ALLTEUS

Capítulo noveno. Domingo provinciano.

Desde hace muchos años cumplo, siempre que puedo, un ritual de domingo por la mañana. Un paseo hasta el centro, compra de periódico en el quiosco de siempre, desayuno en la cafetería de siempre, primera (y a veces única, por qué negarlo) lectura de las noticias del día…

Lo he abandonado durante el confinamiento, pero ya estamos en condiciones de recuperar las buenas costumbres.

Hoy es el día. Después del paseo volveré a casa y, como casi siempre, saldremos al vermut, que es un hábito de domingos y festivos como el otro. En nuestra ciudad, y en otras capitales de provincia, el “todo” burgués o pequeño burgués se deja ver hacia la una del mediodía, paseando con la legítima y la prole, endomingados ellos, ellas y los niños, de punta en blanco, paseando por el centro y entrando (según el tiempo sin entrar, nada más en la terraza exterior) en los bares más bien puestos y de renombre local, para encontrarse con otros conciudadanos de igual rango, dejarse ver y cultivar las relaciones sociales mientras se degusta un vino de la tierra.

La hora del vermut, o el aperitivo para los más recalcitrantes conservadores de la lengua patria, es esa y no otra porque coincide con la salida de la misa de 12, que es otro hábito tradicional, en franca decadencia pero todavía presente en muchas familias locales. Nosotros no lo hemos practicado nunca, pero podemos reconocer su existencia y, sobre todo, su sentido de la oportunidad, pues después de quedar a cero la cuenta de pecados, mediante una condonación completa de la deuda como efecto mágico de la comunión, nada mejor que iniciar de nuevo la contabilidad de los mismos echando la vista a las piernas, culos y pechamen de las vecinas enjaquetadas y enjabelgadas para lucirse entre el resto, demostrando así capacidad económica, disposición máxima para llevar a la familia hecha un palmito y atractivo físico para seducir a su marido e, incluso, al de las vecinas.

Y a fuer de sincero he de decir que algunas de ellas, en esos paseos, proclaman la condición bovina de sus cabestros maridos, porque lucen su condición de hembra muy hembra junto a algunos tan poca cosa, tan escuchimizados y ridículos, que nadie puede dudar de su incapacidad para dar lo que se merece tanta hembra como la que llevan a su lado, y nadie de los que les ven puede tampoco abandonar la certeza de que ella, eso que a todas luces su legítimo esposo no puede darles, debe buscarlo y encontrarlo en otros machos de menos posibles pero de mucho mejores atributos varoniles.

Y también, confieso, es oportunidad para activar la fantasía. Una en especial me asalta en los momentos de aburrimiento en que, sin nada que decir o hacer, más que degustar el vino y la tapa, el único entretenimiento es mirar a tu alrededor para prevenir que no se te escape el saludo de quien te reconoce, o que no se te escape un meneo bonito de unas caderas atractivas.

Me da por imaginar, en esos momentos, cual será la postura preferida de cada una de ellas para el momento de los orgasmos.

Tengo decidido -seguro que con un margen de error grandísimo- la que prefiere cada una de mis conciudadanas más conocidas. Participan de esa fantasía sin distinción de raza, condición social ni edad, si bien he de decir que en esos círculos provincianos lo de la raza es poco variado y lo de la condición social es bastante homogéneo.

Y seguro que me equivoco, porque aplicando los criterios de clasificación a mi propia Rocío debería clasificarla en un manifiesto misionero, fruto de su habitual aparición en estos paseos con ropas de lo más adaptado a la condición social y laboral de señora del abogado y maestra en la escuela de monjas más conservadora de la ciudad. En cambio, se bien que prefiere montar a ser montada, que prefiere hacerlo dando la espalda al macho mientras salta o se cimbrea, depende de la ocasión, con la polla bien clavada dentro, y que como segunda posición preferente es la misma, pero vuelta hacia la pareja, lo que permite además de sentir sus subidas y bajadas, o su oscilación en círculo, contemplar el movimiento armonioso a veces, otras inarmónico, de sus preciosas tetas.

Y qué decir de Loli, también. Si hubiera debido clasificarla hubiera optado por pensar que, esas posiciones que realmente apetecen a su hermana para el momento de correrse, serían apetecibles para ella en las mismas circunstancias.

Ahora sé que no, que asaltada por detrás, dominada y sujeta por ambos brazos para acentuar la penetración se corre al tiempo que se agita como una posesa.

Pero pese a reconocer la alta posibilidad de error, es un entretenimiento inocente que, por qué no, al igual que yo practico seguro que también lo llevan a cabo, si no con más guarras figuraciones, esos santurrones recién comulgados que se acaban de pasar la empalagosa pastita de la hostia con tragos de buen Ribera.

Porque no se me escapan las miradas que se posan en mi mujer, ni los deseos que provoca.

Es una mujer vistosa, pero no por sus vestimentas, que acostumbran a ser sencillas y elegantes. Pantalón muchas veces, otras con faldas rectas o con poco vuelo, pero siempre de longitud adecuada, blusas, chaquetitas, jerseys, camisetas con estampados discretos o vestiditos frescos en verano… Con un tacón no muy alto, de unos 7 centímetros, alcanza la muy considerable altura de 1,75. Sólo por eso ya destaca. Su figura esbelta, su elegancia natural y su belleza andaluza atraen las miradas, y con ellas la envidia y los deseos.

Lo leo en sus ojos cada vez que alguien nos saluda. Por nuestros oficios estamos expuestos a frecuentes saludos y paradas. Clientes y colegas yo, colegas, padres y madres de alumnos y, cada vez más, exalumnos ella.

En los hombres leo el deseo en la mirada. La repasan con la vista pretendiendo ser disimulados. Ellas también, porque al fin y al cabo esa es la diversión más normal de los domingos en nuestras ciudades provincianas, pero saben hacerlo con más discreción.

Durante años esa exposición me agobiaba. Era un vivir en escaparate, sin posibilidad de fuga porque el negocio requiere de vida social en las formas preferidas por la mayoría de mis clientes, y el paseo dominical del aperitivo es ineludible, tanto como dejarse ver en algunos establecimientos clásicos alguna tarde o en los tres o cuatro restaurantes “de toda la vida”.

Me resultaban desagradables aquellos sujetos babosos que parecían estar al acecho de un muslo más expuesto de lo normal al sentarse, de un poco más de piel en el escote al agacharse, de un descuido en cualquier momento que permitiera atisbar las zonas ocultas normalmente a la vista. Me molestaban las miradas directas de los hombres al cruzarse con ella, que normalmente no se dirigían a la cara, o si lo hacían era por un momento para después descender al busto, a las caderas y a las piernas. Ya no digo de los que con algo de disimulo giraban el rostro para completar el repaso contemplando su culo de diosa oscilando al andar.

Me molestaban por las mismas acciones que yo realizaba. Lo reconozco. Realmente, somos absurdos los seres humanos.

Así fue durante mucho tiempo… hasta que dejó de ser.

No podría explicar cómo, adquirí un cierto sentido de tolerancia. Hace de ello unos cuantos años. Me descubrí razonando que al fin y al cabo era normal que la desearan, que se la comieran con la mirada incluso, pues una mujer de sus características merece atención. Cercana a los cuarenta, estaba en todo el esplendor de una hembra plena, digna de ser deseada con locura.

Y de la tolerancia al disfrute. Tal vez ese proceso tuvo que ver en el inicio de nuestra exploración de otros caminos para el placer sexual. Me gustaba comprobar que personas conocidas, que tenían nombre y apellidos, es decir, que no eran anónimos, la contemplaban con deseo. Eran de todas las edades. Les veía desearla, y también a sus mujeres al lado. Algunas, por más que se acicalaran, justificaban las miradas de sus maridos, necesitadas de posarse en visiones atractivas que en su casa no tenían; otras, en cambio, estaban de muy buen ver e incluso entraban de lleno en la clasificación de Milf, ese acrónimo inglés que identifica a las señoras ya madres que uno se follaría sin dudarlo, lo que incrementaba el valor de las miradas de sus maridos hacia Rocío, en tanto provenían de quienes no estaban faltos de belleza que disfrutar, aquilatando más, así, la importancia de los deseos que pudiera provocarles mi pareja.

Había uno en especial que puede ilustrar mejor que ningún otro la importancia de ese cambio. Profesor, como ella, y colega en el colegio de monjas. Uno de los muy pocos que la bruja madre había admitido, recelosa como era de la santidad de sus niñas y conocedora, porque monja sí, pero tonta no, de lo fácil que resulta deslumbrar a las niñas en el entorno escolar de un colegio segregado si el profesor es guapete -y éste lo es-, tiene habilidades sociales -que las tiene- y quiere deslumbrarlas -algo, esto último, que ignoro-.

Me reventaba encontrarlo, me reventaba el saludo de colegas -dos besitos con la mano de ella apoyada amigablemente en su hombro para mantener el equilibrio en la mutua inclinación-, me reventaba el parloteo alegre que iniciaban entre ellos comentando alguna banalidad de su mundo común… Mientras, su esposa -una chica agradable y prudente, guapita pero muy discreta- y yo, permanecíamos a su lado con una sonrisa social en el rostro, esperando tranquilamente -en apariencia- la finalización de sus comentarios y la continuación del paseo.

Hubo un tiempo en el que me preguntaba -y a veces me respondía afirmativamente- si estarían liados y en algún rincón de aquel viejo recinto monjil se dedicarían a follar como locos.

Pues hasta eso dejó de dolerme.

Un buen día pude notar que, lejos de incomodarme, me resultaba interesante observar su forma de relacionarse. Esa confianza gestual, la camaradería del apoyo en el hombro, los toques frecuentes en los brazos mientras hablaban, las dos caras juntas al saludarse con dos besos mientras ambos sonreían con expresión alegre…

Y no sólo dejó de dolerme… me excitaba.

Y no dejé de preguntarme si tendrían un rincón para el folleteo apresurado en la jornada laboral… pero dejó de dolerme… y me excitaba.

Tiempo después, hablando de estas cosas con Rocío, cuando ya habíamos avanzado en nuestra nueva forma de entender las relaciones sexuales, me confesó que ella había tenido también algunas sospechas sobre mi fidelidad.

En particular, con un par de mujeres que estaban en mi entorno profesional. Una, una abogada de mi ciudad que no perderé el tiempo en describir en su aspecto físico o en sus formas de relación social. Tiene ahora 40 años, hace 10 que montó su bufete, le hemos conocido al menos 6 parejas diferentes, está como un tren de buena y cualquiera diría, juzgando sus formas, que es un auténtico putón verbenero.

Todos sabemos qué otros comentarios caben en un caso así, y sólo indico que su boca, de una configuración espectacular, podría ser la destinataria de muchos de ellos, ya me entendéis.

La otra, una administrativa muy guapa, trabajadora del despacho desde hace unos 10 años pero más joven que la anterior, tendrá ahora unos 33 o 34.

Es una chica eficiente y muy discreta. Nos facilita mucho el trabajo, lo cual se agradece infinito.

Un polvo tiene, un buen polvo, no se puede negar.

Y yo se lo hubiera echado si se hubieran dado las condiciones necesarias, que no se han dado.

No sólo porque nunca ha hecho gesto ninguno que diera a entender alguna intención de intimidad, sino porque tampoco es bueno vulnerar aquella sentencia del famoso pareado que conmina a no meter la polla donde tienes la olla, y ejemplos hay sobrados de las consecuencias desastrosas que acarrea no cumplir ese mandamiento tan juicioso.

Lo que nunca nos hemos preguntado, ni ella ni yo, es si nuestras sospechas estaban fundadas. Pese a la nueva forma de relacionarnos y la confianza plena en la que nos hemos instalado tras las experiencias sexuales compartidas, nunca hemos aprovechado la sinceridad para pasarnos cuentas de aquel periodo de normativa reserva de la exclusividad sexual en el matrimonio y de sus posibles vulneraciones.

Debo admitir que si me hubiera preguntado muy probablemente le hubiera ocultado -porque sinceridad y crueldad no son sinónimos- un par de ocasiones en que lejos de casa, una en unas jornadas y otra con ocasión de un desplazamiento para un juicio en otra ciudad- había caído en un polvazo puntual con sendas colegas, ambas de muy buen ver y mejor holgar, que consolaron mi soledad de forastero y consolaron la suya propia conmigo también, dejándome preparado para la ponencia del día siguiente, la una, y para una brillante exposición en la sala del juicio, la otra.

Debo por tanto inferir, pues Rocío no tiene nada de crueldad en su ánimo, que tampoco ella hubiera removido mis sentimientos confesándome –si ha existido- una relación anterior y ya inevitable, que agua pasada no mueve molino.

Siendo las cosas así, ¿para que preguntar?

Me acerco a la barra para intentar superar la barrera humana que cierra el paso a ver si consigo que nos sirvan un par de vinitos y alguna tapita. Vuelvo, tras la proeza, con gesto de héroe triunfador reflexionando sobre la inutilidad de las normas de desescalada del confinamiento, a la vista del escaso cumplimiento que entre todos hacemos, por más que vayamos muchos embozados con ese trapo tapabocas que se incorpora como nuevo hábito social.

-Nene… Me acaba de llamar mi hermana.

Sin darme tiempo a continuar, añade.

-Que si nos pasamos a tomar un café esta tarde.

Me mantengo en silencio un momento. No sé qué decir, pero al cabo de unos segundos soy consciente de que la suerte debe estar echada. No está al teléfono ya, lo que significa que Rocío ya ha dado la respuesta.

-¿Nos pasaremos?- pregunto.

-Sí ¿no?

-Bueno… yo ya tengo una edad… tampoco conviene hacer excesos- le digo en tono que simula una queja de anciano desvalido.

Reímos.

-No creo que quieran más “tema” -me dice-, supongo que querrán comentarnos algo o simplemente “normalizar” afrontando lo de vernos después de lo vivido, en un entorno controlado, sin otras personas por medio…

Tan racional ella, seguramente está en lo cierto. Eso si no es, más que una deducción racional, el resultado del comentario que hayan podido hacer entre ellas en la breve conversación mantenida mientras me peleaba con los elementos en la barra.

Sigo bromeando.

-¡Vaya! ¡Ya me había hecho a la idea de continuar lo de la otra noche!

-Te presento a mi hermana. Loli.

Era una de aquellas tardes de invierno en que nos encontrábamos en las cafeterías del centro, a veces con otros amigos, para tomarnos algo y compartir conversaciones, al amparo de la calefacción, ocupando la mesa durante horas, con apenas unos cafés o unas infusiones.

Hacía unos cuantos meses que, por fin, Rocío y yo habíamos encontrado el lugar en el que completar nuestras caricias, teniendo relaciones sexuales más completas.

El piso alquilado por unos amigos estudiantes, que especialmente en los fines de semana nos permitían usar sus habitaciones, a veces estando alguno allí pero sin que nos interrumpiera, otras estando vacío porque unos desaparecían unas horas y otros volvían a sus casas, a llevar a las madres la ropa sucia, traer viandas para todos y vaciar las carteras de los padres, dinero necesario en una ciudad universitaria en que las fiestas eran –y siguen siendo- diarias.

Y aquella tarde había preparado todo lo necesario para estar unas horas en “nuestro” nido, así que su presencia me resultaba distorsionadora.

Vamos, que me fastidiaba su presencia, pues tenía la sensación de que no se marcharía en breve.

No fui desagradable. Pero tampoco especialmente acogedor. Mi pretensión -egoísta pretensión- era que aquella joven inesperada marchara a cualquier otro sitio, se apartara de nosotros y nos permitiera -me permitiera- el esperado alivio que mis pulsiones estaban necesitando después de una preparación y espera de varios días.

Me había equivocado. Nunca lo he reconocido, pero me equivoqué en la primera ocasión en que pude hacerme un juicio sobre ella. No estaba allí para quedarse. Había quedado a su vez con alguien -no era con Carlos, porque ella tendría unos 18 años entonces y no se conocieron hasta un par de años más tarde- y se había encontrado por casualidad con su hermana. Se despidió unos minutos después.

Pero igualmente me jodió el polvo.

-Simpática tu hermana- solté nada más despedirse.

Rocío, tan sensible y observadora, no respondió.

Estaba enfadada y me lo hacía notar, molesta por la frialdad con la que había tratado a “la niña”.

El caso es que aquella tarde la cosa fue de mal en peor, y al cabo de media hora, de morros ambos, nos fuimos a casa. Cada uno a la suya, con la excusa de no encontrarse bien ella, afectado de un estúpido orgullo yo, que no fui capaz de disculparme por mi torpeza.

Ignoro por qué, pero en mi recuerdo se ha grabado que la tarde que conocí a Loli no pude satisfacer mi deseo follando con su hermana, y no tuve más remedio que satisfacerme yo mismo, a mano, maldiciendo mi mala suerte al tiempo que me la pelaba en mi habitación.

***​
¿Quién lo iba a decir?

Apenas treinta y seis horas después de que hayamos estado follando a cuatro, estamos picando a la puerta de la hermana chica, con la pretensión de hacer ese café que normalice nuestras sensaciones.

Treinta seis horas desde que se la clavaba con todas las fuerzas y veinticinco años desde aquella tarde que, involuntariamente y más que nada por torpeza mía, me estropeó un polvo con su hermana.

Está guapa. Estar en celo le sienta bien -pienso para mí-.

Nos recibe vestida con unos leggins grises y una camiseta ancha y larga, del mismo color, casi vestido, que le cubre hasta un poco por encima de las rodillas, descalza -le gusta estar descalza en su casa, eso lo he sabido desde siempre- con el pelo suelto y las mejillas sonrosadas, sin maquillaje.

No sé si se habrá puesto bragas, no puedo saberlo, tapada como está con leggins y camiseta. Pero sé que sujetador no, sus tetitas se apuntan con los pezones enhiestos tras el algodón.

El abrazo con su hermana es sentido, como siempre tal vez, pero que yo percibo algo especial. Conmigo también parece normal, pero no lo es. Siento algo especial y diferente a otras ocasiones, y lo disimulo.

No creo que a ella le pase algo distinto. También mantiene las formas habituales. No sé a ella, a mí me apetecería en ese momento besarle los morros y apretarla con fuerza contra mi cuerpo. Pero me contengo. No toca eso ahora.

Carlos nos espera en el salón. Se levanta del asiento para besarse las mejillas con Rocío y estrecharme la mano. Tampoco observo nada especial en el abrazo de ambos, ni en ese beso tan convencional como siempre.

Pero ocurre que siempre he creído que aquellas sensaciones, pensamientos y sentimientos que en determinadas ocasiones me asaltan no pueden ser tan especiales y únicas que no tengan un equivalente en el resto de las personas. Pienso, por esa razón, que siendo tan normal y común como cualquier otro hombre, no resulta extraño que los demás experimenten las mismas cosas que yo. Supongo, por eso, que Carlos también desearía en ese instante darle un beso diferente a mi mujer, y seguramente también volver a palpar su cuerpo con la pasión y el deseo con el que lo hizo antesdeanoche.

Me ofrece una copa de coñac, que acepto, mientras Loli se apresta a ponernos a todos unas tazas de café.

Cuesta emprender una conversación. Gira, al principio, sobre cosas banales. El paseo de esta mañana-aunque ellos no han salido-, cómo está la gente y la ciudad, el aspecto que ofrece después del confinamiento, las ganas de salir y darse a la relación social que tiene todo el mundo, los riesgos de rebrote del virus y el desastre que supondría un nuevo confinamiento…

Me toca. Al fin y al cabo soy el decano, el de mayor edad de entre todos… no puedo eludir mi responsabilidad.

-¿Cómo lo estáis viviendo?- aprovecho un momentáneo silencio para preguntar de sopetón, aunque no puede decirse que por sorpresa, pues la pregunta estaba en el aire y era evidente que al final recaería la conversación sobre “el tema”.

Tras un breve silencio, responde Loli, lacónica.

-Bien… creo que muy bien…

Carlos hace gestos de asentimiento mientras centra su mirada en el rostro de su mujer. A él también se le notan las facciones relajadas, con algo de color, como si hubiera pasado -y tampoco es tan diferente- un par de días haciendo saludables ejercicios deportivos.

-Creo que nos ha despertado algo que teníamos dormido, algo que nos ha descubierto cosas de nosotros mismos que no habíamos encontrado.

Concreta poco, es abstracta y difusa, pero no por ello le falta sinceridad. Sin decir expresamente qué sensaciones se les han despertado, está sincerándose en una materia de difícil confidencia.

Decido -me parece también más honesto- ayudar en su sinceramiento.

-No sé si lo sabéis, pero debo deciros que para nosotros no es la primera experiencia que hemos tenido. Ha habido más. Cuando marchasteis a Alemania comenzamos a tener algunos escarceos sexuales con otras personas.

Sé que Loli lo sabe, pero no hace señal ninguna de saberlo. Carlos sí parece sorprendido. Su cara, y la discreción de Loli, sin hacer comentario al respecto, me confirma que muy probablemente es la primera noticia para él.

-Las primeras veces estuvimos semanas y semanas que no parábamos. Todo era sexo. Todo. A cualquier hora, en cualquier lugar. ¿Os está pasando lo mismo?

-Sí.

De nuevo breve, lacónica, Loli responde mientras su marido la mira en silencio.

-Vividlo con alegría y con toda la intensidad que merece. Es algo muy bonito en una pareja. Es una locura preciosa.

Ha sido Rocío quien ha contestado, con su juiciosa serenidad.

-Nosotros hicimos cosas que jamás hubiéramos imaginado hacer -continúa- y que nunca me arrepentiré de haber hecho. Fueron, y algunas siguen siendo, experiencias vitales que mucha gente no ha vivido nunca, pero que a nosotros la vida, por suerte, nos ha regalado.

Para quebrar la línea de profundidad filosófica que está adoptando la charla, me decido a hacer un comentario jocoso.

-Nosotros no salimos de la cama en dos días después del primer encuentro ¿Cuántos polvos habéis echado desde que salisteis la otra noche de casa?

Reímos todos, aunque en Carlos la risa es apenas un apunte.

-¡Qué se yo! Pero al menos siete u ocho. No hemos hecho otra cosa. Menos mal que el niño ha pasado todo el finde con mi suegra, que si no… Dos la misma noche, ayer fue un no parar, y hoy también.

De nuevo Loli, mucho más natural y comunicativa, revela su récord.

-Aprovechad y disfrutad -les digo- que mientras se pueda vale la pena.

Están sentados juntos y Loli no se corta en poner sus piernas sobre las de su marido, en un gesto de plena confianza pero también de inequívoca actitud dominante, algo que me despierta curiosidad y me hace recordar su actitud conmigo, tan distinta, en nuestro encuentro.

Me sorprende la pregunta de Carlos, que suena directa.

-¿Con cuantas parejas habéis estado?

-En realidad sólo con una- se apresura a responder Rocío, que intenta sumarse al laconismo de su hermana en las respuestas anteriores.

Vuelvo a sentir la necesidad de inclinarme a la confesión de las realidades, pues no es decente dejar a medio responder, o responder con sólo media verdad, las preguntas de personas con las que has compartido tanto. Si la mentira en el matrimonio es deleznable, ese mismo juicio no tengo más remedio que extenderlo a esta nueva relación familiar en que los lazos fraternales y los orgasmos se han mezclado.

-Pero hemos invitado también a otros cinco hombres diferentes a participar en nuestras relaciones sexuales- completo la información.

No parece entenderlo.

-¿Cinco?

Su expresión de sorpresa me da a entender que hay algún equívoco. Decido aclararlo.

-Cinco por separado, en diferentes ocasiones, pero cada vez sólo uno. Haciendo tríos, vaya.

Ahora ya sí lo ha entendido bien. Pero no comenta nada.

Poco a poco la conversación abandona el camino y deriva a otras cuestiones. Apenas una hora y media. Es tiempo de volver a casa, a pasar el resto de la tarde. El comentario lo hago a propósito.

-Rocío, vamos… que estos deben estar deseando que nos vayamos para seguir dándole al asunto y completar el fin de semana.

Reímos todos, claro.

Ha quedado en el aire un interrogante que nadie ha planteado y que no toca responder todavía. Esa ecuación debe esperar irresuelta a otro momento.

¿Repetiremos?

Yo, optimista siempre, me inclino a pensar que sí. Cuando nos levantamos para marchar siento mi ciruelo morcillón, que ha estado empinándose varias veces a lo largo de la conversación, imaginando la de cosas que se habrán hecho estos dos durante las últimas horas. Cuando Carlos se levanta para despedirnos tampoco puede disimular un bulto notable en su entrepierna, señal evidente de las sensaciones que le ha provocado la conversación y de sus condiciones sexualmente atléticas, pues en poco más de treinta y seis horas lleva soportados los siete u ocho polvos en solitario, más el que en nuestra casa inició la serie, toda una proeza que acredita su valía para estas actividades.

Con todo descaro, al despedirme de Loli aprieto con fuerza su cuerpo en el abrazo y le hago notar mi paquete juguetón.

Ella no le hace ascos.

Sí.

Me inclino a pensar que se repetirá.

-San Yaume es Santiago ¿verdad?

Rocío me sorprende. No acabo de entender por qué me hace esa pregunta. Me la hace mientras subimos al dormitorio, acabado el domingo, dispuestos al descanso para afrontar la nueva semana.

-Sí, en Valencia lo dicen así.

-Y en Cataluña- añade ella.

-Sí, en Cataluña también –concedo- ¿Por qué lo preguntas?

-Ha llamado Carma. Bueno… llamó ayer.

-¿Cómo están ella y Pol?

-Me dijo que ahora bien. Han trabajado mucho, lo han pasado muy mal, pero ahora ya están un poco mejor. Me dijo que puede que estén cerca el fin de semana de San Yaume. Se han tomado una semana de vacaciones para esas fechas.

Estuvimos hablando bastante rato de esa pareja de amigos. Amigos muy especiales.

Me explicaba Rocío algunos detalles de su conversación, de las vicisitudes sufridas en el Hospital en el que trabajan, de los efectos de la pandemia entre sus compañeros de trabajo…

-¿Cuándo fue la última vez que estuvimos con ellos?

-¿No te acuerdas? en el puente de la Constitución de hace un año y medio, en Madrid.

-Sí, es verdad – le replico- hace más de un año y medio ya.

-Te puso a mil. Creo que ha sido la vez que más has disfrutado- añado.

-Sí. Fue el no va más. Ya te lo dije.

Pongo tono de malvado para hacerle una proposición.

-¿Quieres que saque a “Carma” y jugamos un rato?

La suya es también una expresión pícara al responderme con laconismo.

-Vale…

***​
-Mira, Rocío… mira este correo.

Nos habíamos apuntado a una página web de intercambios.

En nuestra exploración de nuevas formas de vivir la sexualidad, buscamos en ese tipo de medios el equilibrio –nada fácil en una pequeña capital de provincia- entre la discreción y la aventura. Encontramos a través de esas páginas algunas propuestas interesantes, en particular un pártner masculino de otra capital cercana que dio buen resultado, algo que nos animó a seguir utilizándolas.

El mensaje en el correo era una respuesta a nuestra propuesta en una de esas páginas.

Recibíamos bastantes, pero la mayoría de ellos poco atractivos. Algunos, porque eran de una sintaxis o de una ortografía deleznable, reflejo de una incultura que no nos motivaba a la continuación en la relación, otros eran simplemente groseros, otros también carentes de cualquier contenido más allá de una exhibición de fotos en primer plano de pollas o coños –los menos- que no hacían nada más que presentar a sus poseedores como faltos de una mínima capacidad de conversación…

Éste parecía diferente.

Firmaban como “Sónia” y “Pere”.

Sónia, así, con tilde, parece ser la forma de escribirlo en catalán. Pere es Pedro en aquella lengua, aunque se pronuncia más, sin ser exactamente el mismo sonido de la a, como “Pera”.

El análisis formal del mensaje permitía un notable alto. Estructura, contenido, léxico… la sintaxis algo flojilla, fruto seguramente de la traducción al castellano de un texto escrito o pensado originalmente en otra lengua.

Se presentaban como pareja casada desde hacía 20 años, profesionales ambos, casi en los cincuenta, con alguna experiencia de intercambio anterior que les había resultado muy positiva, atractivos y cuidados, ella “bi” curiosa.

Aunque había una cierta diferencia de edad, era una respuesta muy adecuada a nuestra propia oferta. Nos habíamos presentado como pareja de profesionales a punto de cumplir cuarenta, sin experiencias de intercambio pero con ganas de iniciarnos, buscando una pareja que nos acompañara en esa iniciación. No indicábamos nada sobre las tendencias de cada uno, pues habíamos dado por supuesto –erróneamente- que en las propuestas de intercambio de parejas el concepto incluía cambiar la mujer ellos y el hombre ellas, sin imaginar otras posibilidades existentes.

Si ellos tenían alguna experiencia y unos diez años más que nosotros, bien podían abrirnos ese camino que Rocío y yo pretendíamos iniciar.

Respondimos. Fuimos, poco a poco, profundizando la relación epistolar electrónica, conociéndonos, presentando nuestras respectivas realidades sociales y familiares, cargados de cautelas por si podía haber simulación y, al mismo tiempo, avanzando en el intercambio de datos.

Supimos así que eran de Tarragona, médicos ambos, traumatóloga ella y neumólogo él, trabajando en el hospital universitario de su ciudad, que se habían conocido en la Facultad de Medicina y unido sus vidas cuando todavía no habían finalizado el MIR, que tenían como nosotros dos hijos, pero que ya estaban bastante crecidos (unos 20 años)…

Que no se llamaban Sónia y Pere, sino Carma y Pol, como nosotros no nos llamábamos Álvaro y Julia tampoco, nombres simulados que utilizamos para aparecer en aquella página de contactos.

Tardamos en identificarnos físicamente. Tal vez porque éramos muy novatos tardó en llegar el momento en que nos interesáramos en su apariencia física.

Durante todo un mes Rocío y yo nos preguntábamos cómo serían, si no sufriríamos un chasco al ver su apariencia, pero sin atrevernos a plantear el tema, desconocedores de si era correcto o educado en este tipo de contactos plantearlo, desconocedores, en definitiva, del protocolo de relación en estas situaciones.

Fueron ellos los que nos expresaron muy serenamente la sorpresa por nuestra falta de interés, y los que nos avanzaron alguna descripción. Pocos días después de habernos descrito mutuamente, nos enviaron una fotografía de ambos.

Era una foto de pareja muy normal, parecía típica en una boda o fiesta social, ambos de pie, él trajeado y ella con vestido de falda larga. Se correspondía con las descripciones que nos habían hecho. 1,85 y 1,75 de altura, respectivamente, recio él y robusta ella. Él tenía –y tiene- una cierta apariencia elegante, con el pelo blanco cuidado y algo largo, esa apariencia que parece adornar a la mayoría de los médicos a partir de los cuarentaytantos. Ella no es desproporcionada, ni mucho menos, pero no luce la misma elegancia. Es una mujer de caderas anchas, pechos voluminosos y, aunque en la foto no se le veían las piernas, ella misma se había descrito con un refrán que decía le es aplicable: En Cataluña teta y pezuña.

Sus muslos, ahora lo sé, son firmes, musculados y potentes. Las pantorrillas también, con unas bolas duras y bien torneadas. Piernas de estirpe campesina y miles de horas a través de muchas generaciones trabajadas en los campos.

Y los pechos, junto con sus piernas, hacen cierto el refrán.

La distancia era un obstáculo notable para facilitar un encuentro, razón por la que seguramente se prolongó más de lo conveniente ese momento.

Tras intercambiar fotos –nosotros también les mandamos una de un momento parecido al que había inmortalizado la suya- los siguientes correos se dirigieron cada vez más al motivo de nuestro contacto, a la exploración de las preferencias sexuales, del camino seguido hasta ese momento en el que nos estábamos relacionando con otra pareja con la clara intención de explorar la posibilidad de intercambiarnos las parejas.

Nos dijeron que habían tenido tres experiencias con tres parejas diferentes, la primera sin haberlo planificado, con unos amigos cercanos en unas vacaciones en las que compartieron un velero en las Baleares.

Las otras ya más buscadas y también satisfactorias, prolongadas con varios encuentros a lo largo de los últimos dos años.

Aunque ellos tenían más experiencia, nos expresaban su sorpresa por la nuestra, hasta ese momento reducida a tres encuentros con hombres solos para hacer tríos, calificándonos de valientes por ello.

Preguntamos también por aquel “bi” curiosa de Carma. Ella nos explicó que en algunos encuentros con una de las parejas había recibido y proporcionado caricias a la otra mujer, siendo muy excitante para ella, algo que había despertado su curiosidad por seguir teniendo ese tipo de contactos, sin que antes hubiera sentido nunca atracción sexual por una mujer.

Finalmente, llegó el día.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s