Mª DEL CARMEN MÚRTULA

La mañana invernal había amanecido gélida y oscura, pero poco a poco el cielo se irá esclareciendo. Aún estaba desayunando cuando sonó el móvil, era mi amiga Clara que, con voz compungida, me rogaba que nos viéramos a mediodía para comer juntas en el Capitolio. Yo la oí tan afligida que no me atreví a contradecirla y allí me presenté un poco antes de la hora fijada.

El restaurante estaba aún con pocos comensales y los camareros no descansaban colocando todo en orden. Me senté ante un ventanal para poder gozar del suave calor que venía del exterior, pues el sol irradiaba en su plenitud.

Como había llegado muy pronto, me entretuve observando a una pareja sentada en la esquina de la estancia. La mujer parecía estar esperando una respuesta de su acompañante, debió de haberle hecho una pregunta seria porque a él se le veía concentrado y reflexionando que contestar, con la cabeza agachada mirando la punta del su cigarro como si este le fuera a inspirar la respuesta.

Sabía que los transeúntes no me veían, aunque yo sí podía verlos a través del cristal opaco y así la vi llegar, e interrumpió mi tarea de observadora curiosa. Unas grandes gafas oscuras le cubrían casi la cara, pero no me atreví a enjuiciarla.

Entró, le hice ademán de levantarme y le saludé con la mano, ella se acercó esforzándose por sonreír. En cuanto se sentó se quitó las enormes gafas y pude observar sus ojos hinchados e irritados por el llanto.

– ¿Qué te ha pasado?

– Es Juan, anoche discutimos y terminó golpeándome.

– ¿Cómo es posible?¡No lleváis más que un año casados!

– Para ser exactos dieciocho meses. Aun así, hace tiempo que lo nuestro no funciona, hasta llegar al punto de ser dos extraños viviendo bajo el mismo techo. Pero anoche fue demasiado, fue la gota que colmó el vaso, es la primera, y espero que sea la única vez, que me ataque físicamente.

– ¡No me digas! ¿Es posible?

– ¡No le soporto más! Por eso he tomado la decisión de pedir el divorcio y quiero que tú me asesores.

– ¿Hasta ese extremo habéis llegado?

– Si, Juan es un fracasado y desahoga sus desilusiones conmigo. Yo le he aguantado lo inaguantable, pero hasta ahora no me había puesto la mano encima para pegarme, pero anoche volvió ebrio, yo me acerqué para ayudarle y me dijo dándome un puñetazo: “déjame perra que tú eres la causante de todos mis males”

Mi amiga se explayó conmigo y me contó su larga historia de desengaños y frustraciones.

Han pasado dos semanas y ahora voy camino de su casa porque acaba de llamarme diciéndome:

-Ana ven. Acabo de matar a Juan… ¡Ha sido un accidente!… ¡Ha sido en defensa propia!… Yo le he empujado para evadir su golpe, pero se ha dado en la nuca con la esquina del aparador.

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