DIEGO LÓPEZ

Cuando era pequeño tuve el honor de ser pobre.
Los días pasaban llenos de paz y de sonrisas. Por las mañanas mi mamá encendía el fuego y comenzaba una danza mágica de humo lleno de olores que hacían el tiempo correr más lento. Desayunábamos aire puro, el mejor café del mundo y un montón de planes para un nuevo día.
Nuestra casa de madera estaba construida lo suficientemente lejos de aquel bello pero impredecible río que serpenteaba de sur a norte. No era solo un montón de agua corriendo sin sentido, para nosotros era parte de un mundo perfecto.
Había que cruzar el río y luego caminar unos 2 kilómetros entre pastos verdes; las vacas, las flores y el canto de los pájaros eran nuestros escoltas. En muy poco tiempo llegábamos a un pequeño claro en medio de los árboles, que mi papá había limpiado de maleza para sembrar ahí el mejor arroz del mundo, los mejores frijoles, plátanos, bananos, maíz y casi cualquier cosa que yo podría desear para ser feliz. Mi papá decía que eran las mejores tierras a la redonda, que éramos muy afortunados por poder estar ahí… y lo éramos.
El río a nuestro lado nos observaba mientras yo trataba inútilmente de seguirle el paso a mi padre, quien avanzaba como la marea, imperturbable valiente y orgulloso. De vez en cuando el calor me hacía desear dejar todo tirado y convertirme en una más de aquellas nutrias que se veían muy felices y además fresquitas, no había tiempo en ese momento, poco a poco mi padre me enseñaba el valor de la disciplina.
6 de la mañana era la hora de entrada, la salida oscilaba entre las 2 de la tarde o al oscurecer, según mandara la luna y sus tiempos de siembra y cosecha.
El camino de vuelta a casa era guiado por mi padre, el hombre más valiente y bueno que haya conocido, él me contaba sus planes para la cosecha, no recuerdo exactamente que decía, pero recuerdo como si fuera ahora el brillo en sus ojos y sus grandes sonrisas.
A veces un poco ansiosos por llegar al hogar, la pequeña casa de madera se veía desde lo lejos, un hilo de humo dibujaba sonrisas en el cielo y en nuestras almas. La charla seguía y antes de darnos cuenta estábamos subiendo las pequeñas gradas que nos encaminaban al cielo, nuestro pequeño comedor, primero un baño y luego un humeante café.
Nunca vi a mi padre preocuparse por el pago de la electricidad, no había y no recuerdo haber pensado ni una sola vez en necesitarla, una de las cosas más divertidas del mundo era sentarnos al anochecer en el corredor a ver cómo iba el cielo cambiando de color, un fondo oscuro era la antesala de un concierto de estrellas, un espectáculo maravilloso y sobre todo gratis.
Mi mamá nos hablaba sobre algunas constelaciones, leyendas e historias de enamorados que de alguna forma se habían quedado de reencontrarse allá arriba y así poder estar juntos para siempre; me parecían mágicas.
Ignoro el motivo, pero me encantaba ver unas cuantas velas que hacían lo que podían para iluminar una casa en la que no había nada de valor, solo unas pocas personas y su felicidad. Podíamos disfrutar de algunas historias entre penumbras, inventadas o leídas de algún libro viejo; esas historias se iban dibujando en nuestra imaginación que volaba como un cometa, luego venía el sueño, o dulces sueños, debería decir.
Cuando era necesario, mi padre agarraba su rifle, unos fósforos (por si se perdiera en la montaña) y un pequeño bolso, se perdía entre lo verde de los árboles algunas veces en la madrugada, en la noche o la tarde. Al pasar de algunas horas (angustiosas para mí) él regresaba casi siempre un poco sucio y con una expresión de triunfo en su rostro, en el bolso traía el premio a su esfuerzo, carne para varios días. Una de las primeras leyes que
me enseñó fue “este animal se sacrificó por nosotros, lo mínimo que podemos hacer es ser agradecidos”. eso arreglaba el problema de la carne por muchos días.
En el patio había muchas gallinas, muchísimas, según mi madre y pocas según mi padre. Fueran muchas o solo las justas, los desayunos nunca extrañaron un par de huevos fritos. Era una aventura ir corriendo descalzo al gallinero a traer lo que necesitara. Una sopa de gallina estaba siempre a un chasquido de distancia, siempre que lo quisiéramos, no puedo imaginar un mundo mejor.
Las cosas eran muy sencillas, la vida nos daba más de lo que necesitábamos, nosotros tomábamos lo necesario y nos sobraba para ser felices.
Nunca entenderé el concepto de pobreza que me intentaron enseñar luego, en donde el éxito se puede medir de acuerdo con cuantos años de tu vida le debas al banco.

https://livinglavidaorg.wordpress.com

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