ALLTEUS

Rocío por supuesto. Su capacidad para alcanzar orgasmos es extraordinaria. Y Carma tampoco había finalizado.

Apenas una breve pausa para desengancharnos Pol y yo de nuestras circunstanciales parejas de cópula y sentarnos en cada uno de aquellos sillones de la habitación, tras desenfundarnos los falos de las gomas que habíamos usado, y ya podíamos contemplar la continuidad de la actuación.

Tumbada boca arriba en el centro de la cama mi Rocío, con las tetas apuntando al cielo. Gateando sobre ella Carma, con sus pechos balanceándose hacia debajo de forma que se rozaban entre ellos, endureciéndose mutuamente, contribuyendo a que de nuevo ambas hembras experimentaran el aumento de su deseo.

Carma, ya totalmente desnuda, se movía con precisión, sabiendo exactamente qué quería hacer con cada gesto. En el juego de los roces llevó sus pezones a la boca de su compañera de placeres. Vi, por primera vez en mi vida, a mi mujer lamiendo los pezones de otra hembra. Se dejaba hacer más que hacía, dirigida por la otra mujer, más experta y conocedora de las técnicas necesarias para ofrecer y recibir placer con otra persona del mismo sexo.

Pol abrió otra botella de cava, y para ayudarlas a refrescarse les alcancé una copa llena a cada una. Bebieron y jugaron con el líquido en sus bocas, que después, seguramente produciendo una nueva sensación de frescor en la piel, recorrieron los pechos de ambas, en besos de toda clase y forma, en lamidas diversas y todas deliciosamente excitantes para mí, convertido en espectador de aquella primera vez en que mi Rocío se entregaba a los brazos de otra mujer.

También Carma le recorría entero el cuerpo con sus manos, tocándola en todas partes, buscando con cada roce arrancarle suspiros de placer. Guiada por aquella orientación, encontraba sus rincones con certera precisión. Se enroscaban las lenguas y permanecían en interminables besos mientras sus muslos se cruzaban, entrando entre las piernas de la otra, frotando arriba y abajo con movimientos de las caderas adelante y atrás, pero sin separar los pechos ni las bocas.

Intuí, más que observé, al menos dos corridas de mi mujer en aquella posición, apretada contra el muslo que la presionaba y presionando, ella también, su pierna contra el coño que se rozaba en ella.

Deshecho el abrazo, veía desde mi asiento a Carma manipular entre las piernas de Rocío, que se retorcía de placer. En los días siguientes tuvo ocasión de explicarme, para mi sorpresa, que su compañera en la cama tenía una habilidad extraordinaria para provocarle una excitación superior a cualquier otra que hubiera sentido antes. Carma le introducía dos dedos en la vagina y con ellos, justo a la profundidad de un dedo extendido, realizaba movimientos de ganchito, oprimiendo su pared vaginal frontal, como si quisiera tocar la piel del vientre desde dentro, como si quisiera apretar el hueso del pubis sacándolo hacia el exterior, pero sin especial fuerza. Unos movimientos que realizaba -me decía- a una velocidad vertiginosa, para de repente combinarlos con un movimiento lento que la hacía enloquecer a la espera de la reanudación de aquellos otros frenéticos.

Una manipulación que en ocasiones acompañaba con unos besos también inigualables en la parte exterior de su coño, lameteando el clítoris, o los labios, o sorbiendo uno y otro en alternancias imprevisibles y siempre arrebatadoras.

También ella lo hizo. También por primera vez pude contemplarla amorrada entre las piernas de otra hembra.

Ella, que es perspicaz y aprende rápido, estoy convencido que puso en práctica las técnicas que Carma desarrollaba con ella, intentando imitarla para devolverle algo de la tremenda excitación que la otra le provocaba.

Pero si puede medirse esto como las competiciones deportivas, el tanteo era abrumador.

Fuera la reconocida facilidad para alcanzar orgasmos de Rocío, o fuera por la extraordinaria habilidad de Carma, la cuenta quedaba desequilibrada. Perdí el cómputo de las veces que mi mujer se desmoronaba en una corrida, y apenas hubo un par de ellas en que la mujer de Pol hiciera lo mismo.

Mientras, mi cipote se había puesto morcillón de nuevo. Es imposible asistir a una situación como la descrita sin que la excitación te inunde, aunque acabes de tener una descarga. Más si, desde esa lechada anterior, ya había transcurrido una hora de ininterrumpido encuentro lésbico. Sabido es que esa relación -nadie me pregunte por qué- excita especialmente a los hombres.

Yo no era una excepción.

Pol tampoco.

Sentado en su sillón, contemplando a las dos mujeres con el fondo de la ciudad iluminada penetrando a través de la pared de cristal, se pajeaba lentamente, sin prisas, con la polla también morcillona, sin demasiada tensión, sonriendo y de tanto en tanto dando un nuevo trago de cava.

Rocío y yo tuvimos, en un momento en el que la actividad de ambas se había serenado, un cruce de miradas. La suya estaba todavía perdida en los recovecos de una reciente explosión de todo su cuerpo, a medio recuperarse de los efectos de la misma, la mía -creo- cargada de curiosidad por su nueva experiencia, de excitación por todo lo que estaba contemplando, de deseo de sentir algo más que aquella excitación del mirón que estaba sintiendo.

Pareció entenderme. Lentamente se incorporó… con un paso vacilante llegó hasta mi sillón para descargarse sobre mi cuerpo, tumbada sobre mí, desmadejada, pero suave y cálida como siempre.

Al poco, se deslizó hasta el suelo enmoquetado, situando su cabeza entre mis piernas. Buscaba darme algo más, gastarme del todo, agotarme el placer sin dejar ningún resquicio para conservar un resto de deseo.

También se acercó Carma. Arrodillada junto a Rocío, ambas me ofrecieron una nueva experiencia nunca antes vivida. Sus manos, tres, y sus bocas, dos, me buscaban los rincones del placer en toda la piel, especialmente en mi sexo. Dos manos sujetándome las bolas, tirando hacia atrás de ellas para que el tronco luciera más, despegado del cuerpo y con el capullo totalmente descubierto, reluciente por sus salivas impregnadas.

La otra mano de Carma buscaba un punto muy especial de mi cuerpo.

Entre las nalgas, sin dejar de recorrer con una mano de arriba a abajo el tronco de mi sexo, se acercaba ondulante, suave, lentamente, a la entrada del culo.

Un dedo que con toda precisión sabía encontrar el lugar exacto en el que su contacto me producía un respingo y cosquilleo, al mismo tiempo que una sensación de placer. De nuevo sus conocimientos médicos le servían para moverse en mi piel con perfecto conocimiento.

Entró.

Por primera vez entró por mi culo un cuerpo, su dedo, que si bien al principio provocaba una sensación extraña, de invasión, al poco tiempo y una vez ligeramente relajada mi tensión transformaba la sensación molesta en un plus de excitación difícil de describir.

Frotaba ligeramente, apenas unos tres o cuatro centímetros dentro de mí, provocándome en aquel punto una gran concentración de sensaciones placenteras. Ese dedo, más sus labios, más su lengua, más las caricias de Rocío, más la mirada de mi mujer, mirada medio de vicio y medio de curiosidad científica, me llevaron al límite.

Me corrí en su boca. Totalmente hundido en ella, con las manos de mi mujer sujetando todavía mis bolas y su nariz pegada a mi pelvis, solté todo lo que me quedaba.

Me descargué en aquella boca mágica de Carma sin que ella rehusara recibirla. Al contrario, cuando mi intención era retirarme ante la evidencia de la inminente resolución, me sujetó con fuerza para mantenerme bien clavado por su dedo y entre sus labios, asegurándose mi permanencia en aquella dulce prisión. Sólo cuando la intensidad estaba disminuyendo aflojó algo la penetración, para todavía proporcionarme unos últimos latigazos de placer al dejar deslizar mi capullo hasta sus labios, retenerlo allí y sorber de nuevo con fuerza, dejarlo ir después otra vez para repasarlo entero con su lengua.

Desconozco la razón, pero no hay hombre que no se rinda ante una mujer que sabe cómo complacerle con la boca. No hay ninguna razón que se me aparezca convincente para justificar esa realidad, pero lo cierto es que si una mujer no le hace ascos al sexo oral y, por el contrario, lo utiliza de forma hábil, para darle placer a un hombre, tendrá al receptor de tanto placer tendido a sus pies para siempre.

Disfruté, sin duda, la mejor mamada que me han hecho, junto con algunas otras que también me ha realizado Carma en las tres ocasiones posteriores en que, en todos estos años, hemos vuelto a encontrarnos.

Aplacada mi inquietud, quedaba Pol todavía por calmar, morcillón como seguía y sin dejar de tocarse él mismo. Ambas se aplicaron. Prácticamente las mismas acciones que habían realizado conmigo, en un ejercicio de igualdad de trato conmovedor, como si un principio de justicia elemental exigiera que ninguno de los dos pudiéramos sentirnos tratados diferente o peor.

Y la misma boca recibió lo que soltara su aparato, poco o mucho, entre gruñidos de placer y sacudidas de todo su cuerpo.

Y el mismo dedo le perforó el culo. A él, según pude observar sin problema, debía tenerlo muy acostumbrado a esa caricia, porque no le hizo falta humedecer sus dedos para clavárselos, conseguía introducirle todo el índice sin problemas y los movimientos de entrada y salida eran mucho más amplios y bruscos que los delicados y sin apenas recorrido que me había hecho a mí.

Al finalizar, ni un rastro quedaba en los labios o en la boca de Carma, que seguidamente se sirvió una nueva copa de cava para beberla mirándonos a uno y a otro, en una especie de dedicatoria y demostración de que había sido capaz de engullir sin hacer ascos hasta la última gota de nuestro semen.

Poco más teníamos que decirnos.

Un último brindis, unos últimos besos. Vestido yo con pantalones y americana, lo justo para no parecer totalmente desnudo, el resto de ropa en la mano, Rocío con su vestido burdeos y también el resto de ropa en el brazo, calzados pero sin abrocharnos los zapatos, recorrimos el pasillo de las habitaciones hasta la nuestra, sin importarnos que las cámaras de seguridad recogieran nuestra imagen de parranderos juerguistas y trasnochadores, con los cuerpos vencidos de cansancio y el alma llena de emociones hermosas, sin importarnos tampoco -aunque no sucedió- que alguna puerta pudiera abrirse y sorprendernos medio desnudos volviendo a nuestra cama.

Las siete.

Han sido diez horas desde que nos encontramos para cenar con ellos.

Una noche perfecta.

Tuvimos que pagar una estancia más. No nos despertamos hasta bien pasado el mediodía, pero no perdimos el Ave, lo habíamos reservado para última hora de la tarde, pensando en aprovechar un poco más el viaje a Barcelona.

El monótono, balanceante y apenas perceptible traqueteo del AVE nos adormecía de vuelta a casa, cansados todavía de los excesos de cama realizados, amodorrados uno junto al otro, perdidos cada uno en nuestros pensamientos, recuerdos o ensoñaciones.

-¿Qué pasa?

Me desperté sobresaltado. Eran las 3 de la madrugada y me sentía algo desorientado. Por unos segundos no sabía dónde estábamos, ni por qué Rocío y yo estábamos tan alterados.

Habíamos llegado el día anterior a Chiclana. Vacaciones de verano, 15 días en un chaletito muy cuco, en primera línea de la playa de la Barrosa, en la zona más cercana a las dunas de Sancti Petri.

Con Carlos y Loli. Los cuatro.

No eran las primeras vacaciones juntos. Pero en las anteriores habíamos estado en hoteles. Por primera vez compartiríamos vivienda en forma comunitaria. Años más tarde lo hemos vuelto a hacer, pero ya con hijos la convivencia es diferente, mucho más centrada en sus necesidades que en la diversión propia.

De hecho, aquel año -2006- fue el último con tanta libertad, porque en el siguiente ya nació el niño, el mayor de nuestros dos hijos.

A mi lado, Rocío estaba igualmente asustada, despertada, como yo, por aquel grito profundo y penetrante.

-¿Qué le pasa a mi hermana?

Las paredes del chalet, pura apariencia todo, eran más finas que el papel de fumar. Lo que estaba sucediendo en la habitación de al lado se escuchaba con todo detalle en la nuestra, e incluso amplificado de forma que, estoy seguro, podía escucharse mejor que en la otra.

Un grito agudo y reiterado, penetrante, un quejido que se prolongaba de forma exagerada, apenas se interrumpía un instante y continuaba con el mismo tono y la misma intensidad…

A punto estuvimos de irrumpir en donde estaban Carlos y Loli, dispuestos a socorrerla.

Superado el impacto inicial, escuchando que aquellos gritos se acompañaban de un jadeo profundo y discontinuo, y de alguna interrupción cargada de interjecciones o para hacer indicaciones que tenían un contexto imposible de confundir, acabamos los dos riendo en silencio, para no molestar, alertados ya de la falta de aislamiento acústico de las estancias de aquella casita, siendo testigos sonoros durante la media hora siguiente del disfrute sexual de nuestros familiares y convecinos.

Silenciamos cualquier expresión, divertidos por la anécdota. Durante una media hora fuimos partícipes auditivos de un polvo apasionado, lleno de la fuerza de su juventud.

Y supimos así la forma tan poco ortodoxa que Loli tiene de externalizar su placer.

Finalizaron al cabo de un rato… Poco después oímos unos pasos por el pasillo al que daban ambas habitaciones, la puerta del baño y un breve trasteo en el interior.

Seguramente ella –pensé- que habrá ido a limpiarse y a mear.

Pero ya estábamos despiertos y divertidos por el descubrimiento. Bien mirado, creo que fue la primera vez que caí en la cuenta de que Loli era también un sujeto sexual, es decir, una persona con capacidad para tener esas relaciones, sentir deseos y satisfacciones… en definitiva, una mujer, sin más calificativos.

Tampoco era ajena a mis sensaciones Rocío. Con la cara enrojecida de tanto aguantar la risa, en voz muy baja, apenas murmullos entrecortados por carcajadas silenciosas, hacíamos comentarios burlones sobre lo escuchado, pero ya estábamos desvelados, con la descarga de adrenalina sufrida y la excitación que se nos había contagiado tras media hora de audiopornografía.

Fue el polvo más extraño de todos los que hemos compartido.

Por un lado, la sensación de secretismo era excitante. Como si hubiéramos estado en casa de sus padres y lo hiciéramos a escondidas, procurando no ser descubiertos por Don Alfonso y Doña Angustias.

Por otro, el control consciente y absoluto de los sonidos, de todos los sonidos, introducía una dificultad considerable a la concentración en el placer.

Procuramos que la cama no chirriase, que los jadeos no fueran sonoros, que los choques de los cuerpos no se percibiesen en aquel chop chop con que los fluidos acompasan las embestidas de los sexos…

Ignoro si conseguimos tanto sigilo, pero puedo afirmar que un polvo mudo es una experiencia vital sorprendente.

En el resto de las vacaciones no volvimos a escuchar, salvo en una ocasión, aquel festival sonoro tan inconfundible. Sin duda, las hermanas lo hablaron. Con toda seguridad, mi Rocío desveló a su hermana nuestra audición de madrugada, con el efecto derivado de coartar su actividad sexual. Al igual que nosotros tuvimos que silenciarnos o buscar momentos en que la otra pareja no estuviera en casa para dar suelta a nuestro deseo, supongo que ellos hicieron lo mismo, en una mutua hipocresía que hacía desaparecer, en nombre de mantener la intimidad de los actos, la espontaneidad en las prácticas sexuales de las dos parejas.

Sólo una excepción a esa nueva regla se produjo. Fue el último día de vacaciones, la última noche más bien, tras recorrer diferentes chiringuitos y baretos que no sabría identificar, pero que estaban esparcidos por las calles de aquella curiosa ciudad, bautizadas con nombres de especies marinas, tras beber cerveza y picar cañaillas en la calle del Atún, beber más cerveza y picar gambitas en la calle del Bogavante, beber todavía más cerveza y picar no sé qué en la calle de la Cañailla, y beber más y más cerveza y volver a picar algo en la calle de la Caballa…

Acabamos con más desparpajo que nunca volviendo a la casa aquella, para verter ríos de orina –sonora también-, por turnos, y retirarnos a las habitaciones en las que cada pareja, esta vez con ninguna prevención sobre las posibles escuchas, nos dedicamos al fornicio conyugal.

Debo reconocer, no obstante, que no me interesó especialmente prestar atención a los ruidos, sea porque aún no había desarrollado mi actual interés por ampliar el marco relacional de mis actividades sexuales, sea porque la cogorza no me permitía estar pendiente de demasiadas cosas, o ves a saber por qué sería ese desinterés.

O quizás porque en el periplo enogastronómico por aquellas singulares calles había echado en falta alguna especie de marisco muy apreciada, y para compensar su carencia decidí hartarme de almeja fresca viva.

Es sabido que dos muslos de hembra en sazón, apretados contra las orejas, dificultan considerablemente la audición.

Lunes.

Dos días y nos metemos en julio.

Un mes de julio atípico, tras lo sucedido esta primavera. Veremos qué me encuentro esta semana en el despacho. El mes de julio acostumbra a ser de locura en los despachos de abogados, y éste todavía más, algunos jueces han aprovechado para sacarse de encima el trabajo atrasado durante años y su producción se descarga ahora sobre las partes de los procedimientos, sin ninguna piedad, obligándonos desde hace ya un mes a un ritmo imposible de aguantar.

-Rocío… ¿los niños están de campamento de verano la semana de la fiesta de Santiago, no?

Mientras me anudo la corbata, le hago la pregunta. Sé que está despierta pero remolonea en la cama, perezosa, con ese camisón transparente con el que más que taparse se exhibe, mientras en la mesita descansa el aparatito rosa de las ondas y los chupetoncillos con el que estuvimos jugando anoche.

-¿Qué estás elucubrando?

Me conoce bien. Se ha dado cuenta de la asociación de ideas. Si Carma y Pol estarán por aquí para esos días y nuestros hijos no, nuestras posibilidades de movimiento, actividades y desplazamientos serán mayores. Incluso…

Por eso le respondo con sinceridad.

-Si vienen esos días, si les atendemos o hacemos de anfitriones, será diferente si los niños están o no.

-Están desde el 13, hasta el 26. Creo que es domingo el 26 y volverán como el año pasado, sobre las seis de la tarde- me contesta, siempre con el calendario de las actividades familiares en su cabeza, sin perder nunca ni un solo detalle de los eventos de nuestros hijos.

-¿En qué piensas cuando dices hacer de anfitriones?

Nada se le escapa. Sabe lo que he pensado y es inútil ocultarlo.

-No… pensaba que si están por aquí ese fin de semana, y estamos solos, bien podemos invitarlos a comer o a cenar en casa ese sábado.

-¿Y a dormir no?- añade con un poco de sorna, sabiendo que eso es lo que sin decirlo he querido decir.

-A dormir también- concedo.

***​
Nada nuevo bajo el sol.

Los días van pasando, monótonos.

No hemos vuelto a cenar con Loli y Carlos. Dentro de la más absoluta normalidad, como otras veces en el mes de julio suspendemos las cenas compartidas, algo que a lo largo de estos años se ha venido produciendo de forma natural. Las cenas de empresa, de grupos, de amigos, las salidas de cada cual o de cada pareja con su entorno laboral o de ocio que acostumbran a preceder las vacaciones o las navidades, establecieron la regla no escrita de suspensión de las más íntimas y familiares de cada quincena.

-¿Sabes algo de tu hermana y Carlos? Hace tiempo que no les veo.

-Están bien. Ayer hablé con ella.

-¿Siguen eufóricos o ya han aflojado?

Me explica sin demasiados datos que nuestros jóvenes novatos intercambiadores se van moderando, pero siguen sin apagarse los ardores de un sexo redescubierto. Insisto en los comentarios mientras Rocío, pacientemente, me responde con tranquilidad y sin esconderme, creo, la información de la que dispone, pero sin entrar en detalles y pormenores que ignoro si ella, en cambio, conoce.

Dejo caer la pregunta, como si no tuviera mayor importancia.

-¿Cuándo vengan Pol y Carma, invitaremos también a tu hermana y a Carlos?

Tarda en responder. Detecto que la pregunta le ha sorprendido porque no tiene respuesta meditada. No lo ha pensado y sobre la marcha está ordenando sus ideas para contestarme.

Cuando eso sucede es muy previsible. Siempre responde a la gallega en estos casos.

-¿Tú quieres que estén?

La respuesta la tengo preparada. Adopto el tono de quien reflexiona en voz alta, una representación de naturalidad e improvisación que es muy diferente a la realidad.

-Bueno… eso tiene varias perspectivas posibles. Querer quiero… O sea, que me gustaría, porque podría ser de lo más… -Dejo inacabada la frase y remato con otra- Por separado con unos y otros ha sido bonito y ha funcionado bien ¿no?

Hago una pausa para ver su reacción, pero no dice nada. No deja entrever qué pasa por su cabeza en este momento.

-Pero claro -prosigo- sería también algo nuevo para nosotros… nunca hemos estado tres parejas juntas… eso puede salir bien y puede salir fatal, según como vaya ¿no?

La capacidad para hablar sin decir demasiado es una habilidad propia de mi oficio, y modestamente diré que en eso soy bueno… Enlazo otra reflexión…

-No creo que Carma y Pol tuvieran problemas, al contrario, ellos ya han tenido más experiencias y si les decimos que vienen creo que no van a poner dificultades, pero…

Nueva pausa escénica, para evaluar reacciones. El pero inquietante suspendido en la respuesta exige una continuación que Rocío espera.

-En realidad dependería más de si tu hermana y su marido quieren y pueden… Si no quieren pues no hay más que hablar, pero incluso si quieren igual no sé si en este momento están en el punto de hacer algo más o todavía deben madurar lo que están viviendo… No sé, eso es algo delicado, igual no tengo bastante información para formar opinión. Igual tú tienes más… y también conoces mejor a tu hermana… y también sabes mejor como son, porque siempre has sido más capaz de valorar las situaciones… no sé ¿tú que crees?… Bueno… tampoco te he preguntado si quieres, y eso es lo primero ¿no?

Un enorme rodeo, circunloquio que más que respuesta formula interrogantes y le devuelve la iniciativa en la contestación. Lo confieso, me juzgo a mi mismo en ese momento brillante y me siento lleno de autoestima por la forma de plantearlo, una forma pensada desde hace días y ejecutada con maestría.

-Es muy fuerte, sí- me responde, pero cae de nuevo en el silencio y continúa con la colocación de la ropa en el armario, la tarea que realizaba cuando iniciamos la conversación.

Sé que ya no me dirá nada del tema durante un tiempo. Horas, tal vez días, tiempo que necesita para meditar. Me pongo en su lugar -me digo a mi mismo-, que no cada día y a cualquier persona se le plantea la posibilidad de montar una orgía de tres parejas en las que una de ellas es tu hermana y su marido.

Para explorar la última posibilidad de obtener una respuesta, para no dejar el tema en silencio sin intentarlo, para no cerrar en falso la cuestión y dejar bien patente que espero una respuesta, hago un comentario final.

-Bueno… hoy es 4, faltan tres semanas, podemos pensarlo. Si es que sí necesitaríamos saberlo un poco antes para preparar a unos y otros con tiempo ¿no?

Tampoco me responde, simplemente esboza una sonrisa pensativa y hace un gesto de asentimiento con la cabeza.

¡Me conoce tan bien!

Sin pronunciar palabra se acerca, alarga su mano a mi entrepierna y con la palma abierta tienta toda la extensión desde las ingles hasta el vientre.

Constata lo que ella sabía sin necesidad de hacer la comprobación. No creo que fuera visible, al menos he tenido bastante cuidado en evitar que se notara, pero ella lo sabe. Desde hace un buen rato tengo la verga endurecida dentro del pantalón, tiesa de excitación al imaginar las posibilidades de un encuentro a seis, de esas tres parejas entregándose sin cortapisas a una relación sexual múltiple, al imaginar nada menos que tres hembras en celo y tres machos salidos revueltos, dando y recibiendo todo lo que un hombre o una mujer pueden dar en esas circunstancias.

Estoy trempado y ella lo corrobora con su mano, suave y amorosa, acariciándome.

Lo hace por unos segundos que me parecen infinitos, congelados en el tiempo y en el espacio, como una caricia que pudiera eternizarse para siempre en la memoria.

-Te quiero- acierto a decir un segundo antes de que ella retire su mano, abandonando la caricia, para seguir dedicándose al orden hogareño del sábado.

***

¡Cómo corre el tiempo en julio!

Se van los días sin darte cuenta. Parece que la vida, como en diciembre, vaya a acabarse después de este mes.

Las empresas parecen apresurarse en cerrar el curso, dejando listas antes de las vacaciones todas las cuestiones pendientes. Igual ocurre con los juzgados, que aceleran la producción de sentencias y otras resoluciones, para que el juez pueda irse de vacaciones, dejando nada más unos cuantos cientos de personas en espera de sus resoluciones, y no así a otros cuantos cientos más.

Rocío parece vivir en otro mundo.

Finalizado el curso, preparado el próximo sin problemas porque al fin y al cabo su materia no cambiará mucho de un curso a otro, emplea su tiempo en relajadas lecturas, placenteras sesiones de sol en nuestro jardín e interesantes conversaciones con nuestros hijos, que están llegando a una edad en la que tienen bastantes cosas que decir, cosas que ella sabe escuchar.

Apenas unos días para Santiago.

“Éste es un gran acuerdo para Europa y para España”, nos dice el Presidente del Gobierno en los telediarios.

“Se ha logrado gracias al PP” dice ese muchachito de dudosa cualificación académica que está hundiendo al partido de la oposición, diciendo cosas que nadie puede creerse.

“529 contagios más”, dice el locutor del telediario sin que parezca importarle a nadie…

¿Todo normal otra vez?

Puede que sí.

Faltan cuatro días para que Pol y Carma vengan a comer a casa.

Y Carlos y Loli, claro.

-¿Ya has decidido el menú?

No me contesta de inmediato, como si debiera reflexionar la respuesta. Por fin lo hace. Escucharla me tranquiliza.

-No te preocupes. Todo estará bien.

Sí. No debo preocuparme. Sé que ella está al mando y que no dejará -es su carácter- nada sin preparar hasta el último detalle.

-¿Has hablado con Carma?

-Sí- responde lacónica.

-¿Y con tu hermana?- insisto intentando ser partícipe de la preparación.

-También.

No me quedo tranquilo. Quiero saber en qué escenario estaremos el sábado. No me aclaran nada sus escuetas respuestas.

-¿Le has explicado quienes son Carma y Pol?

Ahora se ríe abiertamente de mí. Juega con mis inquietudes y me responde de nuevo lacónica y burlona.

-Claro. Le he dicho que son unos médicos catalanes amigos.

-Va… no juegues…

Me sonríe abiertamente. Su boca es una provocación cuando lo hace. Si no estuviera enamorado de ella, cada vez que me sonríe me enamoraría por primera vez. Me dispara directo al estómago.

-¿Quieres saber si vas a follarte a Loli otra vez?

Su pregunta me desborda hasta el punto de que no sé qué contestar. Por fin acierto a hacerlo con una frase absurda, una verdadera gilipollez.

-¿Crees que me importa eso mucho?

Me destroza con un monosílabo y una mueca burlona en sus labios.

-Sí.

Me importa, claro. Mucho. Es innegable. Pero me siento legitimado para interrogarla, pues en definitiva soy parte integrante, e importante, de ese partido por jugar.

Ella lo puede organizar, disponer, tratar con su hermana y Carma, incluso decidir qué sucederá en la comida. Yo no tengo esas mismas posibilidades o capacidades.

Pero eso no es obstáculo para que deba saber a qué atenerme.

Procuro hacérselo entender, mientras ella elude respuestas. Sabe cómo ganarme. Cuando llevo un rato argumentando, sin esperanzas, se acerca a mí, me besa buscándome la lengua con la suya y consigue que me calle para disfrutar de esa boca deliciosa.

-No te preocupes- me dice aprovechando un momento de respiro- todo está preparado.

Y, claro… yo no me preocupo, disfruto de esa boca, de ese cuerpo que se pega al mío, de sus pechos, en punta, clavándose en mi torso, de sus manos avanzando hasta el mismísimo volcán de mis placeres…

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