CARLOS TÁVARA

Cuento ganador del concurso «Historias de mi pueblo 2019», en San Carlos, Uruguay

Nunca piensen que lo han visto todo. Dicho esto, tampoco pretendo que crean lo que tengo que narrarles. Lo saben unos cuantos amigos, aunque siempre se despiden preguntándome si fue cierto o es pura invención mía. Mi esposa y mi hija son las únicas personas que no han dudado de ello; no tuve que jurarles ni por Dios ni por el diablo ni por nadie. ¿Qué razones puedo tener para inventarme semejante cosa? Algunos habrán dicho que tengo problemas mentales, pero se equivocan.

Pensarán que tengo alguna afición por lo secreto y lo oscuro, mas no es así. Las historias no pueden ser solo parte de la ficción. Es difícil de explicar esta historia, sin que a mí, el personaje principal de este enmarañado suceso, se me escarapele el cuerpo y me den esos chuchos que no son fáciles de olvidar. Tuve que tomar, durante dos semanas, varios sorbos de agua bendita al amanecer, ya que el viejo Polonio me dijo que eso era cosa del diablo, que no debía dejarme así nomás. Y no vayan a pensar que he tenido mala vida en mi juventud. El buen asado y el vino han sido parte de mi diario vivir. Ya les decía, el viejo Polonio —nombre que me he inventado para mantener su identidad fuera de sospechas o de injurias— me pidió que fuese a su casa, a la semana siguiente de ese acontecimiento.

—Usted debe venir para quitarle el susto—, me dijo, sin titubear.

—Véngase a las once menos cuarto, que a esa hora ya ni los carros pasan por estos lares y el silencio se presta para sanarlo.

Así lo hice.

Le mencioné a mi esposa que iba a visitar al viejo, que no aguantaba del susto. Por las noches se me aparecía esa imagen tenebrosa. ¿Quién más para entender lo que realmente estaba pasando por mi mente, sino un brujo? No de esos de medio pelo, de esos que te enseñan muñequitas sin ojos y con fotos pegadas al cuerpo. Este era de los buenos; él era capaz de curarte de cualquier mal aire que te hubiese entrado así como así, y eso lo sabían las personas afincadas en San Carlos, por eso lo recomendaban entre ellos; se decía que comía yararás y se tomaba el veneno.

 Ocurrió una noche de agosto. Hacía demasiado frío y se me averió el auto de pura casualidad. Es así como nos llega la mala suerte y puede repercutir durante el resto de nuestra existencia. Quedé parado a la mitad de la ruta 39, esa que va a San Carlos, esa que he recorrido a veces en auto y a veces a caballo. Mi viejo nos decía que hay horas de la tarde donde uno no debe de andarse por allí, buscándole pretextos al destino. Eso pasó. Había quedado con mi mujer en que llegaría temprano para prender la leña y comer un buen asado. Me pidió que no demorase, que las cosas se estaban poniendo muy complicadas con eso de los ladrones y el frío. Así fue.

El auto no me quiso prender por nada del mundo. No voy a decir que le hacía falta mantenimiento, ya que se lo había dejado al negro Milton para que me lo arreglara, y no iba a dudar de sus capacidades. Pero, maldita sea, no encendía. Si le hice contacto unas doscientas veces, es poco.

—Maldito auto—grité—. Al llegar a casa, si es que logro encenderte, te voy a rociar unos cuantos litros de nafta y te quemaré. Conmigo no se juega. ¿Qué le diré a Teresa, dime? Sí, seguro. Te dio la gana de estropearme el día y te apagaste.

Recorrí el auto, pero encontré todo en su debida forma y lugar. Ya estaba muy oscuro. Lo único que me dejaba ver algo en medio de esa penumbra eran las luces delanteras, como si de ellas se desprendiese un gran poder, un fuego abrasador. Entré al auto: esperaba tomar las fuerzas necesarias para llevar, empujando, poco a poco, ese gran dragón de acero que se había dormido a media ruta. Respiré hondamente. «Vamos que tú puedes», me di aliento. Abrí la puerta y, en una buena posición, me dispuse a empujar. La carretera no ayudaba en nada, algunos baches me hacían perder la continuidad de los pasos. Parecía, por momentos, que, en vez de avanzar, estábamos retrocediendo.

—Esto no nos va a poder. Ya verás cómo llegamos sanos y salvos, y mientras estés envuelto en llamas, bailaré y tomaré una buena caña. Sí, invitaremos al negro Milton y a su mujer, al compadre Pololo y a todos… Sí, y los que quieran llegar, que lleguen, no va a pasar nada. Tú demorarás en apagarte y yo festejaré —dije.

Empujaba y, a ratos, me quedaba dentro.

—Espera… ¿Te fijaste qué hay allá adelante? No sé… Es extraño que alguien se haya estacionado a media ruta.

Apagué las luces. Allí me quedé a ver qué pasaba. Ese auto estaba estacionado a unos doscientos metros. No vienen al caso aquí las explicaciones de qué modelo o qué marca o qué color, porque fue el hecho lo que quiero narrarles. Así estaba: en medio de una infrecuente ceguera nocturna y a la espera de algún extraño suceso.

—¿Qué pasará allí dentro? —pregunté.

Trataba de distinguir si había una o dos personas, si salían del auto a ver qué ocurría. Les podía estar sucediendo lo mismo que a mí. Nada de lo que pensaba era acertado. Se quedaron durante un largo rato con las luces apagadas.

—Ya prendieron la luz —dije.

Me quedé atento para ver lo que pasaba. Empezaron a forcejear. La persona que acompañaba al conductor abrió la puerta y echó a correr. Pidió auxilio y casi pude oír ese grito a mi lado, pero fue en vano. El conductor salió, se quedó parado a pocos metros del auto, sacó una pistola y disparó una vez. Después de eso, caminó hasta donde estaba la persona herida y volvió a disparar varias veces más. Dudé un poco de mis intenciones de observador y pensé en huir despavorido, aislarme completamente de ese asesino.

No hice nada; me quedé en el auto, bien escondido tras el volante. ¡Era un crimen! ¿Sería cómplice de ese hecho tan nefasto? El conductor, que con mucha serenidad se quedó parado frente al cadáver, regresó al auto, lo prendió, dio media vuelta y se fue. «¡Qué noche de mierda! ¿Y si la policía inicia las investigaciones y me presenta como testigo y el tipo se entera de que fui yo quien lo delató, quien estuvo esa noche? ¡No! Eso no podía suceder…», pensé.

Transcurrió un buen rato y decidí dar la vuelta y regresar. No me importaba la distancia que tenía que hacer o el esfuerzo que tenía que ponerle a ese retorno. La situación no se prestaba para cuestionar el porqué de lo sucedido. Escuché una voz que me pedía ayuda en medio de tanta excitación.

Me detuve. Pensé. Algo en mi interior me pedía que fuera hasta el sitio donde estaba la víctima y ver, de cualquier forma, la manera de ayudar. Caminé lo más rápido posible. No es muy agradable encontrarse en medio de la nada, con el cielo totalmente oscuro y con un crimen a unos cuantos metros. Meditaba sobre lo que tenía que hacer en caso de que la persona siguiera con vida —era casi imposible, pero algo en mi interior guardaba una pizca de esperanza—, y sabía que si no era así, iba a tener que hacer lo necesario para ayudar. ¡Incontables preguntas, que se respondían solas, se apoderaban de mi ser! Puse todo mi esfuerzo, pero fue demasiado tarde. Me coloqué en cuclillas para ver de cerca el cuerpo sin vida. Con mis dedos recorrí su silueta. Me di cuenta de que era una mujer.

—¡Carajo! Esto no puede estar pasando. No importa lo que suceda, tengo que dar parte a la policía. ¿Quién puede ser capaz de hacer esto? —dije.

Una luz blanca, incandescente diría yo, se fue acercando. Cuando se estacionó cerca de mí, bajó un tipo de buen porte, se aproximó a preguntarme qué pasaba, si necesitaba ayuda. Le dije que no, que por casualidades del destino mi auto se había apagado y no quería encender; que iba caminando con dirección a la estación de servicios, cuando me encontré con el cuerpo de aquella mujer. No se mostró para nada mortificado. Algo me hizo pensar que ese hombre podía ser el asesino. Fue amable.  Me dijo que él se haría cargo del cuerpo, que iría a la comisaría de San Carlos y daría cuenta de lo sucedido. Subimos en su auto y llegamos hasta donde estaba el mío; me pidió que entrara, que él entendía un poco sobre mecánica y que solucionaría el problema. Así fue. Levantó el capó del auto y no sé qué cables movió el extraño hombre que, cuando me pidió que hiciera contacto, este se encendió.

No pensé en el tiempo que tardaría para llegar a casa. Estaba pálido; no emití ninguna palabra durante esa noche. Para ser exacto, después de acostarme, tuve una terrible pesadilla: regresé al mismo lugar de los hechos, con la misma oscuridad, con el mismo olor a pólvora que emanaba del cuerpo de aquella mujer que yacía tendida en el suelo, con los charcos de sangre que estaban empozados muy cerca de ella. Y sus ojos… esos ojos que pedían ayuda y que reflejaban una angustia devastadora.

Y nada desde entonces ha sido lo mismo: me despierto todas las noches —ahora con menos frecuencia que antes—, y la veo, me dice que no me olvide de lo que pasó. El viejo Polonio me ha dicho que no puede curarme de eso, que es cosa del diablo. Me he bañado con la sangre de algunas gallinas negras, y nada me ha dado resultado. Los perros que tengo para cuidar la casa, aúllan, y es raro que los vecinos no se hayan quejado del ruido, parece que solo yo los oyera, que fuera mío ese pesar. Para visitar a mi madre, he pasado por el mismo lugar, he tratado de ver algún rastro del asesinato, pero nada. Es como si fuese parte de mi imaginación aquel suceso, y eso me hace dudar de mi propia realidad. Parece que la ruta se hubiese tragado a la muerta y que aquella gélida noche haya sido, más que cómplice, la sospechosa intelectual de ese crimen. Algo ocurrió en esa ruta; es lo único que puedo decir.

Un comentario sobre “La ruta 39

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