente maquillado. El chico lanzó un vaso desde el otro lado de la barra, se deslizó, y unas manos con manicura barata y estropeada lo frenaron—. ¿Puedo acompañarte? —preguntó.

Ni siquiera la miré, le acerqué la botella y ella misma se sirvió. Durante un rato no dijimos nada. Éramos dos personas compartiendo una botella de whisky en el silencio de un sucio y asqueroso local de almas perdidas.

Mi mente me transportó a esa mañana, a ese momento donde mi vida cambio y congeló mi corazón. Aún podía oler su sucio aliento jadeando mientras me tomaba, mientras me forzaba, haciéndome callar, apagando cada brizna de esperanza que quedaba en mí. Sentía sus manos fuertes agarrando mi cuerpo para penetrar su hombría y arrancar el poco orgullo que había ido robándome entre moretones y palabras letales. No sirvieron sus disculpas esta vez… Sus palabras envenenadas. «Relájate», me decía intentando hacerme entender que lo que había pasado no era tan malo o que, quizá yo, me lo había buscado.

Relájate…

—No soy buena compañía —le dije haciendo una fisura en esa monotonía que habíamos creado sin conocernos—. Pierdes el tiempo.

—Quizá no me intereses tú y tan solo me haya juntado a ti para aprovecharme de tu botella —contestó bebiendo de un solo trago lo que le quedaba en el vaso—. De paso, me quito de encima a todos estos tipos que te miran con envidia.

—¿Envidia? Ya saben lo que eres, si no es hoy, te conseguirán otro día.

—No te equivoques —contestó sin dar señales de enfado por mis palabras—. Al final yo elijo a quien me tiro y a quien regalo mi tiempo, ¿tú no? —Me sonrió—. ¿Qué haces por aquí? No eres el tipo de mujer que frecuente estos sitios.

—Olvido —respondí tajantemente sin ganas de dar explicaciones—. No tardarán en venir a buscarme.

—Ese corazón necesita adrenalina para recuperarse —comentó cogiendo mi mano y apoyándola en su muslo—. Déjame regalarte un buen rato.

—¿De verdad crees que eres tú lo que necesito? —le pregunté llenando nuestros vasos—. ¡Ni siquiera sabes lo que he hecho!

—¿Algo malo? —preguntó clavando su mirada en mí—. ¿Has acabado con tu dolor?

—No.

—¿Te arrepientes?

—No —Volví a decir relamiendo el whisky de mis labios.

—¿Volverías a hacerlo?

—¡He acabado con su vida, estúpida! —exclamé entre dientes para que no me escuchase el resto de los allí presentes—. Todo parecía perfecto…

—¿Te humilló?

—Sí —le respondí volviendo a beber con la mirada perdida en mis recuerdos—. Golpeé su cabeza hasta que dejó de moverse; apenas podía ver su rostro cubierto de sangre y…

—Shhhhhhhhhhh… —me dijo poniendo su dedo en mis labios—. No digas nada más. Déjame que te arranque ese dolor que te oprime el pecho.

Agarró mi mano, cogió la botella, sonrió al camarero y me llevó al fondo del bar. Nadie nos miraba ya. Entramos en una pequeña habitación, acarició mi cara y se sentó en un viejo sofá. Me puse frente a ella. Sentí lástima por esa mujer. Mientras, ella desabrochaba mi pantalón, lo dejaba caer y suavemente acariciaba la parte interior de mis muslos.

—Olvídale —me dijo—. Ya has acabado con él —Bebió un trago de la botella y me la ofreció—. Déjate llevar.

—Lo he matado… —Volví a decir mientras acariciaba mi sexo, haciéndome estremecer, y el whisky embriagaba mi culpa.

—¿Y qué? ¿Cuánto hace que él acabó contigo? —respondió suspirando al verme jadear entre sus manos—. ¿Cuánto hace que dejó de hacerte sentir como una mujer? ¿Cuánto tiempo sin ser tú misma? —preguntó mientras mi cuerpo temblaba de placer sin apenas poder mantenerme en pie.

La habitación comenzó a girar al mismo tiempo que mi sexo llegaba al éxtasis. Me sentí confusa, asustada, desubicada… Ella me miraba ansiosa, se quitaba la ropa lentamente mientras yo intentaba encontrarme a mí misma en esa fría habitación. Acariciaba suavemente mi piel y susurraba repetidamente en mi oído que disfrutase del placer para mitigar mi dolor. 

—Relájate…

Algo cambió en ese instante.

Golpeé la botella contra la pared salpicando la estancia con la falacia dorada que corría por mi cuerpo, y que había conseguido que me evadiese engañando a mis deseos y sucumbiendo a los suyos. Apreté los dientes, presa de mi ira y mi rabia, por haber escuchado esas palabras en forma de susurro. Saqué fuerza de donde pensé que no quedaba y clavé el afilado y punzante cristal de la botella en su corazón. Sus jadeos frenaron al instante para convertirse en una sorda queja mientras intentaba levantarse con la mirada perdida y acristalada, por las lágrimas que, cautivas, se negaban a escapar. 

—Shhhhhhhhhhh… —le susurré al oído—. Relájate… 

Arqueé mi cabeza para mirarla de nuevo y capturar su último aliento. —Relájate…

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