SILVIA ZALER

Algo más de mí

Mi matrimonio es, digamos, especial. Quiero que me entendáis bien. Quiero a mi marido. Es un hombre interesante, de rostro varonil. No es que sea guapo, pero ni mucho menos feo. Digamos que tiene un atractivo que no se basa solo en la belleza. Tiene aplomo, sabe estar, una sonrisa bonita. Se cuida y está en buena forma física. No es como alguno de los que me follo que son esculturales, pero para sus años, que son cuarenta y tres, muchos quisieran estar como él.

Es un empresario de éxito. Dueño de tres restaurantes de moda en Madrid, cuatro más en zonas de oficinas y dos cadenas de comida más versátil que ha empezado a franquiciar. Ha ganado dinero, cuida a su personal y atiende a su familia. Sí, es un buen hombre. Y merece que se le quiera.

Sé que vais a decir que no puedo quererlo si lo engaño tanto. Bueno, no voy a discutir ese aspecto porque sé que es muy complejo. Pero repetiré que solamente se trata de sexo. Y sí, cabronas, sé que decir eso es absurdo porque la fidelidad es respeto y saber estar con una persona que te quiere, te cuida y te hace la vida buena y sencilla. Pero es la puñetera verdad. Quiero a mi marido. Voy a admitir que de forma especial o distinta a vosotras, pero le quiero.

Cuando empezamos a salir —de novios me refiero—, yo tenía un follamigo con el que quedaba y nos enrollábamos sin demasiadas preguntas ni cuestionarnos nada más allá que echar un buen polvo. En el fondo, es lo mismo que sigo haciendo. Solo que ahora lo hago con más desenfreno y en ocasiones, colocada. Con ese amigo estuve hasta unos seis meses después de empezar a salir con mi marido. No es excusa, pero no éramos novios formales. ¿Pareja? Bueno, sí. Pero no existía aún, al menos para mí, una exclusividad. Era como una costumbre adquirida en la facultad. Nada más.

Después, él se echó novio y se casó rápido. Creo que temiendo que yo pudiera decir algo, ni me invitó a la boda. Dejamos de vernos, cambió el teléfono y nunca más supe de él. Su mujer, una licenciada en la Escuela Diplomática, fue destinada a un país de Sudamérica, y entiendo que se fue con ella. No lo eché de menos en ningún momento, la verdad. Para mí, no fue otra cosa que esparcimiento, sexo por diversión.

Por aquel entonces no conocía a Las Guarris, que ya iréis sabiendo un poco de ellas a través de estas páginas. Y mi matrimonio fue normal hasta hace cuatro años. Sí que pude ligarme hombres, autores jóvenes, chicos en general, pero no. Estaba tranquila y feliz con mi marido y mis hijos. Pero una noche, todo cambió.

 Tuve hace algo más de cuatro años, un rollo tonto con un chico en un bar. Era la cena de empresa y entre el vino, las risas y un estado de bienestar que, en principio, no pensaba en que derivara en sexo, me hizo que ligara en una discoteca a eso de las tres de la mañana con ese chico bastante mono. Era un tipo divertido. Me hacía reír y en ese momento, no vi peligro alguno. Simplemente, me dejé llevar.

Me dijo de ir al baño a meterse algo y yo, que no había probado nunca la coca, me atreví a seguirlo. Ahora que sé mucho más de todo eso, pues me parece que fui un poco tonta, porque estaba claro que lo que quería era ligar conmigo. Y entonces, casi sin querer, sin premeditación por mi parte ni tener pensado aquello, sucedió. En el mismo baño nos morreamos tras él meterse una raya y yo un pellizco. El morreo dio paso al magreo por el paquete y a que me pidiera que se la chupara. Me negué. Le hice una paja, en ese instante me parecía un nivel de infidelidad menor. No voy a negar que pensé en mi marido y mis hijos pequeños, pero quizá la coca me hizo soltarme.

Le cogí la polla y empecé a meneársela, pero era incómodo, por lo que decidimos ir a su coche. Allí, empecé por la paja, pero sin que nada me detuviera, una cosa llevó a la otra. Finalmente, se la chupé y terminamos follando. Iba colocada y yo misma me disculpé por eso al llegar a casa y ver a mi marido dormido. Lo tomé como algo puntual. Una cana al aire absurda, más fruto de la estupidez y de la borrachera y el coloque, que de la premeditación.

Pero todo cambio a partir de esa noche. No puedo negar que fue un punto de inflexión. A partir de ahí, quizá movida por la sensación de libertad, de empoderamiento o de lo que fuera, empecé a cogerle el gusto a hacer alguna escapada y a ligarme a alguien. No mucho, un par de veces al año y sin desatender a mi familia. Pensaréis que soy mala madre y peor esposa. De lo segundo, lo puedo admitir. Lo primero no. No soy muy niñera y mi necesidad de ser madre existe, pero no en la medida de muchas de vosotras que lo concebís como lo principal en vuestras vidas. Para mí, sin desmerecerlo en absoluto, es una cosa más. Eso no significa que no esté pendiente de ellos. Soy quien los lleva al colegio, quien está pendiente de las vacunas, si enferman, los deberes, sus amigos, las clases. Me siento con ellos a ver la televisión, bromeo y les hago reír. Pero no soy una madraza.

En casa tenemos servicio, y aunque me defiendo en la cocina, no es mi fuerte. Ahí está Diana, nuestra querida paraguaya que adora a mi marido y a mis hijos. A mí, creo que menos, y siempre sospecho que se huele que tengo una parte de mi vida algo escondida.

Es externa, justamente para que yo pueda tener mi libertad para ir y venir en cuanto mi marido se va de viaje y mis hijos a casa de un amigo o de vacaciones de verano. Me llevo con ella, como digo, con menos confianza que mi marido y mis hijos. Pero soy quien está pendiente de que haga las cosas de casa e intento ser con ella amable y simpática. No sé, debe ser que es mujer y entre nosotras tenemos ese instinto que nos avisa de cosas que los hombres no ven. Por supuesto nunca me ha dicho nada y cuando meto en casa a un tío para follármelo, recojo y tiro los condones usado, restos de porros, limpio si he usado un espejo o algo para meterme un poco de coca… Es decir, ella no ha podido comprobar nada de mí. Pero tengo esa sospecha.

Como os he contado, mi marido es empresario. Heredó de su padre tres restaurantes de menú en polígonos industriales que durante la vida laboral de ellos, les dio para vivir bastante bien, salvo el hecho de tener que estar muy pendientes. Mi suegro cambió el negocio que su padre inició como tabernero y le dio el primer toque un poco más moderno, sin dejar de ser restaurantes normales y de comida diaria. Pero él ya no estaba encima del negocio, sino que contrató responsables a los que les daba parte.

Mi marido fue el que hizo despegar todo aquello. Vendió los restaurantes que su padre inició a los responsables que lo gestionaban. Con el dinero que obtuvo montó varios, ya en zonas céntricas y de moda. Otro concepto muy diferente.  Luchó y trabajó porque fueran dignos y de referencia, y al final, ha tenido la recompensa.

Estudió ADE y un máster en finanzas, por lo que es un tío muy bueno en lo que se refiere a inversiones y a manejar dinero. Con mucho esfuerzo, ya antes de casarnos, empezó con ese vuelco al negocio. Y así, hoy, lo que tiene son dos cadenas de restaurantes que funciona muy bien, cuatro más en zonas empresariales y de oficinas que a diario están repletos y que el fin de semana cierran, y tres restaurantes de buena factura y reconocido prestigio en Madrid. En total tiene —al casarnos firmamos separación de bienes— trece en propiedad y doce más franquiciados. A eso ha añadido la central de compras para la comida y la bebida, y la entrada en el capital de un grupo de restauración muy fuerte.

Es trabajador, muy responsable, folla bien y es un buen padre. Y me quiere. Sí, es cierto. Me quiere y me cuida. ¿Por qué lo engaño? Pues porque soy así. A partir de esa noche con aquel chico, descubrí que me gusta follar con otros, sentir ese vértigo de lo prohibido, de lo transgresor. Sé que no tengo justificación. Pero no me oculto a mí misma que no hago bien. Lo que pasa es que, tras conocer hace tres años a Las Guarris, todo se ha acelerado al máximo y mi desenfreno, colocones y folladas se han convertido en descaradas y continuas. Porque el primer año, como digo no fueron más que un par de polvetes. Pero tras formar este grupo, mi escalada ha sido casi exponencial, lo admito.  

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