ANDY LOZANO

Recuerdo el día en que me sentí perdido: Las luces brillaban con luz propia; lo arboles me gritaban desde lo lejos con sus agitadas hojas; los animales, en este plano, eran reales. Todo parecía marchar bien, excepto yo.

 Yo era un alma solitaria entre campos oscuros, calles silenciosas, almas rotas; un corazón desesperado, atormentado. No podía distinguir el origen de todos mis males; no podía mirar el reflejo de mi ser aún estando frente al espejo del destino.

Ella, alma color cielo, solía sonreír mucho; y yo, como todo ser oscuro, sonreía a su lado. Nada importaba. Me sentía bien estando con ella; éramos dos en uno, la voz que me hacía falta.

Estas frías noches de verano me mantienen con vida. El tibio color de la esperanza se diluye entre las grandes olas de nostalgia que emana mi ser. Dicen que las personas solo nacemos y morimos una vez, están equivocados. Yo nacía en sus ojos color carmesí, jarrones de vino, y moría en las caricias de sus labios: era un simple niño jugando a quererla.

Quizá no tenga el talento para quererla. Quizá solo sea una idea tonta pero, no puedo quererla. Sería absurdo tratar de entender a aquel fenómeno magnificente de la naturaleza. Aquella obra de arte que, ni los mejores pintores, nunca podrían imaginar. Podría pensar que soy algo nulo a lado de ella ¡carajo! Ella es hermosa y no lo sabe…

Exactamente estas son las noches donde más la amo. Podría escribir poemas de su mirar, canciones de su voz, pinturas de su rostro: sentimientos tristes de su querer, de su dolor.

Estas noches me recuerdan a ella. Soy un pedazo de cristal en sus manos resbalosas, manos del alcohol, desamor.

No recuerdo sentirme tan perdido en las profundidades de la nada y del todo. Profundidades espesas, frías, vacías. No existe sentimiento ni palabras. No existe nada para mí pero, existe todo para ella.

La conocí cuando la vida me liaba: iba a ser fumado.

  La realidad- para mí- se distorsionó en aquellos tiempos; era un ser perdido. Sin embargo, me encontró. Fue la primera vez que me sentí bien. Era ingenuo, no sabía que estaba frente a frente con la muerte: La parca me perseguía en los laberínticos caminos del amor, tropecé.

¿Qué quieren que les diga…?

Ahí estaba yo tratando de arreglar mi estupidez para parecer alguien. Ahí estaba ella tratando de ser nadie para todos, todo.

Mi soledad jugaba con su compañía, al menos eso creía. Creía que no necesitaba nada, tonterías.

– Hola, ¿cómo estas? – dije.

– Hola. Bien, gracias- dijo ella.

Sonaban las compañas. El cielo lloraba por el deceso de este ser. No me importaba: como siempre, como nunca.

Me gustan los días lluvioso y más cuando el sol esta en lo alto-El olimpo ardía, moría-. Ella era sol y yo lluvia; ella era mar y yo las olas; ella era ella y yo no era yo.

Algún día caminaremos de la mano; algún día caminaremos, lo sé.

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