Capítulo 1
Nueva York, EE.UU., otoño de 2008
Los engranajes ya se habían echado a andar. La rueda era ahora imposible de detener.
El Príncipe Nuada clavó la espada en el pecho de su padre el rey Balor con toda la ira de
milenios corriendo por las venas. El deber de recuperar la superficie de la Tierra para
Bethmoora lo llevó a asesinar a su propio padre sin remordimientos y con la mano
firme. Sin embargo, la imagen de su cadáver convertido en piedra terminó por romper
su corazón. El Príncipe acarició su rostro con la última expresión de horror del rey
inmortalizado como estatua. Un nudo en la garganta lo ahogó hasta quitarle la
respiración. Suspiró entrecortado y susurró su amor eterno por él. Luego arrancó la
pieza de la corona incrustada en el largo abrigo de piedra del padre ante los gritos
despavoridos del consejo real a sus espaldas. La arena saltó y en el lugar donde el rey
por milenios había resguardado su parte de la corona quedó un hoyo hondo como una
estatua profanada. El Príncipe la unió con la parte que había rescatado de la casa de
remate de los humanos y por sí solas se atrajeron y encajaron como imanes opuestos.
Dio la media vuelta y recorrió con la mirada el denigrante anfiteatro donde su padre
hasta esa noche mantenía su comitiva de consejeros. El piso de la fábrica abandonada
estaba cubierto de los soldados que recién había mutilado. Los elfos de la corte, su
propia gente, lo observaban con horror en sus semblantes todavía paralizados e
incapaces de hacer o decir cosa alguna. El Príncipe buscó con desesperación a su
hermana gemela la Princesa Nuala pero no la encontró. Furioso, gritó la orden a Wink
para ir en busca de ella, la guardiana de la última pieza de la corona y la llave para
despertar el Ejército Dorado.
Después de recuperar su espada y lanza de plata de las garras de un estupefacto y
horrorizado chambelán, el Príncipe se retiró a su refugio y se concentró en la
construcción del recipiente de diseño mecánico duende. Era dorado y con forma de
huevo. Concentrado en su núcleo, el Príncipe acercó uno de los ínfimos engranajes
sujetado por una pinza, giró el recipiente sobre su base y estudió dónde faltaba un
ajuste más en su mecanismo. Debía ser lo suficientemente resistente para proteger la
valiosa semilla de un Elemental, dios del bosque, dador y destructor de toda vida, pero
al mismo tiempo debía ser capaz de abrirse y cerrarse por sí mismo. A los minutos
llegó un Bogart, una de las muchas criaturas menores que vivían bajo tierra junto a
ellos y todas las otras razas mágicas renegadas del mundo. Trató de decir algo pero se
atropellaba en su discurso incapaz de hacer sentido. De reojo el Príncipe lo vio hacer
reverencias una y otra vez e implorar con las manitas tomadas por sobre su pecho.
Respiró profundo y se armó de paciencia. Con su mejor tono calmado preguntó qué
tenía por comunicarle. El pequeño ser balbuceó que Wink, su querido amigo orco,
acababa de ser asesinado por un demonio rojo en el mercado Troll. El Príncipe exhaló
entrecortado mordiendo la rabia que hervió en sus venas. Rápido depositó la semilla
dentro del recipiente, comprobó su funcionamiento, se la guardó en el bolsillo y partió
a la caza.
Llegó hasta la entrada del mercado Troll a nivel de la calle en una bodega abandonada
y a vista y presencia de la urbe humana a pocos metros de distancia. La noche ya había
caído mas las luces citadinas desde faroles, avisos publicitarios y tiendas se reflejaban
sobre las posas de agua de la última lluvia dando un halo frío y artificial a la ya
horrenda masa de concreto. Cuando encontró al asesino de su amigo no creyó lo que
sus ojos ámbar vieron. El demonio rojo no estaba solo. Un humanoide pez azul y un
hombre con cabeza de cristal y humo lo acompañaban. Y Nuala. Su lugar pertenecía a
su lado, no junto a extraños que acababan de matar a su fiel amigo de milenios. El
Príncipe los encaró. Llamó la atención del demonio rojo y le prometió que le haría
pagar. El demonio resongó la risa, soltó una pachotada y preparó un arma de fuego de
desproporcionadas dimensiones. La apuntó directo a su cabeza. El Príncipe no se
inmutó. Sacó de su bolsillo el recipiente dorado, lo abrió y produjo la semilla del
Elemental. «Mátalo» susurró a milímetros de su boca y la lanzó al pavimento. Por
segundos el grupo no supo cómo reaccionar, solo Nuala le imploró en un grito que no
lo hiciera. Ella sabía el poder de destrucción del ser encapsulado en la semilla verde.
Saltó hasta colarse por entre las rendijas del drenaje mientras el humanoide pez
trataba en vano de atajarla. El Príncipe respiró victorioso. Los dejó solos pues tendrían
suficiente distracción por las siguientes horas y se escabulló en las sombras de la noche
hasta que alcanzó una de las terrazas más altas de los edificios contiguos.
El impacto que retumbó la superficie desde las cloacas se escuchó por toda la ciudad.
Un golpe certero como el primer remezón de un cataclismo. El tráfico se detuvo en
seco. Silencio. El Príncipe miró todo desde las alturas a sabiendas de lo que se venía.
En cosa de segundos el Elemental rompió el grueso concreto de la calle y se abrió paso
hacia la superficie. Decenas de vehículos motorizados en la área saltaron como piedras
en el aire y cayeron con todo el peso hasta estrellarse en la vía. Los humanos corrieron
despavoridos en todas direcciones mientras que los gritos y llantos de auxilio se
escuchaban por doquier. El Elemental gritó de vuelta, un aullido gutural ancestral
capaz de matar de un infarto a cualquier humano. El Príncipe lo admiró con devoción.
El dios del bosque extendió sus brazos como gigantes tentáculos de enredaderas y
arrasó con vehículos, postes de alumbrado y edificios. Los pedazos de concreto cayeron
aplastando a transeúntes y maquinaria por igual. Enseguida el demonio rojo se puso
en acción. Equipado con una arma masiva como seis cañones agrupados en una sola,
buscó terreno alto y escaló por un aviso publicitario de letras luminosas gigantes que
colgaban en vertical desde la esquina de un edificio. Disparó dos veces a los hombros
del Elemental. Su savia verde salpicó y de inmediato llenó de musgo y flores cada una
de las superficies donde aterrizó como gotas de vida del cielo. El Príncipe sintió en su
propia carne los impactos de las balas. El Elemental gritó de dolor y colapsó hasta
chocar contra un edificio a sus espaldas. Lloraba. El Príncipe se acercó al demonio
desde la cornisa de la terraza. Sostenía en su mano de piedra un infante humano.
Llamó su atención. Desde el nivel de la calle uno de los suyos no paraba de gritar la
orden que disparara a matar. El demonio no podía dejar de observar al Elemental,
todavía con la exagerada arma en la mano y sin ser capaz de llevar a cabo la orden.
—Demonio. ¿Qué estás esperando? Esto es lo que querías, ¿no es así? Míralo, el último
de su raza. Como tú y yo. Si lo destruyes, el mundo nunca más verá su semejanza.
Tienes más en común con nosotros que con ellos. ¡Podrías ser un rey! Si no puedes
comandar, entonces debes obedecer.
Sus palabras dejaron duda en sus facciones endurecidas pero no lo disuadieron de
obedecer. El tiro certero en la cabeza del Elemental lo terminó por derribar. El
Príncipe corrió la mirada y tragó saliva por el nudo apretado de su garganta. Su savia se
derramó por su cuerpo inerte y llenó de naturaleza la urbe de cemento. No quiso ser
testigo de cómo su propia hermana gemela decidía quedarse con ellos en vez de correr
a su lado. ¿Cuándo su propia sangre lo había traicionado así?
Wink y el Elemental. Dos amigos queridos asesinados por el mismo demonio y
durante el curso de la misma noche. El vacío en el pecho pesaba cortando su
respiración. Ya se encargaría de poner a Nuala en su sitio, encontrarla no sería
problema, pues solo debía conectar con ella telepáticamente y daría con su ubicación.
Rápido se escabulló por entre la gente, burló los agentes en el área y llegó al puente
Brooklyn. Bajó a las cloacas hasta llegar a sus aposentos. Allí incrustada en una de las
paredes de roca y detrás del masivo aparador dorado donde guardaba sus atuendos se
encontraba su caja fuerte de diseño mecánico duende. El Príncipe activó los gatillos
por sus costados y por la base en el orden correcto y giró los engranajes de cada
número y letra de la clave. La puertecilla se abrió. En su interior guardó las dos partes
unidas de la corona. Era demasiado peligroso llevarla siempre consigo pues los agentes
estaban pisándole los talones y dispuestos a darle caza. Cerró y guardó la caja fuerte en
su sitio detrás del aparador. Subió a la superficie con la amargura de la derrota
quemándole el paladar. El rostro inerte de su padre convertido en piedra se manifestó
en su memoria. Wink había caído protegiéndolo y siguiendo sus órdenes. Nuala había
hecho evidente su lealtad dándole la espalda. El Elemental milenario abrió por última
vez sus esporas llenando de vida el cementerio de concreto que era esta deprimente
metrópolis humana.
Por ahora había un solo lugar donde ir en esta cárcel de cemento plagada de humanos.
Un solo lugar donde encontrar un poco de paz y sanar en parte la herida de la traición
y pérdida. El ático del Gran Teatro de Nueva York.

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