VANESA PAREDES

Había una vez un espantapájaros que ni siquiera anhelaba tener un cerebro. El hombre había colocado sobre su cabeza un sombrero de paja atravesado por una banda roja de raso. El espantapájaros se sentía orgulloso de su sombrero.

Unos metros detrás de él, un majestuoso ciprés elevaba sus ramas hacia el cielo, observando todo a su alrededor, contemplando el paso de las estaciones, mirando al espantapájaros…

Estación tras estación, el ciprés avisaba al espantapájaros de los peligros que se acercaban: tormentas, vendavales, estorninos… pero el espantapájaros nunca le daba importancia a las palabras del árbol, absorto en la apariencia señorial que le otorgaba su sombrero.

Una mañana de otoño se levantó un viento terrible. El espantapájaros perdió su sombrero y, distraído con una ruidosa abeja, también gran cantidad de paja. El ciprés se vio obligado a sortearla.

Tras varias horas de azote del viento, apenas quedaron unas briznas de paja sobre la estructura de madera del espantapájaros; muchas de ellas se habían clavado en el ciprés.

Al término de la ventisca, el ciprés había quedado ciego a causa de la paja que se introdujo incesante entre sus ramas.

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