SUSPHYRIA

Piano…Crescendo…Forte
Era una fugitiva. No desde siempre, pero creo que es así como se le llama a la gente que roba bancos, en este caso el banco del condado de California.
Era mucho dinero, y, además, quizás se me olvidara dar la parte que correspondía a mis socios, por lo que la suma para sólo una persona era desorbital.
En fin, un despiste lo tiene cualquiera, incluso yo.
Tenía un plan, y nada podía impedirme que lo llevara a cabo.
¿Alguna vez has viajado a Asia? Pues yo no, y mi intención, teniendo en cuenta que deje plantado al marido que eligieron mis padres, era ir a ver mundo. Soy una mujer libre, el viejo alma indomable del oeste corría por mis venas, y nadie, ni quiera un marido postizo me lo va a quitar.
Sólo tengo que llegar al barco que cambiará mi vida para siempre.
Se que me persiguen, y no me refiero sólo a los sheriffs de California, también mis socios.
De camino hacia mi barco del destino, sí, lo rebautice así, gaste algo del dinero robado para cambiar, aunque fuera un poco mi aspecto europeo, al fin y al cabo, no soy americana, al menos no de descendencia.
Lo único que conseguí era un vestido largo rojo, y un corsé tan apretado que me impedía respirar, con suerte espero sobrevivir a este instrumento de tortura moderno. Mi madre siempre me decía, hay que ser una dama, las damas llevan corsé, no pantalones.
Que ingenua, seguramente si hubiera nacido en una época pasada, me hubieran quemado en la hoguera por revolucionaria, aunque no se aleja mucho de esta época.
Ahora parecía una terrateniente blanca rica con este ridículo vestido.
En fin, lo que hay que sacrificar por tus sueños.
-He de decir que está usted preciosa.
Me giré para ver el origen de esa rasposa voz.
Cómo no, un borracho que apenas se mantenía en pie. Sacudí la cabeza y me dirigí hacia el bar de donde provenía una curiosa melodía.
El interior olía a tabaco rancio, a alcohol y sobre todo a sudor. Dudo que pase desapercibida en un semejante lugar.
Cuando giré para salir de ese lugar, escuché de nuevo esa melodía, pero ya no eran unas simples notas musicales, era una voz.
Volví a girarme y para mi sorpresa era una mujer, y menuda mujer.
Tenía más escote que todas las mujeres presentes de la sala, no me extraña que todos babearan por ella.
Sin contar con el vestido con un corte en el muslo, no se si el oficio de esta mujer se limitaba sólo a ser cantante.
Me acerqué a una mesa vacía y me senté.
Estaba como bajo un hechizo, no podía parar de mirarla.
Tenía el pelo rizado recogido en un precioso moño, dejando algunos tirabuzones sueltos.
Los labios color carmesí, como mi vestido, y unos ojos desorbitantes y hipnotizadores.
De vez en cuando enseñaba un tobillo, pero que es eso comparado con su muslo.
Sentí que el corsé me apretaba más, y sudaba, poco me falta para integrarme con aquel maloliente lugar.
Termino su canción restregando sus pechos contra la cara de un ser, por no llamarle de otra manera, que no paraba de babear y gritar su nombre.
Todos levantaron sus jaras y gritaron:
“Viva Natalia”.
Ella sonreía, y no tenía ningún complejo en mostrar sus carnes, mientras que yo estaba enjaulada en este trozo de tela.
No era la típica belleza del oeste, supongo que eso era lo que la hacía radiante.
Decidí que era suficiente con los espectadores que tenía, así que me dirigí hacía la salida.

  • ¿Ya se marcha?
    Me quedé muy quieta, tratando de controlar mis estridentes latidos de corazón.
    -No sabía que tan mal canto, como para espantarla.
    No quería girarme, porque si lo hacía…estaría igual de perdida que esos babosos de ahí.
    -No canta mal querida, al contrario, ha sido todo un placer escucharla cantar, pero me temo que tengo cierta prisa.
    Respiré hondo y abrí las puertas.
    -No es de por aquí, ¿verdad?
    Maldición. O me giro, o daré mala impresión.
    -No, de echo sólo estoy de paso por aquí, con su permiso, debo irme.
    -Quédese, le invitaré a una copa. Al fin y al cabo, no todos los días ves a gente de su categoría por aquí.
    No podía quedarme, estaba más que claro. Tenía que quitarme el dichoso vestido, por no mencionar la gigante bolsa que llevaba conmigo. Tarde o temprano levantaría sospechas.
    -Está bien, sólo una.
    -Como usted desee.
    Volví a entrar en ese bar, pero esta vez nadie la miró a ella, otra cantante igual de llamativa estaba absorbiendo toda su atención.
  • ¿De dónde es?
    -Del norte.
    -Yo diría que más bien cruzando el océano.
    Sonreí.
    -Mi familia sí, yo sin embargo no.
    Ella me miraba como queriendo absorber cada palabra que decía, pero de una forma que no terminaba de comprender.
  • ¿Y cuál es su nombre?
    -Creo que carece de importancia, teniendo en cuenta que sólo estamos tomando una copa.
    Se echó atrás, como un hombre, totalmente desinhibida, sin molestarse en ocultar la liga que adornaba su pierna.
    -Como usted prefiera, mi Dama, ¿le importe que la llame así?
    Asentí, y por un momento sentí que estaba desnudándome con su mirada.
    Me bebí la copa de un golpe.
    -Wow, más tranquila mi Dama, no queremos que su inexperiencia en beber alcohol la haga sentir mal.
    -Otra.
    La desafié, quien se cree que es para decirme eso, no me conoce, y tampoco tiene algún derecho.
    -Otra.
    -Otra.
    -Otra.
    No se cuantas copas iban ya, pero cualquier rastro de vergüenza se esfumo en la cantidad de alcohol que vivía en mis venas.
    Me subí al escenario, me arranqué el bajo del pesado vestido y empecé a cantar.
    Ella estaba mirándome como todos los presentes, sin embargo, esa canción se la dedicaba única y exclusivamente a ella.
    Decidí ir más allá, agarré el corsé y tiré de él.
    -Menuda liberación.
    Todos aplaudieron, tampoco me extraña, al fin y al cabo, estaba desnudándome ante extraños.
    Cuando iba a quitarme una prenda más, sentí unas firmes manos subir por mi muslo, y una cálida voz empapar mi cuello.
    -Creo que es suficiente.
    Empecé a temblar, no se si por miedo, o porque estaba demasiado borracha para distinguir cualquier emoción.
    -Ven conmigo.
    Me cogió de la mano y me llevó hacía las escaleras que había en ese bar.
    Sólo atiné a oír el uuu de mi público, y luego estaba en una habitación, de pie frente a ella.
    -Debería quitarte lo que te queda de ropa.
    Esta vez si que supe que emoción era, era expectación.
    -Iba a hacerlo, pero no me dejaste.
    Se acerco hacia mí, y de un tirón rompió mi camisa, dejando mis pechos al aire.
    -La intención es desnudarte para mi.
    Titubeé, quise decir algo, pero no salió nada, no cuando sentí sus dedos subir por mis muslos hasta mi espacio sagrado.
    -Será mejor que te tumbes querida, apenas te sostienes en pie.
    Le agarre la mano, y la anime a que aumentara, lo que sea que estuviera haciendo.
    -Vaya, a mi dama le gusta.
    Me empujo suavemente contra la cama. Me arranco el resto de ropa que quedaba, dejándome totalmente expuesta ante ella.
    Sonrío al verme tan dispuesta para ella. Acerco su boca entre la maraña de rizos que había entre mis piernas, y sentí un estremecimiento recorrer todo mi cuerpo.
    Baje las manos para poder tocarla, pero ella me lo impidió.
    Cogió un trozo de tela del vestido y me ató las manos al cabecero.
    Nunca estuve tan vulnerable como en ese instante.
    Vi como se quitaba su propio corsé, como se quitaba el vestido, dejándose solamente la liga que tanto me gustaba.
    Abrió mis piernas temblorosas, mientras me introducía sus dedos en la boca.
    Los chupé con ansia, como si fuera mi comida favorita.
    Los sacó y casi proteste, pero su mirada fue suficiente para que me quedara quieta.
    Seguí el curso de sus dedos que se los metía en su interior.
    Un líquido pegajoso se estaba deslizando por sus rizos, y sentí ese mismo líquido empapar la cama donde estaba tumbada.
    Vi como se acercaba, y se situaba entre mis piernas.
    Hacía tanto calor, era como si estuviera en el infierno, me abrase al sentir ese mismo órgano pegarse con el mío.
    Lo sentí mojado, y a fuego vivo.
    Me abrió las piernas aun más, y vi como empezaba a frotarse contra mi pequeño punto candente.
    Uso los dedos que me introdujo en la boca para separar aún más su cueva, y de esa manera sentí como abrazaba la mía, sentí como nuestros fluidos se entremezclaban, y sentí cada fricción, cada deslizamiento…
    Aumento la fricción, mientras perladas gotas de sudor bajaban por su vientre, sumándose ya al océano que habíamos formado las dos.
    Gemía, gritaba, y no paraba de moverme. Quería tocarla, pero no podía.
    Sentí sus manos por todo mi cuerpo, dejando unas importantes quemaduras en él, su marca personal.
    La miré, y sentí como se agarraba fuertemente a mi núcleo vital mientras derramaba su fluido en el mío, como un intercambio, como un regalo único.
    No me acuerdo cuando me quedé dormida, así que cuando los primeros rayos de sol me hirieron los ojos, tuve que abrirlos a regañadientes.
    Para mi sorpresa, seguía atada.
    Miré por la habitación en su busca, pero no había nadie, sólo una nota entre mis piernas.
    “Gracias por esta noche y por tu valeroso regalo”
    Natalia
    Miré asustada por la habitación en busca de la bolsa de dinero, pero esta no estaba, había desaparecido junto a ella.

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