ALICIA SAMMIGUEL

Estaba hambrienta, sedienta de sangre.

Necesitaba sentir el miedo de esos malditos mortales al tenerme frente a ellos devorando su ganado. ¡Pero no! Ese miedo se había convertido en estupidez al intentar acabar conmigo para defender sus animales, sus aldeas y tierras. Aún sentía el escozor de sus lanzas en mi dura piel de cabra, el desagradable sabor a sucio humano en mis papilas gustativas y sus restos en mis colmillos de león. Mi cola de serpiente se enroscaba de dolor por las heridas que sus míseras antorchas le habían provocado. Olía a piel quemada, a heridas abiertas, a orgullo arrancado. Olía a venganza…

Necesitaba recuperarme, asumir que los mortales ya no me temían como antes y volver a mi esplendor para volver a crear el caos y el desconcierto.

Miedo. Necesitaba sentir su pavor…

Me relamí tranquila, aguardando con paciencia mi ataque para sorprenderlos. No había prisa, y los días pasaron sosegados para acabar de curar mis heridas.

Aprendí el valor de la perseverancia a través de mi padre, Tifón, en su lucha contra Zeus. Luchó hasta ser vencido y castigado con la vida para ridiculizar aún más su derrota. Pero luego estaba ella, mi madre, Equidna, esa ninfa que no abandonó a su dios y siguió sus pasos hasta ser castigada ella también. La alejaron de su amado y de sus vástagos; confinada en la soledad de una oscura y húmeda cueva.  La belleza femenina envuelta en la álgida piel de un reptil.

Necesitaba descansar.

Los días pasaron con la calma de mi letargo y de mi recuperación.

El sol emergía tímido tras las montañas que me separaban de mi festín. Me levanté tranquila, estirando cada pata para destensarlas, y moviendo mi cola en un zig zag de bienestar y excitación. Cerré los ojos al salir de mi oscura guarida hasta acostumbrarme a la luz de ese magnífico amanecer.

Yo, Quimera, iba a acabar con todos aquellos que se cruzasen en mi camino.

Comencé a correr a grandes zancadas; estaba ansiosa por llegar, hambrienta. Al llegar a la cima pude ver las endebles casas en las que se cobijaban y sentí lástima de ellos. Me relamí gustosa y gruñí. El eco de la montaña les avisó de mi llegada y rápidamente comenzaron a salir nerviosos y asustados.

Corrí hacia ellos, lancé mis llamaradas calcinando todo aquello que tocaba mi fuego. Les golpeé con mis garras, les sacudí con mi cola, escuché sus gritos, acallé sus rezos, devoré su ganado y arranqué toda esperanza que habitaba en sus corazones.

Apagué sus latidos.

Sentí su miedo.

Yo, Quimera, gané de nuevo.

Un comentario sobre “Quimera

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