AURORA MADARIAGA

Prólogo
Gobernar la superficie de la Tierra no es el premio a ganar luego de vencer en la guerra,
como tampoco es un derecho por el mero acto de existir como raza. Es una
responsabilidad y honor y, por sobre todas las cosas, es la tarea encomendada a Los
Hijos de la Tierra, los elfos.
Cuando el sol brillaba sobre las caras de los elfos, cuando sus rayos se reflejaban en sus
cabellos dorados y cegaban sus pupilas ópalo, la raza milenaria nacida de la Madre
Tierra gobernaba allá donde fuera que la naturaleza proliferara. Hubo un tiempo hace
milenios atrás que el orgulloso reino de Bethmoora, hogar de los elfos, se extendió por
prados, océanos y campos a lo largo y ancho del planeta. Los elfos eran uno con el
terreno orgánico que pisaban, suspiraban la brisa de los bosques, sudaban el rocío de
las madrugadas atrapado por las hojas de helechos y arbustos, nadaban como peces en
el agua en interminables océanos que conectaban los continentes y vivían en armonía
con los animales y las otras especies que habitaban el mundo. La evolución del
hombre del mono, su descubrimiento del fuego y la invención de la rueda marcó el
principio del fin de la Tierra. En pocos milenios los seres humanos quitaron terreno a
las razas del mundo consumiendo despiadadamente los recursos naturales. Como una
plaga el humano arrasó con bosques y mares expandiendo su progreso material y
tecnológico sin considerar el daño que su mano producía a la Madre Tierra.
De cubrir gran parte de lo que hoy es Escandinavia y Europa, el reino de Bethmoora
debió ceder sus tierras a los imperios de los hombres y su vorágine de crecimiento
desmedido. Cada vez habían menos bosques donde pernoctar en paz, cada vez las
aguas de los ríos, lagos y océanos eran menos puras para beber y nadar, cada vez el aire
se espesaba más y más de tóxicas nubes emanadas de chimeneas humanas. Los elfos se
mantuvieron firmes al avance de los humanos y la Gran Guerra se sucedió por proteger
los dominios de la Madre Tierra. A ambos lados de la trinchera se derramó sangre,
cientos de elfos cayeron protegiendo Bethmoora. Las filas de los soldados del reino se
adelgazaban cada vez menos capaces de contener al ejército de humanos rumbo al
palacio real. Un día el mejor ingeniero duende del clan ofreció al rey Balor de los elfos
construir un ejército lo suficientemente fuerte e invencible como para combatir a los
humanos y recuperar el terreno perdido. Su hijo el Príncipe Nuada insistió al rey que
aceptara la oferta y fue así que el ingeniero duende creó cuatro mil novecientos
soldados mecanizados de oro sin remordimientos, cansancio, hambre ni sed diseñados
para obedecer el mandato de quien poseyera la corona del trono de Bethmoora.
El Ejército Dorado mutiló todo humano en su camino sin discriminar entre niños,
mujeres o ancianos. Los humanos combatieron como pudieron y muchos soldados
elfos, orcos y duendes cayeron en batalla por defender el reino, sin embargo, fueron los
humanos quienes más sufrieron las consecuencias de su propio progreso y avaricia.
Interminables campos, bosques y praderas quedaron sumergidos bajo ríos de sangre
humana y cubiertos de cuerpos descuartizados. El Príncipe Nuada, hijo del rey Balor y
heredero del trono de Bethmoora, respiró por fin en paz al ver la amenaza humana
liquidada por las cuchillas doradas de los soldados mas su hermana gemela, la
Princesa Nuala, y su padre el rey no compartieron su alivio. Abatido de remordimiento
y horror al ver la masacre que el Ejército Dorado liberó sobre la Tierra, el rey Balor
decidió hacer un pacto de paz con los humanos sobrevivientes. Los elfos junto a todos
los otros seres mágicos del clan Bethmoora se quedarían con los bosques mientras que
los humanos, con las ciudades. Dividió su corona, la llave para comandar el Ejército
Dorado, en tres pedazos. Dio uno a su hija la Princesa Nuala, otro lo guardó él y el
último, lo entregó a los humanos. Con la corona incompleta, el Ejército Dorado no
tendría amo y dormiría para siempre en las entrañas de Irlanda del Norte, la tierra que
un día fue hogar de la realeza elfa.
El Príncipe Nuada tomó la decisión de su padre como un acto de debilidad. Su padre,
quien un día fuera también un valiente guerrero, lo decepcionaba doblegando su
mano a los humanos quienes habían causado tanto daño y destrucción a su gente. El
pacto de paz con los humanos terminó por quitar el territorio remanente de los elfos
sobre la Tierra hasta obligarlos a buscar refugio bajo de ella. Los hombres continuaron
creando maquinarias, fábricas y ciudades que contaminaron los mares, aires y bosques
convirtiendo la naturaleza en un mero recurso a su disposición. Un día el Príncipe
decidió autoexiliarse pues era incapaz de mirar a su padre a los ojos y no culparlo por
la precaria situación a la que los elfos habían quedado reducidos. Milenios de vida bajo
tierra volvió la piel y ojos de los elfos sensible a la luz y el calor solar. Cuando los
humanos descubrieron la electricidad y la canalizaron para producir luz artificial, los
elfos se percataron que podían tolerarla pues no emitía radiación ultravioleta. No
obstante, sin exposición solar sus dermis dejaron de producir melanina palideciendo
hasta un tono enfermizo y sus pupilas otrora celestes o verdes claras como el agua
cristalina de los mares y lagos, se volvió color ámbar capaz de ver en la oscuridad como
los búhos pero incapaz de resistir la claridad del día.
El Príncipe Nuada deambuló por el mundo junto a su fiel amigo el orco Wink por
miles de años. La solitaria vida inmortal milenaria, la constante melancolía por el
hogar perdido y la traición de su padre para con su gente envenenaron su corazón de
sed de venganza y una ira incurable que ensombreció su visión del mundo. Aprendió
los idiomas de los hombres, dominó el arte de moverse en las sombras, profundizó sus
estudios en la mecánica de los duendes y nunca dejó de entrenar como el guerrero de
élite que era. Lo que quedaba del otrora orgulloso reino de Bethmoora se refugiaba hoy
en las cloacas de la metrópolis humana Nueva York, al norte del continente americano.
En su mente el rostro de su padre el rey estaba entintado de vergüenza por haber
dejado que la masacre a la Madre Tierra llegara al estado crítico actual.
Cuando partió de Bethmoora juró volver el día que su gente más lo necesitara. El día
había llegado. El corazón de la Madre Tierra palpitaba cada vez más débil desde el
núcleo del planeta. Agonizaba y con aliento entrecortado gritaba por auxilio. Era el
siglo XIX y los humanos se habían expandido por cada rincón del mundo como la
peste que eran. No había pedazo de terreno que no estuviera contaminado con sus
químicos y plásticos. Por encima de cada ciudad humana colgaba una nube grisácea
amarillenta formada por los gases que emanaban los millones de vehículos
motorizados y las fábricas. Los humanos habían convertido los océanos en vertederos
depositando en ellos el venenoso petróleo. La pesca industrial arrasaba el fondo del
mar aniquilando la vida marina y rompiendo el delicado equilibrio de su ecosistema.
Esclavizaban a los animales en granjas industriales donde los humanos los torturaban
a sus anchas hasta masacrarlos para sacar de ellos su carne, leche, huevos, piel, huesos
y todo cuánto quedara de sus cadáveres descuartizados. Independiente de dónde fuera
el Príncipe en el mundo, los humanos consumían sin parar las porquerías materiales
que ellos mismos fabricaban. La cultura del consumo producía más y más basura
mientras ellos, ciegos y sordos a las consecuencias de su accionar, seguían comprando
para llenar sus vidas vacías.
El trono de Bethmoora se merecía algo mejor que el cansado status quo de su cobarde
padre. El Príncipe Nuada no tendría la piedad con los humanos que su padre
erróneamente había mostrado. Las horas de la plaga humana sobre la Tierra estaban
contadas.

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