ALLTEUS

Capítulo décimo. ¿Vuelta a la normalidad?

-San Yaume es Santiago ¿verdad?

Rocío me sorprende. No acabo de entender por qué me hace esa pregunta. Me la hace mientras subimos al dormitorio, acabado el domingo, dispuestos al descanso para afrontar la nueva semana.

-Sí, en Valencia lo dicen así.

-Y en Cataluña- añade ella.

-Sí, en Cataluña también –concedo- ¿Por qué lo preguntas?

-Ha llamado Carma. Bueno… llamó ayer.

-¿Cómo están ella y Pol?

-Me dijo que ahora bien. Han trabajado mucho, lo han pasado muy mal, pero ahora ya están un poco mejor. Me dijo que puede que estén cerca el fin de semana de San Yaume. Se han tomado una semana de vacaciones para esas fechas.

Estuvimos hablando bastante rato de esa pareja de amigos. Amigos muy especiales.

Me explicaba Rocío algunos detalles de su conversación, de las vicisitudes sufridas en el Hospital en el que trabajan, de los efectos de la pandemia entre sus compañeros de trabajo…

-¿Cuándo fue la última vez que estuvimos con ellos?

-¿No te acuerdas? en el puente de la Constitución de hace un año y medio, en Madrid.

-Sí, es verdad – le replico- hace más de un año y medio ya.

-Te puso a mil. Creo que ha sido la vez que más has disfrutado- añado.

-Sí. Fue el no va más. Ya te lo dije.

Pongo tono de malvado para hacerle una proposición.

-¿Quieres que saque a “Carma” y jugamos un rato?

La suya es también una expresión pícara al responderme con laconismo.

-Vale…

***​
-Mira, Rocío… mira este correo.

Nos habíamos apuntado a una página web de intercambios.

En nuestra exploración de nuevas formas de vivir la sexualidad, buscamos en ese tipo de medios el equilibrio –nada fácil en una pequeña capital de provincia- entre la discreción y la aventura. Encontramos a través de esas páginas algunas propuestas interesantes, en particular un pártner masculino de otra capital cercana que dio buen resultado, algo que nos animó a seguir utilizándolas.

El mensaje en el correo era una respuesta a nuestra propuesta en una de esas páginas.

Recibíamos bastantes, pero la mayoría de ellos poco atractivos. Algunos, porque eran de una sintaxis o de una ortografía deleznable, reflejo de una incultura que no nos motivaba a la continuación en la relación, otros eran simplemente groseros, otros también carentes de cualquier contenido más allá de una exhibición de fotos en primer plano de pollas o coños –los menos- que no hacían nada más que presentar a sus poseedores como faltos de una mínima capacidad de conversación…

Éste parecía diferente.

Firmaban como “Sónia” y “Pere”.

Sónia, así, con tilde, parece ser la forma de escribirlo en catalán. Pere es Pedro en aquella lengua, aunque se pronuncia más, sin ser exactamente el mismo sonido de la a, como “Pera”.

El análisis formal del mensaje permitía un notable alto. Estructura, contenido, léxico… la sintaxis algo flojilla, fruto seguramente de la traducción al castellano de un texto escrito o pensado originalmente en otra lengua.

Se presentaban como pareja casada desde hacía 20 años, profesionales ambos, casi en los cincuenta, con alguna experiencia de intercambio anterior que les había resultado muy positiva, atractivos y cuidados, ella “bi” curiosa.

Aunque había una cierta diferencia de edad, era una respuesta muy adecuada a nuestra propia oferta. Nos habíamos presentado como pareja de profesionales a punto de cumplir cuarenta, sin experiencias de intercambio pero con ganas de iniciarnos, buscando una pareja que nos acompañara en esa iniciación. No indicábamos nada sobre las tendencias de cada uno, pues habíamos dado por supuesto –erróneamente- que en las propuestas de intercambio de parejas el concepto incluía cambiar la mujer ellos y el hombre ellas, sin imaginar otras posibilidades existentes.

Si ellos tenían alguna experiencia y unos diez años más que nosotros, bien podían abrirnos ese camino que Rocío y yo pretendíamos iniciar.

Respondimos. Fuimos, poco a poco, profundizando la relación epistolar electrónica, conociéndonos, presentando nuestras respectivas realidades sociales y familiares, cargados de cautelas por si podía haber simulación y, al mismo tiempo, avanzando en el intercambio de datos.

Supimos así que eran de Tarragona, médicos ambos, traumatóloga ella y neumólogo él, trabajando en el hospital universitario de su ciudad, que se habían conocido en la Facultad de Medicina y unido sus vidas cuando todavía no habían finalizado el MIR, que tenían como nosotros dos hijos, pero que ya estaban bastante crecidos (unos 20 años)…

Que no se llamaban Sónia y Pere, sino Carma y Pol, como nosotros no nos llamábamos Álvaro y Julia tampoco, nombres simulados que utilizamos para aparecer en aquella página de contactos.

Tardamos en identificarnos físicamente. Tal vez porque éramos muy novatos tardó en llegar el momento en que nos interesáramos en su apariencia física.

Durante todo un mes Rocío y yo nos preguntábamos cómo serían, si no sufriríamos un chasco al ver su apariencia, pero sin atrevernos a plantear el tema, desconocedores de si era correcto o educado en este tipo de contactos plantearlo, desconocedores, en definitiva, del protocolo de relación en estas situaciones.

Fueron ellos los que nos expresaron muy serenamente la sorpresa por nuestra falta de interés, y los que nos avanzaron alguna descripción. Pocos días después de habernos descrito mutuamente, nos enviaron una fotografía de ambos.

Era una foto de pareja muy normal, parecía típica en una boda o fiesta social, ambos de pie, él trajeado y ella con vestido de falda larga. Se correspondía con las descripciones que nos habían hecho. 1,85 y 1,75 de altura, respectivamente, recio él y robusta ella. Él tenía –y tiene- una cierta apariencia elegante, con el pelo blanco cuidado y algo largo, esa apariencia que parece adornar a la mayoría de los médicos a partir de los cuarentaytantos. Ella no es desproporcionada, ni mucho menos, pero no luce la misma elegancia. Es una mujer de caderas anchas, pechos voluminosos y, aunque en la foto no se le veían las piernas, ella misma se había descrito con un refrán que decía le es aplicable: En Cataluña teta y pezuña.

Sus muslos, ahora lo sé, son firmes, musculados y potentes. Las pantorrillas también, con unas bolas duras y bien torneadas. Piernas de estirpe campesina y miles de horas a través de muchas generaciones trabajadas en los campos.

Y los pechos, junto con sus piernas, hacen cierto el refrán.

La distancia era un obstáculo notable para facilitar un encuentro, razón por la que seguramente se prolongó más de lo conveniente ese momento.

Tras intercambiar fotos –nosotros también les mandamos una de un momento parecido al que había inmortalizado la suya- los siguientes correos se dirigieron cada vez más al motivo de nuestro contacto, a la exploración de las preferencias sexuales, del camino seguido hasta ese momento en el que nos estábamos relacionando con otra pareja con la clara intención de explorar la posibilidad de intercambiarnos las parejas.

Nos dijeron que habían tenido tres experiencias con tres parejas diferentes, la primera sin haberlo planificado, con unos amigos cercanos en unas vacaciones en las que compartieron un velero en las Baleares.

Las otras ya más buscadas y también satisfactorias, prolongadas con varios encuentros a lo largo de los últimos dos años.

Aunque ellos tenían más experiencia, nos expresaban su sorpresa por la nuestra, hasta ese momento reducida a tres encuentros con hombres solos para hacer tríos, calificándonos de valientes por ello.

Preguntamos también por aquel “bi” curiosa de Carma. Ella nos explicó que en algunos encuentros con una de las parejas había recibido y proporcionado caricias a la otra mujer, siendo muy excitante para ella, algo que había despertado su curiosidad por seguir teniendo ese tipo de contactos, sin que antes hubiera sentido nunca atracción sexual por una mujer.

Finalmente, llegó el día.

Nos conocimos.

Viajamos a Barcelona un fin de semana.

La preparación del viaje nos excitaba. Durante dos semanas Rocío me hacía centenares de preguntas sobre cómo sería aquello, preguntas que no podía responderle porque mi inexperiencia e inquietud eran tan grandes como la suya.

Follábamos cada noche, alimentado el morbo por la proximidad de la aventura, calientes como pocas veces imaginándonos en plena orgía con aquella pareja.

Tal como habíamos acordado, cada pareja, por separado, tomamos una habitación en la planta veintitantos del Barcelona Princess, un hotel moderno, altísimo, que ellos conocían y que nos aseguraban cómodo y agradable. Ciertamente lo es. Las vistas desde sus habitaciones, con pared de cristal, permitía la contemplación de buena parte de la ciudad condal, casi a vista de pájaro.

Se nos hizo corto el día, apenas un paseo por la ciudad, embellecida por la luz de la primavera, la cara limpia por la lluvia de unos días antes, como si se hubiera preparado para recibirnos mostrando toda la fuerza de su hermosura.

En nuestra habitación nos preparamos para acudir al punto en el que nos habíamos citado para cenar: El Restaurante Can Pineda, un lugar también muy agradable, con buena cocina, también recomendado por ellos.

La elección de la ropa no fue difícil. La habíamos madurado durante varias semanas, y habíamos traído aquello que queríamos lucir.

Yo ropa sencilla de corte tipo esport, pero con americana. Ella vestido midi ceñido, algo clásico que sienta muy bien a su maravillosa figura, complementado con chaquetita ceñida corta y zapatos de tacón considerable.

Preciosa.

Elegante.

Deseable.

Y por dentro, lencería primorosa. Ese tipo de lencería que una mujer elige cuando sabe que va a ser el último envoltorio que exhibirá antes de desnudar toda su piel.

Sujetador ligero, transparente, con suaves puntillas festoneando las copas.

Tanga igualmente transparente.

Por supuesto, todo al tono burdeos de su vestido.

Me la hubiera follado antes de salir, excitado por la espera, por la contemplación de su proceso de acicalado, por la visión de su belleza, por la esperanza de su descontrol…

Teníamos los dos el corazón disparado, las pulsaciones a tope, cargados de emoción en la espera de lo que debiera suceder, mucho más que en la primera ocasión en la que nos encontramos con un chico para disfrutar los tres. Tal vez porque estábamos lejos de nuestro entorno, en una ciudad desconocida, o tal vez porque sabíamos que el tipo de encuentro era mucho más entre iguales y, por eso, exigía más de nosotros que simplemente esperar la satisfacción de nuestros deseos.

Llegamos puntualísimos. No queríamos llegar tarde pero tampoco sufrir la desazón que se produce cuando no has hecho tú mismo la reserva en un restaurante, te anticipas a quien la hizo, debes dar sus referencias en lugar de las tuyas y te sientan en una mesa, solitario y expectante hasta la llegada del resto.

En aquella situación cabían otras incidencias desagradables: desde no haberse hecho la reserva con el nombre que tú conoces –un nombre supuesto ya lo habían dado al principio- hasta la posibilidad de recibir un plantón por no presentarse la otra pareja.

Nada de ello sucedió. Nada más entrar un camarero, que seguramente había sido avisado y estaba pendiente, se dirigió a nosotros y sin que apenas tuviéramos que darle datos o referencia nos condujo hacia el fondo, siguiendo una serie de recodos y pasillos a través de pequeñas salas de comedor, hasta llegar a una mesa en una zona protegida de la mirada de otros comensales, aunque no propiamente en un reservado.

Hasta llegar a la mesa en la que Pol -en pie y sonriente- y Carma –sentada y sonriente también- nos recibían con sencillez y cordialidad.

Dicen que en los primeros segundos, y muy condicionado por la imagen, los seres humanos hacemos un juicio sobre las personas que conocemos. Es más bien un prejuicio. Nosotros ya habíamos visto una imagen de aquella pareja, pero siempre queda la duda de si pudieran estar retocadas o, aún no estándolo, si son aquellas fotos -todos tenemos alguna- en las que sin saber muy bien por qué apenas podemos reconocernos, de lo favorecidos y maravillosos que aparecemos.

No era el caso.

Incluso diría que ella lucía mucho mejor que en la foto que habíamos recibido. Si nos hubiéramos puesto de acuerdo no habríamos coincidido tanto. Él vestía esport, también con americana. Ella un vestido largo de tonos verdes, abierto en el lateral pero sin exagerar la abertura, con algo de escote, aunque no mucho porque su pecho tiene un volumen de difícil contención con poca ropa.

No es fácil iniciar una conversación, en persona, entre parejas que han quedado para follar sin haber tenido antes otra relación que los correos y mensajes cruzados a través de una página de contactos.

Pero tampoco resultó muy difícil. Son gente amable, culta, con habilidades sociales para la relación interpersonal. Nos preguntaron por el viaje, por nuestra opinión sobre Barcelona, por varias cosas más o menos banales que fueron normalizando la relación hasta hacer fluida la conversación entre los cuatro.

La cena transcurrió en un entorno que podría calificar de cierto glamour. No me pregunte nadie qué es eso del glamour. No lo sé. Pero sé distinguir cuando lo hay y cuando no. Dicen que su traducción más acertada es “hechizo”. Tal vez, sí… tal vez.

Pero mi distinción tiene más que ver con el grado de comodidad-satisfacción que me produce un momento, con la sensación de estar viviendo un momento especial, no necesariamente confundible con la felicidad, sino con la aceptación de un rol social.

Tal vez simplemente sea una gilipollez mía -concedo- pero es como yo lo vivo.

Allí estábamos dos parejas de profesionales en ámbitos muy diversos, de dos regiones muy diferentes de España, cenando y conversando sobre temas variados, creando un clima de confianza que -todos lo sabíamos- debía llevarnos a una habitación en la que desatar nuestras pasiones y tener relaciones sexuales en grupo.

Pero en lugar de preguntarnos mutuamente por cómo nos gustaba más que nos hicieran una mamada, o cómo preferían ellas que les comieran el coño, nos dedicábamos a intercambiar información sobre hábitos, preferencias culinarias, estéticas, roles sociales y otros muchos más aspectos propios de una relación formal.

En lugar de decirles que me encanta cuando Rocío, ensartada en una potente y dura verga de un buen amante, grita con todas sus fuerzas un ¡fóllame! desesperado, les comentaba que la estructura crujiente de la piel de la lubina era el complemento ideal de su carne blanca en una cocción perfecta.

O escuchaba cómo ellos de tanto en tanto viajaban a Barcelona para visitar a familiares y amigos de la infancia, que participaban en un club social relacionado con el folclore tradicional sardanista, algo que habían mantenido en la adolescencia, la juventud y, ahora, en la madurez.

Ellas bebieron bastante más que nosotros. Como si un estado especial de alerta nos correspondiera, ambos hombres degustábamos el vino con mesura. La verdad es que él tenía sus motivos -la conducción- pero dudo que fuera esa la auténtica razón, que creo tenía más que ver con la necesidad de permanecer lúcido. Al menos esa era mi actitud, pues yo no podía justificar mi abstinencia parcial en un supuesto deber legal de no superar determinados límites de alcohol.

Beber y reír es con frecuencia todo una. Y en esta ocasión también. Así que ellas rieron mucho antes y mejor que nosotros.

A los postres nos propusieron acudir a tomar unas copas a un club de la ciudad. En su papel de anfitriones, conocedores del entorno, nos dirigían y nosotros aceptábamos su dirección sin problemas, con la certeza de que el final ya estaba marcado en el guión y que el resto de lo que sucediera no era otra cosa que preparación para el desenlace.

Poco antes de marchar, ellas acudieron a los servicios mientras nosotros tramitábamos el pago. Confieso que, en contra de todos los tópicos sobre catalanes, me sorprendió su obstinada persistencia en pagar y la dura lucha que debimos mantener para hacernos con la posición de pagano. No os diré el resultado, porque es irrelevante, pero sí que deshizo de un golpe mi tradicional creencia de una supuesta tacañería esencial.

A la vuelta estaban maravillosas, remozadas y retocadas con los afeites propios de unas mujeres bellas y ya expertas. Observé, eso sí, que Rocío tenía un sonrojo que no era producto del colorete ni de cualquier otro maquillaje. Más tarde -en realidad al día siguiente- me contó que, en el servicio, Carma la había tomado por la cintura y, mientras le comentaba que toda la cena había tenido ganas de besarla en la boca, acercó su cara, sus labios, hasta hacer realidad aquel deseo, un beso con lengua que ella no había rechazado y al que, por el contrario, había contribuido con intensidad. Su primer beso con una mujer -me decía al día siguiente- que había catalizado toda la excitación acumulada a lo largo del día, explotando en su vientre con toda intensidad, empapándole el coño y poniendo sus tetas de punta como en las mejores ocasiones vividas hasta ese día.

Su primer beso de amante con una mujer lo había recibido en el lavabo de aquel restaurante.

Ellos habían venido en coche, así que nos dirigimos al aparcamiento en el que lo habían dejado, no muy lejano. Pudimos, en ese trayecto, observar -ellos iban delante en algún punto más estrecho- a la pareja con la que nos íbamos a meter en la cama más tarde. En voz baja le pregunté a Rocío qué le parecían y su respuesta -con aquella técnica de resumir en choni- era clara.

-Follables. Muy follables.

Carma me cedió el asiento en la parte delantera. Una cortesía, interpreté en ese momento.

Más tarde, apenas el coche inició su andadura por las calles barcelonesas, puede comprobar que no era una acción desinteresada. Carma había tomado de nuevo la cintura de Rocío, y la abrazaba y besaba de nuevo. Mientras mi mujer se dejaba -y ayudaba a esa manifestación de deseo- Pol observaba de tanto en tanto por el retrovisor, sonriente, y yo me giraba para contemplarlas, excitado por esa imagen hasta entonces jamás contemplada. No podía ver con facilidad, pero juraría que las manos de ambas ya no se encontraban a la vista, ocupadas en buscarse otros lugares del cuerpo también placenteros.

Comenzaba a interpretar bien el significado de aquel “bi curiosa” de su descripción en la página de contactos.

Nos llevaron a la terraza de un hotel en el centro de Barcelona, en el Ensanche. Un lugar en el que era posible contemplar la ciudad en una noche clara y apacible de primavera, viendo sobresalir los edificios más emblemáticos sobre los tejados circundantes, los cercanos y los lejanos. Un skyline seductor el de Barcelona. A un lado el horizonte marino, al otro Tibidabo y Montjuich, en medio torres de la Sagrada Familia, Catedral, Torres Gemelas, Edificio Colón o Torre Agbar (una especie de supositorio, hay quién dice que más un consolador gigante)…

Nos buscaron un rincón bastante reservado, separado del resto por unos setos artificiales de cañizo y enredaderas, con unos asientos muy cómodos. Bien instalados, copa de cava en ristre, Carma se sentó entre Rocío y yo, de forma que ellas estaban juntas en el centro, mientras Pol y yo permanecíamos en los extremos, pero separados de nuestras parejas. La conversación se encaminó, en el nuevo escenario por otros derroteros.

Girándose hacia mí, cómo si estuviéramos solos, Carma hizo el gesto de brindar conmigo, obligándome a tomar la copa y acompañarle en el brindis.

-Tienes muy buen gusto -me dijo- tu mujer es muy atractiva. Os deseo a los dos.

El mensaje era directo y claro. Mientras me lo decía, su mano se apoyaba confiada -y consciente- en mi pierna, en el muslo, con un apenas perceptible movimiento que transformaba el gesto en un apunte de caricia.

Me costó reaccionar, por la sorpresa. Pero uno tiene cierto entrenamiento para los golpes de efecto -deformación profesional- así que en apenas unos segundos di con la respuesta.

-Pol también tiene muy buen gusto. Tú también eres muy atractiva.

Antes de pronunciar el resto de la frase hice cierta pausa, para darle más énfasis.

– Yo también te deseo… si subes un poco más la mano verás cuánto…

La subió, sí. Y pudo tocar sin problemas, sobre la ropa del pantalón, mi sexo tieso, una dureza que no había cedido desde que las había visto en el asiento trasero, besándose y magreándose durante el trayecto.

Pol también había hecho algún avance con mi mujer. No podía verlos bien pero por la posición en la que estaban no era temerario pensar que su mano se deslizaba por la cintura de mi Rocío, o incluso un poco más arriba, por su pecho.

No podía ver mucho más, sobre todo porque en unos segundos la boca de Carma se ocupaba de la mía, y juro que es una boca capaz de hacer olvidar cualquier otro pensamiento.

Su boca está pensada para el placer. No son los suyos unos labios al estilo de las morrudas de bótox o silicona, no.

Tiene una boca grande y carnosa, musculada incluso diría yo. Unos labios gordezuelos pero que no se perciben externamente, sino a partir del momento que los tomas con los tuyos y te succiona hasta despertarte un no sé qué de sensaciones extraordinarias. Juega con esos labios, con su tamaño, con la succión y, especialmente, con la lengua. Son besos que pueden llevarte -lo juro- a un nivel de excitación que no puedo comparar con ninguna otra de las mujeres con las que me he besado.

También al día siguiente supe que mientras me besaba y acariciaba con una mano, la otra recorría las piernas y las caderas de Rocío, sentada a su lado, y ocupada también en calentarse con Pol.

Rocío y yo nos dejábamos hacer. Por edad y por experiencia eran ellos los que debían llevar la voz cantante, el “tempo” de nuestro encuentro. Llevábamos cerca de cuatro horas juntos y estaba claro que todos habíamos aceptado culminar la relación. Nada más faltaba la voz que lo expusiera sin ambages.

Esa voz fue la de Carma.

-¿Os apetece que sigamos en el hotel?

La pregunta tenía las palabras exactas y necesarias para vestir de naturalidad y elegancia la propuesta. ¡Qué importante esa delicadeza a la hora de avanzar en una propuesta tan extremada!

Rocío giró su rostro hacia mí, sonrió, y después la miró a los ojos sin perder la sonrisa.

-Vamos. Nos apetece.

Casi antes de que acabara la frase, Carma había alcanzado su boca y la besaba con suavidad, algo que por cierto azoró al camarero, que en ese instante se había acercado por la zona para llevar a cabo sus tareas y no sabía dónde mirar.

-¿Nos hacen la cuenta, por favor?

Más aliviado él que nosotros, se alejó raudo a cumplir con el encargo.

En el asiento trasero, de nuevo en el trayecto hacia el hotel, la temperatura alcanzaba niveles extremos. La mano de Carma, ahora bien visible, recorría el cuerpo de Rocío sin otro límite que la ropa, aunque debía tener algo especial porque los pezones de mi mujer amenazaban romper la tela, abultados bajo el vestido y el sujetador, que de tan ligero y suave no podía tapar aquella manifestación de excitación.

Podía, en aquella posición, contemplar las piernas de Carma hasta donde la abertura permitía, hasta algo más de medio muslo. Era la primera vez que las veía y, efectivamente, podía comprobar la veracidad de aquellas expresiones suyas sobre la forma, fortaleza y textura de sus extremidades inferiores. No llevaba medias, por lo que podía también, incluso en aquella oscuridad que a intervalos se esclarecía por las farolas de las calles, comprobar la blancura de su piel. La suavidad también pude comprobarla, porque no resistí la tentación de alargar hacia atrás la mano y rozarle las piernas, bajo la atenta y sonriente mirada de su marido a través del retrovisor.

Sí. Una piel muy suave.

Nos dirigimos al mostrador de recepción, a solicitar las llaves de nuestras respectivas habitaciones.

Externamente, era la imagen de dos parejas amigas de mediana edad, de visita en la ciudad, que habían hecho una salida a cenar y tomar unas copas, que se habían vestido con cierta elegancia para eso y que volvían unas horas más tarde al hotel para dormir plácidamente y descansar de un día ajetreado.

¿Cuántas veces lo habremos visto?

Pero desde entonces no he podido -ni podré nunca más- ver esa imagen sin reflexionar sobre lo engañosas que son las apariencias, y sobre la posibilidad de que aquello que crees ver sea algo muy diferente en realidad. Éramos dos parejas que nos habíamos conocido en persona hacía unas pocas horas, que habíamos cenado juntos por primera vez en nuestras vidas, que ya habíamos comenzado a meternos mano mientras tomábamos unas copas y que en unos minutos estaríamos follando juntos y revueltos en alguna de nuestras habitaciones.

¿Cuántas veces esa misma imagen, como era nuestro caso, corresponde a parejas que se van a cruzar e intercambiar para follarse hasta el agotamiento?

-¿Nos dais un cuarto de hora?. Os esperamos en nuestra habitación. Es la 2321.

La voz de Carma era, de nuevo, una elegante instrucción para el momento. No era bueno iniciar la intimidad con ganas de ir al servicio, sin la preparación adecuada que seguramente ellas deseaban realizar con unos últimos retoques.

También, por qué no, un último momento para que pudiéramos decidir, sin su presencia, si queríamos acudir a ese encuentro con ellos.

No había nada que decidir.

Una visita al baño en nuestra habitación, un último acto de higiene para no dejar ni un pequeño rastro que pudiera resultar desagradable, una recolocación del vestido, del peinado, del perfume, del maquillaje de Rocío…

También entendimos la indicación cuando quince minutos más tarde llamamos a la puerta de la habitación indicada. Habían sido quince minutos de preparación nerviosa, con la excitación desbordada y el corazón repicando a ritmo acelerado. Quince minutos de excitación extrema en el que también hubo lugar para algunas caricias y apasionados morreos.

Creo que el corazón estaba a punto de salirme por la boca cuando llegamos a la puerta de su habitación. Se abrió sola, sin necesidad de que nadie lo hiciera. La habían dejado abierta.

Era una minisuite, con un vestíbulo de entrada, cerrado por el otro lado con otra puerta que daba a la habitación. Aquella otra estaba entornada y, desde detrás, una expresión cálida nos ayudó a orientarnos.

-Adelante, pasad- era de nuevo la voz de Carma.

Estaba abierta.

Entramos.

La habitación estaba en la semipenumbra, porque la iluminación era indirecta y muy escasa. La pared de cristal permitía también la entrada de la luz nocturna de la ciudad, centenares, miles de luces lejanas, vistas desde la altura de aquel edificio, que ofrecían un contraste con el interior y permitían contemplar a nuestros anfitriones.

Él, vestido como había estado vestido toda la noche, pero sin la americana, estaba sentado en un sillón que se encontraba al fondo, justo en la inmensa pared de cristal que nos permitía contemplar la ciudad y sentir que la dominábamos desde allí.

Ella, en el centro de la habitación, se había preparado de forma diferente.

Al contraluz de aquella iluminación tenue, en el centro de la habitación, nos alargaba dos copas de cava en señal de bienvenida.

Estaba más que desnuda.

Sobre el cuerpo una bata de encaje totalmente transparente, negra, larga, puntillas por todas partes que permitían contemplar sus pechos, bellísimos, muy grandes, de aréolas claras y también grandes, de esas que dicen de tipo “galletas maría”, y ninguna otra prenda salvo un tanga, también negro, que apenas era una breve tirilla en su pubis, transparentado también por aquella prenda pensada para destacar el cuerpo que cubría.

-Nos agradaría que esta noche todo sea bonito y podamos todos guardar un maravilloso recuerdo de nuestro encuentro.

El sincero deseo de Carma mientras brindábamos los cuatro era una señal de inicio cargada de belleza.

Besó a su marido y, acto seguido, en una especie de entrega simbólica, le condujo de la mano frente a Rocío, un gesto que no dejaba duda sobre el significado. Sólo le hubiera faltado decir aquello de: “yo, Carma, te ofrezco a ti, Rocío, este hombre que es mi marido, para que os deis placer mutuo mientras tu marido y yo hacemos lo mismo”.

Fue bello.

Hacía unos cuantos años, desde la segunda de mis aventuras, que yo no había estado con otra mujer diferente a Rocío. Tampoco lo había echado en falta. La relación con ella y, más recientemente, los encuentros con otros hombres para nuestros tríos habían llenado suficientemente mi deseo sexual.

Incluso diré más: en mis aventuras con aquellas letradas con las que había corneado a mi mujer no había influido tanto el deseo sexual como la emoción de la conquista. No quiero decir con eso que no valore el placer que obtuve con ellas. Fueron polvos memorables. Pero un polvo no es más que un polvo, tampoco cabe mitificarlo, y una vez transcurrido un tiempo no resulta mucho más que un recuerdo agradable de aquel momento.

Mucho más importante es el sentimiento que se experimenta en la conquista, en el camino hacia la obtención del resultado, las emociones del reto a conseguir.

En el intercambio de parejas las sensaciones son complejas. Es una conquista a dos, en la que el éxito corresponde a cada una de las parejas. Un trabajo en equipo en el que no sabes nunca del todo cual es el porcentaje que te corresponde en el resultado.

Abordé con calma el asalto al cuerpo de aquella mujerona.

Ella tampoco se lanzó a la tarea con desespero. Lentamente me fue desnudando, en un ritmo que parecía tener acompasado a su marido, porque por el rabillo del ojo veía como Rocío y él también se aplicaban a la labor y prácticamente llegábamos los tres juntos al momento de quedarnos sólo en ropa interior.

Mientras me besaba con esa habilidad tan especial suya, mientras esos besos y las caricias en sus pechos me levantaban el ánimo y la verga de forma inmediata, me había ido desprendiendo la ropa poco a poco, sin prisas pero de forma continua.

En ese punto de desnudez habíamos ido acercándonos a la inmensa cama que presidía la habitación, un campo de juegos grandísimo en el que podíamos yacer los cuatro holgadamente.

Así nos encontramos todos tumbados sobre ella, media hora después de haber cruzado la puerta y recibido la copa de bienvenida.

No sé cómo, al poco estábamos los cuatro enlazados con un reparto curioso de papeles. Pol y yo acariciábamos cada uno un pecho de Rocío, que ya estaba totalmente desnuda. Tumbados cada uno a su lado, besábamos y mordisqueábamos sus pezones al unísono.

Carma, por su parte, jugaba con el coño de Rocío hundiendo la cara entre sus piernas.

Si aquella boca besaba con una maestría y habilidad incomparable, no debía ser menos su capacidad para lamer el sexo de una mujer. Al poco rato la mía se retorcía en el centro de atención de nosotros tres, lamidos los pechos por dos hombres, lamido el sexo por aquella boca mágica, perforada además por dos activos dedos que buscaban -y encontraban- en su interior el famoso punto G.

Decidí equilibrar el reparto tan desigual de atenciones, abandonando a los cuidados de Pol las tetas de Rocío, y busqué la parte trasera de Carma para bajarle y despojarla del pequeño tanga que todavía atravesaba la entrada de su coño, pero sin desnudarla de aquella bata negligé que tan bien le sentaba. Entre sus potentes nalgas sobresalían los labios de su sexo, y quise darle otro tanto de lo que ella ofrecía a Rocío, así que sin mayor espera me amorré por aquella zona, mientras ella se aprestaba a facilitarme la labor abriendo bien las piernas para que el acceso fuera completo.

Un coño grande y carnoso.

Como su boca -pensé-.

Un coño de sabor a fruta dulce, a pera hubiera jurado.

No puede ser de otro modo -pensé también-.

Un coño grande, carnoso, de sabor a fruta dulce, húmedo, muy húmedo… jugoso, como las peras de Lérida, provincia catalana, claro.

Pol había seguido bastante rato jugando con las tetas de Rocío, con las dos para él solo, pero más tarde también había decidido cambiar su posición y había acercado su verga a la boca de mi mujer.

Rocío lamía aquella polla entre suspiro y suspiro, muy excitada por las caricias que la boca de otra mujer le estaba entregando.

No había visto hasta ese momento el instrumento de Pol. Era más o menos como el mío, diría que incluso más pequeño, un poco más pequeño, algo que no resulta importante, claro… pero algo en lo que todos los hombres nos fijamos.

Aunque no es importante, por supuesto.

Era su “primera vez”.

También la primera vez que en nuestros encuentros yo tenía contacto con otra mujer.

Pero era sobre todo la primera vez relacionándose sexualmente con otra hembra.

Y ella fue la primera de los cuatro en alcanzar un orgasmo.

En los días siguientes intentó explicarme, pese a la dificultad que conlleva esa explicación, las sensaciones que Carma le había provocado con aquella combinación de lamer, besar, succionar y frotar el lugar exacto en el que no podía contener su explosión de placer.

Sin duda sus conocimientos médicos, unidos a aquella prodigiosa boca, la dotaban de una capacidad, extraordinaria e incomparable, para inundar de placer a otras mujeres. En homenaje a ella, cuando algún tiempo después se puso tan de moda un aparato masturbador femenino de color rosa y cono blanco que provoca orgasmos por ondas y succión del clítoris, le regalé uno a mi mujer y, fiel a nuestra costumbre de poner nombre y personalizar los juguetes sexuales, le llamé, claro está, Carma.

Era mi turno. Y lo esperaba. Mientras Rocío se recuperaba, aunque sin dejar de chupar el ciruelo de Pol, Carma se giró hacia mí, sentándose en el borde de la cama y colocándome de pie frente a ella. Sólo tuvo que inclinarse un poco para engullirme entero, hasta el fondo, sin dejar ni un milímetro fuera. Podía ver su cabeza moviéndose rítmicamente, con su media melena rubia y rizada balanceándose adelante y atrás al compás de sus movimientos… podía sentir sus labios en un cerco alrededor del tallo de mi sexo, recorriéndolo entero desde el capullo hasta el comienzo de los testículos, labios acompañados de una lengua que ora rodeaba la polla, ora se contraía para una chupada de una fuerza tan impresionante que dejaba claro la intención de su autora, que se aplicaba al objetivo de sacarte de los cojones hasta la última gota.

Puse en poco tiempo fin a aquella tremenda caricia, temeroso de correrme demasiado pronto.

Ella entendió mi necesidad de alivio y dejó que me apartara durante un poco de tiempo. Para seguir con actividad, se juntó en la cama a los otros dos cuerpos en liza, dedicándose a sujetar el sexo de su hombre y facilitar la penetración en la boca de mi mujer, haciendo así entre ambas una especie de pajimamada colaborativa. Pude observar, no obstante, que, al mismo tiempo, abriendo la parte anterior de su bata de encaje transparente, se sujetaba uno de sus grandes y morbosos pechos, para restregarlos por la cara de su marido, obligándole a abrir la boca y chupetear su pezón, labor que parecía agradar sobremanera a ambos.

Aquel gesto me proporcionaba una idea, una sugerencia de actividad excitante pero controlable, una actividad que me permitiera participar y no apartarme a la espera del enfriamiento de mi placer.

Así que, rodeándola por la espalda, abarqué con cada mano uno de sus pechos. Mejor dicho, abarqué cuanto pude de cada uno de sus pechos, que cumplían la condición de acuerdo con aquel dicho que proclama que la teta que la mano no cubre no es teta, sino ubre.

Decidió Carma, por cortesía seguramente, dejarme disfrutar de sus hermosas tetas, girándose hacia mí, aunque sin soltar el miembro de su marido, al que seguía pajeando en colaboración con la boca de Rocío, y frotándomelas en la cara mientras con la boca yo intentaba, en un esfuerzo inútil, capturarlas de algún modo.

En ese juego fuimos entreteniéndonos hasta que, con una mirada directa, Carma me invitaba a cambiar de actividad.

-¿Quieres follarme?- me preguntó, señalando unos cuantos preservativos en una de las mesitas de la habitación.

Obediente, tomé uno y me lo coloqué con cierta rapidez. Ella, en un gesto de delicada atención, y ya con el condón enfundándome la polla, jugó de nuevo con ella, poniéndosela en la boca, quizás para asegurarse de que estaba en su óptima disposición.

Agarrado a su cuerpo, más bien a sus maravillosos y deseables melones, me hundí en su interior con una mezcla de suavidad y fuerza, mientras ella incrementaba los jadeos, encima, tumbada sobre mí, cabalgándome al ritmo que ella misma decidía, a veces más regular, otras con movimientos menos armónicos, todos con un recorrido que me sabía a gloria bendita.

A nuestro lado, Pol y Rocío, se aplicaban a la misma actividad, ella de espaldas, a cuatro sobre la cama, con el corpachón de él embistiéndola por detrás.

Jadeantes, como nosotros, aproximándose también al momento final, al instante de la culminación del placer.

Oí primero el sonido inconfundible del orgasmo de mi mujer. Poco después, el gruñido de Pol cuando se dejaba ir sacudiendo con fuerza su vientre contra el culo de Rocío. Entre ligeros espasmos, un vibrato de varios segundos de duración, y suaves suspiros de Carma, percibí también su corrida, en unos movimientos que buscaban profundizar con mi sexo más adentro en el suyo, un gesto que me hizo descargar también inmediatamente.

Creo que era una estrategia preconcebida.

Tanto Pol como yo estábamos por el momento fuera de combate, pero no había finalizado todo.

Ellas dos no.

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