AURORA MADARIAGA

Capítulo 3
Los humanos son una raza que como un virus ataca su anfitrión hasta consumir todos
sus recursos naturales. Y hay una sola forma de combatir un virus. Por toda la
destrucción de la que eran responsables, lo eran igualmente de la que quizás fuera la
única razón que persuadiría al Príncipe Nuada de considerar un ápice de piedad con
ellos: el arte. A lo largo de los miles de años que llevaba de exilio autoimpuesto y de sus
cinco mil de vida, el Príncipe había sido testigo de un pequeño puñado de seres
humanos extraordinarios que habían dejado su nombre grabado con fuego en la
historia de este planeta. Filósofos, escritores, pintores, músicos. Todos compartían una
sensibilidad mayor que la de sus pares humanos ordinarios. Sensibilidad por el mundo
y la vida, una capacidad de visión y el don de traducirla en trabajos que para siempre
han quedado en los anales de la Tierra.
De todas las artes la que más tocaba al Príncipe en su fibra profunda era la música. La
cultura elfa también había producido memorables artistas, músicos y cantantes pero al
abandonar Bethmoora el Príncipe abandonó también todo contacto con su propio
origen pues, afuera del reino elfo no había forma de estar al tanto de sus quehaceres.
Durante los milenios de soledad intuyó en algún lugar de su ser que su hermana Nuala
era capaz de sentir su anhelo devolver y su nostalgia por la vida en familia antes que la
Gran Guerra contra los humanos explotara. Cuando la melancolía lograba ganarle la
batalla y quebrar su corazón de dolor, el Príncipe solía refugiarse en la oscuridad y
altura de los áticos del mundo. Las catedrales y su eco magistral junto a las lechuzas
que llegaban en búsqueda de refugio al igual que él. Los altillos de las torres de
vigilancia de los imperios humanos. Algunas abandonadas luego de la batalla, otras,
demasiado altas para los mismos humanos que las habían construido. Durante siglos
fueron las paredes y techos de las catedrales las que hicieron eco de la creación musical
humana. Cánticos y júbilos a su dios, improvisados instrumentos que con ahínco se
empeñaban en hacer sonar con armonía. Los palacios y castillos de los dueños de
sociedades humanas también habían sido testigos por siglos de la expresión artística
de sus subalternos. La música fue por centenares de años un lujo solo asequible a la
clase imperante y acaudalada. La avaricia, pequeñez y falta de empatía humana
siempre les impidió vivir en comunidades igualitarias.
Los últimos cuatrocientos años vieron el nacimiento de músicos humanos de singular
talento y don. De las catedrales, pasaron a construir teatros para mejor servir a la
expresión musical. Los adornaban con dignidad y elevaban sus escenarios por encima
de las butacas como muestra del estatus del artista y su posición para con los demás. El
Príncipe siempre se las arreglaba para escalar hasta la buhardilla más alta de tales
construcciones sin ser descubierto. Quizás fuera el temor infundado de los humanos
por la oscuridad o sus muchas actividades sin importancia que les impedían subir
hasta lo más alto de los teatros y revisar quién se escondía entre las sombras. Las pocas
veces que había sido visto, un rápido y certero golpe en la nuca silenció sus testigos sin
rastro de su paradero ni riesgo de muerte. Por sobre todas las cosas el Príncipe era un
guerrero noble. No mataría por la espalda sin razón como tampoco se enfrentaría a un
oponente sin experiencia ni arma digna para combatir.
Ahora sentado en el piso de madera y concreto del ático del Gran Teatro de Nueva
York, el Príncipe se acomodó con la espalda contra la pared de cemento. La pequeña
ventana de la buhardilla estaba a nivel del piso y miraba directo al escenario. Aquí a
decenas de metros en las alturas, los humanos almacenaban interminables pilas de
cajas con herramientas, vestuario, iluminaria y un sinfín de aparatos electrónicos cuyo
uso el Príncipe desconocía y no quería tampoco conocer. En la oscuridad casi total el
hedor a encierro penetró en sus fosas nasales. Fijó la vista hacia el frente donde un
débil halo de luz proveniente de las lámparas de lágrimas colgando por sobre la
audiencia cruzaba la polvareda a través de la ventanilla. El murmullo colectivo del
público llegaba claro a sus oídos. Se notaban inquietos. Al vuelo captó que
comentaban sobre el impacto subterráneo que hace cerca de una hora atrás había
producido el Elemental al romper de las cloacas hacia la superficie. Especulaban
burlescos y reían despreocupados. De pronto las luces bajaron su intensidad y la gente
guardó silencio. El aplauso se escuchó como marejada. El piano comenzó su relato.
Una suave melodía como una caricia. Y su voz. El Príncipe cerró los ojos y apoyó la
cabeza contra la pared. Inspiró profundo y suspiró cansado y aliviado en igual medida.
Loreto Clair. Su canto le recordaba a Ella Fitzgerald. El Príncipe solía encaramarse en
el altillo de este mismo teatro cuando en la década de 1940 la cantante de color
deslumbraba con su voz a ricos y pobres por igual.
Corrían los días cerca del último cambio de milenio por allá en 1999 cuando por
primera vez escuchó el bálsamo dulce de la voz de Loreto Clair. El mundo cayó a sus
pies. No había esquina de esta metrópolis urbana como de otras en el orbe que no
anunciara sus conciertos con ansias de recibirla y tenerla entre ellos. Carteles
promocionales con su rostro y nombre anunciando sus presentaciones, el sonido de su
voz emitido por aparatos electrónicos desde las casas y tiendas de los humanos y la
admiración transversal de ricos y pobres, viejos y jóvenes por su don. De eso hacían
casi diez años. El Príncipe se tumbó boca abajo en el suelo del ático, cruzó los brazos
por debajo de la cabeza y apoyó el mentón en sus puños. Quedó de cara hacia la
ventanilla. Agudizó la vista, a esa altura la cantante apenas parecía una muñeca
moviéndose en cámara lenta sobre el escenario. Algo en su voz no sonaba como antes.
Un dejo de miedo se colaba por entre su vibrato. Lucía cansada. Enferma. Enseguida su
centro se alineó con ella. La alarma se activó desde sus entrañas con la certeza de estar
en lo correcto. Siguió concentrado en ella. El público la premiaba luego de cada
canción con ovaciones y generosos aplausos. Para ellos no importaba si Loreto Clair no
se encontraba del todo bien, querían escucharla y habían pagado dinero por ello. Tal
era el valor que los humanos depositaban hasta en las cosas más nobles.
Al término del concierto el Príncipe descendió por la misma cornisa posterior lateral
por la que había escalado. Era la esquina más alejada de la vista de los muchos
admiradores de Loreto Clair que ya se agrupaban a la salida secundaria del teatro.
Llegó al nivel de la calle y se disponía a bajar a las cloacas por debajo del puente
Brooklyn cuando de súbito detuvo sus pasos. Rara vez en su vida había sentido algo
remotamente cercano a simpatía o cercanía por un humano. Esto era distinto. Era una
conexión y nacía desde la boca del estómago, subía por el pecho hasta cosquillear sus
extremidades y la punta de sus dedos. Y cuan imán lo llamaba hacia ella. Circundó la
cara posterior del teatro y se mantuvo apegado a la pared hasta ver desde el otro lado
de la esquina la entrada lateral. Un mar de gente vitoreaba y coreaba una canción de
Loreto Clair a la espera de avistarla por unos pocos segundos. Contra su mejor juicio
decidió vestir la capucha de su gabán para pasar desapercibido. Se coló entre la
multitud. De pronto la puerta se abrió y la cantante salió acompañada de dos hombres
fornidos que la resguardaban. El Príncipe se aproximó y trató de captar aunque fuera
un halo ínfimo de su energía. Logró abrirse camino entre sus admiradores
conglomerados en el área y llegar hasta el vehículo que la esperaba. Loreto Clair se
montó en el transporte. La ventana de la puerta era oscura mas a través de ella sintió
sus ojos sobre él. Duró un segundo. A pesar de los metales y cristal separándolos la
señal que el Príncipe percibió de ella fue clara como el agua: Loreto Clair se estaba
muriendo.

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