LOLA BARNON

Finales del mes de Julio

Había pasado algo más de un mes desde que Jorge —lo de Andrés quedó únicamente para mí—, se fue de nuestras vidas. Un mes en el que Mamen y yo nos acoplamos de nuevo a la relativa monotonía de la vida convencional olvidándonos de experiencias y fantasías.

Habíamos vuelto a ser, como quien dice, una pareja normal. Aunque bueno, esto no es absolutamente cierto. Al menos, en lo que a mí me respecta. Seguíamos, como antes de meter a Andrés o Jorge en nuestras vidas, fantaseando y teniendo conversaciones picantes. Yo, quizá en menor medida, pero continuaba imaginándome a ella en brazos de otro y siendo virilmente penetrada en un entorno de sensualidad y excitación imaginado. Ella, con ese punto malévolo que poseía, me seguía el juego. Como antes de que Jorge entrara a formar parte de nuestras vidas. La única diferencia es que las conversaciones versaban sobre cuestiones anónimas. Sin nombres, ni situaciones que pudieran llevar a malentendidos o recuerdos menos atractivos. ​He de reconocer, que, aunque sea complicado de entender, incluso para mí, seguía evocando las imágenes que tenía bien almacenadas en mi cabeza y que me servían, sin error, a alcanzar unos orgasmos fáciles, explosivos y plenos. Andrés, Jorge para Mamen, virtualmente en mi memoria, continuaba en nuestra cama. ​Ella parecía haber olvidado las experiencias con él, e incluso con el dominicano ese, el tal Willy, al que yo también incluía de vez en cuando en mis fantasías, cuando ella me la chupaba o yo la penetraba en cualquier postura.

Yo creo que ya me eran imposibles de olvidar. Sí, no podía obviarlas y alejarme de ellas. Había sido tan intenso y excitante que yo solo con pensarlo, me empalmaba. Invariablemente, y creo que de forma disimulada, lograba conseguir que repitiéramos esas escenas que yo tenía tan bien grabadas y guardadas en mi memoria.

Mi decepción, si se puede llamar así, era porque me insistió en que todo había terminado, y no habría nadie más en nuestra cama. Mamen fue muy tajante, me dijo que aquella fantasía que habíamos hecho real, no volvería a tener lugar. Y yo, a sabiendas de que habíamos estado a punto de quemarnos, aún continuaba con esa querencia que sospechaba algo enfermiza.

¿Qué era lo que me volvía a convencer, sabiendo del peligro del que habíamos salido por poco? No lo sé. Quizá que por alguna razón mi imaginación cuadraba escenas y personas de forma aséptica, casi sin rostro o nombre. Alguien lejano, sin conexión con nosotros. Y, esporádico. Algo que sucediera una o dos veces, pero que no se convirtiera en una relación regular y, se podría decir, estable.

De alguna forma, pensaba que si no había un Jorge, un macho alfa tan claro y espectacular, la cosa podría haber sido diferente. ¿En qué sentido? Pues en el que Mamen, no se viera arrastrada a ese sexo tan atractivo. Sí, sé que no es muy normal, pero yo, pasado ese tiempo, continuaba con mis fantasías… 

​—No quiero saber nada de más experiencias… —me dijo un día tomando unas cervezas y unas tapas en un bar cercano al que solíamos acudir de vez en cuando a cenar de forma informal y rápida.

​—¿Nunca? —recuerdo que contesté sonriendo y albergando esa absurda esperanza de que aquello continuara de una forma u otra.

​—No, de verdad. Lo he reflexionado bien. Ha sido muy intenso y creo que insano… No es normal —me miraba entornando los ojos, asintiendo gravemente y cerrando la puerta a nuevas oportunidades. ​

Me quedé pensativo. En mi interior quería continuar con aquello. No sabía cómo, pero algo en mi interior me empujaba a pesar de la luz roja que se me encendió con Andrés. Me sentía entre inmaduro, irresponsable y enfermo. Pero también sabía que era algo muy fuerte lo que me pasaba. ​Me repetía a mí mismo que el error con Jorge o Andrés había sido buscar a alguien tan espectacular y que se convirtiera en un mente de Mamen. No en una aventura con punto y final. Algo esporádico, que sucediera alguna vez y se olvidara.

—Preciosa… —fui a decir que no pasaba nada, que éramos adultos, que a mí me había gustado, que disfrutaba con aquello, que no había problemas por mi parte… Fue en vano.

​—No, Nico. Se acabó —me insistió seria—. No quiero más experiencias de ese tipo por muy cachondos que nos pongan o excitante que sea. Me apetece una vida normal, corriente, con mi novio, salir a cenar, de excursión un fin de semana, con amigos y no estar esperando para quedar con alguien, que tú te excites y que al final nos expongamos a hacernos daño. ​

—A mí no me haces daño… —protesté ligeramente. ​

—Nico… Por favor. Sé sincero… No estábamos bien y ambos lo pasamos mal. No me intentes convencer de lo contrario. Era peligroso, ¿no lo viste? —Me miraba incluso suplicante—. Esto va en serio. ​

Y todo se hubiera quedado ahí, porque Mamen era obstinada, tenaz y cuando se le metía una cosa en la cabeza, la lograba. Su decisión, yo sospechaba, que podía estar fundamentada en que, en contra de lo que se supone que la nueva crisis nos empezaba a lanzar, a ella la habían promocionado y ahora tenía a su cargo dos personas más. Cobraba casi lo mismo, porque la subida había sido simbólica, pero para ella, y es entendible, significaba bastante. Y a mí me enorgullecía. Era como si la necesidad de concentrarse en esa nueva faceta laboral, le impidiera retomar aquellas tórridas folladas con Jorge.

Una nueva Mamen, más serena y responsable, parecía presentarse ante mí. Pero yo, de forma neutra y casi quirúrgica, y a pesar de sus palabras, albergaba esperanzas de que pudiéramos continuar con aquello que tanto nos ponía. «Algo esporádico», me repetí. «Sin la continuidad de Jorge». «¿Si solo es un día…? No puede pasar nada, no da tiempo a que nadie se enganche…» Me decía a mí mismo, una y otra vez, convenciéndome. ​

Yo estaba seguro de que a Mamen, a pesar de todo lo que me decía, le seguía atrayendo aquello. Sin tanta implicación, sin un amante fijo, sin llegar a conocer realmente a esa persona en cuestión… «Algo esporádico», retumbaba en mi cabeza.

Sí, era cierto que había habido peligro, no podría negarlo. Pero por errores nuestros, por no cortar a tiempo. «Eso no volverá a pasar», me decía constantemente. Pensé que tras lo de Jorge, yo había aprendido y controlaría mejor la situación. Entendía que con manejar la excitación de Mamen y no permitir esos excesos que no me gustaban y que escapaban a lo que yo entendía como parte de nuestra relación excitante, sería suficiente.

Sí, relaciones esporádicas, puntuales, sin continuidad, sin implicaciones… Esa era la clave, pensé. Pero no hubo manera. A pesar de todas mis ganas y deseos, no me quedó otra opción que aparcarlos y conformarme con la fantasía. Mamen fue tajante. ​También reflexioné acerca de que su enérgica negativa se sustentaba en el miedo a causar más daños a la pareja. Yo me lo tomé como que ella en absoluto deseaba que nadie se entrometiera en nuestra relación. Y, cómo no, me hizo sentir bien. En el fondo, no estaba tan mal vivir con normalidad. ​Por lo tanto, la vida continuaba. Ambos con nuestros trabajos, amigos, familias. Éramos, a todos los efectos, una pareja normal en un mundo normal.

Yo, en mi caso no notaba aún los primeros síntomas de la crisis que todo el mundo decía que se avecinaba. Las reformas de pisos caros y de restaurantes nuevos de diseño, había tomado un impulso que permitió adquirir un nuevo apartamento por la zona con el que aumentar las rentas que debían sostenernos si nuestros trabajos caían.

​Pero el verano es poderoso, y finalmente, todo se fue al traste. Y no me estoy refiriendo ahora al tema laboral. No, estoy apuntando al sexual. Como he dicho, seguíamos con nuestras fantasías, poniendo ese punto picante que a los dos nos gustaba, pero sin nombrar a Jorge ni a nadie en concreto. Era todo más impersonal, más aséptico. Y claro está, perdía parte de la gracia. Pero el verano, los bikinis y la piscina, jugaron a mi favor. O en mi contra…

Un día de los que bajé a la piscina, vi a Javier, un vecino policía nacional y divorciado, en animada charla con Mamen. Me sorprendí, porque hasta ese momento, tan solo se habían dirigido poco más que más que los consabidos saludos de vecinos cuando nos encontrábamos en escaleras, zonas comunes o en el ascensor. Era cierto que en las reuniones de la comunidad en las que coincidíamos, solíamos saludarnos y hablar algo, pero nunca más allá de cinco minutos. Nos llevábamos bien, en definitiva, pero teníamos poco trato.

Posiblemente aquella charla estaba siendo de las más largas que Mamen había mantenido con Javier. Sorpresivamente, allí estaba mi novia, riéndole algo a nuestro vecino cuarentón, policía y aún en buena forma. Tenía el pelo corto, canoso pero abundante, un cuerpo que a fuerza del gimnasio y disciplina se mantenía aún firme, y no mostraba un ápice de barriga, ni flaccideces, a pesar de los cuarenta y algo años que tenía.

Le vi gesticular con sus manos grandes y se rascó uno de sus anchos brazos. Me fijé en sus piernas musculadas y que su mirada, entre gris y azul, o de un azulado ya decaído, pero lobuno. Me recordaron al color de un depredador dispuesto a atacar. Cómo no, miraba fijamente a Mamen mientras ella reía. ​Me quedé a cierta distancia observándolos a ambos. Mamen, espectacular con ese bikini color granate o vino tinto, no muy llamativo ni tampoco de escasa tela, pero elegante y que realzaba sus pechos y su culo. Ella sabía elegir la ropa que se ponía, y ese día era un ejemplo perfecto. Tengo que decir que mi novia es una mujer muy atractiva. No diré que tiene una belleza de estrella de cine, pero es muy guapa, y en cualquier caso mucho más que la media que se estilaba en nuestra urbanización y las calles de Madrid. Tiene además, y creo que de forma innata, una elegancia discreta y modosa, nada estridente, pero que hace que un vulgar pantalón vaquero de hipermercado le quede y lo luzca como el del mejor y más caro diseñador. No se maquilla tampoco apenas, y si se pinta o utiliza sombras y delineadores, siempre es con discreción, resaltando todo lo bonito que tiene, pero sin caer en exageraciones.

Es una mujer que se puede decir sin pudor, que es atractiva aún con la cara lavada. Sus ojos color de caramelo, el tipazo que luce y unas tetas que aunque son operadas no se lanzan hacia adelante apuntando con exageración ni desafiando en exceso la ley de la gravedad, la convierten en un mujer muy atractiva y sensual. A mí, en particular, me encantaban sus tetas. Aborrezco lo antinatural, lo grosero y lo chabacano, o las grotescamente grandes y operadas. Las suyas, aunque de cirujano, son como toda ella, elegantes, sin estridencias en tamaño, volumen o elevación. Redondas, perfectas, duras y firmes. Poco más podría pedir…

Aquel día llevaba el pelo recogido en una cola de caballo que se movía al son de las risas que ambos se estaban echando a costa de, me pareció entender por cómo señalaban, de una de las señoras que más protestaban siempre en las reuniones de vecinos. Me acerqué despacio, atento a lo que hablaban, con mi bañador de medio muslo, mi toalla de hipermercado y una camiseta de hacía, al menos, diez años.

—Hola —saludé.

—¿Qué tal, Nico? Hacía tiempo que no te veía. A tu novia sí, pero a ti, hace un par de meses. «Mucho no me has echado de menos», pensé para mí.

—Le estaba contando a Mamen, que La vieja del visillo —así era como la llamábamos a la señora en cuestión—, se ha quejado porque el otro día estuvimos unos amigos en casa tomando una copa —se defendía, mientras Mamen se tapaba la boca y ocultaba una sonrisa de diablilla.

—Contigo está cabreada desde que su coche sin freno de mano se estampó contra la puerta del garaje y dio también al tuyo. No te perdona que la vieras. —Mamen tenía la gran virtud de mostrarse delicadamente malévola sin quererlo ni mostrando al más menor síntoma. Esa mezcla de elegancia y maldad era uno de sus puntos fuertes y ella, aunque me juraba que no se daba cuenta, no me lo terminaba de creer. Yo creo que no era tan inocente.

—Es verdad… Y luego me quiso denunciar encima.

—A un policía nacional… —apunté.

Javier era lo que se puede llamar un maduro que llamaba la atención. Por razones obvias de su profesión, se conservaba muy bien y en excelente forma. Se había divorciado hacía cinco años —nosotros nunca conocimos a su mujer— y ahora salía con una compañera de unos treinta y bastantes, también policía nacional, adscrita a la investigación de Patrimonio Artístico. Era lo que yo recordaba que me había contado en la una reunión de vecinos.

Javier tenía la cara cuadrada, con algo de fiereza en el rostro. Mandíbulas prominentes, duras y nariz recta, fina. Lucía un par de tatuajes en los brazos, no demasiados ostentosos. Nunca lo calificaría como guapo. Quizá, interesante.

—Bueno, pues por lo que sea, pero no me traga… Y os aseguro que la reunión no fue nada ruidosa. De hecho, estábamos unos diez o doce, únicamente. Cuando llegaron los municipales y me identifiqué, pues imagínate… Entraron en la casa para comprobar, y claro, nada de nada. La música salía de un altavoz de un móvil, de esos de mercadillo, así que, ya me dirás.

Todos reímos, pero solo se había dirigido a Mamen. Ese «ya me dirás», era para ella. Aunque a mí me miró, le traicionó el subconsciente excluyéndome de su comentario.

Mamen volvió a sonreír. A todos nos caía fatal la tal Paloma, que era muy estirada, muy seca y estricta. Tenía un marido que apenas aparecía por la piscina, ni por las zonas verdes de la urbanización y cuando lo hacía iba callado y a sus cosas. Eran una pareja rancia y extraña.

—Os podíais venir un día a tomar una… Casi todos somos del cuerpo, con lo que nos conocemos demasiado. A Elisa, mi chica, le gustaría.

—Ah, pues sí… Un día vamos —contestó mi novia sin dejar de sonreír.

Cuando escuché su voz aceptando esa invitación, se me encendió como un fogonazo, un hormigueo que ya conocía en mi bajo vientre. Sí, aquello podía ser una ocasión… Quizá quise evitarlo. No lo sé, pero la ligazón de imágenes, de sensaciones, de posibilidades, empezó a elaborar un cúmulo de excitación que continuó sin freno.

Javier seguía alternando, con cierto disimulo, la mirada a las tetas de Mamen, a sus ojos, y muy tangencialmente o por compromiso, a mí. Por ese orden de importancia y de tiempo invertido. Y no pude evitar sentir un amago de erección en mi bañador.

Volvieron a mí las imágenes de mi novia yaciendo con otro, solo que ahora ese tercero ya no era Jorge, sino Javier. La vi gemir como yo sabía, cuando era penetrada y se entregaba, y que tanto me excitaba. Tuve que despedirme, casi a la carrera y tirarme al agua sin apenas estirar la toalla. El empalme amenazaba con ser inminente y como una roca. Aquella noche, observando a Mamen tomar el té a mi lado, con los pies en mis rodillas, rozándome con su piel morena y suave, viendo sus uñas rojas, observando sus piernas torneadas y espléndidas, supe que necesitaba follarla en ese mismo momento.

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