AURORA MADARIAGA

Capítulo 2
La cantante de Jazz estadounidense Loreto Clair entró por la puerta lateral del teatro
guiada por el director de la casa. Se disculpaba una y otra vez por no poder ofrecer
todavía el mejor camerino para ella pues los ensayos de su producción de ópera actual
estaban llegando a su fin y pronto estrenarían. Loreto alternaría escenario con los
solistas clásicos mientras ella llevaría a cabo su residencia en el teatro dos noches a la
semana. El director mostró el camerino disponible para ella y volvió a asegurar que
estaba a su entera disposición para cualquiera de sus deseos y necesidades. Su actitud
servil la incomodó pero entendió por qué lo hacía. El contrato que recientemente
había firmado con el Gran Teatro fue un acuerdo rápido y simple entre su
representante y la dirección. Luego de volver de una gira mundial de tres años de
duración, el cansancio de las inagotables horas de vuelo, la apretada agenda de
conciertos y la vida de hotel en hotel y lejos de casa casi terminan por matar su ilusión
por cantar. Estaba al límite de sus fuerzas. Por otro lado, desaparecer del mundo de la
música para tomarse un muy merecido descanso no era un buen negocio. Las
compañías disqueras reemplazan sus artistas con la misma ligereza y desapego que los
equipos de Fórmula Uno a sus corredores tan pronto se accidentan y van camino al
hospital. Quince años ininterrumpidos de carrera musical estaban comenzado a
pasarle la cuenta. La solución ideal entonces había sido aceptar una residencia en el
medio de la Gran Manzana. Dos conciertos semanales por seis meses en Nueva York.
Para hacer las cosas más interesantes, Loreto y su productor variarían las canciones
noche a noche. Iba a ser también una buena oportunidad de probar material nuevo y
darse algunos gustitos, como hacer una noche exclusivamente de versiones de sus
favoritos.
Luego de inspeccionar el que sería su camerino, recorrió los pasillos tras bambalinas
embelesada con el mundo teatral que el público no tiene acceso a ver. Cuando entró en
el conservatorio de música hace poco más de quince años atrás, había querido
convertirse en pianista concertista clásica pero su amor por el Jazz le ganó la mano.
Saludó a los cantantes al pasar en sus atuendos que iban y venían de y hacia el
escenario. Hoy era el ensayo general con orquesta y disfraces. Preguntó al director si
podría presenciarlo desde el palco y el hombre le aseguró que no tenía que pedir
permiso, que si ella deseaba tendría entrada liberada para todas las funciones del
teatro. Se acomodó en una butaca y se dejó llevar por la pasión de Claude Debussy en
su única ópera, «Peleas y Melisande».
Llegó a casa ilusionada con el prospecto de la temporada de conciertos ante sí. Luego
del término del ensayo, logró conversar con algunos de los cantantes. Los halagos
mutuos no se hicieron esperar. Camino a su departamento Loreto avistó a través de la
ventanilla del techo del taxi un inmenso aviso publicitario con su rostro a todo lo
ancho que anunciaba su residencia en el Gran Teatro con el primer concierto que
empezaría en tres noches más. El chofer pareció reconocerla, la estudió por el espejo
retrovisor y luego comprobó el anuncio. Repitió el gesto una y otra vez. Ella se limitó a
sonreír y prefirió ensimismarse en su móvil.
El día de su primer concierto había llegado. Loreto se levantó temprano para cumplir
con una apretada agenda de entrevistas, promoción en televisión y sesiones de fotos.
Un mareo súbito y una punzada en el estómago la asustaron por un instante y temió
enfermarse para la noche de su estreno en el Gran Teatro. Suprimió los síntomas con
un par de fármacos y le restó importancia. En la tarde partió al teatro y comprobó con
su ingeniero de sonido y productor que el escenario estaba listo y dispuesto para que
comenzara su ensayo. Se sentó al piano y cuando se disponía atocar, el suelo del teatro
se remeció como un terremoto. El impacto hizo temblar la estructura de las luces
desde las alturas al tiempo que el piso de madera vibraba fuerte a través de sus botas.
Todos los vellos de su piel se erizaron de escalofríos y temió lo peor. Nueva York no era
tierra telúrica. La idea que tal impacto hubiera sido causado por otra razón
desconocida era aún más escalofriante. Consultó con su ingeniero de sonido si acaso
continuar con el ensayo. Decidieron hacer una pausa y revisar las noticias. A los
minutos todo pareció volver a la normalidad. El personal del teatro estaba nervioso
pero más podía el profesionalismo. Las entradas para esa noche ya estaban agotadas.
Continuaron con el ensayo y recorrieron la lista de canciones a tocar. Luego del ensayo
Loreto se recogió a su camerino y trató de enfocarse en el concierto. A lo lejos escuchó
a unas señoras del departamento de peluquería y maquillaje decir algo sobre un
monstruo verde gigante que recién había emergido de la calle al otro extremo de la
ciudad. Las quedó mirando como si hubieran perdido un tornillo y decidió no prestar
atención. Apagó su móvil y le sacó la batería. Lo último que necesitaba ahora era
ocupar su mente con cuentos de mitos urbanos descabellados.
El teatro estaba lleno a su máxima capacidad. La ovación del público fue unánime y
total apenas Loreto entró en el escenario. Era bueno estar de vuelta en casa. Agradeció
y les deseó que disfrutaran de la velada. Cantó inquieta por el episodio de horas atrás
pero consciente en todo momento de no dejar en evidencia su nerviosismo. Su
abdomen se contrajo constantemente como una bola apretada dolorosa que no supo
explicar pero trató de ignorar con todas sus fuerzas. Tal era el entrenamiento de años
sobre las tablas. El público percibe el miedo del artista como los perros huelen la
adrenalina. Una muestra de debilidad sobre el escenario y te comerán viva.
Se contentó para sus adentros cuando el concierto llegó a su término. No había sido su
mejor presentación y estaba segura que al día siguiente las críticas la destruirían pero
por ahora lo único que quería era irse a casa y dormir. Una migraña testaruda y
punzante insistió en perforar su cráneo por encima de la ceja derecha. Rauda se
refrescó en su camerino y vistió su tenida de jeans, polerón y zapatillas. Todavía tenía
el estómago cerrado y apretado. Normalmente después de cada concierto le gustaba
comer algún bocadillo mas hace semanas que apenas sentía apetito. Avanzó hacia la
salida lateral del teatro cuando de repente sus rodillas se rindieron haciéndola perder
el equilibrio. Temió desmayar a vista de otros y que el incidente diera paso a
especulaciones sobre su salud. Se apoyó en la pared y maldijo para sí misma. Al salir
por la puerta lateral encontró un séquito de admiradores que le alcanzaron cuadernos
y bolígrafos pidiendo autógrafos. Los flashs de las cámaras la encandilaron y dejaron
aturdida. A duras penas logró complacer a un par de fanáticos y pronto dos guardias
del teatro la ayudaron a abrirse camino hasta su transporte. La disquera había insistido
en poner un auto de vidrios polarizados y chofer a su disposición. Se montó por la
puerta trasera y por un instante de reojo creyó ver un hombre pálido de cabellos largos
claros en algún lugar a su derecha. Observó bien a través del cristal entintado sin
hallarlo. Su cansancio era tal que quizás hasta estaba viendo alucinaciones. Ordenó al
chofer llevarla a casa. En tres noches más sería su próximo concierto y ojalá para
entonces no ocurriera nada extraño como súbitos remezones desde las entrañas de la
tierra o supuestos monstruos verdes gigantes aterrorizando a la ciudadanía. Nueva
York era una selva de cemento y locura. Esta urbe que como república independiente
cultiva enajenados enfermos de ambición y poder o alimenta la ilusión de un amor
romántico hollywoodense era capaz de albergar todo tipo de leyendas y mitos con tal
de agregar más misticismo a su ya prominente reputación mundial. Nueva York era
ruido, vida y muerte por cada esquina que se dobla. No se podía encontrar paz aquí
pero sí dinero.

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