ISA HDEZ

Se erguía reverdecida y balanceaba sus hojas con sutileza por la suave brisa que la acariciaba. Luna la ha visto crecer, durante los últimos treinta años; ya pasaba del cuarto piso de su portal y estaba delante de su ventana. Cada día la miraba, y se entristecía al verla desaliñada, ajada rodeada de hojas secas caídas en cascada que apenas la dejaba respirar. Necesitaba una limpieza desde hacía años y tardaban, como si no les importara. La sorpresa casi la hace llorar esa mañana al asomarse y mirarla, no creía que por fin la hayan aseado, recortado, pulido. Se quedó rato ante ella contemplándola, parecía que sonreía y, a solas, admiró su belleza, firmeza y elegancia. Las plantas y los árboles son como las personas, lloran y se esconden cuando no se gustan, cuando se ven ajadas, apartadas y denigradas. Luna sentía que Lira a veces gemía, le puso ese nombre porque hacía el sonido de la cítara cuando hacía viento; parecía que hasta daba las gracias, como si se sintiera valorada por cuantos la miraban. Por fin se sentía orgullosa de poder mostrarla al mundo y, la ha plasmado en su celular en el instante preciso del acabado de su arreglo, para enseñarla a sus allegados y, darle su merecido premio. Ha recibido numerosas visitas y ofrece esa consideración a Lira, la palmera de su jardín. ©

Un comentario sobre “La palmera Lira

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